El drama del coronavirus

Antes de comenzar estas líneas, unos expertos en virus hablan en un canal de televisión sobre ese galopante caballo de la Apocalipsis que avanza sobre el planeta y  tiene  el nombre de  coronavirus.

“La duración y la profundidad de la crisis dependerán de tres variables: cuán lejos y cuán rápido se propagará el germen, cuánto tiempo pasará antes de que se encuentre una vacuna y qué tan efectivos serán los encargados de formular políticas para mitigar el daño a la salud y a nuestro bienestar físico y económico”, señalan.

Ante tal observación, se  debe ampliar una  realidad asentada  en la incertidumbre colmada de ansiedad sobre los ciudadanos en cada lugar de nuestro encrespado planeta, ya que parece que nadie había visto venir esta pandemia  en estos tiempos de conflicto y desvíos políticos.

Es notorio en los antiguos  textos religiosos que las descalabradas plagas,  a modo del coronavirus actual, se presentaban a modo escarmientos caídos  del cielo a causa de las transgresiones de la raza humana.

La evocada  peste negra o bubónica  fue  pavorosa en la Europa del siglo XIV, al haber sembrado consternación y muerte sobre  más de 50 millones de personas, a la vez que se expandía  sobre  Asía Central  y la  India.

En esos procesos desgarrados  siempre se buscan culpables con razón o sin ella. En cierta época no tan lejana,  se acusó a los judíos de envenenar los pozos de agua en Europa. Posteriormente, tras ser exterminados con crueles tormentos  miles de los hijos del dios de Abraham, se  encontró a los causantes de la epidemia: las ratas. Un tiempo más tarde se conoció otra  verdad: la infausta marabunta surgió de los propios humanos que vivían en estercoleros nauseabundos.

 Tiempo después, el pintor flamenco Peter Brueghel, llamado el Viejo,  moldeó la más sorprendente representación pictórica de aquel suceso en un lienzo deslumbrante llamado “El triunfo de la muerte”, símbolo de  la gran vencedora que,  montada sobre un raquítico caballo blanco tirando  de un carro atiborrado de calaveras, iba  recorriendo la descorazonada mercancía desperdigada  sobre campos afligidos.

Ese lienzo es uno de los paisajes más esperpénticos de la raza humana, y momento  en que cada uno se enfrenta al ineludible instante de penetrar a  la   danza maligna  sin retorno.

En mitad de tanto desaliento y consternación dentro de esa pintura,   solamente una joven pareja de enamorados, ensimismados en su cariño, no le temen a la Parca.

Lo había  dicho el clásico ante el amor subime: polvo serás, más polvo enamorado.

Admirar esas pinceladas en cada detalle, es regresar   a san Juan en libro de las Revelaciones. Allí hay estas palabras que   maceran las angustias humanas:

“Miré, y contemplé  un caballo bayo. El que lo montaba tenía por nombre Muerte, y el Hades lo seguía”.

A partir de ese día, la  parca, arrancada a la mitología romana,  tuvo la potestad de lapidar  a  los humanos sin que las puertas de los cielos temblaran.

Hoy, ahora mismo, hay sobre el planeta un estremecimiento,  y  cada habitante siente  el bramar  de  un animal escapando de los textos del   Apocalipsis, mientras la aprensión se encarama  sobre las grietas de sus miedos.

 



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