El presidente de Estados Unidos acusa a España de ser “una causa perdida” y “un aliado terrible” por su negativa a asumir el 5% del PIB en gasto militar y por las tensiones sobre el uso de las bases de Rota y Morón. El Gobierno español responde con calma y recuerda que la relación comercial se enmarca en la Unión Europea.
Donald Trump ha elevado este miércoles la tensión con España a un nivel inédito dentro de la OTAN. En plena cumbre de la Alianza Atlántica en Ankara, el presidente de Estados Unidos aseguró haber ordenado al secretario del Tesoro, Scott Bessent, cortar “todo el comercio” con España, país al que calificó como “una causa perdida” y “un socio terrible” dentro de la organización militar. Reuters, RTVE, El País y otros medios han confirmado las declaraciones realizadas durante la comparecencia de Trump junto al secretario general de la OTAN, Mark Rutte.
La frase es explosiva, pero el conflicto no nace hoy. Trump lleva meses chocando con el Gobierno español por dos asuntos centrales: el gasto en defensa y el uso de las bases militares de Rota y Morón en operaciones vinculadas a la crisis con Irán. La novedad es que el presidente estadounidense ha pasado de la amenaza política al anuncio de una orden concreta: “cortar” el comercio con España.
La frase que incendia la cumbre
Trump no se limitó a criticar a España. Según las crónicas de la cumbre, habló de romper relaciones comerciales, incluidas las visitas, y pidió hacerlo “inmediatamente”. En su intervención acusó a España de no participar, de no pagar y de beneficiarse del comercio con Estados Unidos sin corresponder en materia de defensa.
El tono forma parte del estilo habitual de Trump, pero el contexto lo hace especialmente delicado. La cumbre de Ankara debía servir para exhibir unidad atlántica, aumento del gasto militar y coordinación frente a Rusia, Irán y otros focos de tensión. Sin embargo, España se ha convertido en el blanco principal del presidente estadounidense ante el resto de aliados.
Por qué Trump carga contra España
El primer motivo es el gasto militar. En la anterior cumbre de la OTAN, los aliados asumieron el compromiso de avanzar hacia un gasto equivalente al 5% del PIB antes de 2035, aunque ese objetivo incluye tanto defensa estricta como partidas vinculadas a seguridad e infraestructuras estratégicas. España ha defendido que elevar el gasto hasta ese nivel pondría en riesgo el Estado del bienestar y ha defendido una senda más limitada.
Madrid sostiene que ya ha alcanzado el entorno del 2% del PIB en gasto de defensa, un umbral que durante años fue la gran reclamación de Washington a sus socios europeos. Mark Rutte, secretario general de la OTAN, intentó rebajar la tensión recordando a Trump que España ha realizado un esfuerzo significativo y que ha llegado a ese nivel.
Pero para Trump eso ya no basta. Su exigencia es el 5%, y España se ha convertido en el ejemplo que utiliza para presionar al resto de socios. En su lógica política, quien no acepta ese salto presupuestario no es un aliado fiable.
Rota, Morón e Irán: la herida estratégica
El segundo gran foco de tensión son las bases de Rota y Morón, instalaciones españolas con presencia estadounidense que forman parte de la arquitectura militar de Washington en el sur de Europa. La base naval de Rota es considerada clave para la Sexta Flota, la presencia estadounidense en el Mediterráneo y el apoyo logístico a fuerzas de EE. UU. y de la OTAN.
Morón, en Sevilla, también tiene valor estratégico como plataforma aérea y de apoyo a despliegues estadounidenses. El propio Gobierno de EE. UU. recoge que hay dos grandes bases con presencia militar norteamericana en Andalucía: Rota y Morón.
La relación se torció aún más en marzo, cuando España negó permiso para que esas bases se utilizaran en operaciones estadounidenses contra Irán. El Gobierno español defendió entonces que cualquier uso debía ajustarse al convenio bilateral, a la legalidad internacional y al marco de Naciones Unidas. The Guardian recogió que Madrid denegó el uso de las bases conjuntas para ataques contra Irán, mientras la ministra Margarita Robles aseguró que Rota y Morón no habían prestado asistencia a la ofensiva estadounidense.
Ese episodio dejó una cicatriz. Para Trump, España no solo se queda corta en gasto militar; además, dificulta el uso de instalaciones consideradas vitales por Washington. Para Madrid, en cambio, permitir operaciones militares unilaterales fuera del marco acordado habría supuesto cruzar una línea política y jurídica.
¿Puede Trump cortar de verdad todo el comercio con España?
Aquí conviene separar el golpe de efecto de la realidad jurídica. Trump puede ordenar medidas desde la Administración estadounidense, elevar aranceles, restringir compras públicas, revisar licencias, dificultar contratos o presionar a empresas. Pero “cortar todo el comercio con España” no es tan sencillo como decirlo en una rueda de prensa.
La razón principal es que España no negocia sola su política comercial exterior: forma parte de la Unión Europea. La Comisión Europea recuerda que el comercio exterior es una competencia exclusiva de la UE, no de los gobiernos nacionales por separado. Eso significa que los acuerdos, aranceles y respuestas comerciales frente a terceros países se gestionan desde Bruselas.
Dicho de otra manera: Washington puede castigar productos, sectores o empresas vinculadas a España, pero una ruptura comercial total y selectiva contra un solo Estado miembro abriría un conflicto directo con la Unión Europea. Sería mucho más que una bronca bilateral; sería una disputa comercial entre Estados Unidos y el bloque europeo.
Un comercio de miles de millones
El comercio entre España y Estados Unidos no es marginal. Según datos citados por Euronews a partir del US Census Bureau, en 2025 Estados Unidos exportó a España bienes por unos 26.000 millones de dólares e importó desde España alrededor de 21.000 millones. El intercambio total de mercancías rondó los 47.000 millones de dólares.
Esto desmonta parte del relato de Trump. No se trata de una relación en la que España sea la única beneficiada. De hecho, las cifras de comercio de bienes muestran superávit estadounidense. El Gobierno español ha respondido precisamente en esa línea: con tranquilidad, defendiendo que la relación con EE. UU. es sólida, mutuamente beneficiosa y anclada también en vínculos sociales, culturales, empresariales y defensivos.
Para muchas empresas españolas, Estados Unidos es un mercado importante en sectores como alimentación, maquinaria, productos químicos, farmacéuticos, automoción, energía, servicios y tecnología. Para Estados Unidos, España también es cliente relevante de bienes industriales, energía, equipamiento y servicios. Cortar esa relación tendría costes en ambos lados del Atlántico.
La respuesta de Moncloa: calma y mensaje a Bruselas
La reacción del Gobierno español ha sido medida. Fuentes gubernamentales citadas por varios medios han insistido en que España mantiene una “magnífica relación” con Estados Unidos y que no hay voluntad de deteriorarla. También recuerdan que las relaciones comerciales no dependen solo de una decisión bilateral entre Madrid y Washington, sino del marco de la Unión Europea.
La estrategia de Moncloa parece clara: no entrar al cuerpo a cuerpo verbal con Trump, evitar una escalada pública y trasladar cualquier eventual medida comercial al terreno comunitario. España sabe que una respuesta aislada sería débil, pero una respuesta europea cambia por completo el tablero.
Rutte intenta salvar la foto de unidad
Mark Rutte se encontró en una posición incómoda. Como secretario general de la OTAN, su papel es mantener cohesionada la Alianza, no alimentar un enfrentamiento entre dos miembros. Por eso intentó recordar a Trump que España sí había aumentado su gasto militar y que el avance hasta el entorno del 2% era relevante.
Pero Rutte también ha construido buena parte de su liderazgo reciente tratando de complacer a Trump y convencerlo de que Europa está haciendo más por su propia defensa. Ese equilibrio explica su tono: defender a España lo justo, sin desafiar abiertamente al presidente estadounidense. Una diplomacia de funambulista, pero sin red y con Trump moviendo la cuerda.
España, el chivo expiatorio perfecto
Trump ha encontrado en España un blanco cómodo. El Gobierno de Pedro Sánchez ha defendido una posición diferenciada en política exterior, ha rechazado el uso de bases para la guerra con Irán, ha marcado distancias con la exigencia del 5% en defensa y representa una sensibilidad política muy alejada del trumpismo.
Eso convierte a España en un ejemplo útil para Trump: puede presentarla ante su electorado como el aliado que “no paga”, “no ayuda” y “se aprovecha” de Estados Unidos. El problema es que esa narrativa simplifica una relación mucho más compleja, con bases militares compartidas, convenios de defensa en vigor, intereses comerciales cruzados y pertenencia común a la OTAN.
Qué puede pasar ahora
A corto plazo, lo más probable es que la amenaza genere consultas diplomáticas inmediatas entre Madrid, Washington, Bruselas y la OTAN. Habrá que ver si la orden anunciada por Trump se traduce en medidas administrativas concretas o si queda como una declaración de presión política en plena cumbre. Reuters ha informado de la orden verbal de Trump, pero la aplicación práctica dependerá de instrumentos legales, comerciales y diplomáticos todavía no detallados públicamente.
Si Washington formaliza restricciones comerciales contra España, la Comisión Europea tendría que intervenir. Si la amenaza se queda en ruido político, el daño será principalmente diplomático: deterioro de confianza, tensión en la OTAN y presión sobre el Gobierno español para explicar su posición ante aliados, empresas y opinión pública.
El fondo del conflicto: qué tipo de aliado quiere ser España
La crisis abierta por Trump no es solo comercial. Es estratégica. La pregunta de fondo es qué papel quiere jugar España dentro de la OTAN y hasta qué punto está dispuesta a seguir automáticamente la agenda militar estadounidense.
Madrid defiende que cumple con la Alianza, que ha aumentado el gasto en defensa y que no acepta compromisos que pongan en riesgo su modelo social. Washington, bajo Trump, exige más dinero, más alineamiento y menos matices. Ahí está el choque.
España no está fuera de la OTAN, ni ha roto con Estados Unidos, ni es un socio irrelevante. Pero se ha convertido en el aliado incómodo. Y Trump, que no suele gestionar las discrepancias con guantes de seda precisamente, ha decidido convertir esa incomodidad en una amenaza pública de ruptura comercial.
El resultado es una crisis de alto voltaje: una frase lanzada en Ankara, una orden dirigida al secretario del Tesoro, un Gobierno español obligado a responder sin sobreactuar y una Unión Europea que podría verse arrastrada si Washington pasa de la amenaza al hecho.
En resumen: Trump ha puesto a España en el centro de la tormenta atlántica. Pero cortar “todo el comercio” con un país de la UE no es apretar un interruptor. Es abrir una puerta muy pesada. Y al otro lado no solo está España: está Bruselas.
