La Guardia Civil descarta por ahora la intervención de terceras personas y la violencia machista en el caso de Félix e Irene, hallados con disparos en su vivienda; él falleció y ella fue trasladada grave al HUCA, aunque algunas primeras informaciones difundidas por agencias llegaron a darla por muerta.
La tragedia entró en Columbiello una mañana de sábado, pero todo indica que llevaba tiempo rondando la casa. No llegó de golpe, aunque los disparos hicieran pensar lo contrario. Llegó despacio, con forma de deuda, de enfermedad, de miedo al desahucio, de cansancio acumulado y de frases repetidas ante los amigos hasta que dejaron de sonar como una amenaza real. “Se iban a pegar un tiro para quitarse de en medio”, contaban después algunos allegados, todavía con esa mezcla de culpa y estupor que deja lo irreparable cuando uno comprende demasiado tarde que aquello que parecía una frase desesperada era, en realidad, un aviso.
Félix G. e Irene G., ambos de unos 70 años, fueron encontrados en su vivienda de Columbiello, en el concejo asturiano de Lena, con heridas de arma de fuego. La Guardia Civil tuvo conocimiento de los hechos en torno a las diez de la mañana, después de que un familiar acudiera a la casa tras recibir una llamada previa de la pareja y encontrara la escena. Los agentes hallaron al hombre fallecido y a la mujer con signos de vida, por lo que fue asistida por los servicios médicos y trasladada al Hospital Universitario Central de Asturias, según informó Europa Press citando a la Guardia Civil.
Una llamada antes del horror
La clave humana y policial del caso está en esa llamada. Antes de que todo ocurriera, el matrimonio habría avisado a un familiar para que acudiera al domicilio. No fue una llamada cualquiera: según las informaciones publicadas, le pidieron que fuera a recoger unos papeles y le dejaron caer que no se asustara con lo que iba a encontrar. Cuando llegó, la tragedia ya estaba consumada o casi consumada.
Ese familiar fue quien alertó a Emergencias. Después se activó el dispositivo: Guardia Civil, Policía Judicial, asistencia sanitaria y Policía Local de Lena. La Unidad Orgánica de Policía Judicial de la Guardia Civil de Asturias asumió la investigación. Las primeras pesquisas descartan la intervención de terceras personas y también que se trate de un caso de violencia de género, aunque la reconstrucción final deberá apoyarse en la inspección ocular, los informes balísticos, los forenses y la investigación judicial.
La escena resultó tan extrema que en un primer momento se dio por muerta también a Irene. Algunos medios difundieron inicialmente que ambos habían fallecido, mientras otros, con información posterior, precisaron que ella presentaba signos vitales y fue trasladada grave al HUCA. Esa contradicción ilustra el caos informativo habitual en los primeros minutos de una tragedia de este tipo: una casa cerrada, heridas gravísimas, datos parciales, vecinos mirando desde la distancia y fuentes oficiales actualizando la situación a medida que los sanitarios confirmaban lo que aún podía hacerse.
La casa que iba a ser refugio y acabó convertida en símbolo
Columbiello no es un escenario cualquiera. Es uno de esos núcleos asturianos donde las casas parecen mirar al monte y el silencio forma parte del paisaje. Según relató El Español, la vivienda del matrimonio se encuentra en un entorno de poblamiento disperso, entre la iglesia y la casa rural El Carbayu, con vistas a prados, huertas y monte. Un vecino contó que al principio algunos pensaron que los disparos podían ser de un cazador o incluso un volador, precisamente porque el entorno rural podía confundir el sonido.
Pero no eran ruidos del monte. Venían de dentro de la casa.
La vivienda, según los testimonios recogidos, había sido levantada años atrás como proyecto de jubilación. Una casa amplia, bonita, con terreno, pensada para descansar después de una vida de trabajo. Félix había sido constructor y durante una etapa las cosas le fueron bien. Pero la caída económica, las deudas y la amenaza de perder la casa habrían transformado aquel refugio en una trampa emocional.
Varios medios recogen que el matrimonio atravesaba graves problemas económicos. Informativos Telecinco llegó a señalar que la vivienda había salido a subasta apenas dos días antes, mientras las informaciones locales hablan de embargo y de un posible desalojo cercano. Ese detalle, si se confirma plenamente en sede judicial o registral, cambia por completo la lectura del caso: no estaríamos solo ante una tragedia íntima, sino ante el derrumbe final de una vida construida alrededor de una casa que ya no podían sostener.
Enfermedad, deterioro y miedo a quedarse solos
A la angustia económica se sumaba la salud. Irene había sufrido un ictus años atrás, según los testimonios publicados, y se encontraba débil. Félix también arrastraba problemas médicos serios que le obligaban a acudir al hospital con frecuencia. Ese doble deterioro físico suele operar como una losa silenciosa: no solo reduce autonomía, también estrecha el futuro. La vida empieza a medirse en citas médicas, facturas, papeles, llamadas pendientes y miedo.
Los allegados describen una relación muy estrecha entre ambos. Una dependencia afectiva poderosa. “No podían vivir el uno sin el otro”, explicaron algunos vecinos sobre la pareja. Esa frase, que en otro contexto podría sonar romántica, aquí adquiere un filo terrible: cuando la vida compartida se convierte en el único sostén, la posibilidad de que uno falte puede sentirse como una condena para el otro.
La investigación baraja como principal hipótesis una muerte pactada o un intento de suicidio conjunto, según han recogido 20 Minutos, laSexta y Telecinco, siempre con la cautela de que el informe judicial deberá determinar la secuencia exacta de los hechos.
Dos pistolas y una hipótesis que apunta al pacto
Uno de los datos más relevantes es que, según la información publicada por La Nueva España y replicada por otros medios, cada integrante del matrimonio habría sido encontrado con un arma corta. Esa circunstancia aleja, al menos en la hipótesis inicial, la lectura de un crimen machista clásico seguido de suicidio y refuerza la tesis de una decisión compartida. Aun así, conviene no cerrar la historia antes de tiempo: en sucesos con armas, cuerpos en una misma estancia y heridas gravísimas, la cronología exacta solo puede establecerse con informes técnicos.
La Guardia Civil ha sido clara en dos descartes preliminares: no hay indicios de una tercera persona y no se trabaja como violencia de género. Europa Press informó de que los investigadores descartan ambas hipótesis con la información disponible.
El pueblo que no se sorprendió del todo
Lo más doloroso del caso quizá no sea solo la violencia del final, sino que algunos vecinos no lo recibieran como algo completamente inimaginable. En Columbiello había señales. Frases. Comentarios. Desánimo. La pareja llevaba días verbalizando una idea terrible. Los amigos intentaban animarlos, pero nadie creyó que fueran a cumplirlo.
Ahí está una de las grandes heridas de esta historia: las señales existían, pero no siempre sabemos leerlas. O las leemos y no sabemos qué hacer con ellas. O nos convencemos de que quien habla así solo necesita desahogarse. La tragedia de Columbiello deja una lección incómoda: cuando una persona mayor, enferma, endeudada y aislada repite que quiere desaparecer, no estamos ante una frase hecha. Estamos ante una alarma.
Una tragedia de salud mental, pobreza sobrevenida y aislamiento
Reducir lo ocurrido a “un matrimonio que decidió quitarse de en medio” sería una brutalidad. La historia parece mucho más compleja. Habla de personas mayores que se enfrentan al deterioro del cuerpo, al miedo económico, a la pérdida de la vivienda, a posibles conflictos familiares y a una sensación de salida cerrada.
El caso retrata un tipo de desesperación que rara vez aparece con suficiente fuerza en las estadísticas: la de quienes han trabajado toda la vida, han tenido una casa, una posición, una identidad social, y de pronto ven cómo todo se desmorona en la vejez. La ruina económica en edades avanzadas no es solo una cuestión de dinero. Es humillación, miedo, dependencia, pérdida de control y terror a convertirse en una carga.
Y cuando a eso se suma la enfermedad, la combinación puede ser devastadora.
Columbiello después de los disparos
Durante horas, el pueblo vivió pendiente de la casa. Vehículos oficiales, agentes, sanitarios, silencio y vecinos mirando sin querer mirar demasiado. En lugares pequeños, una tragedia no se queda dentro de una vivienda: sale por las ventanas, cruza la carretera, entra en las conversaciones y se instala en todos.
La imagen final es durísima: una casa pensada para envejecer juntos, una perra mastina mayor que queda al cuidado de un familiar, un hombre fallecido, una mujer luchando por sobrevivir y un pueblo entero intentando entender cómo se llega hasta ahí.
No fue solo un disparo, fue un derrumbe
La tragedia de Félix e Irene no puede entenderse únicamente desde el minuto final. Ese minuto fue el desenlace, no la historia. Antes hubo deudas. Hubo enfermedad. Hubo aislamiento. Hubo una casa embargada. Hubo una relación de dependencia afectiva. Hubo avisos que sonaron demasiado tarde. Y hubo, sobre todo, una sensación de no encontrar salida.
Columbiello queda ahora asociado a una pregunta amarga: ¿cuántas tragedias empiezan mucho antes de que alguien llame al 112?
Porque esta historia no habla solo de un matrimonio. Habla de una vejez que puede volverse insoportable cuando se juntan la ruina, el miedo, la enfermedad y la soledad. Habla de la necesidad de escuchar de verdad cuando alguien dice que no puede más. Y habla de algo que una sociedad decente no debería normalizar jamás: que dos personas lleguen a creer que desaparecer es una solución.
