Educación ultima un agente de IA para ayudar al profesorado a elaborar programaciones docentes y sitúa la inteligencia artificial entre las prioridades del curso 2026-2027. El reto ya no es impedir que ChatGPT llegue al aula: es decidir cómo usarlo sin que sustituya al aprendizaje
La inteligencia artificial ya no está llamando a la puerta de las aulas asturianas.
Ha entrado.
Y el curso 2026-2027 puede ser el primero en el que deje de ser una herramienta clandestina, improvisada o utilizada a espaldas del profesor para convertirse en parte explícita de la política educativa del Principado.
La Consejería de Educación ha situado la IA entre las prioridades del nuevo curso y, además, está ultimando una herramienta concreta: un agente de inteligencia artificial que ayudará al profesorado a elaborar sus programaciones docentes.
Ese dato cambia bastante las cosas.
Porque hasta ahora el debate parecía resumirse en una pregunta sencilla: ¿usan los alumnos ChatGPT para hacer los deberes?
La pregunta que empieza a plantearse ahora es mucho más grande:
¿qué pasa cuando profesores y alumnos trabajan en un sistema educativo donde ambos tienen acceso a una máquina capaz de escribir, resumir, traducir, programar, generar imágenes, corregir textos, preparar ejercicios y mantener una conversación casi infinita?
Ahí empieza el verdadero curso nuevo.
El profesor tendrá su propio asistente de IA
La novedad más concreta anunciada por el Principado es el desarrollo de un borrador personalizado de programación docente generado mediante un agente de inteligencia artificial.
Traducido del lenguaje administrativo: un profesor podrá utilizar IA para reducir parte de la enorme carga documental que acompaña a la docencia.
Una programación didáctica exige ordenar objetivos, competencias, contenidos, criterios de evaluación, situaciones de aprendizaje, atención a la diversidad y planificación temporal.
La IA puede ayudar a generar una primera estructura, adaptar materiales a diferentes niveles, crear actividades o preparar versiones de un mismo contenido para alumnos con necesidades distintas.
Pero hay una diferencia fundamental:
el agente puede redactar; quien responde de lo que se enseña sigue siendo el profesor.
Ese es probablemente el principio sobre el que tendrá que construirse toda la entrada de la IA en la escuela.
La máquina propone.
El docente decide.
Asturias ya está formando a sus profesores
La llegada de la IA no empieza este septiembre desde cero.
Durante 2026, la red de formación del profesorado asturiano ya ha desarrollado cursos específicamente orientados a su uso educativo.
Uno de ellos, dirigido a docentes de todas las etapas con conocimientos previos, abordaba cuestiones que hace muy poco habrían parecido propias de una empresa tecnológica: ingeniería avanzada de prompts, creación de agentes personalizados, herramientas multimodales de imagen, audio y vídeo, aplicaciones educativas sin código y uso estratégico de Microsoft 365.
La formación incluía también un apartado esencial: ética, legalidad y protección de datos.
No es un detalle menor.
Un profesor no puede introducir alegremente nombres, expedientes, trabajos identificables o información sensible de sus alumnos en cualquier chatbot comercial.
El reto no será únicamente aprender a utilizar la IA.
Será aprender qué información jamás debe entregársele.
También se han impartido cursos específicos para FP sobre herramientas de inteligencia artificial aplicadas a la docencia y formaciones destinadas, por ejemplo, a transformar la enseñanza del inglés mediante IA.
La dirección parece clara: Asturias no quiere limitarse a decir a sus profesores que “tengan cuidado con ChatGPT”.
Quiere que sepan utilizarlo.
Un profesor podría preparar tres clases distintas en el tiempo que antes necesitaba para una
Aquí aparece la parte verdaderamente transformadora.
Imaginemos una clase de Historia con treinta alumnos.
El profesor prepara una explicación sobre la Revolución Industrial.
Con una IA bien utilizada podría generar en minutos:
una versión convencional para el grupo;
otra simplificada para un alumno con dificultades de comprensión;
un esquema visual;
diez preguntas de repaso;
un debate entre personajes históricos;
un cuestionario;
una actividad para alumnado avanzado;
y hasta una simulación en la que la máquina represente a un empresario, un obrero y un sindicalista del siglo XIX.
No sustituye al profesor.
Multiplica su capacidad para producir materiales.
Y ahí está una de las razones por las que la tecnología resulta tan atractiva para un sistema educativo en el que los docentes llevan años denunciando exceso de burocracia y falta de tiempo.
La propia formación impulsada en Asturias plantea la IA como herramienta para crear materiales inclusivos, automatizar tareas y desarrollar aplicaciones educativas propias.
El problema: los alumnos llegaron antes
Mientras las administraciones educativas diseñan protocolos, el alumnado ya está utilizando estas herramientas masivamente.
Un estudio estatal presentado este año por STEs-Intersindical encontró que el 92,74% del alumnado encuestado afirma utilizar herramientas de IA en el ámbito escolar.
Entre los docentes, el 86,23% asegura haberlas utilizado alguna vez o conocer mínimamente sus posibilidades.
Eso significa que el debate sobre si permitir o no permitir la inteligencia artificial llega, en cierto modo, tarde.
La tecnología ya está instalada.
El desafío es otro:
enseñar a utilizarla sin que haga el trabajo intelectual que debería hacer el estudiante.
Porque copiar ya no consiste en copiar
Durante décadas, detectar un trabajo copiado era relativamente sencillo.
Un profesor podía buscar una frase sospechosa en Internet.
Ahora un alumno puede pedir:
“Escribe este trabajo como si tuviera 15 años, introduce algún error, utiliza frases cortas y no parezcas una inteligencia artificial”.
Y recibir un texto original en segundos.
No existe una página web de la que haya sido copiado.
No existe necesariamente plagio tradicional.
Y los detectores de textos generados por IA tienen suficientes limitaciones como para que difícilmente puedan convertirse en jueces infalibles de una calificación.
Por eso la batalla contra el fraude probablemente no se librará principalmente con detectores.
Se librará cambiando la forma de evaluar.
El examen oral puede volver por culpa de la inteligencia artificial
Aquí puede producirse una de las paradojas más interesantes de toda esta revolución tecnológica.
Cuanto mejores sean las máquinas escribiendo trabajos, más valor tendrá comprobar personalmente qué sabe el alumno.
Puede crecer la importancia de:
los exámenes presenciales;
las exposiciones orales;
las preguntas improvisadas;
la defensa del propio trabajo;
los ejercicios realizados en clase;
los procesos de elaboración documentados;
y las actividades en las que el alumno tenga que explicar por qué tomó determinadas decisiones.
El producto final dejará de ser suficiente.
El profesor querrá comprobar también cómo se llegó hasta él.
Una redacción impecable enviada desde casa podrá decir cada vez menos sobre lo que realmente sabe quien la firma.
“Enséñame cómo lo hiciste”
Ese podría convertirse en uno de los grandes cambios metodológicos.
Un profesor podrá permitir que un alumno utilice IA para preparar un trabajo, pero pedirle después que entregue también:
los prompts utilizados;
las respuestas obtenidas;
las correcciones realizadas;
las fuentes verificadas;
los errores detectados en la máquina;
y una explicación de qué partes son realmente suyas.
La inteligencia artificial pasaría así de ser una herramienta para ocultar el esfuerzo a convertirse en objeto del propio aprendizaje.
No bastaría con conseguir una respuesta.
Habría que demostrar que se comprende.
El nuevo deber: desconfiar de una máquina que habla con absoluta seguridad
Hay además una competencia que puede convertirse en central.
La IA generativa es capaz de ofrecer una respuesta perfectamente escrita y completamente falsa.
Puede inventar una cita.
Una fecha.
Un autor.
Una sentencia judicial.
Un libro.
Un dato histórico.
Y hacerlo sin pestañear, porque las máquinas todavía no pestañean, que también les da cierta ventaja dramática.
Por eso uno de los aprendizajes fundamentales será verificar.
El alumno del futuro no será necesariamente quien memorice más información.
Será también quien sepa distinguir qué información merece confianza.
En este nuevo escenario, preguntar “¿de dónde sale ese dato?” puede convertirse en una de las preguntas más importantes de cualquier aula.
La IA podría actuar como profesor particular
Pero reducir toda esta revolución al fraude sería quedarse con la mitad de la historia.
Bien utilizada, la IA puede convertirse en uno de los instrumentos de apoyo educativo más potentes disponibles hasta ahora.
Un alumno que no comprende una ecuación puede pedir:
“Explícamela de otra manera”.
Después:
“Ponme un ejemplo más fácil”.
Después:
“Ahora hazme una pregunta y no me des la respuesta”.
Y después:
“Dime dónde me he equivocado”.
Ese acompañamiento individual es precisamente algo que un profesor con veinte o treinta estudiantes no siempre puede ofrecer durante toda una clase.
La clave estará en cómo se diseñe la herramienta.
Una IA que entregue inmediatamente la solución puede evitar que el alumno piense.
Una IA configurada para hacer preguntas, ofrecer pistas y obligar al estudiante a razonar puede hacer exactamente lo contrario.
Investigadores y expertos educativos están empezando a distinguir entre esas dos formas de utilizarla: IA que sustituye el esfuerzo e IA que lo estimula.
Infantil no será Bachillerato
También tendrá que aparecer una diferencia importante según la edad.
No tiene sentido plantear el mismo grado de autonomía tecnológica para un niño de ocho años que para un estudiante de segundo de Bachillerato.
En las edades tempranas, probablemente la IA será sobre todo una herramienta utilizada por el profesor para preparar materiales.
En Secundaria podría introducirse progresivamente como objeto de aprendizaje crítico.
Y en Bachillerato o FP su utilización puede acercarse mucho más al mundo profesional, donde estas herramientas ya forman parte del trabajo cotidiano.
Asturias ya ha organizado formaciones diferenciadas: desde IA aplicada al inglés en Infantil y Primaria hasta cursos de herramientas de inteligencia artificial para profesores de Formación Profesional.
Y aparece otra palabra: Copilot
Entre las herramientas que ya aparecen explícitamente en la formación oficial asturiana figura Microsoft 365, y Educastur acaba de anunciar incluso una sesión específica sobre asistentes virtuales e inteligencia artificial generativa, incluido Copilot, aplicada a la creación de programaciones docentes.
Esto permite intuir una dirección, pero conviene no dar un salto que todavía no está documentado.
Educación no ha publicado por ahora un catálogo cerrado de herramientas que podrán utilizar los alumnos ni ha anunciado que vaya a autorizar indiscriminadamente ChatGPT, Gemini, Claude o cualquier otro servicio comercial en las aulas.
Ese detalle todavía está por concretar.
Y será importante.
Porque detrás de la elección de una plataforma aparecen cuestiones de privacidad, edad mínima, almacenamiento de información y tratamiento de datos.
Asturias tiene además un vigilante para la IA pública
El Principado cuenta desde este año con el Comité SENDIA, un órgano encargado de supervisar aspectos éticos, normativos y de innovación relacionados con los sistemas de inteligencia artificial utilizados por la Administración asturiana.
Entre sus funciones figura analizar impactos sobre derechos fundamentales y otros efectos relevantes derivados del desarrollo o despliegue de sistemas de IA públicos.
Eso significa que la entrada de herramientas inteligentes en Educación no ocurre en un vacío jurídico.
La Administración está construyendo simultáneamente mecanismos para utilizarlas y estructuras para supervisarlas.
El profesor no desaparece. Probablemente ocurre lo contrario
Durante años se ha repetido que la tecnología acabaría sustituyendo al docente.
La llegada de la IA puede producir algo bastante diferente.
Cuando cualquier alumno puede obtener una explicación instantánea sobre casi cualquier asunto, el valor del profesor deja de estar simplemente en poseer información.
Pasa a estar en saber:
qué merece la pena aprender;
qué pregunta formular;
qué respuesta es falsa;
cuándo un alumno comprende;
cuándo únicamente repite;
cómo motivarlo;
cómo evaluar;
y cómo enseñar algo que ninguna máquina puede hacer por él: pensar.
En ese sentido, el profesor puede perder parte de su función como transmisor de información y ganar importancia como director del aprendizaje.
El verdadero examen empieza ahora
Asturias comienza el curso con 10.183 docentes en su plantilla orgánica, 548 más que el año anterior, mientras introduce simultáneamente herramientas que pueden modificar profundamente la manera en que esos profesionales trabajan.
Pero la gran prueba de este curso probablemente no será tecnológica.
Será pedagógica.
Porque dentro de muy poco un alumno podrá entregar en segundos un ensayo mejor escrito que el que habría conseguido después de tres horas.
Un profesor podrá preparar en minutos materiales que antes requerían toda una tarde.
Una máquina podrá explicar una lección veinte veces sin cansarse.
Y cualquiera tendrá un tutor disponible a las tres de la madrugada.
La pregunta entonces dejará de ser qué puede hacer la inteligencia artificial.
Eso ya empieza a estar bastante claro.
La verdadera pregunta será:
¿qué cosas vamos a seguir exigiendo que haga una persona precisamente porque hacerlas es la forma en que aprende?
Y esa probablemente sea la discusión educativa más importante que Asturias va a tener en muchos años.
