Llorar hacia adentro

Hemos vuelto a leer, igual a otras veces en las que necesitamos alguna respuesta a la incomprensión humana, a Oriana Fallaci. 

La dura, a veces despiadada escritora italiana, poseía dolencias y respuestas para los emigrados de todos los rincones de la tierra,  al saber bien que cada día era más espinoso cruzar una frontera si pertenecías  a una heredad de negros, cobrizos o simples seres tercermundistas. 

 Es más fácil en estos momentos que a Europa llegue un barco de patatas, mangos, computadoras, piezas mecánicas, cocinas,  tornillos o lavadoras, que un ser humano del llamado tercer mundo. 

  Dejé el libro de Oriana y cerré los ojos como siempre hago cuando la sangre  comienza a temblar en mis venas.

Sentía cercana la costa Amalfitana entre los jardines del hotel donde me hospedo siempre que voy a Italia, teniendo ante mis ojos la Bahía de Nápoles y a un lado, sobre el azul mar, la  Isla de Capri, promontorio en que espero un día no lejano hacerme polvo cerca de la Torre de Tiberio,  entre los  pinos  y acantilados de la gruta Maravigliosa mirando los soberbios farallones.

Capri es privilegiada: solamente llegan a la Marina Picola hermosas embarcaciones de exquisitos viajeros  venidos de medio mundo, que jamás serán hechas astillas por los cañones brillantes de la Marina italiana que explayó Benito Mussolini. 

 Procuro ahora guardar silencio mientras sigo   recordando a la Fallaci. Ella, igual a Curzio Malaparte en un tiempo no tan lejano, fue la conciencia punzante de Italia, su amada patria, pero necesitó estar lejos para curar las heridas que ella le producía, mientras añoraba, igual que  Ulises, los campos perdidos de su infancia  donde aún mora la certidumbre de los versos de un Petrarca soporte de su profundo espíritu perturbador. 

Oriana agonizó enferma de cáncer, pero igual que intentó borrar los amores en los promontorios e Grecia en los que clavo sus pasiones encendidas, escarbó en ellos las raíces de su razón de existir, al saber que … “detrás de nuestra civilización están Homero, Sócrates, Platón, Aristóteles y Fidias. Está la antigua Grecia con su Partenón y su descubrimiento de la Democracia. Está Roma con su grandeza, sus leyes y su concepción de la Ley. Con su escultura, su literatura y su arquitectura”. 

 Si viviera hoy la autora de “Un hombre”, “La fuerza de la razón”, Las raíces del odio” o “Inshallah”,  la seguirían aguijando desgarradamente Europa y su Italia  amada, la  de sus anhelos interiores, a sabiendas  que continua cerrando puertas a cal y canto a  los expatriados, siendo a su vez las mismas sombras alargadas de un Aquiles, un Néstor o el crepúsculo vivencial  de Agamenón en el instante en que Elena fue raptada por  Paris, mientras provocaba  una hecatombe de cuya herida aún bebemos todos los europeos de ahora mismo.  

Siento en el presente la idéntica angustia que ella por todos los expatriados del mar Mediterráneo tan cerrado para los abandonados  y emigrados del planeta. 

La larga historia humana lo viene señalando: ojos hay para solo llorar. 



Dejar un comentario

captcha