El sistema dunar de Salinas, en Castrillón, es el más extenso de Asturias y uno de los enclaves costeros más singulares del Cantábrico
De Corralejo a Doñana, de Maspalomas al Delta del Ebro, España conserva arenales móviles, dunas fósiles y ecosistemas frágiles que conviene recorrer con calma y pisar con mucho respeto
Hay paisajes que parecen hechos para desconcertar. Uno espera encontrar dunas en Fuerteventura, en Gran Canaria o en Almería, donde el sol cae a plomo y el horizonte se permite ciertas licencias de espejismo. Pero encontrarlas en Asturias, junto al Cantábrico, entre el puerto de Avilés y la playa de Salinas, ya es otra cosa. Ahí está precisamente el sistema dunar de El Espartal, un pequeño desierto atlántico, hermoso y vulnerable, que obliga a mirar la costa asturiana con otros ojos.
Las dunas son arena, sí, pero también son tiempo. Tiempo acumulado grano a grano, movido por el viento, frenado por la vegetación, moldeado por las mareas y alterado por la mano humana. Son paisajes vivos: avanzan, se fijan, se erosionan, se regeneran o desaparecen. Por eso conviene visitarlos sin invadirlos, sin arrancar plantas, sin salirse de las pasarelas cuando las hay y sin confundir una foto bonita con barra libre para pisotear un ecosistema.
En España hay dunas espectaculares. Algunas son inmensas, como las de Corralejo. Otras son icónicas, como Maspalomas. Otras parecen el final del mundo, como el Fangar. Pero Asturias tiene una joya propia, menos conocida fuera de la región y, precisamente por eso, aún más sorprendente: El Espartal.
1. El Espartal, el pequeño desierto atlántico de Asturias
El sistema dunar de El Espartal se encuentra en el concejo de Castrillón, entre Salinas y San Juan de Nieva, en el tramo costero situado junto a la margen izquierda de la ría de Avilés. Turismo Asturias lo define como un espacio catalogado como Monumento Natural por su fauna y vegetación, con valores únicos en la Europa atlántica. El enclave conserva aproximadamente 500 metros de longitud protegida y un primer cordón dunar que puede alcanzar hasta quince metros de altura.
No siempre fue así. Originalmente, tras la playa aparecía el mayor campo dunar de Asturias, que penetraba casi un kilómetro hacia el interior hasta el valle de Raíces. Durante los dos últimos siglos, el crecimiento de Salinas, el desarrollo industrial de Avilés y los usos vinculados al puerto fueron reduciendo su espacio natural. Lo que queda hoy es, por tanto, una reliquia valiosísima: un fragmento superviviente de un paisaje que fue mucho más amplio.
Su belleza no está solo en la arena. En El Espartal conviven dunas blancas y grises, vegetación adaptada al viento y a la salinidad, y especies de interés como el nardo marino, la espigadilla de mar, el barrón o la correhuela de las dunas. También aparecen comunidades arbustivas de trasduna, con madroño, laurel y aligustre. Es decir: no es una simple acumulación de arena detrás de la playa, sino un ecosistema complejo y delicado.
La visita puede comenzar en Salinas, junto al Museo de Anclas Philippe Cousteau, y continuar por el paseo marítimo hasta el entorno dunar. El gran consejo es sencillo: mirar mucho, pisar poco. Las pasarelas y caminos habilitados están precisamente para eso, para que el visitante disfrute sin convertir cada paseo en una pequeña agresión ambiental. Porque El Espartal tiene algo de milagro costero: una Asturias de arena, viento y plantas resistentes, encajada entre el Cantábrico, la ciudad y la industria.
2. Corralejo, el gran mar de arena de Fuerteventura
Si El Espartal es la sorpresa atlántica, Corralejo es la postal desértica por excelencia. El Parque Natural de las Dunas de Corralejo, en el nordeste de Fuerteventura, reúne una franja costera de 2,5 por 10,5 kilómetros y alberga el mayor campo de dunas de Canarias. Allí la arena blanca se encuentra con el turquesa del Atlántico y con la silueta del islote de Lobos en el horizonte.
Corralejo impresiona por escala, pero también por contraste. Al norte dominan las dunas y playas claras; al sur aparece un paisaje volcánico de tonos ocres y rojizos, con la Montaña Roja como gran referencia visual. Es uno de esos lugares donde el viajero entiende que Canarias no es solo playa: es geología a cielo abierto.
La carretera permite acercarse, pero el parque se disfruta caminando. Agua, protección solar y sentido común son aquí casi tan importantes como la cámara. Y, por supuesto, nada de convertir las dunas en circuito improvisado ni de dejar rastro. La arena parece infinita, pero no lo es.
3. Maspalomas, el icono dorado de Gran Canaria
Las Dunas de Maspalomas, al sur de Gran Canaria, son probablemente las más famosas de España. Están protegidas como Reserva Natural Especial desde 1994 y ocupan cerca de 404 hectáreas. Junto al Oasis y la Charca de Maspalomas forman un conjunto de enorme valor natural y paisajístico.
Su fuerza visual está en el choque de mundos: dunas, palmeral, laguna salobre, playa, faro y hoteles a poca distancia. Ese equilibrio, tan atractivo como frágil, explica también sus amenazas. El entorno está muy condicionado por la presión humana, y las autoridades han reforzado en los últimos tiempos la vigilancia y las sanciones para evitar el acceso a zonas restringidas.
Maspalomas se disfruta mejor desde los itinerarios permitidos y los miradores habilitados. Ir a ver la puesta de sol está muy bien; pisar donde no toca para conseguir “la foto” está bastante peor. La épica del viajero moderno no debería consistir en arrasar lo que visita.
4. Liencres, dunas, bosque y Costa Quebrada
En Cantabria, el Parque Natural de las Dunas de Liencres y Costa Quebrada reúne dunas, playas, calas, pinar marítimo, estuario y un litoral de enorme valor geológico. El espacio actual se extiende por Piélagos, Miengo y Santa Cruz de Bezana y alcanza unas 1.700 hectáreas, integrado en el entorno de Costa Quebrada Geoparque Mundial UNESCO.
El antiguo Parque Natural de las Dunas de Liencres fue declarado en 1986 y tenía 195 hectáreas. Sus playas más conocidas son Valdearenas y Canallave, muy apreciadas por surfistas y caminantes. Detrás de la playa se hallan dunas consideradas entre las más importantes del norte de España por su interés geomorfológico, ecológico y paisajístico.
Liencres tiene algo que lo emparenta con El Espartal: el viento, la vegetación y la fragilidad. Son paisajes preciosos, sí, pero no son decorados. Son sistemas vivos que necesitan límites, restauración y visitantes con algo más de sensibilidad que prisas.
5. Doñana, las grandes dunas móviles de la Península
En el Parque Nacional de Doñana, las dunas adquieren una dimensión casi legendaria. El sendero dunar de Matalascañas, de aproximadamente 1,5 kilómetros, permite conocer el sistema más importante de dunas vivas o móviles que permanece en la Península Ibérica. El recorrido muestra desde dunas embrionarias junto a la playa hasta corrales interiores con vegetación.
Aquí la arena no está quieta. Se mueve con el viento, avanza hacia el interior, cubre y descubre vegetación, cambia el perfil del paisaje y recuerda que la naturaleza no entiende de líneas rectas ni de mapas definitivos. Doñana es marisma, aves, bosque, playa y también ese desierto móvil que parece respirar.
La visita al sendero es una de las formas más sencillas de asomarse a esta realidad sin interferir demasiado. Y el atardecer, con la luz baja sobre la arena, hace el resto. No hace falta exagerar: Doñana ya viene exagerada de fábrica.
6. El Fangar, el espejismo del Delta del Ebro
La Punta del Fangar, en el norte del Delta del Ebro, es una península arenosa que se adentra en el mar frente a la bahía del Fangar. Tiene unos seis kilómetros de largo y hasta tres kilómetros de anchura máxima, con un sistema de arenales y dunas móviles considerado uno de los mejor conservados de la Península Ibérica.
Su imagen más reconocible es el faro del Fangar, que parece alejarse a medida que uno camina. El paisaje es plano, abierto, luminoso, casi lunar. También es un enclave importante para aves marinas y migratorias, especialmente en primavera, durante la época de nidificación.
El Fangar no se visita para tacharlo de una lista. Se visita para caminar despacio, sentir el viento y aceptar que, en algunos lugares, el silencio es parte del patrimonio.
7. Cabo de Gata, dunas entre arbustos y cine
En Almería, el Parque Natural de Cabo de Gata-Níjar guarda paisajes dunares muy distintos a los atlánticos y cantábricos. En el entorno de Torregarcía y las Amoladeras, las dunas se mezclan con arbustos resistentes, especialmente el azufaifo, una planta clave para sostener este ecosistema árido. El Ayuntamiento de Almería describe este paisaje como una combinación singular entre el gris de las dunas de arena y el verde de los arbustos.
El resultado es un paisaje áspero, seco y cinematográfico. No extraña que esta parte de Almería haya alimentado tantas fantasías visuales: aquí la arena, la luz y la vegetación parecen hechas para el western, pero también para entender cómo la vida se abre paso donde casi nada lo tiene fácil.
Cabo de Gata ofrece además playas salvajes, senderos, torres defensivas, salinas, aves y una geología volcánica que convierte cualquier paseo en una lección de paisaje. Es otro recordatorio de que las dunas españolas no responden a un único molde: cada una cuenta una historia distinta.
Un viaje de arena, viento y respeto
Estos siete paisajes demuestran que España tiene muchos desiertos junto al mar. Algunos son inmensos y turísticos; otros, discretos y casi secretos. Pero todos comparten una misma fragilidad. La arena se mueve, la vegetación fija, el viento ordena y el ser humano, demasiadas veces, desordena.
Por eso El Espartal merece ocupar el centro de este viaje. No es el sistema dunar más grande ni el más famoso, pero sí uno de los más singulares: un paisaje asturiano que fue enorme, que sobrevivió al avance urbano e industrial y que hoy conserva una belleza silenciosa, rara y muy nuestra.
Quien busque dunas espectaculares en España puede empezar por Canarias, Doñana o el Delta del Ebro. Pero quien quiera descubrir una joya inesperada debería mirar también a Asturias. En Salinas, entre el mar, la arena y el viento, El Espartal sigue ahí. Y eso, visto lo visto, ya es bastante extraordinario.
