El Principado ha superado los 35 grados en varios puntos en pleno mayo y se sitúa, junto a Euskadi, entre los territorios del norte más afectados por un episodio térmico impropio de la primavera. Las estimaciones del sistema MoMo elevan a 47 las defunciones atribuibles al calor en la cornisa cantábrica
Asturias acaba de comprobar, de la forma más cruda, que el calor extremo ya no es solo un problema del sur. Ni una incomodidad pasajera. Ni una conversación de ascensor sobre lo raro que está el tiempo. La última semana de mayo ha dejado en el Principado temperaturas más propias de julio, récords históricos en varios observatorios y un dato sanitario que obliga a mirar el episodio con otra seriedad: 18 muertes atribuibles al exceso de calor, según las estimaciones del sistema MoMo del Instituto de Salud Carlos III.
El dato impresiona porque llega antes incluso del verano oficial. Asturias, una comunidad acostumbrada a vivir el calor como una excepción y no como una amenaza sostenida, se ha visto envuelta en un episodio térmico súbito, intenso y anómalo. En pocos días, el termómetro ha pasado de una primavera fresca a valores extremos para esta época del año. Y ese salto brusco tiene consecuencias, especialmente entre personas mayores, enfermos crónicos, trabajadores expuestos, personas con problemas cardiovasculares o respiratorios y hogares mal preparados para temperaturas tan altas.
El calor mata muchas veces sin hacer ruido. No siempre aparece como un golpe de calor evidente. Puede descompensar enfermedades previas, agravar problemas respiratorios, acelerar fallos cardiovasculares, aumentar la deshidratación o precipitar situaciones clínicas que ya eran frágiles. Por eso los sistemas de vigilancia epidemiológica no miran solo las muertes diagnosticadas directamente como golpe de calor, sino el exceso de mortalidad que puede atribuirse estadísticamente a las temperaturas extremas.
Y ahí Asturias sale mal parada.
Un mayo de julio: más de 35 grados donde nadie los esperaba
El pico del episodio dejó registros excepcionales para mayo. Estaciones asturianas como Mieres, Gijón, Amieva y Oviedo superaron los 35 grados. En Mieres se alcanzaron los 36,3; en Gijón, 36,2; en Amieva, 35,8, y en Oviedo, 35,5. Son cifras que, colocadas en agosto, ya llamarían la atención. En mayo, directamente rompen el marco mental de una comunidad que suele asociar la primavera a chaqueta ligera, paraguas preventivo y noches todavía frescas.
La anomalía térmica llegó a situarse más de 13 grados por encima de los valores habituales. No fue simplemente “un día de calor”. Fue un episodio persistente, repentino y muy intenso, alimentado por una masa de aire cálido y por el efecto foehn, ese fenómeno que en Asturias se conoce bien: el viento del sur desciende por la Cordillera Cantábrica, se comprime, se recalienta y convierte la costa y los valles en una especie de horno inesperado.
El resultado fue una escena casi contradictoria: playas llenas antes de temporada, aulas difíciles de soportar, personas mayores refugiándose en casa, avisos amarillos por calor y tormentas, y una sensación generalizada de desconcierto. Porque Asturias sabe convivir con lluvia, niebla, humedad y temporales. Pero no está igual de preparada para una sucesión de días con temperaturas extremas en plena primavera.
18 muertes atribuibles al calor: qué significa realmente el dato
El sistema MoMo, desarrollado por el Centro Nacional de Epidemiología del Instituto de Salud Carlos III, no funciona como un registro individual de fallecimientos certificados por calor. No dice: esta persona murió de golpe de calor, esta otra también. Lo que hace es comparar la mortalidad observada con la esperada en función de series históricas, datos demográficos y variables meteorológicas, para estimar cuántas defunciones pueden atribuirse al exceso de temperatura.
Ese matiz es fundamental. Hablar de muertes atribuibles al calor no significa que todas las personas fallecidas hayan muerto por una insolación directa o por exposición al sol. Significa que, estadísticamente, la mortalidad registrada durante el episodio supera lo esperable y que una parte de ese exceso se asocia al impacto de las temperaturas.
En Asturias, esa estimación alcanza ya las 18 defunciones atribuibles durante este episodio de finales de mayo. Es una cifra muy elevada para una comunidad que, por tradición climática, suele estar menos adaptada al calor extremo que otros territorios españoles.
Y ahí está una de las claves: el mismo termómetro no significa lo mismo en Asturias que en Córdoba, Sevilla o Murcia. En una región donde las viviendas, los hábitos, los horarios, las infraestructuras y la población están menos preparados para convivir con temperaturas muy altas, el umbral de riesgo sanitario puede aparecer mucho antes. Lo que en otra zona puede ser un día caluroso asumible, en Asturias puede convertirse en un factor de riesgo serio para la salud.
El norte se lleva el golpe: Euskadi, Asturias, Galicia y Cantabria
La fotografía completa del norte peninsular es inquietante. Las estimaciones más recientes atribuyen al episodio de calor 47 defunciones en las comunidades cantábricas: 18 en Asturias, 18 en Euskadi, siete en Galicia y cuatro en Cantabria.
Es un reparto que desmonta una vieja idea: que el calor extremo es principalmente un problema mediterráneo o andaluz. Esta vez, el impacto sanitario se concentra en territorios atlánticos, con población menos habituada a estas temperaturas y con umbrales de riesgo más bajos.
El caso de Cantabria ha sido especialmente llamativo desde el punto de vista meteorológico, con un episodio que ha llegado a considerarse ola de calor en varias zonas. En Euskadi se han registrado valores extremos, con puntos de Bizkaia por encima de los 39 grados. En Galicia también se han alcanzado registros impropios del mes de mayo. Pero Asturias destaca por la combinación de tres factores: récords térmicos, impacto sanitario y vulnerabilidad climática.
No es solo que haya hecho calor. Es que ha hecho demasiado calor, demasiado pronto y en una región que no vive preparada para ello.
Cuando el calor llega de golpe, el cuerpo no tiene margen
Uno de los elementos más peligrosos de este episodio ha sido su brusquedad. El organismo humano necesita cierto tiempo para aclimatarse. Cuando el calor llega progresivamente, el cuerpo adapta la sudoración, la circulación, el descanso y los hábitos. Pero cuando el cambio se produce de forma repentina, la vulnerabilidad aumenta.
Asturias venía de un tramo de primavera con valores mucho más suaves. De repente, las temperaturas se dispararon. Esa transición abrupta afecta especialmente a las personas mayores, cuyo sistema de termorregulación responde peor; a quienes toman determinados medicamentos; a pacientes con enfermedades crónicas; a trabajadores al aire libre; y a personas que viven solas o en viviendas con mala ventilación.
El calor nocturno es otro factor de riesgo. Cuando las mínimas no bajan lo suficiente, el cuerpo no se recupera. Dormir mal durante varias noches seguidas no es una simple molestia: puede agravar patologías previas y aumentar la tensión sobre el sistema cardiovascular.
En Asturias, además, muchas viviendas no están pensadas para episodios prolongados de calor. Lo que durante años fue una ventaja —casas preparadas para conservar temperatura en inviernos húmedos— puede convertirse ahora en un problema cuando el calor se acumula y no hay ventilación, sombra suficiente o sistemas de refrigeración.
Aulas, calles y centros públicos: la vida cotidiana también se alteró
El episodio no se quedó en los mapas meteorológicos. Se notó en la calle, en los centros educativos, en los trabajos y en los espacios públicos. La suspensión de clases en el IES Río Trubia, en Oviedo, tras la autorización de la Consejería de Educación, simboliza bien el tipo de problemas que empiezan a aparecer cuando el calendario escolar y las infraestructuras no están preparadas para temperaturas extremas tan tempranas.
Asturias no suele diseñar sus rutinas de mayo pensando en calor sofocante. Los colegios, institutos, residencias, centros de salud, instalaciones deportivas y edificios públicos tendrán que adaptarse a una realidad nueva: los episodios de calor pueden llegar antes, durar más y golpear con especial dureza en territorios donde antes parecían excepcionales.
La emergencia climática no siempre se presenta como una gran catástrofe visible. A veces llega como una semana insoportable, una clase suspendida, un anciano que se deshidrata, una persona con enfermedad respiratoria que empeora o un trabajador que no puede rendir con seguridad bajo un sol impropio de la época.
Asturias tiene el umbral de riesgo más bajo: el calor aquí empieza antes
Uno de los datos más reveladores es que Asturias figura entre los territorios con umbrales de riesgo por calor más bajos de España. El umbral de referencia para mortalidad asociada al calor se sitúa en torno a los 26 grados de temperatura media. En otras regiones, acostumbradas a valores mucho más altos, el umbral sanitario es bastante superior.
Esto no significa que en Asturias “no se pueda llegar a 26 grados”. Significa que, desde el punto de vista epidemiológico, cuando se superan determinados niveles durante varios días, la mortalidad puede empezar a aumentar antes que en zonas más adaptadas al calor. El cuerpo, las viviendas, las costumbres y los servicios públicos están condicionados por el clima habitual de cada territorio.
Por eso el calor en Asturias puede ser más traicionero. Al no percibirse culturalmente como un gran peligro, muchas personas bajan la guardia. Se sale a caminar en horas centrales, se bebe poca agua, se dejan tareas pesadas para momentos inadecuados o se piensa que “esto aquí no pasa”. Pero pasa. Y los datos de esta semana lo demuestran con una contundencia incómoda.
Qué recomienda Sanidad: lo básico sigue salvando vidas
Las recomendaciones pueden sonar repetidas, pero son esenciales. Evitar la exposición al sol en las horas centrales del día. Beber agua aunque no se tenga sed. Reducir esfuerzos físicos intensos. Mantener persianas bajadas durante las horas de mayor radiación y ventilar cuando refresque. Prestar atención a mayores, personas solas y enfermos crónicos. No dejar nunca a menores, personas vulnerables o animales dentro de vehículos. Y consultar ante síntomas como mareo, confusión, debilidad intensa, piel muy caliente, dolor de cabeza persistente o desorientación.
Lo más importante es entender que el calor extremo no se combate solo con consejos individuales. También requiere prevención institucional: alertas claras, seguimiento de personas vulnerables, adaptación de horarios laborales, sombra en espacios urbanos, refugios climáticos, protocolos en colegios y residencias, y edificios mejor preparados.
Asturias tiene margen para anticiparse. Pero debe hacerlo ya, no cuando llegue agosto.
España ante un aviso temprano: el verano aún no ha empezado
Lo más inquietante es que este episodio llega antes del verano meteorológico. España y buena parte de Europa occidental han vivido en la recta final de mayo temperaturas propias de plena canícula. Aemet prevé un alivio progresivo en el Cantábrico y un descenso más general a partir del martes, pero advierte de que las temperaturas seguirán por encima de lo normal en los próximos días y que la anomalía cálida podría mantenerse en la primera parte de junio.
La señal nacional es clara: el calor extremo empieza antes y puede golpear en zonas que antes lo vivían como algo excepcional. En España, el balance provisional vinculado a este episodio ya apunta al menos a 47 muertes atribuibles al exceso de temperatura en las comunidades cantábricas, con Asturias y Euskadi como territorios más afectados. El dato puede cambiar porque MoMo actualiza sus estimaciones de forma retroactiva a medida que recibe nueva información de mortalidad.
La cifra no debe leerse como un parte cerrado, sino como una advertencia. Si esto ocurre en mayo, antes de que empiece oficialmente el verano, la pregunta ya no es si Asturias debe prepararse para el calor extremo. La pregunta es cuánto tardará en hacerlo.
Porque el calor ya no llama a la puerta con educación británica. Entra sin pedir permiso, sube el termómetro, golpea a los vulnerables y deja una estadística que debería estremecer a cualquiera: 18 muertes atribuibles en Asturias en una sola semana.
