Libros y rosas

Leer no  hace sabio a nadie ni tampoco más analítico, quizás un poco henchido de efusiones arrebatadoras,  al ser  los personajes de ciertas páginas más humanos que nosotros.  Determinados escritores   nos moldean a su gusto, se apoderan del yo interior,  dejando en  el espíritu  un arrebato  hincado en  sus  lecturas enardecidas.

 

En   algunas ciudades se institucionalizó  ofrecer a los vehementes de la lectura, un libro y una rosa con motivo de un acto cultural. Bello gesto que ayudará a esmaltarnos de frescura y arroparnos  con las palabras de Jorge  Luis Borges:

 

“Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído”.

 

Las  obras literarias  son el mejor calmante, o posiblemente  el único, al momento de sofocar los vaivenes  del aliento interior. Lo expresó Cicerón con  palabras traslúcidas:

 

“Las ciencias y las letras son el alimento de la juventud y el recreo de la vejez; ellas nos dan esplendor en la prosperidad y son un recurso y un consuelo en la desgracia; ellas forman las delicias del vivir, sin causar en parte alguna estorbo ni embarazo”.

 

¡Cuán cierto es! Estamos moldeados de nuestras lecturas y gracias a ellas comprendemos más la existencia que nos rodea, aún siendo pequeña y  sencilla.

 

Estoy en Valencia a razón de sentir un profundo cariño hacia el mar Mediterráneo. Pasan meses, muchos, sin verlo, y a tiro de piedra nos separan escasamente cuatro kilómetros. De ese piélago azulino aún  mantengo los recuerdos guardados  años atrás, cuando partí el encuentro del Caribe margariteño. Conmigo venía viejo y destartalado el tranvía de Malvarrosa y las lagunas de la Albufera. Tardes enteras pasé mirando el pequeño mar  - casi un lago interior - de las civilizaciones. La minoica nos raptó y Creta hizo un nido apretujado en la comisura del espíritu.

 

Vuelo al Caribe. La última mañana  había comenzado a mover de su caja de cartón la tortuga que convivía conmigo. Eran dos, y una se hizo mota de ausencia. En la  atardecida de su partida lo supimos: si desaparece un árbol, una flor, un grillo, una paloma o una miasma, algo nuestro  sin darnos cuenta  se desgarra. Y así ha sido siempre. El viejo carey no pudo venir conmigo,  igual que tantas  querencias que he ido abandonando; la dejé con quejoso dolor en un riachuelo con el deseo de que viviera su propia libertad o lo que en su mundo eso parezca.

 

En eso factiblemente pudiera consistir el amor. Lo aseveró Stendhal: “Amad para ser amados”.

 

No intento hacer una epístola de ternura amorosa, sino recordando cómo las cosas espontáneas y en apariencia insignificantes, nos llevan hacia  la trascendencia de nuestros actos más recónditos.

 

Y en eso consiste el placer de leer: convivir con el mundo que nos rodea y llenarnos de la generosa esencia contenida en la prodigiosa escritura. Todos los libros son nuestros libros, con sus avatares, sorpresas y dudas, ilusiones y penas quejumbrosas.

 

 En “Una  historia de de amor y oscuridad”, el padre de Amos Oz afirma con fundamento: “Si robas tu sabiduría de un solo libro, eres muy criticado, eres un plagiador, un ladrón literario. Pero si la robas de diez libros, te llaman investigador, y si lo haces de treinta o cuarenta, gran investigador”.

 

Significa que nos vamos llenando hasta rebosar de cada página leída.

 

Es bien sabido: las obras teatrales de Shakespeare, se basaron en otros relatos más antiguos, cuyos temas el genio inglés elevó a la cúspide  de la esencia humana. La tragedia de Hamlet es de Saxo Grammaticus, un historiador danés del que nadie se acordaría  si no fuera gracias al  bardo extraordinario de Stratford-upon-Avon.

 

Hay un dialogo en “Tristano muere” de Antonio Tabucchi,  entre el guerrillero herido combatiente por la libertad,  y el autor llamado a contar su historia de pasión y muerte,   reflejo de la complicada realidad misma cuando terminamos sabiendo cómo   muchas variantes de la existencia,  se vuelven idénticas en el tiempo inexorable. Tranquilos, no le molestaremos en medio de sus rosáceas rosas.

 

Ahora pienso en Ana María Matute, tan dolorosa y sentida ella. Siempre la consideré una niña trasparente tras sus ojos hendidos quejumbrosos. Sufrió mucho, amó mas, nos dejó libros hermosísimos y ahora debe caminar, descalza, sobre los altos labrantíos y roquedales, mirando  desde allí  el mar Mediterráneo de su infancia y la mía.


Esa crátera comunicante de salitre nos une en el tiempo y la muerte. Quizás igualmente en el olor de una rosa.



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