La avería que hundió la competitividad de las plantas asturianas obliga a la multinacional a una maniobra crítica: recuperar producción, asegurar inversiones y evitar nuevos recortes en plena crisis europea del acero
En las entrañas industriales de Veriña se libra desde ayer una de las operaciones más delicadas, tensas y estratégicas que recuerda la siderurgia asturiana en los últimos años. El horno alto “B” de ArcelorMittal, parado desde septiembre tras una gravísima avería que ha castigado duramente a las plantas asturianas, busca hoy su primera colada de arrabio en una maniobra que va mucho más allá de un simple rearranque técnico.
Lo que está en juego no es únicamente volver a producir acero.
Lo que se juega Asturias es recuperar competitividad en Europa, asegurar inversiones multimillonarias, sostener miles de empleos y evitar que las plantas gijonesas y avilesinas entren definitivamente en una espiral de pérdida de peso dentro del gigante siderúrgico mundial.
Porque durante meses, Asturias ha pasado de ser una referencia industrial europea a convertirse en uno de los clústeres menos competitivos del continente dentro de ArcelorMittal.
Del liderazgo europeo a la penúltima posición
Hace apenas un año, las instalaciones asturianas competían entre las primeras posiciones de eficiencia y rentabilidad dentro de los ocho grandes clústeres siderúrgicos europeos del grupo.
Hoy ocupan la peligrosa séptima plaza.
La razón tiene nombre propio: el horno alto “B”.
La instalación sufrió una grave avería en otoño de 2025 durante un intento de estabilización tras labores de mantenimiento. Lo que inicialmente parecía una incidencia controlable acabó convirtiéndose en un auténtico quebradero de cabeza técnico para la multinacional.
Tras múltiples intentos fallidos de recuperación, ArcelorMittal tomó en febrero una decisión extrema:
- apagar completamente el horno,
- vaciarlo,
- enfriarlo,
- y acometer una reparación de urgencia.
El golpe productivo fue enorme.
Una caída de producción demoledora
Durante meses, toda la producción siderúrgica asturiana ha dependido únicamente del horno alto “A”, una instalación más antigua, menos eficiente y mucho más limitada tecnológicamente.
Eso provocó:
- menos arrabio,
- mayores costes,
- más dependencia de importaciones,
- y un desplome de actividad en varias líneas clave.
Los datos internos del primer trimestre reflejan la gravedad de la situación:
- la acería de Gijón cayó hasta una capacidad de utilización del 39%,
- el tren de carril produjo un 22% menos de lo previsto,
- y el tren de alambrón se hundió un 35% por debajo de objetivos.
Incluso fue necesario importar semiproductos siderúrgicos para poder mantener parcialmente operativos algunos trenes acabadores.
En otras palabras:
Asturias empezó a funcionar a medio gas en una industria donde parar significa perder competitividad a velocidad vertiginosa.
Y eso ocurre además en el peor momento posible:
- con el acero europeo sometido a una enorme presión internacional,
- con energía más cara que en Francia,
- y con ArcelorMittal revisando inversiones estratégicas en toda Europa.
El horno “B”: una instalación absolutamente estratégica
La importancia del horno alto “B” es difícil de exagerar.
Los dos altos hornos de Veriña son actualmente los únicos que siguen activos en toda España.
Y toda la arquitectura industrial asturiana está diseñada para funcionar con ambos simultáneamente.
Cuando uno desaparece:
- suben brutalmente los costes,
- baja la productividad,
- se generan cuellos de botella,
- y el equilibrio económico de las plantas se resiente de inmediato.
Además, el horno “B” es mucho más moderno y eficiente que el “A”.
Está preparado para:
- reducir consumos energéticos,
- optimizar inyección de combustibles,
- y abaratar costes productivos.
Sin él, Asturias pierde competitividad frente a otras plantas europeas del grupo.
Una maniobra extremadamente delicada
Por eso el rearranque iniciado ayer se sigue prácticamente minuto a minuto dentro de la compañía.
ArcelorMittal comenzó el proceso mediante oxilanza, un sistema desarrollado precisamente en Asturias para facilitar el encendido de altos hornos en situaciones complejas. La operación arrancó alrededor de las tres de la tarde y contempla:
- unas 16 horas iniciales de calentamiento,
- estabilización progresiva,
- y posteriormente la primera colada de arrabio.
Pero nadie se engaña dentro de la industria:
el verdadero desafío empieza después.
Porque un horno alto no pasa de cero a cien de un día para otro.
Las previsiones apuntan a:
- varios días hasta activar todas las toberas,
- cerca de diez días para normalizar la producción,
- y semanas para recuperar ritmos plenamente estables.
Y todo ello después de meses de intentos frustrados y enormes tensiones técnicas.
El gran miedo: perder inversiones
La situación del horno alto “B” ha coincidido además con otro momento crítico:
la batalla por las inversiones de descarbonización.
Asturias intenta asegurarse el futuro siderúrgico en plena transición ecológica europea.
Y ahí aparece el gran proyecto:
el horno eléctrico LEAF de Gijón.
La instalación, presupuestada en unos 213 millones de euros, es considerada estratégica para mantener capacidad productiva en un futuro con menos emisiones.
Sin embargo, el proyecto acumula retrasos importantes:
- inicialmente debía estar listo en el primer trimestre,
- ahora la multinacional sitúa el final del montaje hacia agosto,
- y después todavía necesitará meses de homologaciones y puesta en marcha.
Mientras tanto, Asturias sigue dependiendo enormemente de los altos hornos tradicionales.
Y aquí aparece la gran preocupación sindical y política:
si las plantas asturianas pierden competitividad, ArcelorMittal podría priorizar inversiones en Francia, Polonia u otros países europeos.
El acero europeo vive un momento crítico
El problema además no es solo asturiano.
La siderurgia europea atraviesa uno de los periodos más delicados de las últimas décadas:
- exceso de capacidad mundial,
- acero barato asiático,
- costes energéticos disparados,
- presión medioambiental,
- y caída de demanda industrial.
ArcelorMittal ya ha advertido públicamente de que España sufre una desventaja energética clara frente a Francia:
unos 33 euros más por megavatio/hora según datos trasladados por sindicatos.
Eso influye directamente en:
- costes de producción,
- rentabilidad,
- y decisiones de inversión.
Asturias se juega miles de empleos
La importancia social de todo esto es gigantesca.
La actividad siderúrgica asturiana sostiene:
- miles de empleos directos,
- decenas de miles indirectos,
- empresas auxiliares,
- puertos,
- logística,
- ingeniería,
- mantenimiento,
- y buena parte del tejido industrial regional.
Por eso el rearranque del horno alto “B” se vive casi como una operación de supervivencia industrial.
No es casualidad que sindicatos, Gobierno asturiano y trabajadores sigan el proceso con enorme tensión.
Porque si el horno vuelve a funcionar con normalidad:
- Asturias recuperará producción,
- mejorará competitividad,
- y ganará oxígeno para defender futuras inversiones.
Pero si vuelve a fallar, el golpe psicológico, económico e industrial podría ser enorme.
El verdadero desafío empieza ahora
ArcelorMittal aspira a terminar 2026 funcionando simultáneamente con:
- los dos altos hornos,
- el nuevo horno eléctrico LEAF,
- y una estructura híbrida de transición hacia acero más limpio.
Pero incluso dentro del grupo reconocen que el reto es gigantesco.
Porque además:
- solo quedará una planta de sínter operativa,
- habrá necesidad de importar materiales,
- y el mercado europeo sigue extremadamente debilitado.
Mientras tanto, hoy toda la atención de la siderurgia asturiana está puesta en una sola pregunta:
si el horno alto “B” logrará finalmente esa primera colada que puede marcar el inicio de la recuperación… o si Asturias seguirá atrapada en la peor crisis industrial siderúrgica de los últimos años.
