La abuela Balbina escuchó que la cúrcuma era muy buena pa la salud y acabó inventándose unas alitas doradines, especiades y crujientes que huelen a cocina de domingo con viaxe incorporáu
Ay, cielinos, lo que son les coses. Una va faciendo la vida tranquila, con su potina, su sartén, su mandil de cuadros y su manera de cocinar como Dios manda, y de repente oye en la tele que la cúrcuma ye buenísima pa la salud. Que si ye antiinflamatoria, que si ayuda al cuerpu, que si tien un colorín que parez oro molíu… Y claro, una, que ye de pueblo pero no ye de piedra, piensa: “Pues si esto ye tan bueno, habrá que metelo en dalgo que preste”.
Porque una cosa vos digo: si una especia ye sana pero sabe a pena, en casa de Balbina no entra. Aquí la salud tien que venir con sabor, con alegría y, si pue ser, con una bandeja de alitas al horno que dejen los deos brillando como si hubiéramos barnizao la merienda.
Así que me puse yo a remexer nel armariu de les especias, que tengo ahí botes que no sé si son de cocinar o de invocar a un druida, y encontré el curry, la cúrcuma, un poco de pimentón, ajo, limón y aceite. Miré les alites de pollo y pensé: “Hoy vais salir de aquí vestíes de fiesta”.
Y vaya si salieron, neños. Doradines, sabroses, un poco exótiques —que una también tien derecho a viajar ensin salir de la cocina— y con ese puntín especiado que despierta hasta al más dormilón de la mesa.
Ingredientes pa cuatro persones con fame normal, o pa dos si vienen de andar por el monte
- 1 kilo de alitas de pollo, partidas en dos si vienen enteres
- 2 cucharadines de cúrcuma
- 1 cucharadina generosa de curry
- 1 cucharadina de pimentón dulce
- Media cucharadina de pimentón picante, si vos gusta que pique un pelín, pero ensin ponerse gallitos
- 3 dientes de ajo bien machacaos o ralladinos
- El zumo de medio limón
- 3 cucharades de aceite de oliva virgen extra
- 1 cucharadina de miel, opcional, pero queda muy curioso el asunto
- Sal al gustu
- Pimienta negra recién molida
- Un puñadín de perejil fresco pa rematar, si tenéis
- Patatines, si queréis aprovechar el horno como Dios manda
Lo primero: el marinado, que ye donde empieza la magia
Mirái, una alita sin marinar ye como un gaiteru ensin gaita: puede tener buena intención, pero falta alegría.
En un bol grande ponéis el aceite, el zumo de limón, los ajos machacaos, la cúrcuma, el curry, el pimentón dulce, el picante si vos animáis, la sal, la pimienta y la miel si queréis que coja un toquecín caramelizáu.
Remexéis bien hasta que quede una pastina amarilla, olorosa y potente. No vos asustéis por el color, que la cúrcuma ye muy mandona y lo tiñe todo. Si vos queda un deu amarillo, no ye enfermedad ninguna: ye que anduvisteis cocinando con fundamento.
Metéis les alites dentro del bol y les embadurnáis bien. Pero bien de verdad, ¿eh? Nada de darles una vuelta tímida como quien saluda a un vecino que no-y cae muy allá. Hay que masajear les alites, que queden cubiertes por tolos laos, como si fueran a desfilar por la fiesta del pueblo.
Tapáis el bol y lo dejáis reposar. Lo ideal ye una hora como mínimo, pero si podéis dejales dos o tres hores en la nevera, mejor todavía. Y si les dejáis desde la noche anterior, eso ya ye cocina con diploma, cielín.
El horno, calentín y ensin miedo
Ponéis el horno a 200 grados, con calor arriba y abajo.
Mientras calienta, sacáis les alites de la nevera pa que pierdan un poco el fríu. Las colocáis en una bandeja con papel de horno, bien separadines, que no estén amontonades como gente en mercáu de domingo. Si las ponéis muy pegades, cuecen en vez de dorar, y aquí vinimos a facer alites crujientes, no a montar un balneario de pollo.
Si queréis añadir patatines, cortadlas en gajos, echadles sal, aceite, un poco de pimentón y ponedlas alrededor. Les patates van cogiendo el sabor del marinado y luego son un peligru, porque empiezas por una y acabes mirando la bandeja como si te debiera dinero.
Metéis la bandeja al horno y dejáis que les alites se hagan unos 35 o 40 minutos. A mitad de cocción, más o menos a los 20 minutos, les dais la vuelta con cuidadín pa que doren por los dos laos.
Si al final queréis que queden más crujientes, subís el horno a 220 grados los últimos cinco minutos o ponéis el grill un momentín. Pero ojo, sin iros a tender ropa ni a mirar el móvil, que el grill ye muy traicioneru: un minuto antes ye gloria y un minuto después ye carbón de mina.
El truquín de Balbina
El truquín ye echar una cucharadina de miel al marinado. No queda dulce, no vos preocupéis. Lo que fai ye ayudar a que les alites cojan un color doradín precioso y una costrina sabrosa que da gusto vela.
Otra cosa importante: la cúrcuma funciona muy bien con pimienta negra. Así que no tengáis miedo a echar un poco de pimienta, que ayuda a redondear el sabor y queda muy bien con el curry.
Y si tenéis yogur natural en casa, podéis servir les alites con una salsina rápida: yogur, gotines de limón, sal, pimienta y un poco de perejil. Eso refresca mucho y queda finu, que también una abuela puede ser moderna sin ponerse ridícula.
Cómo tienen que quedar
Les alites tienen que salir doradines, brillantes, especiades y con la piel un poco crujiente. Por dentro, tiernes y jugosines. El olor ya vos va avisar antes de abrir el horno, porque la cocina entera empieza a parecer una mezcla entre casa asturiana y mercadín de especias.
El curry da profundidad, la cúrcuma pone ese color de oro viejo, el ajo tira de sabor de toda la vida y el limón despierta el conjunto. No ye una receta asturiana tradicional, claro que no. Mi güela no echaba cúrcuma al pollo porque bastante tenía con que no se-y quemara la cocina de carbón. Pero la cocina también ye probar, aprender y facer coses nueves ensin perder el sentíu.
Y eso ye lo que me presta a mí: coger una cosa moderna, traela pa casa y facer que se siente a la mesa como si llevara aquí toda la vida.
Con qué acompañales
Podéis acompañar estes alites con patates asades, ensalada fresca, arroz blanco o un poco de pan, que el pan aquí ye obligatorio porque siempre queda un juguito en la bandeja que ye pecado mortal desperdicialo.
Si queréis facer una comida más completa, ponéis una ensalada de tomate, cebolla y aceitunes, y ya tenéis un platu alegre, barato y resultón. Y si sobra alguna alita —que lo dudo, porque en mi casa desaparecen como los calcetines en la lavadora— al día siguiente están muy bones fríes un momentín en sartén o incluso fríes en airfryer, que ahora todo el mundo tien una y les abueles no vamos ser menos.
Así que ya sabéis, cielinos: si escucháis que la cúrcuma ye buena pa la salud, no vos pongáis a tomala a cucharada seca como si fuerais un remedio andante. Metéila nun platu rico, con pollín, ajín, limón y calor de horno, que la vida ye bastante seria como pa comer triste.
Faced estes alites, poned una bandeja grande en medio de la mesa y dejad que cada cual coja les suyes. Eso sí: servid servilletes, porque esto ye de comer con les manes y relamerse un poco, que tampoco vamos dir por la vida como marqueses de porcelana.
Y si vos salen bien, acordaivos de mí. La abuela Balbina seguirá aquí, probando coses nueves, que me ta entrando a mí un gustirrinín por les especias que cualquier día vos hago una fabada con cardamomo. Bueno, no. Eso tampoco. Una tien curiosidad, pero nun perdió el juicio.
Que vos preste, guapinos, y que el horno vos acompañe.

