El gigante asiático redujo en un 72% sus fuegos forestales y de pastizal en 2024 y volvió a marcar un mínimo histórico en 2025. Portugal, Australia y Francia también han cambiado de estrategia: menos heroicidad en agosto y mucha más prevención durante todo el año. Estas son las medidas que España podría copiar
Cuando un hidroavión atraviesa una columna de humo y descarga miles de litros sobre una montaña en llamas, la imagen resulta espectacular. Resume el riesgo, el esfuerzo de los equipos de extinción y la angustia de quienes ven avanzar el fuego hacia sus casas.
Pero también muestra algo menos reconfortante: cuando el avión llega, la batalla más importante puede haberse perdido meses atrás.
El incendio que arrasa un monte en julio comienza muchas veces en enero, cuando no se retira combustible de un punto estratégico; en marzo, cuando una ganadería extensiva desaparece; en abril, cuando una pista forestal permanece intransitable; o durante años enteros de abandono rural, matorral acumulado y falta de planificación.
Mientras España vuelve a enfrentarse a una temporada especialmente dura, varios países están obteniendo resultados relevantes mediante una idea tan sencilla como difícil de ejecutar: el éxito no consiste únicamente en apagar mejor los incendios, sino en impedir que lleguen a adquirir una dimensión incontrolable.
China es el caso más llamativo. Portugal ofrece el modelo más cercano. Australia demuestra que el fuego bien utilizado puede combatir al fuego devastador. Francia ha colocado la protección obligatoria de las viviendas en el centro de su política.
Ninguno ha eliminado los incendios. Ninguno posee una receta mágica. Pero todos han entendido que los grandes fuegos no se derrotan exclusivamente durante el verano.
España llega a agosto con cifras muy por encima de la media
El último avance nacional disponible, cerrado el 12 de julio y todavía provisional, contabilizaba en España 5.429 siniestros forestales, frente a una media de 4.716 en el mismo periodo de la década anterior.
La superficie afectada alcanzaba las 61.163 hectáreas, aproximadamente un 52% más que el promedio de los diez años precedentes. También se habían registrado 18 grandes incendios de más de 500 hectáreas, cuando la media para esas fechas era de ocho. El propio documento advertía de que algunos fuegos aún activos no estaban incorporados y de que los datos podían sufrir correcciones posteriores.
Las cifras no permiten afirmar que cada año se produzcan necesariamente más incendios. La evolución es irregular y 2024 y 2025 fueron ejercicios considerablemente menos destructivos hasta esas mismas fechas.
El verdadero problema es otro: España está expuesta a temporadas en las que coinciden miles de igniciones, vegetación extremadamente seca, altas temperaturas, viento y una enorme continuidad de combustible. Cuando todos esos elementos se alinean, algunos incendios desarrollan una intensidad que limita o impide el ataque directo de los medios terrestres y aéreos.
El calentamiento global y la transformación económica y social del medio rural ya aparecen reconocidos expresamente en la normativa española como factores que están alterando el patrón de los incendios forestales.
El dato chino que ha hecho saltar todas las alarmas
China registró oficialmente en 2024 un total de 295 incendios forestales y de pastizal, 759 menos que el promedio de los cinco años anteriores. La reducción fue del 72%.
Un año después volvió a mejorar el resultado: en 2025 comunicó 223 incendios forestales y uno de pastizal, la cifra más baja de su serie histórica, aunque dos personas perdieron la vida.
La comparación con España exige prudencia. Ambos países tienen dimensiones, ecosistemas, densidades de población, definiciones estadísticas y procedimientos de registro diferentes. No sería riguroso enfrentar directamente los 223 incendios chinos con los miles de siniestros españoles y concluir que un sistema es cien veces mejor que el otro.
Pero la reducción dentro de la propia serie china sí resulta relevante. Y obliga a preguntarse qué ha cambiado.
La respuesta no es una única tecnología ni una lluvia de aviones cisterna. Es una combinación de responsabilidad territorial, control de las actividades humanas, vigilancia permanente, eliminación selectiva de combustible, infraestructuras y movilización inmediata.
China ha dividido el bosque en cuadrículas con responsables identificados
Una de las principales diferencias es el modelo de responsabilidad.
China aplica sistemas de gestión por cuadrículas. Cada área forestal tiene unidades y responsables concretos encargados de vigilar, detectar riesgos, supervisar actividades y activar la respuesta. La responsabilidad no queda diluida en una administración genérica: baja hasta la escala local y comunitaria.
En Pekín, el sistema combina 1.040 puntos de videovigilancia, 32 unidades de drones y más de 150 aeronaves no tripuladas. La plataforma está concebida para transmitir una alarma en segundos y movilizar equipos en cuestión de minutos.
La provincia de Anhui ha conectado más de 2.800 cámaras y sensores, datos de diez satélites y 255 estaciones de medición del riesgo. Según sus autoridades forestales, el sistema permite gestionar digitalmente todo el proceso, desde la detección hasta la respuesta, y ha elevado por encima del 95% la precisión de identificación de posibles incendios en las zonas prioritarias.
En Guangxi se han integrado más de 400 drones en una plataforma con inteligencia artificial, imágenes infrarrojas, aeropuertos automatizados y avisos de puntos calientes. Sus sistemas han recorrido el equivalente a decenas de millones de hectáreas y, según la administración regional, multiplican hasta por 60 el rendimiento de una inspección exclusivamente terrestre.
La tecnología no sustituye al guarda forestal ni al bombero. Les permite llegar antes y saber exactamente dónde hacerlo.
Un incendio pequeño puede apagarse; uno extremo solo puede intentar contenerse
La velocidad de detección constituye una diferencia decisiva.
Un foco recién iniciado puede abordarse con una patrulla, una autobomba o un pequeño equipo. Una hora después, con viento y vegetación seca, puede haber saltado una carretera, generado focos secundarios mediante pavesas y amenazado varias poblaciones.
China ha construido redes que mezclan satélites, detección de rayos, torres, cámaras, drones, aplicaciones para los agentes terrestres y seguimiento de vehículos y personas que entran en zonas forestales.
En áreas de las montañas de Daxing’anling, los sistemas muestran automáticamente las brigadas más próximas a una alarma, las ordenan según su distancia y proporcionan rutas, puntos de agua e información del terreno. También se controlan los accesos mediante puestos de vigilancia, códigos digitales y lectura de matrículas.
El objetivo no es mandar una fotografía espectacular al centro de coordinación. Es conseguir que, cuando la llama mide dos metros, el equipo ya esté de camino.
Carreteras, depósitos y controles antes de que aparezca el humo
La prevención china también tiene una dimensión mucho menos futurista: infraestructuras básicas.
El plan de Pekín contempla 458 depósitos de agua para cubrir sus áreas forestales, 475 puestos de control en los principales accesos y una ampliación de la red de caminos de defensa. El objetivo es garantizar que los equipos puedan entrar, encontrar agua y operar con comunicaciones suficientes.
Ese trabajo carece del impacto visual de una descarga aérea, pero determina si una autobomba tarda quince minutos o una hora en llegar; si puede girar y retirarse con seguridad; o si debe recorrer kilómetros para repostar agua.
También se controlan con mayor intensidad las principales causas humanas: quemas agrícolas, fuegos recreativos, colillas, ceremonias, trabajos con maquinaria o acceso a determinadas zonas durante episodios de peligro extremo.
El sistema tiene un componente coercitivo difícilmente trasladable en su totalidad a una democracia europea. Pero su principio básico sí puede copiarse: identificar las igniciones evitables y concentrar la vigilancia exactamente donde y cuando se producen.
Portugal dejó de considerar el incendio un problema exclusivo de los bomberos
El modelo más interesante para España probablemente no está a 9.000 kilómetros, sino al otro lado de la frontera.
Portugal comparte con nosotros clima mediterráneo, abandono rural, propiedad forestal fragmentada, extensas superficies de eucalipto y pino y una historia reciente marcada por incendios devastadores.
Tras las catástrofes de 2017, el país reformó su sistema y creó una estructura de gestión integrada. El incendio dejó de considerarse únicamente una emergencia de Protección Civil y pasó a tratarse como un problema territorial, económico, forestal y social.
En 2025, Portugal registró 8.252 incendios rurales: fue el tercer dato más bajo desde 2001, un 16% inferior al promedio de 2018-2024 y aproximadamente un 65% menor que la media del periodo 2001-2017.
El país invirtió alrededor de 600 millones de euros en su sistema integrado y destinó el 54% del gasto a prevención. Es un cambio de filosofía: dedicar más recursos a impedir y limitar los incendios que a esperar a que comiencen.
Portugal sigue sufriendo temporadas graves y grandes superficies quemadas. La reducción de las igniciones no garantiza que un año meteorológicamente extremo resulte benigno. Pero demuestra que es posible disminuir considerablemente el número de fuegos mediante continuidad política, vigilancia, transformación del territorio y coordinación.
Ganadería, maquinaria y «fuego bueno»
La estrategia portuguesa no consiste en desbrozar indiscriminadamente todos los montes.
Busca transformar áreas seleccionadas para romper la continuidad de la vegetación mediante pastoreo extensivo, silvicultura preventiva, maquinaria, cultivos, cortafuegos productivos y quemas controladas.
El informe de 2025 reconoce que todavía queda mucho por hacer, especialmente en la movilización de propietarios y en la valorización económica del espacio rural. También pide acelerar el pastoreo, el denominado «fuego bueno» y la gestión forestal activa.
La expresión es importante. No todo fuego tiene el mismo comportamiento ni produce el mismo daño.
Una quema planificada con humedad, poco viento, personal preparado y medios disponibles puede eliminar combustible superficial sin destruir el ecosistema. Meses después, esa zona puede frenar, debilitar o facilitar el ataque a un incendio de verano.
Prohibir cualquier utilización del fuego puede parecer la opción más segura. Sin embargo, cuando desaparecen todas las quemas controladas y el territorio deja de ser pastado o trabajado, el combustible continúa acumulándose. El problema no desaparece: cambia de fecha y aumenta de escala.
Australia utiliza pequeños fuegos para evitar incendios gigantescos
Australia lleva esa idea mucho más lejos.
En las sabanas del norte, comunidades indígenas y técnicos realizan quemas tempranas, de baja intensidad y cuidadosamente distribuidas. Las llamas avanzan lentamente y crean un mosaico de áreas quemadas y sin quemar.
Cuando llega la parte más seca y peligrosa del año, un incendio encuentra discontinuidades que reducen su recorrido, su velocidad y la cantidad de vegetación disponible.
El programa australiano de gestión de sabanas cuenta con 86 proyectos que abarcan 34,9 millones de hectáreas. Las comunidades de las Primeras Naciones gestionan aproximadamente el 70% de esa superficie, aplicando conocimientos tradicionales junto a satélites, cartografía y modelos científicos.
El Gobierno australiano reconoce que los incendios pequeños y más fríos al comienzo de la estación seca reducen la probabilidad y el tamaño de los grandes incendios posteriores. El sistema también genera créditos de carbono e ingresos para las comunidades que mantienen el territorio.
La lección no es prender fuego alegremente al monte. Es utilizar el fuego como una herramienta profesional, limitada, planificada y adaptada a cada ecosistema.
Francia obliga a proteger las casas antes de que lleguen las llamas
Francia concentra una parte esencial de su estrategia en la denominada interfaz urbano-forestal: el espacio donde las viviendas entran en contacto con la vegetación.
En las zonas declaradas de riesgo, los propietarios de edificios situados dentro del bosque o a menos de 200 metros deben mantener franjas de seguridad. La obligación general alcanza 50 metros alrededor de las construcciones y puede ampliarse a 100. También deben conservarse despejados los accesos privados para permitir el paso de los equipos de emergencia.
No se trata de una recomendación acompañada de un folleto. Es una obligación legal sometida a inspección.
En 2025, cerca de 190 construcciones francesas quedaron gravemente dañadas o destruidas por incendios. Los análisis posteriores concluyeron que el 90% de las viviendas destruidas se encontraba en terrenos sin desbrozar o con un mantenimiento deficiente.
La protección exterior no garantiza que una casa sobreviva, pero reduce la intensidad de las llamas, dificulta que las pavesas encuentren combustible y proporciona a los bomberos un lugar más seguro desde el que defenderla.
Francia ha extendido ya estas obligaciones a 48 departamentos y cerca de 7.400 municipios.
España conoce casi todas estas técnicas
España no está técnicamente atrasada ni carece de especialistas.
El Ministerio dispone de Equipos de Prevención y Análisis de Incendios Forestales que trabajan durante los periodos de menor riesgo en quemas prescritas, conciliación con el mundo rural, planificación y reducción de combustible. Durante la campaña de extinción también realizan análisis del comportamiento del fuego.
La normativa aprobada en 2025 obliga a las comunidades autónomas a elaborar planes anuales, identificar zonas de interfaz urbano-forestal, contabilizar brigadas y superficies tratadas y cartografiar puntos estratégicos desde los que limitar el potencial de los grandes incendios.
AEMET y el CSIC también han desarrollado herramientas climáticas que permiten analizar sequías, olas de calor y peligro de incendio para mejorar la anticipación.
Por tanto, el problema español no consiste tanto en descubrir qué debe hacerse. La gran cuestión es con qué escala, continuidad, financiación y grado de cumplimiento se ejecuta.
La ley puede ordenar que se identifiquen puntos estratégicos. Pero el fuego solo encontrará una discontinuidad si alguien ha realizado el trabajo sobre el terreno y vuelve periódicamente para mantenerlo.
Lo primero que España debería copiar: una prevención medible
Cada comunidad autónoma conoce cuántas autobombas, helicópteros y brigadas activa durante la campaña. Mucho menos visible resulta la superficie que debía tratarse antes del verano y continúa pendiente.
España debería publicar un panel común y actualizable que permitiera consultar, municipio por municipio:
- Hectáreas planificadas y realmente gestionadas.
- Estado de las pistas y depósitos de agua.
- Núcleos con planes de autoprotección.
- Viviendas situadas en zonas de interfaz.
- Puntos estratégicos ya ejecutados.
- Tiempo medio entre detección y llegada del primer recurso.
- Causas de las igniciones.
- Incumplimientos de líneas eléctricas, carreteras y propiedades.
La normativa estatal ya exige indicadores de prevención. El paso decisivo sería hacerlos públicos, comparables y auditables.
Lo que no se mide acaba convertido en una promesa. Y el fuego suele ser un auditor bastante desagradable.
Una única red de detección, no diecisiete sistemas aislados
España podría integrar en una plataforma operativa común los datos de satélites europeos, cámaras térmicas, sensores meteorológicos, rayos, drones, torres de vigilancia, llamadas ciudadanas y posición de los equipos.
Las comunidades seguirían gestionando sus propios recursos, pero compartirían formatos, avisos y cartografía.
La enseñanza china no es llenar el cielo de drones por afición tecnológica. Es conseguir que todos los sensores desemboquen en una decisión operativa inmediata.
Una cámara que detecta humo pero tarda veinte minutos en conseguir que alguien confirme el aviso es un aparato caro. Una red que localiza el foco, encuentra la patrulla más cercana y le proporciona la ruta convierte esos veinte minutos en una oportunidad.
Brigadas durante doce meses, no trabajadores estacionales
La extinción necesita máximos refuerzos durante las épocas peligrosas, pero la prevención requiere empleo estable.
Durante el otoño, invierno y primavera deberían realizarse:
- Quemas prescritas.
- Trabajos forestales selectivos.
- Pastoreo dirigido.
- Apertura y mantenimiento de áreas estratégicas.
- Revisión de accesos y puntos de agua.
- Protección de pueblos y urbanizaciones.
- Simulacros de evacuación.
- Inspección de infraestructuras.
- Formación y análisis de incendios anteriores.
El propio real decreto estatal reconoce que la lucha contra los incendios no puede limitarse a la reacción durante los meses de mayor peligro y que debe mantenerse durante todo el año. También señala la necesidad de combatir la precariedad laboral del personal.
Hay que pagar por mantener el paisaje, no solo por apagarlo
Un monte cuidado no aparece espontáneamente.
Hace falta ganado que consuma hierba y matorral, trabajadores forestales, aprovechamiento de madera y biomasa, agricultores que mantengan cultivos, propietarios capaces de agruparse y empresas que encuentren rentable retirar materiales.
La prevención debería convertirse en una actividad económica estable:
- Contratos públicos plurianuales de gestión.
- Pagos a ganaderos por pastoreo preventivo.
- Incentivos para cultivos que creen discontinuidades.
- Cooperativas de propietarios.
- Aprovechamiento energético de biomasa.
- Silvicultura adaptada a cada territorio.
- Fiscalidad favorable para quien mantenga el terreno.
Portugal ya reconoce que la transformación económica del espacio rural es una de las piezas que todavía debe acelerar.
Sin economía rural, el paisaje se llena de combustible. No por maldad ni conspiración, sino porque nadie puede trabajar gratis miles de hectáreas.
Proteger pueblos y urbanizaciones como hace Francia
España debería establecer estándares claros y verificables alrededor de viviendas situadas junto al monte.
No basta con ordenar genéricamente que las parcelas estén limpias. Es necesario definir y controlar:
- Distancia de la vegetación respecto a la fachada.
- Separación entre copas.
- Eliminación de ramas sobre tejados.
- Ubicación de leña, bombonas y depósitos.
- Accesibilidad de los caminos.
- Espacios para maniobrar.
- Disponibilidad de agua.
- Materiales resistentes a las pavesas.
- Rutas de evacuación y confinamiento.
Las ayudas deberían acompañar a las obligaciones, especialmente cuando afecten a personas mayores, familias vulnerables o pequeñas propiedades. Pero la falta de recursos no puede justificar que una urbanización entera permanezca indefensa.
La experiencia francesa muestra que el mantenimiento de los metros inmediatamente próximos a la vivienda puede marcar la diferencia entre una fachada chamuscada y una casa destruida.
Gestionar el fuego rural, no empujarlo a la clandestinidad
Buena parte de las igniciones está relacionada con actividades humanas.
En los días de peligro extremo, las prohibiciones deben ser contundentes: nada de quemas, maquinaria que produzca chispas, barbacoas o actividades incompatibles con el riesgo.
Durante los periodos seguros, sin embargo, agricultores y ganaderos necesitan alternativas reales:
- Permisos sencillos.
- Calendarios comarcales.
- Asistencia de equipos especializados.
- Trituración o retirada de restos.
- Aprovechamiento como biomasa.
- Quemas comunitarias supervisadas.
- Comunicación inmediata de cualquier incidencia.
Una norma incomprensible o imposible de cumplir no elimina la necesidad agrícola. Solo aumenta el riesgo de que el trabajo se realice sin avisar, sin medios y en el peor momento.
No se trata de «limpiar todo el monte»
La solución tampoco consiste en convertir los bosques en parques urbanos.
El sotobosque, los árboles muertos y la materia orgánica cumplen funciones ecológicas esenciales. Albergan biodiversidad, protegen el suelo, conservan humedad y permiten el funcionamiento natural del ecosistema.
La gestión debe ser selectiva.
Hay que intervenir especialmente alrededor de poblaciones, infraestructuras críticas, carreteras, líneas eléctricas, corredores de evacuación y puntos desde los que los equipos puedan trabajar con seguridad. También deben crearse mosaicos de pastos, cultivos, bosque gestionado y vegetación natural capaces de romper la continuidad del combustible.
El objetivo no es que nada pueda arder. En un país mediterráneo eso resulta imposible.
El objetivo es que, cuando arda, el incendio no encuentre durante kilómetros una autopista continua de vegetación seca.
La pregunta que debería hacerse después de cada gran incendio
Cada fuego importante debería terminar con una investigación pública que no se limitara a descubrir quién encendió la primera llama.
También tendría que responder:
- ¿Cuánto tardó en detectarse?
- ¿Cuándo llegó el primer medio?
- ¿Estaban transitables las pistas?
- ¿Funcionaron los puntos de agua?
- ¿Había vegetación acumulada en lugares previamente identificados?
- ¿Se cumplió el plan municipal?
- ¿Las viviendas tenían franjas de seguridad?
- ¿Las comunicaciones fueron suficientes?
- ¿Qué cambió realmente después del incendio anterior?
Buscar responsabilidades penales es imprescindible cuando existe delito. Aprender de los fallos operativos lo es todavía más.
La paradoja española: excelentes bomberos frente a un territorio cada vez más difícil
España cuenta con profesionales de extinción altamente especializados, medios aéreos, brigadas forestales, unidades militares, servicios autonómicos y experiencia acumulada durante décadas.
Pero ningún operativo puede compensar indefinidamente un territorio abandonado, inflamable y sometido a episodios meteorológicos cada vez más adversos.
China ha apostado por la vigilancia, el control de las igniciones y la reacción inmediata.
Portugal ha convertido la prevención en el centro de un sistema nacional integrado.
Australia utiliza pequeños fuegos planificados para reducir la posibilidad de incendios gigantescos.
Francia obliga a defender las casas antes de que aparezca la columna de humo.
España dispone de conocimientos y normas para avanzar en todas esas direcciones. Le falta convertirlos en una política permanente, visible y evaluable.
Porque un hidroavión puede salvar un pueblo.
Pero una ganadería que mantiene abierto el paisaje, una cámara que detecta el humo en segundos, una brigada que trabaja en febrero y una franja cuidada alrededor de las viviendas pueden conseguir algo todavía mejor: que ese pueblo nunca tenga que ser salvado.
