Asturias se queda sin agua: los ríos se desploman, el campo pide cisternas y dos zonas entran en prealerta

Asturias se queda sin agua: los ríos se desploman, el campo pide cisternas y dos zonas entran en prealerta

La falta de lluvias lleva a niveles preocupantes algunos de los principales cursos fluviales de la región, golpea los pastos y obliga ya a recurrir a cubas de agua en núcleos rurales. Nalón-Villaviciosa y Deva-Nansa están en prealerta por escasez y septiembre puede convertirse en un mes decisivo si no regresan precipitaciones suficientes.

Asturias, la tierra donde durante décadas el problema parecía ser qué hacer con tanta agua, empieza a mirar al cielo por el motivo contrario.

La recta final de agosto deja una fotografía poco habitual y cada vez más preocupante: ríos con caudales extraordinariamente bajos, manantiales que apenas aportan agua, pastos secos, reservas descendiendo y explotaciones ganaderas que comienzan a necesitar ayuda para garantizar agua y alimento a sus animales.

La Confederación Hidrográfica del Cantábrico sigue con especial atención la evolución de numerosos cauces. Entre los que presentan caudales especialmente reducidos aparecen ríos tan significativos como el Nalón, junto a cursos como el Noreña o el Piles.

Y el aviso ya ha dejado de ser únicamente meteorológico.

Las zonas hidrológicas de Nalón-Villaviciosa y Deva-Nansa han entrado en situación de prealerta por escasez de agua, después de semanas de precipitaciones insuficientes. Es el primer peldaño de una escalada que, si continúa el descenso de recursos disponibles, puede terminar obligando a adoptar medidas de ahorro y restricciones sobre determinados usos.

El problema no es que mañana deje de salir agua del grifo

Conviene separar dos conceptos.

Asturias no se encuentra actualmente ante un escenario generalizado de cortes de suministro doméstico, pero sí ante una situación hidrológica que ha comenzado a deteriorarse de forma significativa.

La Confederación distingue entre sequía prolongada, relacionada fundamentalmente con la ausencia continuada de precipitaciones y la reducción natural de recursos, y escasez coyuntural, que aparece cuando el agua disponible empieza a resultar insuficiente para atender con normalidad todos los usos existentes.

Los planes especiales de sequía establecen precisamente una sucesión de escenarios —normalidad, prealerta, alerta y emergencia— que permiten ir activando medidas a medida que empeoran los indicadores.

Asturias ya ha dado, por tanto, el primer paso en algunas zonas.

El Nalón, bajo vigilancia

El estado del Nalón tiene una importancia especial.

No se trata únicamente del mayor río asturiano. Sobre su sistema descansa buena parte de la arquitectura hidráulica del centro de Asturias, tanto desde el punto de vista del abastecimiento como energético.

Los embalses permiten amortiguar de momento la reducción de los caudales naturales.

El de Tanes, sobre el Nalón, mantiene todavía una reserva relativamente elevada, aunque durante las últimas semanas ha ido perdiendo volumen.

La situación es más ajustada en Alfilorios, infraestructura fundamental para el abastecimiento del área de Oviedo, donde las reservas se sitúan aproximadamente en torno a la mitad de su capacidad.

No significa que Oviedo tenga ahora mismo un problema de suministro.

Sí significa que cada semana sin lluvias resta margen de seguridad.

El mapa de la preocupación: centro, oriente y pequeñas redes rurales

La crisis del agua no afecta de la misma manera a toda Asturias.

El sistema Nalón-Villaviciosa concentra buena parte de la atención por la evolución de sus recursos y por la enorme población y actividad económica que depende directa o indirectamente de esta área.

Hacia el oriente, el sistema Deva-Nansa comparte también el escenario de prealerta.

Pero probablemente los primeros problemas graves no aparezcan en las grandes ciudades.

El punto débil son los pequeños abastecimientos rurales que dependen directamente de fuentes, manantiales y captaciones de escaso tamaño.

Y algunos ya están sufriendo las consecuencias.

Un aviso en Siero: viviendas comprando agua

La situación de La Figarona, en Siero, ofrece una imagen bastante precisa de lo que puede ocurrir si continúa la sequía.

La comunidad de usuarios de agua que abastece a decenas de viviendas y a un establecimiento hostelero tuvo que comenzar a comprar agua mediante camiones cisterna después de que prácticamente se secara el manantial del que dependía.

Cada cuba transporta miles de litros de agua y supone un coste que deben asumir los propios vecinos.

Es un problema localizado.

Pero también una advertencia.

Miles de viviendas dispersas por el territorio asturiano no reciben el agua mediante las grandes redes urbanas, sino a través de pequeños sistemas mucho más vulnerables a varias semanas consecutivas sin lluvias.

El campo ya está pagando la sequía

Donde la situación ha dejado de ser una amenaza futura es en la ganadería.

La falta de agua ha reducido drásticamente el crecimiento de los pastos durante un periodo del año en el que tradicionalmente las explotaciones asturianas deberían aprovechar al máximo la alimentación natural del ganado.

Las organizaciones agrarias alertan de una grave crisis forrajera en toda la cornisa cantábrica y reclaman medidas extraordinarias.

Entre sus peticiones figura la concesión de ayudas directas para comprar forraje y transportar agua mediante cisternas, además de medidas que permitan compensar el fuerte incremento del coste de alimentar al ganado.

El problema tiene además un efecto acumulativo.

Muchas explotaciones están utilizando ya durante agosto las reservas de alimento que habían preparado para otoño e invierno.

La paja y otros suplementos se han encarecido y algunas ganaderías comienzan a encontrarse ante una situación difícilmente sostenible si las lluvias no regresan pronto.

Lo que hoy parece un problema de pastos puede convertirse dentro de unas semanas en un serio problema económico para cientos de explotaciones.

¿Qué pasaría si septiembre sigue seco?

Ese es ahora el gran interrogante.

El sistema está preparado para soportar episodios de falta de precipitaciones y los principales abastecimientos disponen todavía de reservas e infraestructuras suficientes para afrontar el corto plazo.

Pero la situación cambia si septiembre reproduce el comportamiento de las últimas semanas.

La prolongación de la sequía podría provocar sucesivamente:

Más pequeños abastecimientos rurales dependientes de cisternas.

Limitaciones para determinados usos agrícolas o ganaderos.

Reducción de captaciones y mayor vigilancia de los caudales ecológicos de los ríos.

Campañas intensivas de ahorro de agua.

Restricciones sobre usos considerados no prioritarios, como determinados riegos, baldeos, llenados de piscinas o consumos recreativos, en aquellos sistemas donde los indicadores evolucionasen hacia alerta.

Y solo en escenarios mucho más graves aparecerían restricciones sobre el suministro doméstico.

Los planes de sequía están diseñados precisamente para actuar antes de llegar a esa situación.

También aumenta el riesgo de incendios

Hay otro elemento que multiplica la preocupación.

La reducción de la humedad del suelo, los pastos secos y la vegetación cada vez más deshidratada generan condiciones especialmente favorables para la propagación de incendios.

Por eso la falta de agua no puede analizarse únicamente desde el abastecimiento.

Afecta simultáneamente a ganadería, agricultura, ecosistemas fluviales, prevención de incendios, turismo rural y suministro doméstico.

Es un problema transversal.

Una tormenta no arreglaría el problema

Una lluvia intensa de unas horas sería bienvenida, pero no bastaría.

Para recuperar los sistemas naturales se necesitan precipitaciones persistentes y repartidas durante varios días, capaces de humedecer primero el terreno y posteriormente alimentar manantiales, arroyos, ríos y acuíferos.

Cuando el suelo está muy seco, una parte importante del agua de una tormenta intensa puede perderse rápidamente por escorrentía sin producir una recuperación proporcional de las reservas.

Por eso el escenario ideal no son aguaceros violentos, sino varios episodios continuados de lluvia moderada.

Los embalses dan margen; los manantiales, mucho menos

Ahí está probablemente la principal paradoja de la situación actual.

Los grandes sistemas asturianos mantienen todavía un colchón importante gracias a sus embalses.

Pero numerosos núcleos rurales no tienen ese colchón.

Dependen de pequeñas fuentes y captaciones donde unas pocas semanas de sequía pueden cambiar radicalmente la situación.

Mientras Tanes mantiene todavía una reserva razonable y Alfilorios ronda aproximadamente la mitad de su capacidad, algunos pequeños manantiales del centro de Asturias ya han llegado prácticamente al agotamiento.

Son tres escalas distintas de un mismo problema.

Septiembre puede marcar el punto de inflexión

Asturias todavía tiene agua.

Pero tiene cada vez menos margen.

La combinación de caudales fluviales muy reducidos, dos sistemas en prealerta, pequeños abastecimientos rurales recurriendo ya a cisternas y una ganadería que reclama ayudas extraordinarias convierte las próximas semanas en especialmente importantes.

Si regresan las lluvias atlánticas y se mantienen durante varios días, buena parte de la presión podría aliviarse.

Si septiembre continúa seco, el mapa comenzará a cambiar rápidamente.

Y la tierra que durante generaciones convirtió la lluvia casi en una seña de identidad podría encontrarse este otoño ante una pregunta que hasta hace poco parecía impensable:

¿qué ocurre cuando en Asturias empieza a faltar agua?

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