La fabada que pone a Gijón en la cima: Río Astur conquista en Villaviciosa el gran trono mundial del plato más sagrado de Asturias

La fabada que pone a Gijón en la cima: Río Astur conquista en Villaviciosa el gran trono mundial del plato más sagrado de Asturias

La sidrería gijonesa gana la XVI edición de La Mejor Fabada del Mundo, se lleva también el premio al mejor compango y firma una victoria con aroma de relevo generacional gracias al talento de Ángel Fernández, un cocinero de solo 23 años

No ganó una fabada cualquiera. Ganó una fabada que, desde este martes, puede mirar de frente a todas las demás. La sidrería Río Astur, de Gijón, se ha alzado con el título de La Mejor Fabada del Mundo 2026 en la gran final celebrada en Villaviciosa, el escaparate más exigente, más observado y más codiciado de cuantos existen hoy en torno al gran plato de la cocina asturiana. No es un premio decorativo ni un galardón de sobremesa: en el sector se vive casi como una consagración, un sello de prestigio que multiplica la visibilidad del restaurante y lo coloca durante un año entero en el centro del mapa gastronómico asturiano y español. Gustatio, coorganizadora del certamen junto al Ayuntamiento maliayo, sostiene de hecho que el ganador puede experimentar incrementos de ventas superiores al 30%, una cifra que explica por qué este campeonato se ha convertido en una auténtica obsesión para muchos hosteleros.

La victoria de Río Astur tiene, además, varios ingredientes que la hacen todavía más noticiosa. El primero, el doblete: el establecimiento gijonés no solo se llevó el premio principal, sino también el del mejor compango, una señal clarísima de que no convenció al jurado por un detalle aislado, sino por una propuesta redonda. El segundo, el nombre propio que emerge detrás del fogón: Ángel Fernández, cocinero de apenas 23 años, que recibió el reconocimiento con una mezcla de sorpresa, emoción y una frase que resume el calibre del momento: “No tengo palabras, es algo único”. En sus propias palabras, la receta del triunfo no es ninguna magia indescifrable, sino una suma de disciplina, prueba y oficio: mucha faba testada, distintas maneras de cocinarla, un buen compango, control de tiempos y, por encima de todo, mano. Esa última palabra, “mano”, en Asturias pesa más que muchos tratados de cocina.

El podio terminó de confirmar que el nivel era altísimo. El Rincón de Adi, de Oviedo, se llevó la segunda plaza, y La Sauceda, de Buelles, en Peñamellera Baja, cerró el trío de honor. Fuera del Principado, el premio Cocina de Paisaje a la mejor fabada elaborada más allá de Asturias viajó hasta Águilas, en Murcia, de la mano de Casa Menéndez, mientras que la Sidrería Bedriñana logró el Memorial Amable Bedriñana a la mejor fabada de Villaviciosa. Es decir: la final no solo coronó a un ganador, sino que dibujó un mapa muy preciso del momento que vive la fabada como emblema culinario, con Asturias mandando con puño de hierro, pero con otras plazas españolas peleando cada año mejor por entrar en la conversación.

No era sencillo abrirse paso. A la final llegaron 23 restaurantes, con mayoría asturiana pero también con representación de territorios como Madrid, Murcia o Granada, lo que revela hasta qué punto este concurso ha desbordado ya el marco estrictamente regional para convertirse en una cita de alcance nacional. El procedimiento tampoco deja mucho margen a la improvisación: antes de la final hubo un jurado secreto encargado de visitar los locales y seleccionar a quienes realmente merecían discutir la corona en la última cata. Después, ya en la Casona de Amandi, el veredicto quedó en manos de un panel de enorme peso gastronómico, con nombres como Esther Manzano, Pedro Morán, Isaac Loya, José Antonio Campoviejo, Luis Alberto Martínez y Gregorio García, acompañados por David Fernández-Prada, Marcos Grana y Juan Antonio Duyos. Traducido al castellano crudo: para ganar aquí no basta con caer simpático ni con defender una fabada digna; hay que presentar una elaboración capaz de convencer a algunos de los paladares más entrenados y respetados de Asturias.

Y ahí está una de las claves del alcance real de esta noticia. La fabada es probablemente el plato más reconocible de Asturias fuera de Asturias. La propia marca de calidad IGP Faba Asturiana subraya que la faba es uno de los productos agroalimentarios más internacionalmente conocidos del Principado, mientras que la promoción turística oficial la sitúa en el corazón de una gastronomía que combina identidad, tradición, paisaje y materia prima. Dicho de otra manera: cuando Villaviciosa decide cuál es la mejor fabada del año, no está juzgando solo un plato contundente y popular, sino una parte muy visible de la imagen exterior de Asturias. Por eso este certamen tiene algo de campeonato culinario y algo también de debate cultural sobre qué significa hoy cocinar bien un icono regional sin traicionarlo.

Hay otro ángulo muy interesante en el triunfo de Río Astur: Gijón se queda con el gran título en una edición que refuerza la idea de que la cocina asturiana no vive solo de la nostalgia, sino también del relevo generacional y de la capacidad de renovar el prestigio desde casas que saben hablar tanto al comensal de siempre como al que llega buscando la fabada definitiva. Que un cocinero de 23 años se imponga en un certamen con semejante presión simbólica y técnica no es una anécdota; es casi una declaración de futuro. Asturias sigue cocinando tradición, sí, pero no necesariamente con la mirada puesta en el retrovisor.

La victoria se enmarca, además, en un contexto festivo mayor. El concurso forma parte de les Xornaes de les Fabes de Villaviciosa, que en esta edición despliegan un programa con mercado, catas, presentaciones, mesas redondas, degustaciones y actividades centradas en la faba como producto, como paisaje y como símbolo gastronómico. Entre los actos previstos figuraban, por ejemplo, una presentación sobre la historia y el simbolismo de la fabada como icono asturiano y una cata específica de faba asturiana IGP, lo que demuestra que la competición no va sola: alrededor hay toda una estrategia de exaltación del producto, de pedagogía gastronómica y de promoción turística. Villaviciosa no organiza simplemente un concurso; durante unos días convierte la faba en asunto de primera categoría.

Con este triunfo, Río Astur no gana solo 500 euros, que es casi lo de menos. Gana algo bastante más valioso: el derecho a ser durante un año la fabada que todos van a querer probar, la que atrae curiosos, la que llena mesas, la que se menciona en conversaciones gastronómicas y la que empieza a aparecer en escapadas con destino marcado. En Asturias, donde la fabada no es un plato cualquiera sino una especie de religión laica con cuchara, eso equivale a tocar techo. Y hacerlo desde Gijón, con juventud en la cocina y doble premio bajo el brazo, le da a la historia un sabor todavía mejor.

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