Gobernar contra el pais que se gobierna

Permítasenos que utilicemos esta suerte de anáfora en el título para enfatizar un hecho lamentable que, a buen seguro, no existe en ningún otro país democrático del mundo, si es que España, al momento actual, se puede catalogar como una democracia. 

Estamos gobernados por un vanidoso narcisista que ha hecho de la mentira su bandera y por un revolucionario anacrónico, fariseo y desleal cuyas únicas pretensiones son acabar con el sistema institucional vigente y sustituirlo por una república bananera en la que ellos sean los que deciden sobre el bien y el mal.

Las afrentas son interminables. Ahí van algunas de ellas.

El Gobierno del desgobierno ya empezó con la negociación del Brexit. Sánchez, en lugar de prevalerse del posicionamiento de ventaja para negociar una vez que Gibraltar perdía el paraguas de la UE, ya que teníamos la posibilidad de vetar el acuerdo en tanto no se solucionara el problema de la colonia, cedió y desaprovechó el momento histórico más importante para poner fin a esta situación de agravio.

Ante el mayor ataque a la unidad de España, a la soberanía nacional y a las instituciones protagonizada por los separatistas catalanes, el Gobierno no solo maniobra para que la Abogacía del Estado cambie la calificación del delito de rebelión por el más benévolo de sedición, sino que ahora pretende modificar el Código Penal para eliminar este último, permitiendo así que los rebeldes queden libres de toda culpa. Además, traspasa la competencia sobre prisiones a la Generalidad para que los delincuentes hagan vida de hotel.

Demostrando una falta de conciencia que roza la ignominia, y volviendo a mentir descaradamente, blanquea a los herederos de ETA, apoyándose en ellos para gobernar. 

Cual hijo pródigo, dispone de los caudales públicos a su antojo, y dilapida el presupuesto asumiendo gastos innecesarios e injustificados. Dejando a un lado las subvenciones que manirrotamente reparte a discreción, la subida del sueldo a los funcionarios públicos carece de la más mínima justificación en la situación que vivimos.

Los funcionarios, además de tener el puesto de trabajo fijo, cobran de media mil euros más que el sector privado. El incremento salarial es un agravio comparativo para el resto de los ciudadanos. Solo se explica, maliciosamente, si se utiliza como coartada para subirse el sueldo a sí mismo.

Hasta los futbolistas se han bajado el sueldo. 

La supresión de la cooficialidad del castellano en los planes escolares, además de inconstitucional, es una fechoría.

Censurar los contenidos en la prensa y las redes sociales, una muestra de totalitarismo. 

Mientras todo esto ocurre, las colas del hambre crecen cada día.

Lo dijo Víctor Hugo: «Entre un gobierno que lo hace mal y un pueblo que lo consiente, hay una cierta complicidad vergonzosa».



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