Covi, el perro que no ladraba: siete horas de búsqueda nocturna, drones térmicos y un rescate feliz en un acantilado de Ribadesella

Covi, el perro que no ladraba: siete horas de búsqueda nocturna, drones térmicos y un rescate feliz en un acantilado de Ribadesella

Bomberos de Asturias localizó de madrugada al border collie, caído en la zona de La Atalaya, gracias a la Unidad de Drones del SEPA y a una cámara termográfica que logró detectar al animal entre la vegetación

Covi no ladraba. Y esa fue, precisamente, una de las razones por las que encontrarlo se convirtió en una operación mucho más difícil de lo previsto. El border collie había caído por un acantilado en la zona de La Atalaya, en Ribadesella, y sus dueños dieron la voz de alarma cuando vieron que la noche se les echaba encima sin poder recuperarlo. A partir de ahí comenzó una búsqueda larga, tensa y minuciosa que se prolongó durante siete horas y que terminó con el mejor final posible: Covi volvió a los brazos de su familia a las 4.06 de la madrugada.

La historia arrancó a las 20.58 horas, cuando el 112 Asturias recibió el aviso. Hasta el lugar se desplazaron bomberos del parque de Llanes, efectivos del Grupo de Rescate de Bomberos de Asturias y la Unidad de Drones del SEPA. El escenario no era sencillo. La Atalaya es una pequeña cala de Ribadesella, de unos cien metros, formada por cantos rodados y rocas, muy próxima al casco urbano, pero rodeada de un entorno abrupto y acantilado que complica cualquier intervención cuando cae la noche.

Una búsqueda contra la oscuridad

Los primeros intentos de localización se hicieron desde tierra. Los bomberos bajaron a la zona donde se creía que podía estar el animal, pero pronto se encontraron con dos enemigos muy concretos: la oscuridad y la vegetación. Covi, además, estaba asustado, quieto y en silencio. No ladraba, no se movía apenas y no ofrecía referencias sonoras que permitieran ubicarlo.

Esa “discreción”, como la definieron con humor los propios servicios de emergencia, complicó el rastreo. Lo que en otros rescates puede ser una pista —un ladrido, un gemido, un movimiento— en este caso no existía. Covi estaba allí, pero era casi invisible.

Fue entonces cuando la tecnología cambió la noche. La Unidad de Drones del SEPA entró en acción con equipos dotados de cámara termográfica. El Servicio de Emergencias del Principado incorporó estos drones precisamente como apoyo en búsquedas, rastreos, vigilancia y control de incendios, una herramienta que permite observar desde el aire zonas de difícil acceso y localizar puntos de calor que el ojo humano no puede detectar en plena oscuridad.

La cámara térmica encontró lo que nadie veía

La clave estuvo en la imagen térmica. Entre la maleza, las rocas y la oscuridad del acantilado, la cámara del dron logró detectar la presencia del perro. Aquello cambió por completo el operativo: ya no se trataba de buscar a ciegas, sino de llegar hasta el punto exacto donde Covi permanecía atrapado.

Una vez localizado, los bomberos instalaron un sistema de polipasto para poder acceder con seguridad y rescatar al animal. El trabajo técnico quedó en manos de los bomberos rescatadores del Grupo de Rescate, una unidad acostumbrada a operar en escenarios complejos, desde montaña hasta playas, barrancos, ríos o acantilados. Sus propias intervenciones no se limitan al helicóptero: cuando la meteorología, la noche o el terreno lo exigen, también trabajan por tierra en zonas de acceso muy difícil.

La operación exigió paciencia, coordinación y sangre fría. No era un gran despliegue cinematográfico, sino algo más delicado: llegar hasta un perro asustado, en una zona inestable, de noche, sin añadir más riesgo ni para el animal ni para los intervinientes.

Siete horas para devolverlo a casa

A las 4.06 horas, después de una noche interminable para sus dueños, Covi fue rescatado. Estaba asustado, como es lógico, pero vivo. Y eso bastaba. Los bomberos lo entregaron a su familia tras una intervención que volvió a demostrar hasta qué punto la combinación de experiencia, tecnología y calma puede marcar la diferencia en una emergencia.

La propia comunicación del 112 Asturias y de Bomberos de Asturias convirtió el caso en una pequeña historia de alivio compartido. Covi entró, con honores, en esa “familia perruna” de animales que han acabado siendo rescatados por los servicios de emergencia asturianos. Y la frase que dejaron los bomberos resume perfectamente la noche: cuando el final es feliz, el esfuerzo merece la pena.

Tecnología al servicio de lo importante

El rescate de Covi también deja una lectura más amplia. Los drones ya no son un complemento llamativo en los operativos de emergencia: se han convertido en una herramienta decisiva. En Asturias se utilizan en búsquedas de personas desaparecidas, rastreos en zonas de montaña, incendios forestales, entornos fluviales y escenarios donde entrar a pie puede ser lento, peligroso o directamente inviable. El SEPA ha recurrido en distintos dispositivos a la Unidad de Drones junto a bomberos, unidad canina, Grupo de Rescate y otros medios especializados.

En el caso de Covi, esa diferencia fue literal. Sin la cámara térmica, localizar a un perro silencioso, inmóvil y oculto entre la vegetación de un acantilado durante la noche habría sido muchísimo más complicado. Con ella, los equipos pudieron reducir la incertidumbre y transformar una búsqueda angustiosa en un rescate preciso.

Un pequeño héroe involuntario en La Atalaya

Covi no hizo nada épico. No ladró, no guio a nadie, no protagonizó una escena de película. Simplemente aguantó. Quieto, asustado y escondido en una zona donde cualquier mal paso podía empeorar las cosas.

Los héroes, esta vez, fueron los que no se marcharon hasta encontrarlo: los bomberos de Llanes, los rescatadores, los pilotos de drones y todos los efectivos que trabajaron durante la noche para que una familia no se fuera a casa con el corazón roto.

Asturias tiene muchas historias de rescates en montaña, en ríos, en playas y en acantilados. La de Covi es más pequeña, sí, pero tiene algo que la hace irresistible: un perro que no ladraba, una cámara térmica que lo vio en mitad de la oscuridad y siete horas de esfuerzo para que, al final, todo acabara donde tenía que acabar. En casa.

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