El café más antiguo de Gijón acaba de venderse por 2,1 millones de euros después de despertar un enorme interés inversor. El comprador adquiere un inmueble de 743 metros cuadrados, protegido y alquilado hasta 2036 al Grupo Gavia, pero también algo difícil de valorar en una tasación: uno de los grandes escenarios de la memoria colectiva gijonesa, superviviente de una guerra, de transformaciones urbanas, de cierres y reaperturas, de tertulias políticas y literarias y de miles de pequeñas historias cotidianas. Por sus mesas han pasado desde Federico García Lorca hasta Concha Velasco y Arturo Fernández.
El Café Dindurra ha cambiado de propietario.
Pero esta no es solamente una operación inmobiliaria.
Comprar el Dindurra significa comprar las paredes de un establecimiento que lleva 125 años contemplando cómo cambia Gijón desde una de las esquinas más reconocibles de la ciudad.
El local situado entre el paseo de Begoña y la calle Covadonga se ha vendido por 2,1 millones de euros, exactamente el precio con el que salió al mercado durante el verano.
La operación se ha cerrado después de recibir numerosas consultas y siete ofertas en firme, una demostración poco habitual del interés que despertó el inmueble.
La identidad del nuevo propietario no ha trascendido.
Y, para el gijonés que mañana quiera entrar a tomarse un café, probablemente nada cambiará.
El comprador adquiere el inmueble, no el negocio.
El Grupo Gavia continuará explotando el Dindurra mediante un contrato de arrendamiento recientemente renovado y vigente hasta 2036.
La venta, por tanto, no amenaza ni el nombre ni la actividad hostelera.
El viejo café seguirá siendo café.
Y en el caso del Dindurra eso no es un detalle menor.
NO SE HAN VENDIDO SOLO 743 METROS CUADRADOS
El anuncio inmobiliario describía el Dindurra como un local de 743 metros cuadrados, con un precio equivalente a aproximadamente 2.826 euros por metro cuadrado y una rentabilidad bruta próxima al 5,5%-5,6% anual.
Desde una perspectiva puramente financiera, era un activo con un inquilino, un contrato de larga duración y una renta.
Pero esa descripción resulta extraordinariamente pobre para explicar lo que realmente se ha vendido.
Porque el Dindurra pertenece a esa rarísima categoría de negocios cuya dirección forma parte prácticamente del patrimonio sentimental de una ciudad.
Se puede cambiar al propietario registral.
Es mucho más difícil cambiar lo que significa.
TODO EMPEZÓ CON UN HOMBRE LLAMADO DINDURRA
El apellido que hoy parece inseparable de Gijón pertenecía a un empresario: Manuel Sánchez Dindurra, nacido en Gijón en 1859.
A finales del siglo XIX la ciudad estaba experimentando una profunda transformación.
Crecerían la industria, el comercio, la burguesía urbana y también la necesidad de disponer de nuevos espacios para el ocio y la vida social.
Sánchez Dindurra promovió entonces un ambicioso conjunto arquitectónico en Begoña.
En 1898 encargó al arquitecto Mariano Marín Magallón el proyecto de tres edificios concebidos como una unidad.
En el centro estaría el Teatro Dindurra.
A los lados, inmuebles residenciales y espacios vinculados al propio teatro.
El conjunto fue construido en apenas diez meses y el teatro abrió sus puertas el 28 de julio de 1899.
Junto al coliseo existía un pequeño café.
De ahí nació todo.
EN 1901 EL CAFÉ SE INDEPENDIZA DEL TEATRO
El Dindurra que conocemos como establecimiento independiente nace realmente en 1901.
Hasta entonces el espacio funcionaba ligado al teatro.
Ese año se reorganizó como un café autónomo, aunque mantuvo una puerta de comunicación con el coliseo y continuó desempeñando una segunda función esencial: ser el ambigú del teatro durante las representaciones.
Ahí se encuentra una de las claves de su personalidad.
Durante décadas, ir al teatro significaba también pasar por el Dindurra.
Antes de la función.
Durante el descanso.
Después de que bajara el telón.
Actores, empresarios, espectadores, periodistas y personajes de la sociedad gijonesa acababan compartiendo un mismo espacio.
El café era, en cierto modo, la prolongación del escenario.
MESAS DE MÁRMOL, SILLAS THONET Y LOS DOCE MESES DEL AÑO
El primer Dindurra tenía poco que ver estéticamente con el que conocemos actualmente.
Mariano Marín Magallón diseñó un gran espacio siguiendo el modelo de los elegantes cafés decimonónicos europeos.
Tenía pilares de fundición, techos altos, mesas rectangulares con estructura metálica y superficie de mármol y las entonces modernísimas sillas Thonet.
La decoración incluía además una serie alegórica dedicada a los doce meses del año, obra de Alonso y Nogués e inspirada en trabajos del célebre ilustrador checo Alphonse Mucha.
Para el Gijón de principios del siglo XX aquello no era simplemente una cafetería.
Era modernidad.
Era cosmopolitismo.
Era la demostración de que una ciudad industrial del Cantábrico quería parecerse también a las grandes capitales europeas.
UNA PUERTA GIRATORIA DE CAOBA CUBANA
Hasta algunos detalles del antiguo local cuentan por sí solos la historia de aquella sociedad.
Durante la segunda década del siglo XX se incorporó una puerta giratoria construida en madera de caoba cubana.
No deja de ser significativo.
Asturias vivía entonces profundamente conectada con América a través de la emigración y del regreso de los indianos.
La Habana, México, Buenos Aires o Tampa no eran lugares lejanos en el imaginario de aquella sociedad.
El dinero, las modas y los materiales viajaban en ambas direcciones.
Hasta una puerta del Dindurra podía contar aquella relación transatlántica.
1930: EL DINDURRA SE PONE A LA VANGUARDIA
La gran transformación llegó en 1930.
Manuel Sánchez Dindurra decidió que su café debía modernizarse y encargó la obra a uno de los arquitectos más prestigiosos de Asturias: Manuel del Busto.
El proyecto no fue una simple reforma.
Cambió por completo el interior.
Se modificó la fachada para conseguir más luz y ventilación, se ampliaron servicios e incluso se reservó espacio para instalar un billar.
Pero lo más extraordinario fue el lenguaje arquitectónico elegido.
Art déco.
Vanguardia.
Influencias centroeuropeas.
Referencias a la Secesión vienesa y a las nuevas arquitecturas que Manuel del Busto había conocido tanto en sus viajes como a través de publicaciones internacionales.
LAS COLUMNAS QUE CUALQUIER GIJONÉS RECONOCERÍA
De aquella intervención nacieron algunos de los elementos que todavía hoy hacen inconfundible al Dindurra.
Sus grandes columnas decoradas.
Los capiteles de inspiración egipcia.
Los techos ornamentados en escayola.
Las geometrías art déco.
Y el suelo de mosaico hidráulico.
El escultor Pepín Morán intervino también en parte de la ornamentación.
No es una decoración añadida posteriormente para darle un aspecto antiguo.
Es patrimonio auténtico.
UN CAFÉ DONDE SE HACÍA POLÍTICA
Los grandes cafés de comienzos del siglo XX tenían una función que hoy prácticamente ha desaparecido.
Eran redes sociales sin pantalla.
Allí se cerraban negocios.
Se comentaban las noticias.
Se discutía de política.
Se conspiraba.
Se hablaba de literatura.
Se preparaban campañas electorales.
Se buscaban trabajos.
Y se construían reputaciones.
El Dindurra fue durante décadas uno de esos espacios.
Por sus tertulias pasaron personajes vinculados a la política y la cultura asturianas como Melquíades Álvarez y el escritor Pachín de Melás.
Su importancia como espacio de tertulias artísticas, políticas y literarias convirtió al café en uno de los grandes salones públicos de la ciudad.
LA LEYENDA DE DURRUTI
Y aquí aparece una de las historias más fascinantes asociadas al café.
Durante generaciones se ha contado que el anarquista Buenaventura Durruti comió en el Dindurra y que, durante una de aquellas reuniones, habría dibujado para sus compañeros el esquema de un asalto al Banco de España de Gijón.
La historia forma parte de la tradición oral ligada al establecimiento.
Pero conviene poner una enorme advertencia periodística delante: no existe documentación suficiente que permita presentarla como un hecho demostrado.
Y posiblemente pocas cosas describan mejor lo que sucede después de 125 años en un café: los hechos se mezclan con las anécdotas y las anécdotas acaban convirtiéndose en leyendas.
FEDERICO GARCÍA LORCA TOMÓ ASIENTO EN EL DINDURRA
Hay visitantes cuyo paso está mucho mejor asentado en la memoria del establecimiento.
Uno de ellos es Federico García Lorca.
El poeta granadino figura entre las personalidades que visitaron el histórico café gijonés.
También pasarían posteriormente por sus salones nombres tan vinculados al mundo de la interpretación como Concha Velasco o Arturo Fernández, gijonés y uno de los grandes actores españoles de su generación.
Pero probablemente reducir la historia del Dindurra a los famosos sería cometer una injusticia.
Su verdadero personaje principal siempre fue Gijón.
EL RINCÓN DE LOS PERIODISTAS
El café tuvo también durante décadas una estrecha relación con el periodismo local.
Existió un rincón frecuentado por periodistas gijoneses, prolongación natural de esa tradición europea según la cual las redacciones terminaban inevitablemente extendiéndose hasta las mesas de los cafés.
Antes de los teléfonos móviles y de internet, el periodista encontraba allí algo especialmente valioso: gente.
Políticos.
Empresarios.
Artistas.
Funcionarios.
Actores.
Comerciantes.
Y ciudadanos con historias que contar.
Muchas noticias comenzaron probablemente con un café mucho antes de terminar convertidas en tinta.
Y LLEGÓ LA GUERRA
La Guerra Civil golpeó duramente el conjunto arquitectónico.
El Teatro Dindurra sufrió graves daños durante los bombardeos y tuvo que ser reconstruido posteriormente.
El café, sin embargo, consiguió sobrevivir.
El teatro reconstruido acabaría adoptando el nombre con el que hoy lo conoce todo Gijón:
Teatro Jovellanos.
El Dindurra conservó, en cambio, el apellido de su fundador.
Quizá porque algunos nombres ya no pertenecen a quien los creó, sino a la ciudad que los hace suyos.
EL CAFÉ QUE VIO CAMBIAR COMPLETAMENTE GIJÓN
Basta pensar en lo que ha ocurrido frente a sus ventanas desde 1901.
Cuando abrió el Dindurra no existía la televisión.
No existían los teléfonos móviles.
No había radio comercial.
El automóvil era una extravagancia.
España aún conservaba el recuerdo reciente de la pérdida de Cuba.
Desde aquellas mesas se vivieron dos guerras mundiales.
La Guerra Civil.
Una dictadura.
La llegada de la democracia.
El nacimiento de la televisión.
La industrialización masiva de Asturias.
Las reconversiones.
Las crisis.
La entrada en la Unión Europea.
El cierre de minas.
Internet.
La pandemia.
Y ahora la inteligencia artificial.
Mientras todo eso ocurría, alguien seguía entrando al Dindurra y pidiendo un café.
NOVIEMBRE DE 2013: EL DÍA QUE GIJÓN TEMIÓ PERDERLO
Pero el café estuvo muy cerca de convertirse únicamente en memoria.
El 20 de noviembre de 2013 cerró sus puertas.
La noticia produjo una fuerte conmoción ciudadana porque el cierre no afectaba simplemente a otro establecimiento hostelero.
Desaparecía el último superviviente de toda una generación de grandes cafés históricos gijoneses.
Y existía una pregunta inquietante:
¿Qué ocurriría con aquel extraordinario interior?
El temor no era exagerado.
Los interiores comerciales históricos son especialmente frágiles.
Las ciudades conservan palacios, iglesias o teatros, pero destruyen con mucha más facilidad cafés, tiendas y restaurantes cuando cambia el negocio.
El Dindurra podía haber sido uno de ellos.
GRUPO GAVIA ENTRA EN ESCENA
La incertidumbre duró relativamente poco.
En 2014 el Grupo Gavia decidió asumir el proyecto.
El objetivo era mantener la actividad hostelera y recuperar el Dindurra como uno de los grandes espacios sociales de Gijón.
No era una reforma sencilla.
El interior contaba con protección integral, de manera que no podía vaciarse y reconstruirse como cualquier otro restaurante.
Había que restaurar.
Documentar.
Recuperar elementos perdidos.
Reinterpretar otros.
Y conseguir que un local diseñado para la sociedad de principios del siglo XX pudiera funcionar comercialmente en el XXI.
CASI UN MILLÓN DE EUROS PARA RESUCITARLO
Grupo Gavia realizó entonces una inversión cercana al millón de euros.
La intervención fue dirigida arquitectónicamente por Antonio Fernández Morán, mientras que el reconocido diseñador e interiorista José Antonio Menéndez Hevia asumió el interiorismo.
El trabajo tenía una idea central particularmente hermosa.
No querían crear un falso café antiguo.
Querían recuperar la atmósfera del antiguo Dindurra.
Restauraron piezas originales.
Reprodujeron elementos desaparecidos.
Conservaron la arquitectura art déco.
Y adaptaron instalaciones, cocina, climatización y servicios a las exigencias contemporáneas.
VOLVER A SER EL AMBIGÚ DEL TEATRO
La filosofía del proyecto recuperaba una idea muy próxima a los orígenes del establecimiento.
El Dindurra debía volver a funcionar como ambigú del teatro, pero entendido en sentido social.
Un espacio donde coincidieran personas muy distintas.
El espectador que sale del Jovellanos.
Quien desayuna.
Quien toma un vermú.
Quien espera a alguien.
Quien celebra algo.
Quien entra simplemente porque llueve.
La arquitectura podía restaurarse.
Pero si desaparecía aquella mezcla humana, desaparecía buena parte del verdadero Dindurra.
CINCO MESES DE OBRAS Y UNA NUEVA VIDA
Después de aproximadamente cinco meses de trabajos, el nuevo Dindurra abrió en 2014.
Desde entonces volvió a convertirse en restaurante, café, punto de encuentro, escenario de presentaciones, actuaciones musicales y exposiciones.
El Dindurra del siglo XXI no pretende vivir encerrado en una urna.
Continúa siendo un negocio.
Ese es precisamente el secreto de su supervivencia.
2,1 MILLONES Y UN 5,6% DE RENTABILIDAD
Y llegamos a 2026.
El edificio que contiene el café cambió de manos a comienzos de este año dentro de una operación que incluyó los inmuebles situados a ambos lados del Teatro Jovellanos.
Los nuevos propietarios preparan un proyecto residencial para las plantas superiores.
Como parte de esa reorganización patrimonial, decidieron vender independientemente el local del Dindurra.
El precio fue 2.100.000 euros.
La superficie construida anunciada: 743 metros cuadrados.
La rentabilidad bruta estimada: aproximadamente 5,6%.
El local fue presentado como un activo en rentabilidad destinado a inversores patrimonialistas.
Hay incluso una manera aproximada de traducir ese porcentaje a dinero.
Una rentabilidad bruta del 5,6% sobre un precio de 2,1 millones equivaldría a unos 117.600 euros anuales, alrededor de 9.800 euros mensuales, aunque esa cuenta es meramente financiera y no permite conocer las condiciones exactas y confidenciales del contrato de arrendamiento.
SIETE OFERTAS EN FIRME
La reacción del mercado fue inmediata.
Hubo decenas de consultas.
Finalmente se presentaron siete ofertas en firme.
Y la operación se cerró por los 2,1 millones solicitados, sin necesidad de rebajar el precio.
Eso también dice algo sobre el valor del Dindurra.
Una parte corresponde al inmueble.
Otra a su situación privilegiada.
Otra a la renta garantizada mediante un contrato prolongado.
Pero existe un cuarto componente extraordinariamente difícil de introducir en una hoja de cálculo:
tener en propiedad el Café Dindurra no es lo mismo que tener en propiedad cualquier otro local de 743 metros cuadrados en Gijón.
EL CAFÉ ESTÁ BLINDADO, AL MENOS HASTA 2036
Para los gijoneses, la cuestión fundamental es qué ocurrirá ahora.
La respuesta, al menos durante la próxima década, resulta tranquilizadora.
El Grupo Gavia mantiene su contrato de arrendamiento hasta 2036.
El nuevo propietario deberá respetarlo.
Además, los principales elementos arquitectónicos del interior disponen de protección urbanística.
Por tanto, la venta del inmueble no significa la desaparición del establecimiento.
Mañana continuará sirviendo cafés.
LO QUE REALMENTE HA COMPRADO EL NUEVO PROPIETARIO
En una escritura aparecerán metros cuadrados.
Linderos.
Referencias catastrales.
Valor económico.
Contratos.
Rentabilidad.
Pero ninguna escritura puede registrar todo lo que cabe dentro del Dindurra.
No puede registrar las conversaciones que se produjeron allí.
Las personas que se enamoraron.
Los negocios que se cerraron.
Los políticos que discutieron.
Los periodistas que encontraron una noticia.
Los actores que esperaron antes de salir al escenario.
Los espectadores que comentaron una función.
Los abuelos que llevaron allí por primera vez a sus nietos.
Esa memoria cotidiana es precisamente lo que convierte un establecimiento comercial en patrimonio.
EL CAFÉ QUE SOBREVIVIÓ A SU PROPIO TEATRO
Hay una paradoja preciosa en toda esta historia.
El café nació como complemento del Teatro Dindurra.
Después el teatro fue destruido.
Fue reconstruido.
Cambió de nombre.
Se convirtió en Teatro Jovellanos.
El café, en cambio, conservó intacto el apellido original.
Dindurra.
El pequeño ambigú terminó sobreviviendo al nombre del gran teatro para el que había nacido.
Y 125 años después acaba de cambiar nuevamente de propietario por 2,1 millones de euros.
Muchísimo dinero por un local comercial.
Probablemente una cantidad imposible de calcular si se intentase tasar también todo lo demás.
Porque se pueden comprar las paredes del Dindurra.
Lo que nadie puede comprar son los 125 años de Gijón que han ocurrido dentro de ellas.
