México y Sudáfrica abren hoy en el Estadio Azteca una Copa del Mundo distinta a todas las anteriores: más larga, más multitudinaria, más comercial, más imprevisible y con España entre los grandes favoritos al título
El fútbol vuelve a encender su gran hoguera planetaria. Hoy, jueves 11 de junio de 2026, comienza el Mundial. Y no empieza uno cualquiera. Arranca la Copa del Mundo más grande, más extensa y más ambiciosa jamás organizada: 48 selecciones, 104 partidos, tres países anfitriones —México, Estados Unidos y Canadá— y 39 días por delante para comprobar si el fútbol sigue perteneciendo a los gigantes de siempre o si este nuevo formato abre la puerta a una sorpresa de las que se cuentan durante generaciones.
El partido inaugural enfrentará a México y Sudáfrica en el Estadio Azteca de Ciudad de México, rebautizado por la FIFA como Mexico City Stadium durante el torneo. No es un escenario más. Es un templo. Allí se jugaron partidos de los Mundiales de 1970 y 1986. Allí brillaron Pelé y Maradona. Allí se escribió parte de la mitología del fútbol. Y hoy, en ese mismo lugar cargado de memoria, se abre una edición que pretende cambiar el tamaño del Mundial y quizá también su naturaleza.
México se convierte así en el primer país que acoge partidos de tres Copas del Mundo masculinas. Estados Unidos será el gran pulmón logístico y comercial del torneo. Canadá entra por primera vez como sede mundialista masculina. La fotografía es poderosa: el Mundial ya no pertenece a un solo país, sino a un continente entero.
Un Mundial que ya no cabe en el viejo molde
Durante décadas, el Mundial tuvo una estructura reconocible: 32 selecciones, ocho grupos, 64 partidos y una fase final que empezaba en octavos. En 2026 todo cambia. La FIFA ha ampliado el torneo a 48 equipos, repartidos en 12 grupos de cuatro. Pasarán a la siguiente ronda los dos primeros de cada grupo y también los ocho mejores terceros. Eso significa que habrá una ronda adicional: los dieciseisavos de final, una criba masiva que llevará a 32 selecciones a las eliminatorias.
La consecuencia es doble. Por un lado, el Mundial será más inclusivo. Habrá más países, más historias pequeñas, más debutantes, más aficionados representados y más posibilidades de que selecciones que antes miraban la Copa del Mundo desde la ventana ahora puedan vivirla desde dentro. Por otro, el torneo será más largo, más complejo y más exigente para las grandes favoritas, que ya no tendrán margen para despistarse durante un mes entero.
El Mundial de 2026 no será una carrera corta. Será una travesía. Una selección campeona tendrá que sobrevivir a un calendario más cargado, más viajes, más climas, más escenarios y más partidos de alta tensión. Ganar ya era difícil. Ahora será directamente una prueba de resistencia futbolística, emocional y física.
Tres países, 16 ciudades y una Copa del Mundo diseñada como un gigantesco espectáculo
La dimensión del torneo es descomunal. Los partidos se jugarán en 16 ciudades repartidas entre México, Estados Unidos y Canadá. México aporta Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey. Canadá suma Toronto y Vancouver. Estados Unidos despliega la mayor parte del mapa, con sedes como Los Ángeles, Miami, Atlanta, Houston, Seattle, Kansas City, Filadelfia, Dallas, Boston, Nueva York/Nueva Jersey y San Francisco/Santa Clara.
La final será el 19 de julio en el MetLife Stadium, en East Rutherford, Nueva Jersey. Hasta llegar allí, el Mundial atravesará husos horarios, culturas futbolísticas muy distintas y estadios gigantescos pensados para convertir cada partido en un acontecimiento global. La frase del presidente de la FIFA, Gianni Infantino, comparando el torneo con la organización de “104 Super Bowls” da una idea del tamaño del monstruo. Y sí, puede sonar grandilocuente, pero en este caso no anda tan lejos de la realidad.
Porque este Mundial no solo quiere ser fútbol. Quiere ser televisión, turismo, música, negocio, identidad, geopolítica blanda y fiesta callejera. Quiere ser el gran escaparate mundial de Norteamérica. Y quiere demostrar que la ampliación a 48 selecciones no diluye la competición, sino que la expande.
Esa es la gran incógnita. ¿Será más emocionante o más disperso? ¿Habrá más historias inolvidables o demasiados partidos de relleno? ¿Aparecerán nuevas potencias o el título terminará, como casi siempre, en manos de una de las selecciones de siempre?
La inauguración: México, música y memoria mundialista
La ceremonia de apertura tendrá lugar en Ciudad de México antes del México-Sudáfrica. Será la primera de tres grandes ceremonias inaugurales, una por cada país anfitrión. México abrirá el telón; Canadá y Estados Unidos tendrán también su propio momento de puesta en escena en sus primeros partidos.
La FIFA ha querido convertir el arranque en un espectáculo cultural de tres cabezas. En México, la ceremonia principal contará con figuras internacionales y latinoamericanas como Shakira, Burna Boy, Maná, Alejandro Fernández, Belinda, Lila Downs y Los Ángeles Azules, entre otros nombres vinculados a la celebración. Canadá apostará por artistas como Michael Bublé y Alanis Morissette. Estados Unidos tendrá su despliegue propio con Katy Perry, Future, Anitta y otros nombres de alcance global.
El fútbol moderno ya no empieza solo con un balón en el centro del campo. Empieza con cámaras, música, luces, patrocinadores, seguridad, tráfico cortado, fan zones y millones de pantallas encendidas. El Mundial, para bien y para mal, es el mayor teatro deportivo del planeta.
El partido inaugural: México-Sudáfrica, un guiño al pasado
El México-Sudáfrica no es un estreno cualquiera. Hay un eco evidente del Mundial de 2010, cuando Sudáfrica abrió su torneo precisamente contra México en Johannesburgo. Aquella tarde, el golazo de Siphiwe Tshabalala quedó grabado como una de las imágenes más emocionantes de la historia reciente de los Mundiales.
Dieciséis años después, los papeles se invierten. Ahora el anfitrión es México. Y la presión será enorme. El equipo mexicano jugará en casa, ante un público volcánico, en uno de los estadios más cargados de simbolismo del fútbol mundial. Para México, el reto no es solo ganar el primer partido. Es empezar a convencer a un país que vive el fútbol con pasión, exigencia y una memoria mundialista llena de frustraciones en el famoso quinto partido, esa barrera psicológica que durante décadas se le ha resistido.
Sudáfrica llega con menos foco mediático, pero con la oportunidad perfecta para aguar la fiesta. En un partido inaugural, el favoritismo pesa más que ayuda. El equipo pequeño juega liberado; el anfitrión, en cambio, siente que el mundo entero le mira hasta los cordones de las botas.
España, entre los favoritos: talento, juventud y una oportunidad histórica
España llega al Mundial en el grupo de los grandes candidatos. La selección de Luis de la Fuente aparece en muchas quinielas como una de las favoritas, junto a Francia, Inglaterra, Brasil, Portugal y Argentina. No es casualidad. España viene de ganar la Eurocopa de 2024 y ha reconstruido una identidad competitiva muy reconocible: presión alta, velocidad por bandas, posesión con intención y una mezcla poderosa entre talento joven y jugadores ya consolidados.
Lamine Yamal es una de las grandes atracciones del torneo. No solo de España: del Mundial entero. A su alrededor, la selección cuenta con nombres como Pedri, Nico Williams, Rodri, Fabián Ruiz, Dani Olmo, Mikel Oyarzabal y una generación que ha devuelto a la Roja una sensación que se había perdido durante años: la de equipo capaz de mirar a cualquiera de frente.
España está encuadrada en el Grupo H junto a Cabo Verde, Arabia Saudí y Uruguay. El debut será ante Cabo Verde, una de las grandes historias sentimentales de esta edición. Después llegará Arabia Saudí y el cierre de grupo ante Uruguay, probablemente el partido más exigente de la primera fase para la selección española.
Sobre el papel, España debe pasar. Pero los Mundiales se escriben precisamente para romper papeles. Uruguay es una selección áspera, competitiva, con Federico Valverde como bandera y Marcelo Bielsa como agitador permanente. Arabia Saudí ya sabe lo que es derribar a un gigante, como hizo ante Argentina en Qatar 2022. Y Cabo Verde comparece con la ilusión intacta de quien juega su primer Mundial y no tiene nada que perder. Esos equipos son peligrosos: no llevan mochila, llevan sueño.
Los favoritos: España y Francia, con Inglaterra al acecho y Argentina defendiendo corona
Las principales previsiones sitúan a España y Francia en la primera línea de candidatos. Francia vuelve a presentarse con una plantilla formidable, liderada por Kylian Mbappé, y con la sensación de que su ciclo competitivo no se ha cerrado. Fue campeona en 2018, finalista en 2022 y sigue teniendo una reserva de talento que asusta.
Inglaterra vuelve a llegar con una generación de mucho peso: Jude Bellingham, Harry Kane, Declan Rice y compañía. La eterna pregunta, como casi siempre con Inglaterra, es si esta vez será capaz de transformar talento en título. En los torneos recientes ha estado cerca, pero le falta el último golpe de autoridad.
Brasil nunca puede salir de una lista de favoritos. Aunque lleve desde 2002 sin levantar el trofeo, sigue teniendo una relación casi genética con el Mundial. Vinícius Jr., Raphinha, Rodrygo y compañía cargan con el peso de una camiseta que no permite torneos discretos. Brasil no participa en los Mundiales: los reclama.
Portugal aparece también en el grupo de aspirantes, con una plantilla muy profunda y la presencia simbólica de Cristiano Ronaldo, que afronta otro Mundial más en una carrera ya directamente fuera de catálogo. Argentina, vigente campeona, llega con Lionel Messi como gran figura emocional. No será sencillo repetir título, pero nadie debería cometer el error de dar por amortizado a un equipo campeón antes de tiempo.
Alemania, Países Bajos, Colombia, Marruecos, Uruguay, Bélgica, Croacia o Senegal pueden situarse en esa segunda línea de selecciones capaces de complicarle la vida a cualquiera. Y este formato, con 32 equipos en eliminatorias, puede aumentar el margen para que un tapado llegue más lejos de lo previsto.
Los nombres propios: Messi, Cristiano, Mbappé, Lamine Yamal, Bellingham, Vinícius y Haaland
Todo Mundial necesita una constelación de estrellas. Este la tiene. Messi y Cristiano Ronaldo volverán a concentrar miradas por lo que representan: dos carreras legendarias en uno de sus últimos grandes escaparates internacionales. Mbappé llega en plena madurez competitiva, con la posibilidad de seguir agrandando una historia mundialista que ya es extraordinaria. Bellingham aparece como líder emocional y futbolístico de Inglaterra. Vinícius Jr. será una de las grandes esperanzas de Brasil.
Y luego está Lamine Yamal. En España, su nombre será inevitable. Su descaro, su edad, su impacto y su capacidad para alterar partidos lo convierten en una de las figuras más esperadas. Hay jugadores que llegan a un Mundial para confirmar lo que son. Otros llegan para cambiar la escala de lo que pueden ser. Lamine pertenece a esa segunda categoría.
La gran novedad sentimental puede ser Erling Haaland con Noruega. Un Mundial con Haaland tiene otra electricidad. También estarán nombres como Son Heung-min, Federico Valverde, Achraf Hakimi, Alphonso Davies, Mohamed Salah, Luka Modric, Jamal Musiala, Florian Wirtz, Pedri, Nico Williams, Rodri, Julián Álvarez, Lautaro Martínez o Bruno Fernandes. Una colección de futbolistas que convierte la fase de grupos en una agenda imposible: siempre habrá algo que ver.
Los debutantes y las pequeñas grandes historias
El Mundial de 48 selecciones permite abrir la puerta a países que rara vez habían tenido sitio en la conversación global. Cabo Verde vivirá su primera Copa del Mundo. También selecciones como Uzbekistán, Jordania o Curazao aparecen como símbolos de esta nueva expansión.
Para los puristas, la ampliación puede parecer una concesión excesiva. Para esos países, en cambio, es historia pura. Una generación de jugadores, hinchas y niños verá a su bandera en el escenario más grande del fútbol. Eso no es un detalle menor. El Mundial siempre ha sido también una fábrica de identidad nacional.
Y muchas veces las mejores historias no las firma el campeón. Las firma Camerún en 1990, Senegal en 2002, Costa Rica en 2014, Marruecos en 2022. Equipos que llegan sin el peso del favoritismo y se van con un lugar en la memoria. En 2026 habrá más candidatos a ocupar ese papel.
El gran desafío: que el espectáculo no devore al fútbol
Este Mundial llega envuelto en cifras descomunales. Más selecciones, más partidos, más sedes, más audiencias, más dinero y más ruido. La FIFA lo presenta como el torneo más grande y emocionante de la historia. La pregunta es si también será el mejor.
El fútbol tiene una virtud que se resiste a todos los planes de marketing: al final, todo depende de lo que ocurra en el césped. Puedes diseñar un torneo gigantesco, preparar ceremonias, llenar estadios, cortar calles, activar fan zones y vender el acontecimiento como una experiencia irrepetible. Pero si el balón no rueda con verdad, si los partidos no emocionan, si las estrellas no aparecen y si las sorpresas no muerden, el espectáculo se queda cojo.
La buena noticia es que el Mundial casi nunca falla del todo. Siempre aparece un gol inesperado, un portero imposible, una selección que se rebela, un favorito que se estrella, una tanda de penaltis que deja a medio país sin dormir y a otro medio abrazado en la calle.
Hoy empieza algo más que un torneo
Hoy no empieza solo una competición. Empieza una larga conversación mundial. Durante más de un mes, el planeta volverá a hablar en idioma fútbol. En bares, redacciones, casas, oficinas, colegios, plazas y móviles. Se discutirán alineaciones, árbitros, lesiones, goles anulados, estrellas, fracasos y milagros. Se exagerará, como debe ser. Se sufrirá por tonterías importantísimas. Se gritarán goles de países que muchos ni sabrían ubicar con precisión en un mapa. Eso también es el Mundial.
México y Sudáfrica abrirán la puerta. Detrás vienen 48 selecciones, 104 partidos y una pregunta que nadie puede responder hoy: quién será capaz de sobrevivir al Mundial más grande de todos.
España llega con argumentos reales para soñar. Francia llega con colmillo de campeona. Inglaterra llega con urgencia histórica. Brasil llega con la obligación de ser Brasil. Argentina llega con la corona. Portugal llega con talento y memoria. Y el resto llega con una ambición sencilla y peligrosa: romper el guion.
El balón echa a rodar esta noche. Y, como siempre que empieza un Mundial, el mundo parece un poco más pequeño, más ruidoso y bastante más divertido.
