El técnico madrileño, que ya conoce el Carlos Tartiere y viene de subir al Levante como campeón, es el perfil escogido para liderar el nuevo proyecto carbayón en una temporada marcada por una exigencia inmediata: volver a Primera
El Real Oviedo ya tiene elegido al hombre que debe conducir su reconstrucción. A falta de que el club lo haga oficial y salvo giro inesperado de última hora, Julián Calero será el entrenador azul la próxima temporada. El técnico madrileño, de 55 años, se hará cargo de un proyecto que nace con una presión evidente: devolver al equipo a Primera División cuanto antes y evitar que el golpe del descenso se convierta en una depresión prolongada.
La decisión no es casual. Calero no llega como un nombre de laboratorio ni como una apuesta decorativa. Llega porque conoce la categoría, porque ya ha ganado una Segunda División, porque ha gestionado vestuarios en situaciones complicadas y porque representa un tipo de entrenador muy concreto: intenso, directo, emocional, de campo, de barro y de libreta. Un técnico capaz de hablar de táctica, pero también de hambre. De estructura, pero también de supervivencia. De sistemas, pero también de alma.
En el Carlos Tartiere no se busca ahora un proyecto literario. Se busca una respuesta. Y Calero aparece como un entrenador preparado para eso: ordenar, competir, elevar el nivel de exigencia y construir un equipo reconocible desde el primer día.
La urgencia de elegir entrenador antes que director deportivo
La llegada de Calero se produce en un contexto llamativo. El Oviedo ha decidido cerrar primero el banquillo antes de completar la estructura deportiva. Tras la negativa de Cata a aceptar la oferta azul, el club sigue buscando un nuevo director deportivo, pero la propiedad ha optado por no esperar más. La prioridad era resolver el nombre del entrenador y empezar a construir desde ahí.
Jesús Martínez ya había marcado públicamente un plazo de dos semanas para anunciar al nuevo técnico. Ese margen se agotaba y el club necesitaba una figura capaz de dar sentido al mercado, participar en la planificación y fijar una idea de equipo. En esa carrera, Calero fue ganando terreno hasta convertirse en el favorito.
La hoja de mando será muy particular. El nuevo responsable de la parcela deportiva tendrá peso, pero no ejercerá como único arquitecto del proyecto. Las grandes decisiones seguirán pasando por Jesús Martínez y por Rafa Monge, su asesor de confianza. En ese ecosistema, Calero tendrá influencia, pero no un poder absoluto como el que pudo tener Paunovic en la planificación anterior.
El club quiere escuchar al entrenador, pero también mantener el control estratégico desde la propiedad. Esa será una de las claves del nuevo ciclo: encontrar el equilibrio entre el criterio del banquillo, el mercado y la dirección marcada desde México.
Por qué Calero y por qué ahora
El Oviedo contrata a Calero porque necesita exactamente lo que él acaba de demostrar que sabe hacer: competir en Segunda con obligación de ascenso. Su gran aval reciente es el Levante. Llegó al club granota en 2024 con una misión inequívoca: devolverlo a Primera. Lo consiguió. Y no de cualquier manera: logró el ascenso directo y terminó como campeón de la categoría.
Ese dato pesa mucho. En Segunda no basta con tener buena plantilla. Hay que sobrevivir a campos incómodos, rachas extrañas, arbitrajes discutidos, partidos trabados, semanas con ruido y rivales que te convierten cada desplazamiento en una emboscada. Calero ya ha recorrido ese camino. Y lo ha ganado.
Pero su candidatura no se explica solo por el ascenso. También por su trayectoria previa. En Burgos fue el entrenador que ayudó a cambiar la dimensión competitiva del club. Lo llevó desde la antigua Segunda B al fútbol profesional y lo consolidó en Segunda con una identidad muy marcada: equipo duro, solidario, incómodo, mentalmente fuerte y capaz de multiplicar sus recursos.
Después, en Cartagena, asumió una situación crítica. Cogió al equipo hundido, en zona de descenso y con una dinámica muy negativa. Lo transformó durante la temporada hasta lograr una permanencia holgada. Allí demostró otra cualidad que al Oviedo le interesa: capacidad para intervenir en contextos de emergencia.
Y luego llegó el Levante. Ahí enseñó una versión más ofensiva, más ambiciosa y más protagonista. Ya no era solo el técnico de la resistencia, el orden y la mortadela. Fue también el entrenador capaz de dirigir un equipo candidato, asumir el favoritismo y llevarlo hasta el ascenso directo.
Un regreso al Oviedo, pero en otro papel
Calero no aterrizará en Oviedo como un desconocido. Ya pasó por la entidad en la temporada 2016-2017, cuando fue segundo entrenador de Fernando Hierro. Aquella etapa no terminó con el objetivo deseado. El equipo acabó octavo, fuera del play off, y el proyecto no tuvo continuidad. Pero para Calero fue una experiencia importante: conoció el club, el Tartiere, la exigencia del oviedismo y la particular temperatura emocional que rodea a la entidad.
Ahora vuelve en un escenario radicalmente distinto. Ya no llega como ayudante. Llega como jefe del banquillo. Ya no llega dentro del cuerpo técnico de una figura como Hierro. Llega con su propio nombre, su propio ascenso, su propio método y su propia autoridad.
Ese detalle no es menor. El Oviedo ficha a un entrenador que conoce la casa, pero que ya no depende de su pasado en ella. Vuelve mucho más hecho. Mucho más curtido. Y, sobre todo, con un ascenso reciente en el bolsillo.
El técnico que empezó desde abajo
La historia de Calero tiene un componente que encaja muy bien con el relato que necesita ahora el Oviedo. No es un entrenador fabricado en despachos nobles. Fue futbolista en equipos modestos de Madrid, pasó por el Parla, el Fuenlabrada, el Pinto, el Alcalá, el Valdemoro o el Coslada, y después empezó a entrenar desde categorías inferiores y clubes humildes.
Durante años compaginó los banquillos con otros trabajos. Primero en una empresa de servicios. Después como policía municipal en Madrid. Esa parte de su vida ha marcado mucho su personalidad pública. Calero ha contado en distintas ocasiones el impacto que le provocó trabajar como agente durante los atentados del 11-M, una experiencia durísima que forma parte de su biografía personal y que también aparece en su libro, Fútbol al rescate.
Ese recorrido explica parte de su carácter. Calero no suele hablar como un técnico de discurso frío. Tiene una forma de expresarse vehemente, emocional, a veces casi teatral, pero siempre muy conectada con la idea de esfuerzo. Es de los entrenadores que convierten una rueda de prensa en un pequeño manifiesto. Puede gustar más o menos, pero rara vez deja indiferente.
Del bocadillo de mortadela al fútbol de ascenso
Muchos aficionados recuerdan a Calero por una de sus frases más famosas en Burgos, cuando utilizó la imagen del bocadillo de mortadela para explicar las limitaciones de su equipo. La idea era sencilla: no siempre se puede comer jamón o caviar; a veces hay que valorar la mortadela. Detrás del símil había una filosofía competitiva: saber quién eres, no engañarte, competir con tus armas y no pedirle a una plantilla lo que no puede dar.
Pero reducir a Calero a esa imagen sería quedarse corto. Su evolución en el Levante demostró que no es solo un entrenador de bloque bajo, sufrimiento y partido largo. Cuando tuvo una plantilla con capacidad para mandar, la puso a mandar. Su Levante fue un equipo más ofensivo, con más presencia en campo rival, con más peso de los extremos, laterales con recorrido y una estructura flexible.
Calero no es un dogmático del sistema. Puede partir de un 4-4-2, ha trabajado con 4-3-3, ha utilizado estructuras que se transforman en 4-1-4-1 en fase defensiva y ha defendido públicamente que una cosa es el dibujo y otra la idea de juego. Esa distinción será importante en el Oviedo: no se trata solo de saber si jugará con dos puntas o con tres centrocampistas, sino de qué quiere que sea el equipo.
Y lo que suele querer es bastante reconocible: intensidad, orden, agresividad competitiva, compromiso colectivo, bandas con profundidad, ritmo emocional alto y una plantilla convencida de que cada partido de Segunda se juega como si fuera una declaración de intenciones.
Qué puede aportar al Oviedo
Calero puede aportar al Oviedo cinco cosas que ahora mismo parecen esenciales.
La primera es conocimiento de la categoría. Segunda no permite entrenadores despistados. Es una liga de detalles, viajes, duelos, áreas, segundas jugadas y estados de ánimo. Calero la conoce bien y ha ganado en ella.
La segunda es autoridad emocional. El Oviedo viene de una temporada dolorosa y necesita un entrenador que no entre de puntillas. Calero tiene presencia, discurso y energía para marcar territorio desde el primer entrenamiento.
La tercera es flexibilidad táctica. No llega con una única receta. En Burgos fue un técnico muy pragmático. En Cartagena rescató a un equipo hundido. En Levante evolucionó hacia un fútbol más ambicioso. Esa capacidad de adaptación puede ser clave en un Oviedo que aún debe ajustar plantilla, salidas y fichajes.
La cuarta es experiencia en ascensos. No es lo mismo hablar de volver a Primera que haberlo hecho hace muy poco. Calero sabe lo que significa convivir con esa presión durante diez meses.
La quinta es conexión con el relato del club. El Oviedo necesita recuperar una identidad competitiva fuerte. Calero puede ofrecer justo eso: un equipo con carácter, reconocible, incómodo y emocionalmente enchufado.
El reto: gestionar la exigencia del Tartiere
La gran incógnita será cómo encaja su personalidad con la presión del Oviedo. El Tartiere no es una plaza cualquiera. La afición azul tiene memoria, paciencia limitada cuando las cosas se tuercen y una exigencia que se multiplica cuando el objetivo es el ascenso. Calero no tendrá demasiado margen para construir desde la calma. Necesitará resultados, señales de identidad y sensación de proyecto desde el principio.
Además, deberá convivir con una estructura deportiva todavía en construcción. El mercado ya se ha movido con incorporaciones como Pablo Sáenz, Youness y Jacobo, pero queda mucho por hacer. Habrá que decidir salidas, renovar liderazgos, reforzar posiciones clave y configurar una plantilla que no solo sea buena sobre el papel, sino mentalmente preparada para soportar la obligación de ganar.
Ahí Calero tendrá una labor decisiva: convertir un grupo de futbolistas en un equipo con mandíbula. Porque en Segunda no asciende siempre el que mejor juega durante más minutos. Asciende el que resiste, el que no se rompe, el que suma cuando está mal y el que llega vivo a las últimas diez jornadas.
Una apuesta con sentido, pero no exenta de riesgo
La elección de Calero tiene lógica deportiva. Es un técnico reciente de ascenso, conoce la categoría, tiene oficio, carácter y una trayectoria que ha ido creciendo desde abajo hasta la élite. No es una apuesta extravagante. Es una apuesta reconocible.
Pero también tiene riesgos. Su etapa en Primera con el Levante terminó pronto, destituido tras catorce jornadas de Liga. Ese episodio no borra el ascenso, pero recuerda que el fútbol cambia de temperatura muy rápido. En Oviedo no se le juzgará por lo que hizo en Valencia, sino por lo que sea capaz de construir ahora.
También deberá demostrar que puede manejar un club con una presión institucional y social superior a la de algunos de sus destinos anteriores. En Burgos podía crecer desde la expectativa moderada. En Cartagena podía trabajar desde la urgencia de la permanencia. En Levante asumió la obligación del ascenso y salió campeón. El Oviedo se parece más a este último caso: una entidad grande para la categoría, con historia, masa social y urgencia.
El mensaje del club: volver cuanto antes
El fichaje de Calero lanza un mensaje evidente: el Oviedo no quiere una temporada de transición. No se prepara para lamerse las heridas. Se prepara para competir por el regreso. La contratación de un entrenador que acaba de subir como campeón con el Levante no es una decisión neutra. Es una declaración de intenciones.
El objetivo será volver a Primera. Y el club quiere hacerlo con un técnico que no necesite aprender la categoría, que sepa gestionar la presión y que pueda intervenir desde el primer día en el diseño de la plantilla.
Calero llega al Oviedo con una mochila llena de caminos: el fútbol modesto de Madrid, los banquillos de cantera, las experiencias internacionales con Lopetegui, Luis Milla y Fernando Hierro, el Mundial de Rusia, el ascenso del Burgos, la salvación del Cartagena y el título con el Levante. Ahora suma un nuevo capítulo: reconstruir al Oviedo.
Y ahí está el verdadero reto. No basta con entrenar. Tendrá que convencer. No basta con hablar de ascenso. Tendrá que fabricar un equipo capaz de merecerlo. No basta con volver al Tartiere. Tendrá que hacer que el Tartiere vuelva a creer.
Julián Calero no llega para adornar el banquillo. Llega para levantar al Oviedo. Y eso, en una ciudad que lleva demasiado tiempo conviviendo con la nostalgia y la exigencia, no es una tarea cualquiera.
