En la presentación del libro sobre “Asturias Semanal”

 

Creo que no hará falta explicar que todo lo que hable de Asturias Semanal resuena profundamente en mi corazón y reaviva en mí recuerdos de la más hermosa e inolvidable aventura de mi vida como periodista, pues como nos dejó escrito Unamuno, con los recuerdos construimos nuestras esperanzas.

 

Asturias Semanal nació gracias al valor de un grupo de jóvenes periodistas que, en un tiempo de censura, de represión de las libertades y de miedos, abandonamos un trabajo estable y tomamos la decisión de participar en la creación de un medio de comunicación para, desde él, asumir el riesgo de luchar por el advenimiento de la democracia y de la libertad, sin partidismos, prejuicios ni venganzas, alentando la concordia y la reconciliación, imprescindibles para construir la España anhelada. Nos unía un sentimiento y una convicción que bien podrían resumirse con las palabras de Albert Camus: “Sin libertad de pensamiento, de expresión, sin derecho a pensar de otra manera, a ser distinto y a discrepar, todos los demás valores devienen inánimes”.

En la tensa y ardua tarea de la transición en Asturias de la dictadura a la democracia, Asturias Semanal jugó un humilde pero ejemplar papel. Han pasado décadas desde entonces y España y Asturias han cambiado mucho para mejor, pero los valores que defendimos entonces siguen vigentes, porque la democracia que hoy vivimos tiene importantes carencias, tiene muchas promesas incumplidas, todavía es un ideal por el que hay que luchar.

 

Es muy curioso que, siendo tan jóvenes, nuestro compromiso y nuestra voluntad fueran los de alejarnos de revanchas y de alentar, desde la independencia más transparente, una vía pacífica y sin sectarismos hacia la democracia. Quisimos también ser humildes y recordar lo que Bertold Brecht escribió: “Si es difícil publicar la verdad, lo es aún más encontrarla”.

 

Lo más importante que podemos decir hoy de aquella maravillosa aventura es que fuimos fieles al proyecto y que siempre intentamos, como quería nuestro don Quijote, hacer el bien a todos y el mal a nadie. También creíamos que la mayor virtud política es la moderación y ese camino era el que queríamos andar.

 

Quisimos construir un futuro para todos sobre la libertad, la cultura y la solidaridad.  Por ello, Asturias Semanal se comprometió con el aliento a la cultura en su más amplio sentido, desde la noticia de los libros publicados a la crítica e información sobre aquella televisión dirigida y cerrada.

 

Apoyó de forma decidida a la cultura asturiana, con especial atención a la protección de nuestro patrimonio natural, cultural e histórico. Esa atención fue aún más comprometida con nuestro idioma, a cuya conservación y promoción dedicábamos dos páginas en cada número. Asturias Semanal fue pionera en la recuperación de nuestra lengua que, en aquel momento, se hallaba olvidada y marginada socialmente.

 

A veces pienso que Asturias Semanal fue una antorcha que nos guio con dignidad y esperanza en “la larga noche de piedra” de la dictadura y que su luz no se ha apagado. El hecho de que ahora se publique este libro, escrito por un periodista de ejemplar trayectoria que cree, como nosotros creíamos, en la luz aun antes de que despunte el alba, así lo indica.

 

Reitero mi gratitud por todo ello a Cristóbal Ruitiña por escribir este libro para que la memoria de aquella apasionante aventura no se pierda, para que nunca más nadie viva en un régimen en el que con sectarismo y censura otros decidan por los demás y nos impongan su voluntad con la violencia y la mentira.

 

Cuando Cristóbal me pidió el prólogo no conocía el contenido del libro. Hoy puedo decir que es un gran trabajo de un periodista culto, riguroso y lleno de los mejores valores que guían nuestra profesión.

 

No voy a mencionar como ha hecho Juan de Lillo, a cada uno de los que hicieron posible el nacimiento de Asturias Semanal. A todos ellos, a toda aquella gente peligrosa, solamente les digo, como en los preciosos versos de Machado, “conmigo vais, mi corazón os lleva”.

Y puesto que Juan de Lillo no las ha mencionado creo que es de justicia recordar a nuestras novias de entonces, a nuestras mujeres por todo lo que sufrieron con nosotros.

 

Quiero finalizar estas palabras con una sentida reflexión final, movido por la fidelidad a mis más profundas convicciones:

Aquellos fueron años muy duros, especialmente duros, en los que arriesgábamos todos lo más precioso del ser humano: la libertad. Pero nunca nos faltó la esperanza. Sabíamos adónde queríamos ir, asumiendo todos los riesgos que fueran necesarios, pero de manera ilusionada. A veces recuerdo aquel tiempo con cierta nostalgia, sobre todo cuando reflexiono sobre este otro, de codicia sin fronteras, de vertiginosos cambios, de tanta confusión y de tan pocas luces. Entonces sabíamos cuál era el camino: la reconciliación, la conquista de la democracia y de la libertad, la integración en el gran sueño de Europa.

Han pasado desde entonces muchas cosas en nuestra historia, no pocas para bien, pero vivimos ahora grandes dificultades que tal vez nos obliguen a construir desde la continuidad otro gran proyecto de futuro para España. Un proyecto de futuro que no podrá tener otras bases que las de regenerar la democracia y hacer frente a la mediocridad, a la codicia y a la corrupción para reconstruir una sociedad digna y decente. Una sociedad distinta a la que estamos viviendo, una sociedad ésta que no nos merecemos, que a veces nos avergüenza. Ya no somos los hijos de la tierra pobre e ignorante de la que hablaba aquella generación de hombres sabios y también desesperanzados del 98.

Somos un gran país, somos una gran nación en la que hay mucho que hacer, mucho que sembrar. Tenemos de nuevo una tarea apasionante por delante, no más difícil que otras que hemos vivido.

 

Tenemos muchas cosas nuevas que hacer. Tenemos que construir un proyecto ético en la libertad para recuperar la esperanza.

No tengo ninguna duda de que lo lograremos porque ahora tenemos lo más importante: porque somos libres para hacerlo.

 



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