El asesino silencioso del verano: el calor ya deja en Asturias trece veces más muertes que la carretera

El asesino silencioso del verano: el calor ya deja en Asturias trece veces más muertes que la carretera

El Principado acumula 106 fallecimientos atribuibles a las altas temperaturas desde mediados de mayo, frente a ocho víctimas mortales en vías interurbanas durante todo 2026. El calor no suele aparecer en los certificados de defunción: descompensa corazones, pulmones y riñones y golpea especialmente a una población envejecida y que vive cada vez más sola.

No deja coches destrozados, cristales sobre el asfalto ni sirenas en mitad de la noche. Tampoco provoca, salvo excepciones, grandes titulares con nombres, fotografías y minutos de silencio. El calor mata de otra manera. Una persona mayor deja de beber lo suficiente, se deshidrata y su insuficiencia renal empeora. Otra soporta varias noches sin descanso y su corazón, ya debilitado, no aguanta. Un enfermo respiratorio llega al hospital con una crisis que aparentemente pertenece a su enfermedad de siempre. En el certificado probablemente no aparecerá la palabra «calor».

Pero el calor estaba allí.

Asturias acumula entre el 15 de mayo y el 12 de julio de 2026 un total de 106 muertes atribuibles a las altas temperaturas, según las estimaciones del Sistema de Monitorización de la Mortalidad Diaria, MoMo. Nunca en la última década se había alcanzado una cifra semejante en la región, y todavía quedan por delante la segunda mitad de julio, agosto y septiembre. En todo el verano de 2025 fueron 68; en 2024, 47; y en 2023, 92. Los datos publicados para Asturias dibujan una emergencia que ha dejado de ser excepcional.

AñoMuertes atribuibles al calor en Asturias

2026, hasta el 12 de julio 106
2025 68
2024 47
2023 92
2022 22
2021 2
2020 13
2019 6
2018 4
2017 33

La comparación con los accidentes de tráfico ayuda a comprender la dimensión del fenómeno. Hasta el 12 de julio, la DGT contabilizaba ocho fallecidos en las carreteras interurbanas asturianas durante 2026. El calor, por tanto, tiene atribuidas más de trece veces más muertes, pese a que su cómputo comienza el 15 de mayo y el de tráfico el 1 de enero. El balance provincial de la DGT es provisional y solo incluye vías interurbanas y fallecimientos ocurridos en las primeras 24 horas. No es una comparación epidemiológica perfecta, pero sí una fotografía elocuente.

Un junio que ya no pertenece al clima asturiano de siempre

El episodio no consiste en un par de tardes sofocantes. Junio de 2026 fue el más cálido registrado en Asturias desde el comienzo de la serie, en 1961. La temperatura media alcanzó los 18,8 grados, tres más de lo normal; la media de las máximas llegó a 24,4 grados, 3,8 por encima del promedio. Además, llovió un 55% menos de lo habitual, según el resumen de Aemet recogido por RTVE.

La secuencia sanitaria fue casi inmediata. En una sola semana de mayo se estimaron 18 muertes atribuibles al calor. Junio terminó con 51. Los primeros días de julio añadieron nuevas víctimas. Al mismo tiempo, Asturias llegó a activar el nivel 3, de riesgo alto para la salud, en el Centro-Valles Mineros, el Suroccidente y la Cordillera-Picos de Europa, y el nivel 2 en el litoral oriental. Astursalud reconoce que cuando las temperaturas altas y poco habituales se mantienen tres o más días aparece un exceso de mortalidad.

El cambio también ha entrado en lugares que antes apenas se asociaban con este riesgo. El instituto de Trubia solicitó suspender las clases durante el episodio extraordinario de finales de mayo, con previsiones cercanas a los 35 grados. En residencias de Gijón y Aller se denunciaron temperaturas interiores superiores a 30 grados para trabajadores y usuarios. Son escenas de una Asturias construida para conservar el calor durante el invierno, no para expulsarlo en veranos cada vez más largos.

No son 106 certificados que digan «golpe de calor»

Conviene precisar qué significa la cifra. El propio Instituto de Salud Carlos III advierte de que MoMo no es un registro nominal de defunciones. Es un modelo estadístico que compara la mortalidad observada con la esperada y calcula qué parte del exceso puede atribuirse a las temperaturas. Utiliza series históricas, datos de registros civiles y temperaturas máximas y mínimas de Aemet. Sus resultados se actualizan y pueden revisarse. La explicación oficial del ISCIII insiste en hablar de estimaciones, no de un recuento forense.

Ese matiz no debilita la alarma; explica por qué el problema ha sido durante tanto tiempo invisible. Un golpe de calor clásico —temperatura corporal extrema, alteración neurológica y fallo multiorgánico— representa una parte muy pequeña de la mortalidad. Según la guía de comunicación sobre salud y calor del Ministerio de Sanidad, solo alrededor del 3% de las muertes asociadas al calor se produce mediante un golpe de calor directo. La mortalidad atribuible total es entre 20 y 30 veces superior a la registrada específicamente bajo ese diagnóstico.

La mayoría de las víctimas muere porque el calor agrava una enfermedad anterior. El organismo necesita enviar más sangre hacia la piel para refrigerarse, aumenta el trabajo del corazón y pierde agua y sales mediante el sudor. La sangre se concentra, la presión puede caer y los riñones reciben menos riego. Si la noche es demasiado cálida, el cuerpo ni siquiera dispone de horas para recuperarse.

Durante episodios de calor en España, los ingresos hospitalarios aumentan un 77,7% por insuficiencia renal, un 74,6% por infecciones urinarias, un 54,3% por sepsis y un 49% por cálculos renales. También crecen los ingresos vinculados a trastornos metabólicos y obesidad. La víctima estadística del calor no siempre es alguien desplomado bajo el sol: puede ser una mujer de 86 años ingresada por insuficiencia cardíaca después de cuatro noches sofocantes en un piso sin ventilación.

Asturias reúne casi todos los factores de riesgo

El calor no se reparte democráticamente. La edad, las enfermedades crónicas, la dependencia, la soledad, el tipo de vivienda, la renta y la exposición laboral determinan quién puede protegerse y quién queda atrapado.

Asturias cuenta con unos 293.500 residentes de 65 o más años: el 28,7% de su población, frente a poco más del 21% nacional. Casi tres de cada diez asturianos pertenecen, por tanto, al principal grupo de riesgo. Además, el 34,3% de los hogares del Principado ya son unipersonales. La combinación de envejecimiento, dispersión rural y soledad convierte la ola de calor en un problema tanto social como médico.

Una persona mayor puede sentir menos sed, regular peor su temperatura, tomar diuréticos o fármacos para la tensión y tener dificultades para desplazarse hasta un espacio fresco. En una aldea aislada, además, puede pasar días sin que nadie observe un deterioro progresivo. En un piso urbano bajo cubierta, cerrar las ventanas no siempre basta: el edificio acumula durante el día un calor que devuelve por la noche.

También están expuestos quienes trabajan al aire libre, en cocinas, naves, lavanderías, obras, servicios de limpieza o explotaciones agrarias. En Sevilla, dos personas murieron por golpes de calor en apenas 48 horas este julio: una mujer de 59 años que permanecía en la calle y un trabajador de 48 años que se desplomó durante su jornada, con la provincia bajo aviso por temperaturas de hasta 43 grados. Son casos directos y visibles; detrás de ellos queda una mortalidad indirecta mucho mayor.

España: 2.056 muertes en menos de dos meses

El balance nacional confirma que Asturias no está ante una anomalía local. Entre el 15 de mayo y el 12 de julio, MoMo estimó 2.056 fallecimientos atribuibles al calor en España, frente a 1.171 durante el mismo periodo de 2025. La segunda ola de calor del verano dejó 463 muertes estimadas y la primera, 333.

Hasta esa misma fecha, la DGT contabilizaba 545 fallecidos en vías interurbanas desde el 1 de enero. Es decir, el calor acumula casi cuatro veces más muertes estimadas que la carretera, aunque las metodologías y coberturas sean diferentes.

La comparación anual refuerza la conclusión. En 2025, Sanidad estimó 3.832 muertes atribuibles a las altas temperaturas. La DGT registró 1.119 fallecidos en carreteras interurbanas durante todo el año. El balance de Tráfico celebró que se trataba del segundo valor más bajo desde 1960. La seguridad vial demuestra, precisamente, que la mortalidad puede reducirse cuando se mide, se comunica de manera constante y se convierte en una prioridad colectiva.

Durante décadas, España aprendió a contar los muertos en carretera. Cada fin de semana había balances, campañas, controles, reformas legales, radares y mensajes públicos. Aquella visibilidad cambió comportamientos. Con el calor todavía no existe una conciencia equivalente. Seguimos hablando de «buen tiempo» cuando el riesgo sanitario ya es alto, o ilustrando las olas de calor con playas y helados mientras los hospitales reciben sus consecuencias.

El principal asesino climático

Sería inexacto afirmar que el calor es la primera causa de muerte de la sociedad: las enfermedades cardiovasculares y los tumores provocan muchas más defunciones. Pero sí puede considerarse el gran asesino climático. La Agencia Europea de Medio Ambiente calcula que el 95% de las muertes asociadas a fenómenos meteorológicos y climáticos extremos registradas en Europa entre 1980 y 2023 estuvo relacionado con las olas de calor. La OMS Europa estima más de 175.000 muertes anuales relacionadas con el calor en la región y señala que esa mortalidad ha aumentado alrededor de un 30% en dos décadas.

El escenario de fondo tampoco invita a pensar en un verano aislado. Aemet concluye que la temperatura media anual de España ha aumentado aproximadamente 1,75 grados desde 1961. El verano de 2025 fue el más cálido de la serie histórica y la primavera de 2026, la segunda más cálida. Lo extraordinario está empezando a convertirse en recurrente.

Contar cada muerte para evitar la siguiente

La respuesta no puede limitarse a recomendar agua, persianas y evitar el ejercicio a mediodía. Esas medidas son necesarias, pero trasladan casi toda la responsabilidad a personas que quizá no pueden aplicarlas.

Asturias necesita identificar a mayores que viven solos, activar llamadas y visitas durante las alertas, asegurar temperaturas seguras en residencias, centros de día, colegios y viviendas sociales, adaptar los horarios laborales, habilitar refugios climáticos accesibles y diseñar pueblos y ciudades con sombra, vegetación y edificios preparados para evacuar calor.

También necesita contar sus víctimas. Con la misma claridad con la que durante años se informó de los muertos del fin de semana en carretera. Porque lo que no se ve parece no existir, y lo que no se cuenta difícilmente se convierte en prioridad.

El calor no siempre firma la muerte que provoca. Pero las cifras empiezan a revelar su identidad. En Asturias, este verano, el asesino más silencioso no circula por una carretera ni empuña un arma. Entra por la ventana, se queda durante la noche y encuentra a sus víctimas, demasiadas veces, completamente solas.

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