La jornada de octavos dejó fuera a Canadá y Paraguay, abre hoy el turno para Brasil, Noruega, México e Inglaterra, y prepara para mañana un duelo enorme: Portugal-España, el partido que puede marcar el Mundial de la selección
El Mundial ha entrado ya en esa fase en la que no hay margen para el despiste, la excusa ni el mal día. Los octavos de final empezaron este sábado con dos mensajes muy claros: Marruecos sigue creciendo como una selección de verdad grande y Francia, incluso cuando no deslumbra, sabe ganar esos partidos incómodos que separan a los candidatos de los aspirantes.
La primera gran noticia de la jornada fue la clasificación de Marruecos para los cuartos de final después de derrotar con autoridad a Canadá por 0-3. El anfitrión cayó eliminado, pero no sin antes dejar una sensación de crecimiento competitivo en un torneo que ha servido para confirmar su salto de nivel. Marruecos, en cambio, volvió a demostrar una madurez tremenda: aguantar cuando toca, golpear cuando huele sangre y no regalar ni medio metro cuando el partido entra en zona de cuchillo.
El nombre propio fue Azzedine Ounahi, autor de dos goles en la segunda parte, antes de que Soufiane Rahimi cerrara el marcador en el añadido. Marruecos no necesitó arrollar durante todo el partido; le bastó con ser más preciso, más frío y más adulto. Ese es el tipo de equipo que da miedo en una eliminatoria: el que no siempre parece brillante, pero casi siempre sabe exactamente qué está haciendo.
Después llegó Francia, y Francia hizo de Francia. No fue un festival, no fue una exhibición ni una noche de fuegos artificiales, pero sí fue una victoria de equipo grande. Los franceses eliminaron a Paraguay por 0-1 gracias a un penalti transformado por Kylian Mbappé en la segunda parte. Paraguay resistió, cerró espacios, ensució el ritmo y llevó el partido a un terreno incómodo, pero Francia encontró la grieta y no perdonó.
El triunfo francés deja servido un cruce de cuartos de altísimo voltaje: Francia-Marruecos. Una reedición emocional de aquel duelo del Mundial de 2022, pero con una diferencia importante: esta Marruecos ya no puede presentarse como sorpresa. Ahora es una amenaza reconocida. Y eso cambia la mirada de todos.
Hoy el Mundial continúa con otros dos partidos de enorme peso. Brasil se enfrenta a Noruega a las 22.00 horas, en un duelo que mezcla historia, talento y una pregunta poderosa: ¿hasta dónde puede llegar una Noruega que ya no vive solo de la etiqueta de equipo incómodo? Enfrente estará Brasil, que llega a estas alturas con la obligación de siempre: ganar, convencer y cargar con el peso de una camiseta que nunca permite pasar de puntillas por un Mundial.
Ya en la madrugada española, a las 02.00 horas del lunes, será el turno del México-Inglaterra. México jugará con el empuje emocional de sentirse anfitrión y con la presión de una afición que convierte cada partido en un juicio popular. Inglaterra, por su parte, llega con talento de sobra, pero también con esa vieja sombra que siempre le acompaña: cuando el torneo entra en eliminatorias, el fútbol inglés suele encontrarse con sus propios fantasmas. A veces los derrota. Otras, los invita a cenar.
Pero la gran previa empieza ya a mirar hacia mañana. Porque el lunes, a las 21.00 horas, España se juega su futuro en el Mundial ante Portugal en Dallas. Y sí, conviene decirlo sin disimulos: esto es una final anticipada. Un partido de octavos con aroma de semifinal. Un cruce entre dos selecciones que se conocen demasiado, que comparten frontera, talento, orgullo y también una rivalidad futbolística que no necesita demasiada literatura para entenderse.
España llega al duelo después de imponerse con autoridad a Austria por 3-0 en la ronda anterior. La selección dio una de esas respuestas que necesitaba el torneo: control, ritmo, pegada y la sensación de que, cuando consigue mover la pelota con velocidad, puede convertir cualquier partido en un ejercicio de desgaste para el rival. La aparición de jóvenes con desparpajo y el equilibrio de un bloque cada vez más reconocible han devuelto a España al lugar en el que quiere estar: entre las selecciones que no solo compiten, sino que aspiran a mandar.
Portugal, en cambio, alcanzó estos octavos por el camino del sufrimiento. Venció a Croacia por 2-1 con un gol tardío de Gonçalo Ramos después de que Cristiano Ronaldo hubiese marcado de penalti. Fue una victoria con épica, pero también con señales de aviso. Portugal tiene talento en todas las líneas, jugadores capaces de romper un partido por dentro o por fuera, y una mezcla de veteranía y juventud que puede ser peligrosísima. Pero también carga con una tensión evidente alrededor de su figura más grande: Cristiano sigue siendo Cristiano, aunque el equipo ya no puede vivir únicamente orbitando a su alrededor.
El partido tendrá muchas capas. Una de ellas será el duelo emocional y generacional entre Cristiano Ronaldo y la nueva España. Otra, mucho más táctica, estará en las bandas. Ahí puede aparecer una de las claves: la capacidad española para activar a sus extremos, especialmente a Lamine Yamal, ante una Portugal que sabe defender bajo, correr al espacio y castigar cualquier pérdida en zona comprometida.
España necesitará paciencia, pero no lentitud. Control, pero no siesta. Posesión, pero con colmillo. Porque Portugal no es una selección a la que se pueda dormir con pases horizontales durante noventa minutos. Tiene demasiada calidad para sobrevivir a ratos malos y demasiados futbolistas capaces de convertir una transición en un incendio.
La selección española afronta, por tanto, su primer gran examen real del torneo. Hasta ahora ha construido confianza, ha dejado momentos brillantes y ha transmitido una idea clara. Pero los Mundiales no se ganan solo jugando bien en las fases anteriores. Se ganan superando noches como la de mañana: noches incómodas, tensas, cargadas de ruido, donde un detalle puede cambiarlo todo.
El Mundial ya ha entrado en modo supervivencia. Marruecos y Francia ya están en cuartos. Hoy esperan Brasil, Noruega, México e Inglaterra. Y mañana, para España, llega la hora de la verdad: Portugal al otro lado, Dallas como escenario y un billete a cuartos que vale mucho más que una clasificación. Vale la confirmación de que esta selección puede mirar de frente a cualquiera.
