Los tres 'Fernandos' del -Congreso de los Diputados

Confieso que la muerte de don Fernando Álvarez de Miranda no me ha sido indiferente. Quienes siendo muy jóvenes participamos activamente en la llamada “Transición” española desde la dictadura a la democracia, teníamos puesta una mirada de respeto y curiosidad en Álvarez de Miranda. Los jóvenes de entonces que habíamos nacido después de la Guerra Civil española y que habíamos sido educados en las escuelas controladas por el Régimen, teníamos pocas posibilidades de saber y conocer cómo funcionaban otros países en los que un viejo concepto llamado democracia regía las relaciones entre sus ciudadanos.

Tuvieron que pasar muchos años para que algunos empezásemos a tener referencias un tanto difusas de españoles que, dentro y fuera de nuestro país, trabajaban por lograr que el régimen franquista terminara y diera paso a un modelo de sociedad basado en el respeto a los derechos humanos, la consagración irrenunciable a la libertad de expresión y la legalización de los partidos políticos.

Y fue así como conocí los nombres de ilustres ciudadanos que, jugándose el tipo, plantaron cara a un sistema que negaba precisamente todos esos valores que son el fundamento de la convivencia y la paz. Fernando Álvarez de Miranda era uno de ellos y junto a él se distinguieron personalidades del mundo de la universidad, de las ciencias y de la política perseguida. Qué suerte la mía que luego, pasados algunos años, pude conocer, y hasta tratar personalmente, a aquellos precursores de la Transición como fueron, además de Álvarez de Miranda, Jaime Miralles, Joaquín Satrústegui, Íñigo Cavero, José Luis Ruíz-Navarro, Manuel Jiménez de Parga, José Federico de Carvajal, Antonio de Senillosa, Enrique Tierno Galvan y muchos otros que fueron conmigo Diputados en la Legislatura Constituyente que nos permitió redactar y aprobar nuestra Constitución.

Fernando Álvarez de Miranda participó activamente en el “Contubernio de Munich” que se celebró en la ciudad alemana de la que tomó tan despreciativo nombre, en junio de 1962. Y cuando volvió a España fue detenido y confinado en la isla canaria de Fuerteventura. Desde entonces y hasta su muerte Álvarez de Miranda ha sido uno de los más ilustres representantes del europeísmo democrático, lo que le ha valido para ser hasta el último día de su existencia el Presidente de honor del Consejo Federal Español del Movimiento Europeo.

 

El primer “Fernando” del Congreso de los Diputados

Dicho todo lo anterior, permítanme que justifique el título de este comentario. Dos de los tres famosísimos “Fernandos” del Congreso de los Diputados fueron Fernando Abril Martorell y Fernando Álvarez de Miranda. El primero fue durante la transición uno de los hombres con mayor poder en España. Íntimo amigo del Presidente Suárez, fue el que enjaretó con Alfonso Guerra los mimbres que debían dar forma y contenido a la Constitución que estábamos redactando.

Fernando Abril, que lo fue todo durante el franquismo y todo durante la Transición, era una persona buena. Listo como el hambre, sabía cómo tratar a sus interlocutores. La conversación con Fernando Abril era fácil porque él te dejaba hablar, a pesar de que te leía el pensamiento, con gesto adusto, mientras escuchaba tus argumentos. Fernando Abril era la inteligencia gris de la UCD, el verdadero hacedor de la voluntad democratizadora del presidente Adolfo Suarez, pero lo que Dios no le dio a tan ilustre personaje fue el don de la oratoria. Cuando subía a la tribuna del Congreso se producía entre los Diputados un cierto revuelo a la espera del primer atrabancamiento dialéctico del que era Vicepresidente Económico del Gobierno. Los Diputados de la UCD sufrían por el indudable mal rato que su representante estaba pasando en el potro de tortura que para él era la tribuna de oradores. Mientras que la oposición, especialmente los socialistas, se lo pasaban en grande esperándolas venir. Tales eran los enredos en los que caía en sus exposiciones tan importante personaje que llegó a ser conocido como “Fernando el Caótico”. Bueno, en realidad fue el brillante periodista Jaime Campmany quien le puso el mote, lo que hizo que Luis María Ansón, nada más convertirse en editor de “La Hoja del Lunes”, prescindiera de Campmany como columnista del periódico. La verdad es que España les debe mucho a dos grandes “segundos” de la vida política española: a Fernando Abril Martorell, “el caótico” y a Alfonso Guerra González, “El Canijo”, que lograron lo que parecía imposible: que los españoles entendiésemos que era posible caminar juntos en la búsqueda de la justicia, la paz y la libertad.

 

El segundo “Fernando” del Congreso de los Diputados

El segundo “Fernando” del Congreso de los Diputados es sin duda Fernando Álvarez de Miranda. Político a quien el presidente del gobierno ofreció un puesto de Ministro y que declinó el ofrecimiento para solicitarle la presidencia del Congreso de los Diputados recién formado tras las primeras elecciones democráticas del 15 de junio de 1977. Pero no tardó mucho tiempo en que todos descubriésemos en el flamante presidente una faceta de pose cómica ?permítanme calificarla así, con cariño? que hizo que nos divirtiésemos enormemente mientras duraban las tediosas sesiones en las que había que votar a mano alzada, contando uno a uno los votos de sus señorías, porque a la sazón no existía en la cámara ningún panel electrónico donde aparecieran de forma instantánea el resultado de las votaciones.

Pero esta vis cómica de Fernando Álvarez de Miranda no siempre fue bien vista por algunos periodistas. De hecho, el periódico “EL PAÍS” se descolgó con una editorial el 5 de julio de 1978 en la que dice “Por lo demás, el señor Álvarez de Miranda nos tenía acostumbrados a sus frecuentes torpezas y errores en el desempeño de su cargo, pero al menos eran siempre origen de una abundante hilaridad en los escaños, que se animaban de esta manera un poco.

Recuerdo un día en el que el bueno de Don Fernando se superó a sí mismo tratando de pacificar a la Cámara, dividida entre quienes proponían maneras distintas de proceder a la votación de una enmienda. Más o menos vino a decir:

?Señoras y señores Diputados: Para ahorrar tiempo vamos a proceder a realizar la votación “en globo”.

Los cuchicheos y las risas retenidas eran palpables. Hasta un Diputado que se las daba de gracioso dijo en voz alta muy cerca de mi escaño: “Señor Presidente, en globo no, que es peligroso. Hagámoslo en tierra”.

Algún portavoz de Grupo Parlamentario pidió la palabra para exponer el peligro de votar juntas algunas enmiendas que se deberían hacer por separado. Otros, por el contrario, entendían que las diferencias eran mínimas y que votarlas todas juntas era lo más adecuado. Todo esto hizo que Fernando, muy nervioso, sin olvidar que “votar en globo” no era lo más procedente, repitió su oferta pacificadora que pudiera complacer a todos diciendo:

?Señorías, tranquilícense. Vamos a votar las 25 enmiendas que aparecen recogidas en el capítulo segundo de esta Ley. Y lo vamos a hacer…?supongo que en ese momento el globo aerostático que apareció en su anterior propuesta amenazaba con levantar el vuelo? y lo vamos a hacer… ?unos breves segundos de silencio añadió al momento un clima de suspense a la escena? ¡globalmente!

Algunos no pudimos evitar exhalar un suspiro de tranquilidad. Por fin el presidente del Congreso había encontrado el término adecuado para decirnos como se había de producir la votación. Pero nuestra alegría duró poco tiempo, porque el bendito Don Fernando, creyendo que su propuesta necesitaba de una mayor concreción, añadió:

?Señorías, he dicho que votaremos todas las enmiendas globalmente, es decir, primero votaremos la enmienda número 75, luego la enmienda número 76, seguidamente el número 77 y así hasta acabarlas todas.

El escándalo fue apoteósico. Unos reíamos con cierta prudencia, pero otros aplaudían desternillándose. Y hasta el gracioso que se sentaba detrás de mi dijo: “Señor Presidente, que cada enmienda salga de la Cámara subida en un globo”

 

El tercer “Fernando” del Congreso de los Diputados

Este famoso “Fernando” no requiere demasiada literatura porque es el producto de los dos anteriores. No soy capaz de recordar de quien partió el comentario que a mi juicio adquiere carácter de genialidad.

?Hay un tercer “Fernando” que se sitúa a la derecha de la presidencia. Está en una hornacina, mide 2,82 metros de altura y se trata del Rey Fernando el Católico que se ha quedado de piedra tras oír las exposiciones muchas veces disparatadas de los otros dos.

 

Mi testimonio personal

De Fernando Álvarez de Miranda podría haber escrito Antonio Machado que era, en el mejor sentido de la palabra, bueno. Las conversaciones que tuve con él mientras permanecimos juntos en la Cámara Baja fueron muy beneficiosas para mí. Algún día le dedicaré un agradecido comentario. Hoy quiero rendirle homenaje por el buen trato que siempre recibí de él.

Fue durante mi primera intervención en la tribuna del Congreso de los Diputados. Aún no teníamos Constitución y me atreví a presentar una iniciativa parlamentaria contra el Reglamento de la Guardia Civil. Pedía a los parlamentarios que votaran a favor de mi propuesta para que desaparecieran de ese Reglamento tres terribles artículos ofensivos y racistas contra el Pueblo Gitano. Fue un discurso vibrante, de media hora de duración, que fue muy generosamente tratado por los medios de comunicación de entonces. Solo tres Diputados votaron en contra. El resto apoyó decididamente mi propuesta, y puestos en pie me ofrecieron una generosa ovación. Bajé de la tribuna emocionado y tembloroso y me dirigí a mi escaño. Y desde allí pude comprobar que el Presidente del Congreso, Don Fernando Álvarez de Miranda, era uno de los Diputados que con mayor entusiasmo aplaudía mi intervención. Lo que para mí tiene un inmenso valor añadido porque los presidentes del Congreso, por razones de obligada objetividad, nunca aplauden los discursos de los Diputados.

El sábado pasado España perdió el último de los tres “Fernandos” más importantes que se han sentado en el Palacio de la Carrera de San Jerónimo. Pero su memoria permanecerá para siempre entre quienes valoren la trascendencia que para futuras generaciones tuvo el papel del que fue el primer presidente del Congreso que hizo posible nuestra Constitución.



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