Juan Ponte defiende en El Franco que el futuro del Principado no se juega solo en las ciudades, sino también en sus montes: proteger los bosques será clave para combatir el cambio climático, crear empleo verde y mantener vivo el medio rural
Asturias no tiene un tesoro escondido bajo tierra. Lo tiene a la vista. Está en las laderas, en los valles, en las manchas de bosque que enfrían el aire, sujetan la tierra, guardan agua, alimentan biodiversidad y hacen que esta comunidad siga siendo reconocible incluso cuando el mundo parece correr hacia el cemento, la sequía y el abandono rural.
Los bosques asturianos ya no pueden mirarse solo como paisaje de postal. Son mucho más. Son una infraestructura natural. Un escudo climático. Una barrera contra la erosión. Un refugio de biodiversidad. Una fábrica silenciosa de oxígeno. Un almacén de carbono. Y, si se gestionan bien, también pueden ser una oportunidad económica para los concejos que llevan años viendo marcharse a su gente.
Esa fue la idea central que defendió el director general de Agenda 2030, Juan Ponte, durante los actos celebrados en A Caridá, en el concejo de El Franco, con motivo del Día Mundial del Medioambiente. El encuentro se desarrolló bajo un lema con más carga de profundidad de la que parece: Bosques sabios, Asturies viva. Porque ahí está el asunto: si el bosque respira, Asturias respira. Si el monte se abandona, el territorio se debilita.
Ponte reivindicó el papel estratégico de los ecosistemas forestales como una de las grandes herramientas del Principado para afrontar el cambio climático y garantizar un futuro sostenible. No habló solo de árboles. Habló de futuro. De agua. De empleo. De incendios. De pueblos. De biodiversidad. De una Asturias que quiere seguir siendo “paraíso natural”, pero que necesita cuidar mucho mejor aquello que sostiene esa marca.
Un bosque no es decoración: es una defensa
Durante demasiado tiempo, el bosque se ha presentado como un elemento bonito del paisaje. Algo que aparece en las campañas turísticas, en las rutas de fin de semana y en las fotografías que hacen suspirar a quienes viven lejos de Asturias. Pero esa mirada se queda corta.
Un bosque sano reduce el impacto de las altas temperaturas, retiene humedad, protege los suelos, favorece la infiltración del agua, amortigua riadas, mantiene hábitats y captura carbono. En plena crisis climática, eso ya no es poesía verde: es supervivencia territorial.
Asturias conoce bien lo que ocurre cuando el monte se desordena o se abandona. La vegetación sin gestión, la despoblación, el cambio climático y los episodios de calor extremo crean un cóctel peligroso. El fuego ya no es solo una amenaza estacional. Es una advertencia de cómo puede cambiar el territorio si no se actúa con inteligencia.
Por eso, Ponte defendió que la protección forestal debe abordarse desde una visión amplia. No basta con plantar árboles ni con apagar incendios cuando ya están encima. Hace falta prevención, gestión, vigilancia, planificación, aprovechamiento sostenible y una relación más inteligente entre el monte y las personas que viven cerca de él.
El bosque también puede dar trabajo
La noticia importante es esta: cuidar los bosques no tiene por qué ser una carga. Puede ser una oportunidad.
La gestión forestal sostenible puede generar empleo verde, impulsar actividades ligadas a la prevención de incendios, la conservación, la silvicultura, la biomasa, la educación ambiental, el turismo de naturaleza, la restauración de ecosistemas y el aprovechamiento ordenado de recursos. En una Asturias con demasiados pueblos envejecidos y demasiadas casas cerradas, el monte puede convertirse en una pieza más de la lucha contra la despoblación.
No se trata de explotar el bosque hasta dejarlo exhausto, sino de aprovecharlo sin romperlo. Esa es la diferencia entre usar un recurso y saquearlo. Asturias necesita una economía rural que no viva de espaldas a la naturaleza, pero tampoco de rodillas ante el abandono. El bosque puede ser riqueza si se gestiona con cabeza. Y puede ser problema si se deja solo hasta que arda.
El mensaje que dejó Ponte en El Franco apunta precisamente a ese equilibrio: conservar, sí; pero también activar. Proteger, sí; pero también generar oportunidades. Cuidar el patrimonio natural, sí; pero entendiendo que un monte vivo necesita pueblos vivos alrededor.
Agua, biodiversidad y carbono: la triple función invisible
Los bosques asturianos trabajan incluso cuando nadie los mira. Y lo hacen en tres frentes decisivos.
El primero es el agua. Los ecosistemas forestales ayudan a regular los ciclos hídricos, protegen manantiales, reducen escorrentías y mantienen la calidad de los recursos naturales. En un escenario climático más incierto, con episodios extremos cada vez más frecuentes, esta función será cada vez más importante.
El segundo es la biodiversidad. Asturias conserva una riqueza natural extraordinaria, pero esa riqueza depende de hábitats conectados, sanos y bien conservados. Los bosques son refugio de especies, corredores ecológicos y espacios fundamentales para mantener el equilibrio del territorio.
El tercero es el carbono. Los bosques actúan como sumideros naturales, absorbiendo dióxido de carbono y ayudando a reducir el impacto de las emisiones. No son la única solución al cambio climático, ni mucho menos, pero sí una parte imprescindible de cualquier estrategia seria.
Dicho en cristiano, que a veces la jerga ambiental parece escrita por una ardilla funcionaria: los bosques enfrían, protegen, absorben, sujetan, alimentan y dan vida.
El reto: que el “paraíso natural” no sea solo un eslogan
Asturias lleva décadas apoyando buena parte de su imagen exterior en la idea de paraíso natural. Es una marca poderosa, reconocible y valiosa. Pero una marca no se mantiene sola. Si el paisaje se abandona, si los incendios se multiplican, si los pueblos se vacían, si la biodiversidad retrocede y si la gestión forestal no se toma en serio, el paraíso se convierte en decorado frágil.
La intervención de Juan Ponte en el Día Mundial del Medioambiente fue, en el fondo, una llamada a pasar del orgullo a la responsabilidad. Asturias puede presumir de patrimonio natural, pero también tiene que protegerlo. Puede vender naturaleza, pero antes debe cuidarla. Puede atraer visitantes por sus bosques, sus ríos y sus montañas, pero no puede permitir que esos mismos recursos se deterioren por falta de planificación.
El gran desafío está en unir políticas ambientales, rurales y económicas. El monte no puede ser un asunto aislado de los despachos de medioambiente. Tiene que formar parte de la política de empleo, de la lucha contra la despoblación, de la prevención de incendios, de la ordenación del territorio, del turismo sostenible y de la estrategia climática.
El Franco como símbolo de una Asturias que mira al monte
Que el acto se celebrara en A Caridá, en el concejo de El Franco, tiene también un valor simbólico. El Occidente asturiano conoce bien la importancia del territorio, de los recursos naturales y de la necesidad de generar oportunidades fuera de los grandes núcleos urbanos.
Asturias no se juega su futuro solo en Oviedo, Gijón o Avilés. Se lo juega también en los pueblos pequeños, en los concejos rurales, en las zonas de montaña, en los valles interiores y en los territorios que necesitan nuevas razones para que la gente se quede.
Ahí los bosques pueden ser parte de la respuesta. No una solución mágica, porque las soluciones mágicas suelen acabar en PowerPoint y decepción, sino una pieza real de una estrategia más amplia: cuidar el monte, prevenir incendios, generar empleo, proteger el agua, reforzar la biodiversidad y dar valor económico a una naturaleza que no puede seguir tratándose como simple fondo de pantalla.
Asturias necesita bosques vivos, no bosques abandonados
La idea de “Bosques sabios, Asturies viva” resume bien el desafío. Un bosque sabio no es un bosque intocable ni un bosque olvidado. Es un bosque cuidado, comprendido, respetado y gestionado. Un bosque que protege, pero también convive. Un bosque que forma parte de la vida económica y social del territorio.
El futuro sostenible de Asturias dependerá en buena medida de esa relación. Si el Principado consigue convertir sus bosques en aliados contra el cambio climático, en fuente de empleo verde y en motor de vida rural, habrá dado un paso enorme. Si se limita a celebrar días mundiales con frases bonitas, el monte seguirá esperando. Y el monte, cuando se le abandona demasiado tiempo, acaba hablando de la peor manera: con fuego, erosión y silencio.
Asturias tiene un pulmón verde extraordinario. Pero un pulmón también enferma si no se cuida.
La advertencia queda ahí, entre los árboles: proteger los bosques no es un gesto romántico. Es una decisión de futuro.
