De los bufés con langosta al sándwich de pago: cómo los aviones dejaron de ser restaurantes con alas

De los bufés con langosta al sándwich de pago: cómo los aviones dejaron de ser restaurantes con alas

De los bufés con langosta al sándwich de pago: cómo los aviones dejaron de ser restaurantes con alas

En los años cincuenta algunas aerolíneas servían auténticos banquetes a bordo, con manteles, vajilla, camareros, cócteles y bufés que hoy resultarían inimaginables. La democratización del avión transformó aquel lujo en bandejas estandarizadas y, después, en comida de pago. Pero la alta gastronomía no ha desaparecido del cielo: Turkish Airlines, Singapore Airlines, Qatar Airways, EVA Air o STARLUX demuestran que todavía es posible comer extraordinariamente bien a 11.000 metros.

Imagine levantarse del asiento en mitad de un vuelo, caminar unos metros por la cabina y encontrarse una mesa interminable cubierta con mantel blanco.

Fuentes con ensaladas, carnes, pescados, aperitivos, frutas y postres. Copas de cristal. Vajilla. Cubiertos metálicos. Pasajeros vestidos como si fueran a cenar a un buen restaurante.

No es únicamente nostalgia fabricada por Instagram.

Los bufés en los aviones existieron.

Hay fotografías de archivo perfectamente documentadas. El 16 de febrero de 1955, por ejemplo, fueron fotografiados pasajeros sirviéndose de un buffet dentro de un Lockheed Super G Constellation de TWA. La propia publicidad de la compañía presentaba aquel avión como uno de los más lujosos del mundo, con salón, grandes butacas y cenas de varios platos acompañadas de champán, whisky o cócteles.

Y aquello no era siquiera el comienzo.

Cuando el avión quería parecerse a un transatlántico

Antes de que volar significara hacer una cola de embarque, buscar desesperadamente espacio para la maleta y descubrir que el asiento 23B tiene aproximadamente la anchura de una carpeta, viajar en avión era otra cosa.

Entre finales de los años treinta y los cincuenta, las compañías intentaban reproducir en el aire el ambiente de los grandes trenes y transatlánticos.

Los Boeing 314 Clipper utilizados por Pan Am disponían incluso de salón comedor. Los pasajeros podían recibir comidas de varios platos servidas por auxiliares con chaquetas blancas, con manteles, porcelana, vino, postres, fruta y queso.

En los Boeing 377 Stratocruiser posteriores había cocina con hornos eléctricos, camarotes para dormir y un salón en la cubierta inferior.

Pan Am llegó a ofrecer su célebre President Special.

El menú podía incluir caviar, sopa, langosta Thermidor, pescado, aves, chuletas de cordero, roast beef, verduras, ensalada, quesos, postres y fruta.

No era tanto una comida como una declaración de principios: usted no estaba viajando; estaba participando en un acontecimiento.

Pero hay una trampa en aquellas maravillosas fotografías

La edad dorada de la aviación fue espectacular.

También fue profundamente elitista.

La comparación entre aquel pasajero sentado ante una bandeja de plata y quien hoy vuela por Europa por 30 o 40 euros tiene un problema fundamental: no estaban comprando el mismo producto.

Volar en los años cuarenta y cincuenta estaba reservado fundamentalmente a empresarios, profesionales con altos ingresos, estrellas, políticos y viajeros acomodados.

El avión era excepcional precisamente porque muy poca gente podía permitírselo.

La revolución posterior fue exactamente la contraria.

El gran triunfo de la aviación comercial ha sido conseguir que cientos de millones de personas puedan volar.

Y para meter a cientos de millones de personas en los aviones hubo que transformar completamente el negocio.

Llegó el reactor. Y después llegaron las masas

Los Boeing 707 y Douglas DC-8 redujeron drásticamente los tiempos de viaje a finales de los cincuenta y durante los sesenta.

Después apareció el Boeing 747.

La aviación dejó de ser un club.

Había que transportar a 200, 300 y después 400 pasajeros, servirlos rápidamente, producir millones de comidas con procedimientos industriales y reducir el coste de cada asiento.

Las enormes mesas centrales fueron desapareciendo.

Llegaron los carros.

Las bandejas.

Las cocinas industriales de catering.

Los alimentos preparados en tierra, refrigerados, transportados hasta el avión y recalentados posteriormente.

Y algo todavía más decisivo: el pasajero comenzó a elegir una compañía cada vez más por el precio y cada vez menos por la cena.

El lujo fue perdiendo la batalla contra la calculadora.

Después descubrimos que podíamos volar sin comer

La liberalización del transporte aéreo y posteriormente la revolución de las compañías de bajo coste llevaron esa lógica hasta sus últimas consecuencias.

¿Por qué incluir una comida de diez euros dentro de un billete si una parte importante de los pasajeros preferiría pagar diez euros menos?

Así nació el modelo que domina buena parte del corto radio europeo.

El billete compra básicamente transporte.

La maleta puede pagarse aparte.

El asiento puede pagarse aparte.

Y el bocadillo, por supuesto, también.

Las comidas gratuitas sobrevivieron fundamentalmente en las rutas intercontinentales y en las clases superiores.

La evolución resulta casi cómica.

Primero el avión intentó parecerse al Ritz.

Después se convirtió en un restaurante de menú.

Luego en una cafetería.

Y en algunos vuelos terminó convertido en una máquina expendedora con alas.

Hay otro culpable: nosotros mismos

Existe además un problema que ni siquiera los mejores cocineros pueden eliminar completamente.

El gusto cambia cuando volamos.

Las investigaciones sobre percepción sensorial en condiciones equivalentes a las de una cabina han comprobado que la baja presión, la sequedad y el ruido modifican nuestra capacidad para percibir los alimentos.

La percepción de la salinidad puede reducirse aproximadamente un 30% y la del dulzor alrededor de un 20%.

El olfato también funciona peor.

Eso significa que una receta perfectamente equilibrada en una cocina puede parecernos insípida cuando estamos volando.

Por eso las compañías trabajan especialmente con salsas, especias, curry, tomate, setas, quesos y sabores ricos en umami.

Y explica uno de los pequeños misterios de la aviación: hay personas que jamás pedirían un zumo de tomate en un bar y de pronto sienten unas ganas irreprimibles de beberlo cuando están a 10.000 metros.

Entonces, ¿se puede seguir comiendo realmente bien en un avión?

Sí.

Muchísimo mejor de lo que probablemente imagina alguien acostumbrado exclusivamente al corto radio europeo.

El problema es que la gastronomía se ha desplazado hacia determinadas compañías y, sobre todo, hacia determinadas clases.

Y aquí conviene distinguir entre la mejor aerolínea y la aerolínea donde mejor se come.

A fecha de septiembre de 2026, Qatar Airways aparece entre las compañías de servicio completo mejor valoradas del mundo, acompañada en las primeras posiciones por Cathay Pacific, Singapore Airlines, Korean Air y STARLUX. También destacan Japan Airlines, Turkish Airlines, Emirates, Air New Zealand y Etihad.

Curiosamente, cuando se pregunta exclusivamente por la comida, cambia el ganador.

Y el Oscar gastronómico de 2026 es para... Turkish Airlines

Turkish Airlines ha sido elegida como una de las grandes referencias mundiales en catering a bordo en 2026.

Y hay una razón.

La compañía trabaja con DO & CO y ha convertido la comida en uno de los grandes elementos de su marca.

En Business mantiene además una de las extravagancias que más recuerda a aquella época dorada: los conocidos Flying Chefs, cocineros que participan en el servicio a bordo.

La propuesta combina cocina turca e internacional, ingredientes frescos, mezze, carnes, pescados, postres y una presentación que deliberadamente intenta aproximarse más a un restaurante que a una bandeja de avión.

Y hay algo todavía más interesante.

La clase turista tampoco queda abandonada, con una calidad y unas cantidades superiores a las habituales en la industria.

Otro nombre que está creciendo con enorme rapidez es STARLUX Airlines, la joven compañía taiwanesa que se está convirtiendo en una de las grandes aspirantes de la aviación premium.

Si tiene dinero para volar en First, Singapore juega en otra liga

Hay otra compañía que lleva décadas considerando la comida una parte esencial de la experiencia: Singapore Airlines.

En Primera Clase continúa siendo una de las referencias mundiales en catering.

Singapore mantiene además su famoso Book the Cook.

El pasajero puede seleccionar antes de viajar determinados platos de un catálogo mucho mayor que el menú normal del vuelo.

La idea es sencilla pero tremendamente efectiva: si va a pasar doce horas dentro de un avión y ha pagado varios miles de euros por el billete, la aerolínea no decide qué va a cenar.

Lo decide usted.

En sus Suites del A380, Singapore Airlines combina ese servicio gastronómico con auténticos espacios privados con asiento y cama independiente.

El buffet de 1955 ha desaparecido.

Pero su espíritu sobrevive ahí.

Qatar: probablemente el producto más completo

Qatar Airways continúa ocupando las primeras posiciones entre las mejores aerolíneas del mundo.

Su Qsuite sigue siendo una referencia absoluta dentro de la clase Business.

En gastronomía tampoco suele faltar entre las primeras posiciones.

Eso probablemente explica mejor su fortaleza que cualquier premio individual.

Hay compañías espectaculares en First.

Otras magníficas en Business.

Qatar consigue mantener un estándar muy alto prácticamente en todas las cabinas.

Y aquí viene la sorpresa: se puede comer muy bien en turista

Esta es probablemente la parte más interesante para el viajero normal.

No hace falta gastarse 5.000 euros en un billete para recibir una comida digna.

EVA Air, la compañía taiwanesa, está considerada una de las grandes referencias mundiales en catering de clase Economy.

También aparecen constantemente entre las mejores Cathay Pacific, Qatar Airways, Singapore Airlines, STARLUX, Saudia, Turkish Airlines, Hainan, Emirates y Japan Airlines.

Y Air New Zealand mantiene uno de los productos Economy más completos del mundo, valorando conjuntamente espacio, servicio, entretenimiento y comida.

Por tanto, si nuestra única pregunta fuera «¿con quién tengo más posibilidades de comer bien sin pagar Business?», EVA Air, Cathay Pacific, Qatar, Singapore, Turkish y Air New Zealand deberían estar muy arriba en la lista.

Las mejores mesas a 11.000 metros

Si cruzamos las principales valoraciones internacionales, la fotografía gastronómica actual queda aproximadamente así:

  1. Turkish Airlines: una de las grandes referencias globales en catering; particularmente impresionante en Business y notable incluso en Economy.

  2. Singapore Airlines: referencia absoluta en Primera Clase y probablemente una de las experiencias gastronómicas más sofisticadas en conjunto.

  3. Qatar Airways: extraordinariamente consistente en Business y Economy.

  4. EVA Air: probablemente una de las mejores elecciones del viajero que quiere comer bien sin salir de turista.

  5. STARLUX: la nueva aspirante, con una apuesta decidida por el servicio premium.

  6. Air France: una de las grandes referencias cuando hablamos de cocina de Primera Clase.

  7. Cathay Pacific: excepcional equilibrio entre calidad general y comida en Economy.

  8. Emirates: continúa entre las grandes experiencias premium, especialmente en First.

  9. Japan Airlines y ANA: tienen una enorme ventaja cuando sus menús aprovechan la cocina japonesa, particularmente adecuada para volar por sus sabores umami.

  10. Air New Zealand: uno de los productos Economy más completos que existen actualmente.

Quizá no comíamos mejor antes. Volábamos de otra manera

Aquella fotografía de una mesa interminable dentro de un avión provoca inevitablemente una pregunta:

¿En qué momento perdimos todo eso?

La respuesta quizá sea incómoda.

Lo perdimos cuando empezamos a poder volar todos.

El buffet, el caviar, los salones, las camas, la porcelana y los camareros pertenecían a una aviación maravillosa, pero también carísima y minoritaria.

La aviación moderna hizo otra elección.

Cambió espacio por pasajeros.

Servicio por eficiencia.

Ceremonia por velocidad.

Y gastronomía por precio.

Gracias a eso podemos cruzar Europa por cantidades que en términos reales habrían parecido absurdas hace setenta años.

El problema es que quizá nos fuimos demasiado lejos.

Porque entre servir langosta Thermidor sobre porcelana y vender por cinco euros un bocadillo envuelto en plástico probablemente debería existir algún punto intermedio.

Algunas compañías ya lo han entendido.

Turkish, Singapore, Qatar, EVA Air, Cathay o STARLUX están demostrando que la comida puede volver a formar parte del viaje y no ser simplemente una necesidad fisiológica que se resuelve a 11.000 metros.

El gran buffet probablemente no regresará.

Ni falta que hace.

Pero después de contemplar cómo se comía en algunos aviones hace setenta años, resulta legítimo exigir algo más que escuchar:

«¿Pollo o pasta?»

Y rezar.

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