El primer Pontífice estadounidense, Robert Francis Prevost, maneja inglés, español, italiano, francés y portugués, lee latín y alemán y llegó a conocer algo de quechua durante sus años en Perú. Su caso no es solo una rareza vaticana: explica cómo la inmersión, la necesidad, la memoria afectiva y la vida internacional pueden convertir a una persona en políglota
Estos días en España, el Papa León XIV ha vuelto a provocar una de esas impresiones que dejan al público entre admirado y ligeramente humillado. Uno lo escucha saludar en español, cambiar de registro, manejar el italiano vaticano, responder a periodistas en otro idioma y moverse con naturalidad por escenarios internacionales, y la pregunta sale sola: ¿pero cuántas lenguas habla este hombre?
La respuesta no es sencilla, porque con los idiomas ocurre algo parecido a la cocina: una cosa es preparar un café, otra hacer una fabada decente y otra montar un menú degustación sin quemar la casa. No todos los idiomas se dominan al mismo nivel. Pero el caso de León XIV es, aun así, llamativo. Nacido como Robert Francis Prevost en Chicago en 1955, el actual Papa tiene el inglés como lengua materna, pero habla también español, italiano, francés y portugués; además, puede leer latín y alemán, y durante su larga etapa en Perú llegó a aprender algo de una lengua quechua.
Su biografía ayuda a entenderlo. León XIV no es un Papa que haya aprendido idiomas como quien rellena una aplicación del móvil antes de un viaje. Su vida ha sido un mapa lingüístico. Nació en Estados Unidos, en una familia con raíces francesas, italianas y españolas; se formó en ambientes religiosos internacionales; vivió durante años en Perú; trabajó en Roma; se movió por América Latina; y acabó ocupando cargos en una Iglesia que funciona, literalmente, en varias lenguas a la vez. Vatican News recuerda que Prevost nació en Chicago, estudió en Villanova, entró en la Orden de San Agustín y desarrolló una parte fundamental de su trayectoria en Perú antes de regresar a responsabilidades internacionales en la Iglesia.
El español no lo aprendió en una academia: lo vivió en Perú
El idioma que más sorprende a muchos españoles es el español. No porque sea raro que un Papa lo hable —Francisco lo tenía como lengua materna—, sino porque en León XIV se trata de un estadounidense que lo maneja con una soltura construida durante décadas. La clave está en Perú.
Prevost llegó a la misión agustiniana en Perú en 1985. Fue canciller de la Prelatura Territorial de Chulucanas, regresó después al país andino y pasó años en Trujillo como formador, profesor de Derecho Canónico, prefecto de estudios, juez eclesiástico y sacerdote en barrios periféricos. Esa no es una experiencia de turista lingüístico. Es inmersión total: escuchar, predicar, discutir, acompañar, confesar, estudiar expedientes, enseñar y vivir en español.
Ahí está una de las grandes lecciones del caso León XIV: los idiomas no se aprenden de verdad cuando se estudian como asignatura, sino cuando se vuelven necesarios. Uno puede memorizar listas de verbos irregulares, pero aprende de otra manera cuando tiene que resolver una reunión, consolar a una familia, preparar una homilía, entender el humor local o moverse por una comunidad donde la lengua no es un objeto de estudio, sino el aire que respira todo el mundo.
Por eso su español tiene un peso especial. No es un adorno diplomático. Es una lengua de vida pastoral. El propio inicio de su pontificado ya llamó la atención porque, pese a ser estadounidense, sus primeras palabras públicas no se limitaron al inglés: utilizó el italiano y el español, dos idiomas centrales en su biografía eclesial.
Italiano: el idioma de Roma y del Vaticano
El italiano es otra pieza inevitable. En el Vaticano no basta con saber rezar en latín y sonreír con cara de estampita. La maquinaria real de la Santa Sede se mueve a diario en italiano: reuniones, documentos, conversaciones de curia, ceremonias, entrevistas, vida interna. Para cualquier eclesiástico que trabaja en Roma, el italiano se convierte en herramienta de supervivencia.
León XIV fue prefecto del Dicasterio para los Obispos antes de ser elegido Papa, uno de los cargos más importantes de la Curia. Eso implica años de trabajo en el corazón administrativo de la Iglesia católica. El italiano, en su caso, no es solo una lengua aprendida para pronunciar discursos solemnes; es el idioma de los pasillos, de los expedientes, de las decisiones y de la vida cotidiana romana.
Aquí aparece otro mecanismo clásico de los políglotas: el uso funcional. Aprender un idioma no consiste únicamente en conocerlo, sino en tener que usarlo para algo concreto. Quien trabaja, negocia, enseña o gobierna en una lengua acaba creando caminos mentales mucho más sólidos que quien la estudia una hora a la semana y luego la guarda en el cajón junto a la esterilla de yoga.
Francés, portugués, latín y alemán: distintos niveles, distintas funciones
Cuando se dice que el Papa “habla muchos idiomas”, conviene afinar. Según las biografías y perfiles publicados tras su elección, León XIV habla inglés, español, italiano, francés y portugués, y puede leer latín y alemán. Algunas fuentes añaden que tuvo contacto con quechua durante su etapa peruana.
Eso no significa que todos esos idiomas estén al mismo nivel. Un políglota puede tener una lengua de infancia, una lengua profesional, una lengua pastoral, otra de lectura y otra de conversación básica. Esta distinción importa mucho. Hablar portugués con fluidez suficiente para comunicarse no es lo mismo que escribir un tratado teológico en portugués. Leer latín o alemán no implica necesariamente mantener una charla improvisada con chistes, ironía y mala leche fina, que ya es la Champions del idioma.
El latín, en particular, tiene un papel especial en la Iglesia. No suele ser una lengua de conversación cotidiana, pero sí de lectura, liturgia, derecho y tradición. Para un canonista como Prevost, leer latín forma parte de una formación intelectual muy específica. El alemán, por su parte, es una lengua importante en la teología, la filosofía y la producción académica europea. Saber leerlo abre puertas a textos que han marcado profundamente el pensamiento cristiano y occidental.
El secreto no es tener un cerebro extraterrestre, sino acumular capas
La tentación es pensar que los políglotas nacen con un cerebro fabricado en otro planeta. Algo de talento puede haber, claro. Hay personas con mejor oído, más memoria verbal, más facilidad para imitar sonidos o menos vergüenza al equivocarse. Y la vergüenza, no lo olvidemos, es una asesina de idiomas. Mucha gente no aprende más porque prefiere callarse antes que decir una frase con acento de señor perdido en aeropuerto.
Pero la ciencia y la experiencia de los políglotas apuntan a una explicación más terrenal: exposición intensa, motivación, repetición, uso real y acumulación de lenguas relacionadas. En el caso de León XIV, varias lenguas pertenecen a la familia romance: español, italiano, francés, portugués y latín. Una vez que una persona domina bien una de ellas, las demás no son gratis, pero tampoco empiezan desde cero. Comparten raíces, estructuras, vocabulario y formas de pensar.
Para un hispanohablante, aprender italiano o portugués es mucho más accesible que aprender japonés o húngaro. Para alguien que maneja español, italiano y latín, el francés y el portugués encuentran ya una red de apoyo mental. El cerebro no abre una habitación completamente nueva para cada idioma; a menudo reutiliza pasillos, muebles y enchufes.
Lo que dice el cerebro de los políglotas
Los estudios sobre personas políglotas muestran algo fascinante: el cerebro de quienes manejan muchas lenguas puede procesarlas de manera muy eficiente. Una investigación del MIT observó que la red lingüística del cerebro responde con más fuerza ante idiomas que el hablante domina mejor, pero de forma especialmente baja ante la lengua materna, como si procesarla exigiera menos esfuerzo.
Otro estudio publicado en Cerebral Cortex analizó a políglotas e hiperpolíglotas —personas con dominio de muchas lenguas— y encontró que utilizaban menos recursos neuronales para procesar el lenguaje que los grupos de comparación. La interpretación no es que tengan “más cerebro”, sino que su sistema lingüístico funciona de manera más eficiente tras años de entrenamiento y exposición.
Esto encaja con algo que cualquiera puede entender. Cuando uno empieza a conducir, todo es esfuerzo: embrague, espejo, marcha, intermitente, miedo a calarse, peatón suicida. Años después, conduce casi sin pensarlo. Con las lenguas pasa algo similar. El esfuerzo inicial es enorme, pero el uso constante automatiza procesos. Los políglotas no traducen palabra por palabra todo el tiempo. Activan sistemas enteros.
La Iglesia, una escuela global de idiomas
Hay otro elemento fundamental: el entorno. La Iglesia católica es una de las instituciones más multilingües del mundo. Tiene presencia en todos los continentes, trabaja con culturas muy distintas y mantiene una diplomacia global. Un sacerdote, obispo o cardenal con trayectoria internacional no aprende idiomas por capricho, sino porque los necesita para predicar, gobernar, estudiar, escuchar y representar.
En el caso de León XIV, su perfil combina varias ventajas: educación superior, vida religiosa internacional, experiencia misionera, trabajo en América Latina, responsabilidades en Roma y contacto constante con comunidades de distintos países. No es lo mismo aprender francés para aprobar un examen que aprenderlo porque tienes que participar en encuentros internacionales. La necesidad afila mucho.
Además, la propia Unión Europea defiende desde hace años el aprendizaje de lenguas como herramienta de diversidad cultural, movilidad y ciudadanía. Su política de multilingüismo promueve la diversidad lingüística y anima a los ciudadanos a aprender idiomas, aunque cada país mantenga sus propias políticas educativas. En ese sentido, el Papa es un ejemplo extremo de algo que Europa lleva décadas intentando normalizar: vivir en más de una lengua.
Por qué a la mayoría nos cuesta tanto
La pregunta incómoda es la otra: si algunas personas hablan cinco, seis o siete idiomas, ¿por qué a tanta gente le cuesta manejar incluso el suyo propio con precisión? La respuesta tiene varias capas.
Primero, porque hablar una lengua materna no significa dominarla formalmente. Mucha gente se comunica bien en su idioma, pero tiene dificultades para escribir, argumentar, estructurar ideas o usar registros distintos. Eso no es raro. Una lengua no es una herramienta simple; es una ciudad entera. Podemos vivir en ella toda la vida y no conocer todos sus barrios.
Segundo, porque la escuela a menudo enseña idiomas como si fueran autopsias: disecciona la gramática, subraya errores, obliga a memorizar listas y deja poco espacio para hablar de verdad. Así se aprende a temer al idioma, no a habitarlo.
Tercero, porque los adultos tienen menos tiempo, menos paciencia y más vergüenza. Un niño se equivoca y sigue. Un adulto dice mal una frase y siente que acaba de perder la dignidad ante la comunidad internacional.
Cuarto, porque aprender una lengua exige constancia, y la constancia es menos sexy que instalar una aplicación y prometerse que esta vez sí. Los políglotas no hacen magia: escuchan mucho, repiten mucho, leen mucho, se equivocan mucho y vuelven a intentarlo. El talento ayuda, pero la exposición manda.
La ventaja de pensar en lenguas, no en asignaturas
León XIV representa una forma de aprender idiomas que no pasa por coleccionar certificados, sino por vivir en contextos distintos. El inglés le viene de nacimiento. El español, de Perú y América Latina. El italiano, de Roma. El latín, de su formación canónica. El francés y el portugués, de la vida internacional de la Iglesia y de la proximidad entre lenguas romances. Cada idioma tiene una función, un territorio y una memoria.
Esa es una lección muy útil para cualquiera: se aprende mejor cuando el idioma sirve para algo. Para trabajar, viajar, amar, investigar, rezar, cantar, ver cine, seguir un deporte, hablar con una familia, leer prensa o entender a alguien sin intermediarios. El cerebro se agarra mejor a lo que tiene sentido.
Por eso los políglotas suelen tener una relación menos solemne con los idiomas. No esperan hablar perfecto para empezar. Empiezan, fallan, corrigen, vuelven. La perfección llega tarde, si llega. La comunicación llega antes.
Un Papa que habla como puente
En un pontificado, los idiomas no son solo una habilidad personal. Son una forma de poder simbólico. Cuando un Papa habla en la lengua de un pueblo, reduce distancia. Cuando saluda en español en Madrid, en italiano en Roma, en portugués ante brasileños o en inglés ante estadounidenses, no solo transmite palabras: transmite cercanía.
Durante su viaje a España, León XIV ha utilizado el español en un contexto especialmente cargado de contenido político, social y espiritual. En su intervención ante el Parlamento, según las crónicas internacionales, abordó asuntos como la migración, la paz, la polarización y la responsabilidad moral de las sociedades democráticas. Y en el vuelo hacia Madrid saludó a los periodistas con un “Muy buenos días a todos”, un gesto pequeño, pero revelador de esa voluntad de entrar en la lengua del país que visita.
Esa capacidad importa más de lo que parece. En un mundo saturado de traducciones automáticas, hablar directamente sigue teniendo un valor humano enorme. Una frase dicha en la lengua del otro no solo se entiende: se recibe de otra manera.
La verdadera lección de León XIV
La facilidad lingüística de León XIV impresiona porque parece excepcional. Y lo es. Pero no es inexplicable. Su vida reúne casi todas las condiciones que favorecen el multilingüismo: familia con raíces diversas, educación exigente, vocación internacional, décadas de inmersión en otro país, trabajo en una institución global, lectura constante y contacto con lenguas emparentadas.
No todos podemos convertirnos en Papas políglotas, lo cual quizá sea una tranquilidad para la agenda mundial. Pero sí podemos extraer una enseñanza: los idiomas se aprenden cuando dejan de ser una obligación y se convierten en una forma de entrar en la vida de otros.
León XIV no habla muchas lenguas solo porque tenga facilidad. Las habla porque ha vivido muchas vidas: la de un chico de Chicago, la de un misionero en Perú, la de un religioso agustino, la de un canonista, la de un obispo, la de un hombre de Roma y ahora la de un Papa que debe dirigirse a un mundo entero.
Al final, ser políglota no consiste solo en acumular vocabularios. Consiste en poder mirar la realidad desde varias ventanas. Y quizá por eso impresiona tanto: porque en una época en la que a veces nos cuesta entendernos incluso hablando el mismo idioma, aparece un Papa capaz de cambiar de lengua para intentar acercarse un poco más.
