Gijón convierte el Cantábrico en una pista de vuelo: más de 300.000 personas celebran veinte años de espectáculo aéreo

Gijón convierte el Cantábrico en una pista de vuelo: más de 300.000 personas celebran veinte años de espectáculo aéreo

El Harrier volvió a quedarse suspendido sobre San Lorenzo, el Eurofighter hizo temblar la bahía y el NH90 «Lobo» confirmó el creciente protagonismo de los helicópteros en una edición con 23 bloques de exhibición, cerca de 250 participantes y casi cuatro horas de vuelos

A las once de la mañana, la playa de San Lorenzo ya no parecía una playa. Era una grada gigantesca.

La multitud ocupaba la arena, el paseo del Muro, el cerro de Santa Catalina, El Rinconín y los miradores que se prolongan hasta La Providencia. Había familias cargadas con sillas, aficionados provistos de teleobjetivos, niños con protectores auditivos y miles de personas buscando un hueco desde el que mirar hacia el Cantábrico.

El motivo estaba varios centenares de metros mar adentro y, muchas veces, bastante más arriba: el XX Festival Aéreo Internacional de Gijón, que celebró sus veinte ediciones con más de 300.000 espectadores, según la estimación difundida por la organización. Algunas valoraciones elevan la afluencia hasta las proximidades de las 310.000 personas distribuidas por todo el litoral.

Los 22 grados de temperatura, el viento moderado y un mar en calma permitieron desarrollar una exhibición prácticamente sin sobresaltos meteorológicos. El cielo hizo su parte. Y Gijón respondió convirtiéndose durante una mañana en una ciudad con la cabeza levantada.

Un espectáculo de casi cuatro horas

La parrilla oficial estaba programada entre las 11.35 y las 15.32 horas. No fueron 23 aviones individuales, sino 23 bloques de exhibición que incluyeron aeronaves solistas, formaciones, patrullas, helicópteros, paracaidistas y equipos de rescate.

El programa reunió alrededor de 250 participantes, aproximadamente medio centenar de ellos pilotos, y combinó aviación deportiva, militar, acrobática e institucional. En apenas una mañana convivieron sobre la bahía un traje de alas, ultraligeros, helicópteros policiales, un enorme transporte militar, aviones acrobáticos y dos cazas capaces de operar a velocidades próximas o superiores a la del sonido.

La primera parte perteneció a la aviación más cercana. Mario Pérez, del aeroclub de Llanera, y los ultraligeros vinculados a La Morgal abrieron el cielo antes de la entrada del avión encargado de posicionar a la Patrulla Acrobática de Paracaidismo del Ejército del Aire y del Espacio.

Era una manera inteligente de comenzar: primero, los aparatos que permiten reconocer el vuelo; después, todo lo que parece desafiarlo.

Dani Román, el hombre que decidió no necesitar avión

Uno de los primeros momentos de verdadero silencio llegó con Daniel Román. Suspendido únicamente de un wingsuit, el deportista descendió utilizando su propio cuerpo como una pequeña aeronave.

Un traje de alas no permite volar como un avión ni mantenerse a una altura constante. Transforma la caída vertical en desplazamiento horizontal mediante superficies textiles extendidas entre los brazos, el torso y las piernas. El piloto continúa perdiendo altura, pero avanza a gran velocidad hasta abrir el paracaídas para completar el aterrizaje.

Después llegó la PAPEA, seguida por los especialistas de la Guardia Civil. Tres paracaidistas realizaron una primera toma sobre la arena y otros dos descendieron posteriormente con equipos de precisión, desplegando la bandera del cuerpo.

El asturiano Vidal Martín participó en el salto tras superar ya el millar de descensos acumulados. A varios cientos de metros de altura, la playa parece enorme. El objetivo de aterrizaje, bastante menos.

El Harrier: el avión que se detiene en el aire

El público había acudido con varios favoritos, pero ninguno ofrece una imagen comparable a la del AV-8B Harrier II Plus.

Durante sus primeras pasadas se comportó como un reactor de combate convencional. Después redujo la velocidad hasta quedarse prácticamente suspendido frente a la playa. El rugido se mantuvo mientras el avión parecía olvidar que, según las reglas habituales de la aerodinámica, debería seguir avanzando para no caer.

El secreto está en sus toberas orientables. El empuje de los motores puede dirigirse hacia abajo, permitiendo realizar despegues cortos y aterrizajes verticales, una capacidad diseñada para operar desde buques y espacios reducidos.

El Harrier de la Armada posee 9,2 metros de envergadura, puede alcanzar alrededor de Mach 1 y tiene un techo operativo de 41.000 pies, unos 12.500 metros. Pertenece a la Novena Escuadrilla de Aeronaves, asentada en la Base Naval de Rota y sostenida por más de un centenar de profesionales entre pilotos, técnicos y personal de mantenimiento.

Su exhibición no fue únicamente una demostración de potencia. Fue una lección visual: un caza de combate transformado durante unos segundos en una máquina flotante frente a un arenal abarrotado.

El Eurofighter no se observa: se siente

El Harrier ofreció la maniobra más insólita. El Eurofighter Typhoon puso el ruido, la aceleración y la verticalidad.

Sus pasadas rápidas hicieron volver la cabeza antes de que buena parte del público pudiera localizarlo. Después llegaron los ascensos casi verticales, las inversiones, los giros cerrados y los cambios de energía que convierten su exhibición en una sucesión de apariciones y desapariciones.

El modelo del Ejército del Aire y del Espacio mide 15,97 metros de longitud, tiene una envergadura de 11,09 metros y puede alcanzar un peso máximo al despegue de 22.800 kilos. Sus dos motores Eurojet EJ200 le permiten llegar, en condiciones operativas, hasta Mach 2, disponer de una autonomía teórica de 3.500 kilómetros y alcanzar un techo de 65.000 pies, casi veinte kilómetros de altura. Esas prestaciones máximas, naturalmente, no se reproducen sobre una exhibición urbana.

En San Lorenzo no necesitó romper la barrera del sonido para hacerse notar. Bastaba una pasada con potencia para que el estruendo rebotase contra los edificios del Muro y regresara sobre la playa como una segunda aeronave invisible.

El NH90 «Lobo» reclama su sitio

La vigésima edición confirmó que los helicópteros ya no actúan como simples transiciones entre las estrellas de ala fija.

El NH90 «Lobo» del Ejército del Aire y del Espacio fue una de las novedades más apreciadas. Se trata de un helicóptero de transporte y búsqueda y salvamento incorporado al servicio español en 2020, perteneciente al Ala 48.

Sus cifras explican la sensación de robustez que transmite: 19,2 metros de longitud, un rotor de 16,5 metros y hasta 10.600 kilos de peso máximo al despegue, ampliables a 11.000 cuando trabaja con carga externa. Puede alcanzar 324 kilómetros por hora, volar durante unas cuatro horas y recorrer aproximadamente 1.050 kilómetros.

Sobre Gijón mostró cambios de dirección, estacionarios y evoluciones a baja altura que permitieron apreciar una agilidad inesperada en una aeronave de ese tamaño.

Junto a él apareció el SH-60 de la Armada, un helicóptero naval concebido para operar desde buques y ejecutar misiones de vigilancia, transporte y lucha antisubmarina. También intervino el Chinook del Ejército de Tierra, inconfundible por sus dos rotores en tándem y su perfil de enorme cargador volante.

Salvamento y vigilancia convertidos en espectáculo

Una de las virtudes históricas del festival gijonés consiste en no limitarse a los cazas y la acrobacia. También acerca al público los medios que cualquier día pueden estar buscando un barco, evacuando a un herido o vigilando la costa.

El AW139 de Salvamento Marítimo mostró parte de su capacidad operativa sobre la bahía. A él se sumaron los helicópteros de Bomberos de Asturias, el aparato de la Guardia Civil y el EC135 de la Policía Nacional.

La Guardia Civil completó su participación con el CN-235, un bimotor turbohélice utilizado para vigilancia marítima y fronteriza. En lugar de giros extremos, su demostración trasladó otra idea: muchas de las aeronaves que parecen menos espectaculares son precisamente las que acumulan más horas persiguiendo embarcaciones, localizando personas y patrullando el litoral.

Durante unos minutos, San Lorenzo contempló las herramientas aéreas que normalmente solo aparecen cuando algo ha ido mal.

Un gigante de 141 toneladas sobre la playa

El A400M produjo otro tipo de asombro. No por su velocidad ni por quedarse inmóvil, sino por la aparente contradicción entre sus dimensiones y sus maniobras.

El avión mide 45,1 metros de largo, tiene 42,4 metros de envergadura y puede alcanzar las 141 toneladas de peso máximo al despegue. Su bodega admite hasta 37 toneladas de carga o 116 soldados y paracaidistas completamente equipados. Pese a ese volumen, sus cuatro motores turbohélice le permiten alcanzar unos 825 kilómetros por hora.

Desde la arena parecía desplazarse lentamente. Era una ilusión óptica: cuanto mayor es un avión, más despacio parece moverse cuando se contempla a distancia.

Su paso sobre la bahía permitió observar algo difícil de percibir en un aeropuerto: la escala real de una aeronave diseñada para trasladar vehículos, tropas, material humanitario y hospitales de campaña.

La acrobacia civil dibuja sobre el Cantábrico

Entre los grandes aparatos militares encontró su sitio la aviación deportiva.

Camilo Benito convirtió su Extra 330 en una especie de pincel aéreo, combinando toneles, caídas, ascensos y giros mientras las estelas de humo dibujaban los colores de Gijón, Asturias y España. Luca Salvadori aportó otra exhibición individual, mientras Yakstars y AeroSparx añadieron coordinación, vuelo en formación y efectos visuales.

La participación extranjera tuvo uno de sus exponentes en el T-6A Texan II del Daedalus Demo Team de la Fuerza Aérea griega, que debutaba en la cita gijonesa. Su presencia reforzó la dimensión internacional que el festival intenta consolidar mediante su participación en encuentros europeos de organizadores, pilotos y patrullas. Gijón acudió este año a la convención del Consejo Europeo de Festivales Aéreos en Atenas, donde se reunió con responsables de certámenes como el Royal International Air Tattoo británico, Sanicole y Athens Flying Week.

Cinco helicópteros para cerrar con precisión

La clausura volvió a corresponder a la Patrulla Aspa, una formación que demuestra algo especialmente complicado: hacer acrobacia colectiva con helicópteros.

El equipo emplea cinco Eurocopter EC120 «Colibrí», aparatos de unas prestaciones mucho más modestas que las de los cazas, pero extremadamente maniobrables. Cada helicóptero dispone de alrededor de 500 caballos de potencia y una autonomía aproximada de tres horas y media.

El conjunto humano estable está formado por diez pilotos titulares, tres reservas, diez mecánicos y cinco profesionales de apoyo. La dificultad no consiste únicamente en realizar un giro o un cruce, sino en conseguir que cinco rotores se desplacen con precisión milimétrica sin invadir el espacio de los demás.

Cruces enfrentados, aperturas, roturas de formación y cambios sincronizados pusieron el punto final. El Eurofighter había dejado el estruendo; la Patrulla Aspa dejó la geometría.

La fiesta había empezado la noche anterior

La edición de aniversario no se limitó noche anterior

La edición al domingo.

El sábado, entre las 20.30 y las 22.17 horas, el Sunset Airshow ofreció siete intervenciones al atardecer. Participaron el SH-60 de la Armada, el NH90, Camilo Benito, el T-6A griego, la PAPEA y AeroSparx, que combinó vuelo nocturcos. 

La programación ampliada había comenzado antes, con entrenamientos el viernes y el sábado y actividades divulgativas desde el 17 de julio. La Colegiata de San Juan Bautista acogió una exposición gratuita sobre los grandes vuelos de la aviación española entre 1926 y 1935, con fotografías, maquetas, piezas originalesión. 

El festival dejó así de ser únicamente una mañana de aviones para convertirse en una semana de cultura aeronáutica.

De quince aviones a una ciudad mirando al cielo

La primera edición moderna se celebró en 2006 y reunió quince aeronaves. Ya entonces participaron modelos históricos, un Canadair, un F-18 y la Patrulla Águila.

Desde aquel estreno, San Lorenzo ha visto pasar Rafale franceses, F-16 neerlandeses y belgas, Mirage 2000, aviones históricos, patrullas europeas, dos Harrier simultáneos y hasta un convertiplano MV-22 Osprey del Cuerpo de Marines estadounidense. La pandemia obligó a celebrar una edición digital en 2020 y provocó otro paréntesis en 2021, antes del r022.

Veinte ediciones después, la fórmula sigue apoyándose en la misma ventaja: pocos festivales disponen de un anfiteatro natural como la bahía de San Lorenzo, capaz de repartir a cientos de miles de espectadores sin encerrarlos en un recinto.

Hoteles llenos y una ciudad sometida a examen

La concentración de más de 300.000 personas obliga a transformar la ciudad durante varias horas. Hubo cortes de tráfico, restricciones de estacionamiento, refuerzos de transporte público, dispositivos de seguridad y un aumento de los servicios de limpieza y recogida de residuos. La propia organización recomendó acudir en autobús, utilizar protección auditiva para los niños y evitar llevar mascotas.

El fin de semana llegó con una ocupación hotelera próxima al cien por cien y precios medios por habitación unos doce euros superiores. No existe todavía una valoración oficial que permita aislar cuánto dinero dejó exclusivamente el festival, pero su influencia sobre hoteles, bares, restaurantes, aparcamientos y comercios resulta evidente. Como referencia general, el turismo generó unos 540 millones de euros en Gijón durante 2025.

El éxito, sin embargo, también abre debates sobre ruido, movilidad y huella ambiental. La organización asegura haber reducido las emisiones asociadas a su web desde casi cuatro gramos hasta 0,38 gramos de CO₂ por visita y haber incorporado participantes que utilizan combustibles y humos más sostenibles. 

Veinte años y la misma reacción

Cuando la Patrulla Aspa abandonó la bahía, miles de personas comenzaron a plegar sillas, recoger cámaras y abandonar la arena. Durante unos minutos todavía quedaba público mirando hacia arriba, como esperando una última pasada que ya no figuraba en el programa.

El festival cumplió veinte ediciones con 23 exhibiciones, más de una veintena de aeronaves, casi cuatro horas de programa y una multitud que volvió a desbordar San Lorenzo.

Pero su cifra más significativa quizá no sea ninguna de esas.

Es la capacidad de lograr que una ciudad entera interrumpa lo que está haciendo, levante la cabeza y permanezca durante horas mirando al mismo lugar. En tiempos de pantallas pequeñas, Gijón volvió a elegir la pantalla másgrande de todas: el cielo.

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