El sistema MoMo estima 36 fallecimientos atribuibles al calor en mayo, 51 en junio, 33 en julio y 19 en agosto. La cifra supera ampliamente los registros de los últimos años y vuelve a poner el foco sobre los mayores, las viviendas mal adaptadas y la eficacia de las medidas de prevención. No son 139 certificados de defunción por golpe de calor: se trata de una estimación epidemiológica del impacto que las temperaturas elevadas tienen sobre la mortalidad.
Asturias acaba de cerrar uno de los balances sanitarios más duros de los últimos veranos.
Entre mayo y agosto, las altas temperaturas tienen atribuidas estadísticamente 139 muertes en el Principado, según los últimos datos del Sistema de Monitorización de la Mortalidad Diaria, MoMo, desarrollado por el Instituto de Salud Carlos III.
La cifra supone un máximo en la serie reciente y confirma algo que hace apenas unos años podía parecer extraño en una comunidad asociada tradicionalmente a temperaturas moderadas: el calor se ha convertido también en Asturias en un factor relevante de mortalidad.
El impacto no se concentró únicamente en las jornadas más tórridas de agosto.
De hecho, el mes con mayor mortalidad atribuible fue junio, con 51 fallecimientos. Mayo acumuló 36, julio otros 33 y agosto cerró con 19.
En total, 139.
Una cifra que obliga a mirar más allá del termómetro.
No significa que 139 personas murieran oficialmente «de calor»
Existe una precisión fundamental para interpretar correctamente el dato.
MoMo no está contando 139 certificados médicos en los que figure el calor como causa de la muerte.
Ni mucho menos significa que todas esas personas sufrieran un golpe de calor.
Lo que hace el sistema del Instituto de Salud Carlos III es utilizar modelos estadísticos para estimar cuántas defunciones pueden atribuirse al efecto de las temperaturas.
El modelo compara la mortalidad esperada con la observada y calcula qué parte de esa variación puede explicarse por el exceso de temperatura.
Por eso la expresión correcta es «muertes atribuibles a las altas temperaturas».
La diferencia es enorme.
Una persona mayor con una cardiopatía puede fallecer tras varios días de temperaturas elevadas. En su certificado de defunción aparecerá probablemente la enfermedad cardiovascular y no el calor.
Lo mismo puede ocurrir con enfermedades respiratorias, renales, metabólicas o con pacientes especialmente frágiles.
El calor puede no ser la causa médica final.
Pero sí puede haber sido el factor que desestabilizó al paciente.
Y eso es precisamente lo que intenta medir MoMo.
Los mayores vuelven a estar en el centro del problema
Los datos disponibles vuelven a señalar con especial crudeza hacia las edades más avanzadas.
La gran mayoría de las defunciones estimadas durante los episodios de temperaturas elevadas se concentra entre personas mayores, especialmente entre los mayores de 85 años.
No es casualidad.
Con la edad disminuye la capacidad del organismo para regular su temperatura, se reduce en muchos casos la percepción de la sed y aumenta la presencia de enfermedades crónicas y tratamientos farmacológicos que pueden dificultar la adaptación al calor.
Una deshidratación que en una persona joven puede provocar únicamente malestar puede desencadenar consecuencias mucho más graves en una persona de 85 o 90 años.
Y Asturias reúne todos los ingredientes para que ese riesgo sea especialmente relevante: una población muy envejecida, numerosos mayores que viven solos y un parque de viviendas construido durante décadas para protegerse del frío, no para soportar episodios prolongados de calor.
El verdadero problema puede estar dentro de casa
Durante años, hablar de protección frente al calor significaba recomendar evitar el sol al mediodía, utilizar ropa ligera o beber agua.
El problema empieza a ser mucho más complejo.
Una vivienda puede convertirse durante varios días consecutivos en una auténtica trampa térmica.
Pisos orientados al oeste, últimas plantas, edificios sin aislamiento suficiente, habitaciones sin ventilación cruzada o viviendas donde no existe ningún sistema de refrigeración pueden mantener temperaturas elevadas incluso durante la noche.
Y precisamente las noches cálidas representan uno de los mayores riesgos para las personas vulnerables.
Si el cuerpo no consigue recuperar durante la madrugada el estrés térmico acumulado durante el día, el riesgo aumenta.
Por eso el debate sobre el calor comienza a parecerse cada vez menos a una cuestión meteorológica y cada vez más a un problema de salud, vivienda, urbanismo y servicios sociales.
Asturias tiene un Plan Calor
El Principado mantiene activo desde mediados de mayo hasta finales de septiembre su Plan de Prevención de Altas Temperaturas.
El sistema divide Asturias en distintas zonas climáticas y establece umbrales a partir de los cuales aumenta el riesgo para la salud.
Cuando las previsiones superan esos niveles, se activan avisos y recomendaciones específicas.
Las medidas incluyen hidratarse de manera frecuente, evitar esfuerzos físicos en las horas centrales, mantener las viviendas lo más frescas posible, utilizar ropa ligera y prestar atención especial a personas mayores, enfermos crónicos, niños pequeños y personas dependientes.
Pero después de un verano con alrededor de 140 muertes estadísticamente atribuibles al calor, aparece inevitablemente otra pregunta:
¿es suficiente?
El salto respecto a los últimos años es enorme
La comparación con temporadas anteriores ayuda a comprender la dimensión de 2026.
Los datos publicados para el mismo periodo sitúan las estimaciones muy por debajo en los años anteriores: 55 muertes en 2025, 45 en 2024 y 76 en 2023.
Este verano rompe claramente esa evolución.
Y lo hace además en una comunidad donde hasta hace relativamente poco tiempo el calor extremo no ocupaba un lugar prioritario entre los riesgos sanitarios del verano.
Eso está cambiando.
Asturias continúa teniendo temperaturas considerablemente inferiores a las que soportan Andalucía, Extremadura o buena parte del interior peninsular.
Pero una temperatura no produce el mismo efecto en todas las regiones.
La vulnerabilidad depende también de la adaptación de la población, de las características de las viviendas, de la edad, de las enfermedades previas y de hasta qué punto las noches permiten recuperar al organismo.
Un asturiano vulnerable puede estar menos preparado para varios días consecutivos de calor que una persona acostumbrada a convivir durante décadas con temperaturas mucho más elevadas.
El verano todavía no ha terminado sanitariamente
Hay además un detalle importante.
El periodo oficial de vigilancia frente a las altas temperaturas continúa durante septiembre.
El Plan Calor del Principado permanece activo hasta el día 30.
Por tanto, los 139 fallecimientos atribuidos entre mayo y agosto no constituyen necesariamente el balance definitivo de la temporada.
Las temperaturas de septiembre determinarán si la cifra continúa creciendo.
De contar grados a contar consecuencias
El nuevo escenario obliga también a cambiar la manera de hablar de las olas de calor.
Durante mucho tiempo la noticia era alcanzar 35, 36 o 38 grados.
Ahora la cuestión importante aparece unos días después.
¿Cuántas personas ingresaron?
¿Cuántas urgencias se produjeron?
¿Cuántos mayores estuvieron expuestos durante días a viviendas excesivamente calientes?
¿Cuántas residencias disponen de espacios correctamente refrigerados?
¿Cuántas personas vulnerables viven solas?
¿Y cuántas muertes pueden acabar atribuyéndose estadísticamente a esas temperaturas?
Asturias dispone ya de un dato que debería servir para abrir ese debate.
139 muertes atribuibles al calor entre mayo y agosto.
No son 139 personas cuyo certificado de defunción diga «ola de calor».
Es algo epidemiológicamente más complejo y, precisamente por eso, mucho más difícil de ver.
Personas cuya salud pudo deteriorarse hasta un punto crítico porque, detrás de una insuficiencia cardíaca, una enfermedad respiratoria, una deshidratación o una patología previa, hubo un factor añadido.
El termómetro.
Y este verano, en Asturias, su huella ha sido excepcional.
