Muere Gloria Steinem, la mujer que convirtió el feminismo en una revolución y dejó en Oviedo una frase para la historia
La periodista, escritora y activista estadounidense ha fallecido a los 92 años en su casa de Nueva York. Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades en 2021, Steinem fue durante más de medio siglo uno de los rostros más reconocibles de la lucha por los derechos de las mujeres. Su paso por Oviedo dejó una de las imágenes más poderosas de aquella edición de los Premios y una confesión cargada de simbolismo: nunca antes había recibido un galardón que llevara el nombre de una mujer.
Gloria Steinem llegó a Oviedo en octubre de 2021 con 87 años, las inseparables gafas que habían terminado formando parte de su iconografía y más de medio siglo de historia sobre los hombros.
No necesitaba que nadie explicara quién era.
Pocas personas habían conseguido representar de una manera tan reconocible una transformación social de semejante magnitud. Periodista antes que celebridad, activista antes de que el activismo se convirtiera en una etiqueta y feminista cuando declararse como tal podía cerrar muchas más puertas de las que abría, Steinem llevaba décadas obligando a Estados Unidos —y después al mundo— a hacerse preguntas incómodas.
Aquella tarde del 22 de octubre de 2021, en el Teatro Campoamor, recibió el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades.
Casi cinco años después, Gloria Steinem ha muerto a los 92 años en su domicilio de Nueva York, donde falleció pacíficamente rodeada de personas cercanas. La causa de la muerte no ha sido hecha pública.
Asturias despide así a una de esas premiadas que parecían superar ampliamente las dimensiones de un galardón.
Porque cuando Steinem llegó al Campoamor, el premio no reconocía una obra concreta.
Reconocía una vida.
«Es la primera vez que recibo un premio en honor a una mujer»
Probablemente ninguna frase explicó mejor lo que aquel Premio Princesa de Asturias significaba para ella.
Al subir al escenario, Steinem agradeció el reconocimiento y pronunció unas palabras aparentemente sencillas:
«Es la primera vez que recibo un premio en honor a una mujer».
Había recibido distinciones en medio mundo. Barack Obama le había entregado en 2013 la Medalla Presidencial de la Libertad, una de las máximas condecoraciones civiles estadounidenses.
Pero nunca un premio cuyo propio nombre rindiera homenaje a una mujer.
En Oviedo lo señaló inmediatamente.
El jurado del Princesa de Asturias la había definido como una «referencia icónica esencial del movimiento por los derechos de la mujer» y consideró que su activismo había sido motor de una de las grandes revoluciones de la sociedad contemporánea.
No era una exageración ceremonial.
Steinem había ayudado a cambiar el vocabulario, las prioridades y hasta las preguntas que una sociedad se hacía sobre las mujeres.
Una periodista antes que un símbolo
Antes de convertirse en uno de los rostros del feminismo mundial, Gloria Steinem había aprendido a investigar.
Y uno de los episodios que lanzó su carrera resulta casi cinematográfico.
En 1963 se infiltró en un Playboy Club de Nueva York haciéndose pasar por una de sus famosas «conejitas».
No entró allí para escribir sobre el glamour de Hugh Hefner.
Entró para averiguar qué había detrás.
Durante varias semanas trabajó como camarera y posteriormente publicó un reportaje denunciando las condiciones laborales, los bajos salarios, las exigencias físicas y el trato que recibían aquellas mujeres.
El trabajo, conocido como A Bunny's Tale, se convertiría en una de las piezas más famosas de su carrera.
Aquella investigación contenía ya buena parte del método Steinem: entrar en un mundo que parecía normal, observarlo desde el lugar que ocupaban las mujeres y demostrar que quizá no era tan normal como todos habían decidido aceptar.
Y entonces llegó 1969
Su salto definitivo al primer plano del movimiento feminista se produjo a finales de los años sesenta.
En 1969 publicó en New York Magazine el artículo «After Black Power, Women's Liberation», que la consolidó como una de las grandes voces del naciente movimiento de liberación de las mujeres.
Aquellos años estaban cambiando Estados Unidos a una velocidad extraordinaria.
Derechos civiles.
Vietnam.
Liberación sexual.
Movimientos estudiantiles.
Protestas contra el racismo.
Y, en mitad de todas aquellas revoluciones, millones de mujeres comenzaron a formular una pregunta muy sencilla:
¿Y nosotras?
Steinem se convirtió en una de las personas capaces de transformar esa pregunta en discurso político.
La revista que cambió quién podía contar el mundo
En 1971 participó en la creación de Ms. Magazine, que comenzaría a publicarse al año siguiente y terminaría convirtiéndose en una institución del feminismo estadounidense.
Aquello fue mucho más que fundar otra revista.
Era disputar el poder de contar la realidad.
Hasta entonces, buena parte de las publicaciones dirigidas a mujeres estaban dominadas por moda, belleza, hogar, maternidad o relaciones sentimentales.
Ms. comenzó a hablar abiertamente de aborto, desigualdad laboral, violencia contra las mujeres, discriminación, sexualidad y representación política.
Asuntos considerados privados comenzaron a tratarse como cuestiones sociales y políticas.
Y esa transformación explica probablemente una de las mayores aportaciones de Steinem.
Ayudó a que millones de mujeres comprendieran que determinados problemas que creían individuales podían tener causas colectivas.
Una revolución que también tuvo rostro
Gloria Steinem poseía además algo que incomodaba incluso dentro del propio movimiento feminista.
Era una extraordinaria comunicadora.
Tenía presencia.
Sabía utilizar la televisión.
Sabía escribir.
Sabía hablar ante miles de personas.
Y además tenía una imagen absolutamente reconocible: cabello largo, grandes gafas de aviador, pantalones acampanados y una estética que terminó convertida en icono de los años setenta.
Aquello provocó críticas.
Algunos consideraban que los medios la habían convertido en una especie de «celebridad feminista» simplificando un movimiento extraordinariamente diverso.
Ella era perfectamente consciente de esa contradicción.
Pero también sabía utilizarla.
Cada aparición televisiva permitía hablar de igualdad salarial, derechos reproductivos, violencia, discriminación o representación política delante de millones de personas que probablemente nunca habrían acudido a una asamblea feminista.
Steinem entendió muy pronto algo que después sería fundamental en la política contemporánea:
la batalla por cambiar las leyes también se libra cambiando la conversación.
Mucho más que una revista
Su actividad nunca quedó limitada al periodismo.
Participó en la creación del National Women's Political Caucus, destinado a aumentar la presencia de mujeres en la política estadounidense, y colaboró en numerosas organizaciones relacionadas con los derechos reproductivos, la participación electoral y la presencia femenina en los medios.
Década tras década siguió viajando, dando conferencias, escribiendo y participando en campañas.
La joven periodista que se había infiltrado en Playboy terminó sentándose con presidentes, líderes internacionales y algunas de las figuras más importantes de la cultura estadounidense.
Pero nunca abandonó completamente su primera definición profesional.
Cuando recibió el Premio Princesa de Asturias explicó que, cuando alguien le preguntaba quién era, contestaba:
escritora y organizadora.
Dos palabras sorprendentemente modestas para describir una existencia semejante.
Oviedo, octubre de 2021
La edición de los Premios que llevó a Steinem a Asturias fue excepcional.
Compartió aquel año el escenario con Marina Abramović, Emmanuel Carrère, Teresa Perales, Amartya Sen, José Andrés y World Central Kitchen, CAMFED y los científicos vinculados al desarrollo de las vacunas contra la covid-19, entre ellos Katalin Karikó y Drew Weissman.
España acababa de atravesar lo peor de la pandemia.
Y el Teatro Campoamor recuperaba lentamente la normalidad de las grandes ceremonias.
Steinem subió al escenario y comenzó su intervención agradeciendo lo que describió como «la mayor aventura de mi muy larga vida».
Después habló de feminismo, de organización, de las mujeres que la habían precedido y de algo que había defendido durante décadas: que las transformaciones sociales no llegan únicamente desde arriba.
La princesa Leonor, entonces estudiante de Bachillerato, destacó aquella noche precisamente el compromiso de Steinem con los derechos de las mujeres.
El rey Felipe VI recordó que había iniciado un camino recorrido posteriormente por millones de ellas.
No eran simplemente frases protocolarias.
La mujer que estaba sentada aquella noche en el Campoamor había participado efectivamente en uno de los mayores cambios culturales producidos en Occidente durante el último medio siglo.
Las conquistas que dejaron de parecer revolucionarias
Quizá la mejor manera de medir la influencia de Gloria Steinem sea observar todas aquellas cosas que hoy parecen normales.
Que una mujer pueda aspirar a dirigir una empresa.
Que una periodista pueda cubrir política.
Que una mujer pueda presentarse a la presidencia de Estados Unidos sin que su candidatura sea considerada una extravagancia.
Que la violencia dentro del matrimonio sea un asunto público.
Que exista un debate sobre igualdad salarial.
Que la representación femenina en los parlamentos sea una cuestión política.
Que el acoso sexual tenga nombre.
Nada de todo eso nació de una sola persona.
Steinem jamás pretendió que así fuera.
El feminismo estadounidense fue construido por miles de mujeres, muchas de ellas negras, trabajadoras, lesbianas, sindicalistas o activistas cuyos nombres nunca alcanzaron su notoriedad.
Pero Steinem fue una de las grandes amplificadoras de aquella revolución.
Una mujer capaz de traducir ideas complejas en palabras que podían entrar en una casa a través de una revista o de una televisión.
Una vida que atravesó dos siglos
Había nacido en Toledo, Ohio, el 25 de marzo de 1934.
Vivió la Segunda Guerra Mundial siendo niña.
Llegó a la edad adulta en una sociedad en la que las expectativas profesionales de las mujeres estaban todavía profundamente condicionadas por el matrimonio.
Presenció el movimiento por los derechos civiles.
La revolución sexual.
La segunda ola feminista.
La llegada de las mujeres a los grandes centros de poder.
Internet.
Las redes sociales.
El movimiento #MeToo.
Y continuó interviniendo públicamente hasta una edad extraordinariamente avanzada.
A los 92 años seguía siendo una referencia para nuevas generaciones de activistas que habían nacido décadas después de que ella empezara su batalla.
Muere la mujer. Queda la conversación
El fallecimiento de Gloria Steinem cierra una de las grandes biografías del feminismo del siglo XX.
Pero hay una paradoja que probablemente le habría gustado.
Muchas de las ideas por las que fue considerada radical durante los años sesenta y setenta forman hoy parte del lenguaje cotidiano de sociedades completamente distintas.
Otras continúan provocando enormes conflictos políticos.
Eso significa que su batalla está simultáneamente ganada y sin terminar.
Asturias ocupa un pequeño lugar dentro de esa enorme historia.
Durante unos días de octubre de 2021, aquella mujer que había atravesado seis décadas de luchas llegó a Oviedo.
Entró en el Teatro Campoamor.
Recibió una estatuilla diseñada por Joan Miró.
Miró hacia un premio denominado Princesa de Asturias y comprendió inmediatamente algo que a los demás podía habernos pasado inadvertido.
Después de toda una vida dedicada a conseguir que las mujeres ocuparan lugares de los que durante siglos habían estado ausentes, el nombre escrito en aquel galardón también era femenino.
Y por eso dijo:
«Es la primera vez que recibo un premio en honor a una mujer».
Cinco años después, aquella frase adquiere otra dimensión.
Gloria Steinem ya forma parte de la historia que durante toda su vida intentó cambiar.
