Asturias refuerza la búsqueda de las víctimas de La Lloba: casi 249.000 euros para seguir abriendo una de las fosas más duras de la represión franquista

Asturias refuerza la búsqueda de las víctimas de La Lloba: casi 249.000 euros para seguir abriendo una de las fosas más duras de la represión franquista

El Consejo de Gobierno aprueba 168.932 euros adicionales para prolongar las excavaciones en Castrillón, donde los trabajos del grupo Arqueos de la Universidad de Oviedo ya han permitido localizar restos de cerca de 40 personas asesinadas tras el golpe militar de 1936

Asturias seguirá excavando en La Lloba. El Consejo de Gobierno ha aprobado una adenda al convenio entre la Consejería de Ordenación del Territorio y la Universidad de Oviedo para prolongar los trabajos de exhumación en esta fosa común de Castrillón, uno de los enclaves más estremecedores de la memoria democrática asturiana.

La decisión supone añadir 168.932 euros a los 80.000 euros inicialmente previstos para 2026, de manera que la financiación de este año para las labores de exhumación se eleva hasta los 248.932 euros. Es un incremento de más del 200% sobre la previsión inicial y responde al avance de unas investigaciones que han desbordado las primeras estimaciones: los trabajos ya han permitido localizar restos de unas 40 víctimas del golpe militar de 1936.

La cifra habla por sí sola. Donde durante décadas hubo sospechas, testimonios, dolor familiar y memoria transmitida en voz baja, la arqueología está poniendo ahora nombres posibles, cuerpos, evidencias y verdad material. La fosa de La Lloba ya no es solo un lugar señalado por la memoria oral. Es una herida abierta que Asturias ha decidido seguir excavando hasta donde sea posible.

Una fosa conocida durante décadas

La existencia de la fosa de La Lloba era conocida desde hace mucho tiempo en la zona. Las investigaciones previas, los testimonios recogidos y la documentación histórica señalaban unas trincheras abiertas en el verano de 1937 como lugar de enterramiento de víctimas de la represión franquista. El enclave se sitúa en el entorno de Carcéu, en Castrillón, junto a la antigua zona de trincheras y estructuras militares.

Durante años, la fosa permaneció como tantos otros lugares de la Guerra Civil: sabida por unos, temida por otros, nunca suficientemente atendida. La diferencia ahora es que el trabajo científico ha empezado a confirmar lo que la memoria local llevaba décadas sosteniendo.

Las excavaciones comenzaron en 2025 con una financiación inicial de 80.000 euros para ese ejercicio y otra cantidad igual prevista para 2026. La intervención está a cargo del grupo Arqueos, de la Universidad de Oviedo, especializado en trabajos arqueológicos vinculados a contextos históricos complejos.

De los primeros indicios a una excavación de gran alcance

Los primeros hallazgos confirmaron que la zona conservaba restos humanos y objetos asociados a las víctimas. A partir de ahí, la excavación fue creciendo en importancia y complejidad. La aparición de restos óseos, cráneos, fragmentos de cuerpos y objetos personales permitió avanzar en la identificación del espacio como lugar de enterramiento colectivo.

Las investigaciones han revelado además la dimensión brutal de la represión. La fosa no es únicamente un punto arqueológico. Es el resultado final de una cadena de detenciones, violencia, ejecuciones y ocultación. Cada resto localizado obliga a mirar de frente una parte del pasado que durante demasiado tiempo permaneció bajo tierra.

La nueva financiación permitirá prolongar los trabajos, ampliar la investigación y dotar de más recursos a un proceso que exige tiempo, rigor técnico y acompañamiento a las familias. En este tipo de intervenciones no basta con excavar. Hay que documentar, registrar, analizar, conservar, cotejar y, cuando sea posible, identificar.

Ciencia para responder al dolor de las familias

La exhumación de una fosa común no es solo una operación arqueológica. También es un acto de reparación. Lo que para un equipo técnico puede ser una capa de tierra, una trinchera o un resto óseo, para una familia puede ser el final de una búsqueda que dura generaciones.

Por eso, el trabajo en La Lloba tiene una doble dimensión. Por un lado, permite reconstruir con precisión histórica lo ocurrido en la zona durante la represión. Por otro, ofrece a las familias la posibilidad de recuperar los restos de sus seres queridos, enterrarlos con dignidad y cerrar una espera que en muchos casos se ha prolongado durante casi nueve décadas.

El proceso incluye análisis posteriores, estudios antropológicos y posibles cotejos de ADN con familiares de personas desaparecidas. Esa parte será clave para intentar poner nombre a los cuerpos localizados. Porque la memoria democrática no termina al encontrar los restos: empieza de verdad cuando se puede devolver una identidad.

Una intervención que crece por la magnitud de los hallazgos

El aumento de fondos aprobado por el Principado no es un simple refuerzo administrativo. Es la respuesta a una excavación que ha adquirido una relevancia mayor de la prevista inicialmente.

La localización de cerca de 40 víctimas sitúa La Lloba entre las actuaciones de memoria democrática más significativas desarrolladas recientemente en Asturias. El volumen de restos obliga a prolongar el trabajo, reforzar los medios y sostener una investigación que, por su propia naturaleza, no puede cerrarse deprisa.

En las fosas comunes, la prisa es enemiga de la verdad. Cada centímetro puede contener información decisiva: la posición de los cuerpos, los objetos hallados, las lesiones, las señales de violencia, los elementos de vestimenta, los casquillos, las piedras, las capas de tierra. Todo cuenta. Todo habla. Y en La Lloba, lo que está apareciendo habla muy alto.

Reparar el pasado desde el presente

El Gobierno de Asturias enmarca esta actuación dentro de las políticas de memoria democrática y reparación a las víctimas de la represión franquista. La palabra reparación no es retórica en este caso. Significa buscar a quienes fueron asesinados, documentar lo ocurrido y devolver a las familias algo tan básico como un lugar, un nombre y una sepultura.

La fosa de La Lloba recuerda además que la Guerra Civil no terminó para muchas familias cuando cesaron los disparos. Durante décadas siguió en forma de silencio, miedo, ausencia y cuerpos enterrados en lugares anónimos. La democracia llega tarde a muchos de esos espacios, pero llega. Y cuando llega con arqueólogos, financiación pública y voluntad institucional, el pasado deja de ser un rumor y se convierte en prueba.

Una deuda con quienes nunca pudieron volver

La intervención en Castrillón no cambiará lo ocurrido. No puede hacerlo. Pero sí puede cambiar la relación de Asturias con esa parte de su historia. Puede convertir una fosa escondida en un lugar reconocido. Puede transformar una desaparición en una identificación. Puede sustituir el silencio por documentación. Puede permitir que una familia deje de buscar a ciegas.

La nueva dotación de casi 249.000 euros para 2026 permitirá que La Lloba siga hablando. Y lo que está diciendo no es cómodo, pero sí imprescindible: bajo esa tierra no había solo restos. Había personas. Había historias interrumpidas. Había familias esperando.

Asturias ha decidido seguir excavando. Y, en este caso, excavar no es remover el pasado. Es empezar a repararlo.

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