Fuego, hacha y veneno para matar los olivares de Cisjordania

Fuego, hacha y veneno para matar los olivares de Cisjordania

PorCarmen Rengel · (Jerusalén)

 

¿Qué culpa tienen los árboles? ¿Sabe la naturaleza de guerras y de fronteras? ¿Por qué tratan de arrancar lo que nos da la vida?”, se pregunta Yasser. Es un ecologista militante, aunque no tenga carné que lo acredite ni vista camisetas con logos antinucleares. Lo es de corazón. Lo revela su cariño por la tierra que pisa, por los pájaros que hacen coro a su relato, por la brisa que llega al valle desde la alta Jerusalén. Yasser tiene 73 años, es un agricultor palestino de Beit Jala y se retuerce las manos mientras mira a su alrededor, ante el desastre que ha acabado con décadas de esfuerzo: a sus pies, olivos truncados en agosto por colonos israelíes de Gush Etzion, inútiles, aún con sus olivas a medio crecer, a pocas semanas del inicio de la campaña aceitunera. En estos campos ha trabajado el patriarca de los Al Mughrabi desde que tenía 14 años.

 

Hacia 1980 tenía unos 300 olivares plantados. Ahora no pasa de 25, apenas 60 kilos al año. Tras el ataque de los colonos, esta temporada se queda en blanco. No hay recolección posible. “Al menos, los han cortado con hachas. Peor sería si los hubiesen arrancado o hubiesen envenenado la raíz, como le hicieron a un vecino mío. Lo que nos queda ahora es esperar a que crezcan y, mientras, mientras…”. No acaba la frase. Se rasca la cabeza. Con una tasa de paro del 20%, no es tarea fácil encontrar un trabajo en Cisjordania, y toda su familia, sus tres hijos varones y su descendencia, dependen de las aceitunas. “Tendremos que buscar algo mientras”. La primera intentona, vender la madera talada a los productores de imágenes religiosas de la cercana Belén. Menos es nada.

Yasser Al Mughrabi, agricultor retirado de Beit Jala, ante uno de sus olivos destrozados.

Yasser Al Mughrabi, agricultor retirado de Beit Jala, ante uno de sus olivos destrozados.

Yasser es una de las víctimas palestinas de los sistemáticos ataques de colonos contra intereses agrícolas árabes, especialmente olivares y viñedos. Los agresores obvian cualquier prohibición del Ejército israelí, se internan en suelo palestino e incuso en zonas “militarmente cerradas” para hacer de área de seguridad entre las villas palestinas y los asentamientos, y arrasan con todo. Queman y arrancan árboles y cepas, los talan, los rocían con productos químicos que inutilizan la planta durante años. Es una tradición cada vez que se acerca la campaña más importante, la de la aceituna, en otoño, y que este año se espera especialmente dañina ya que se ve avivada por el debate sobre el reconocimiento de Palestina como estado miembro de pleno derecho en Naciones Unidas. Los colonos, explica Mazen Qumsiyeh, activista palestino, tratan de “alardear de su poder ante la posibilidad de que se emprendan más negociaciones de paz que impliquen el abandono de los asentamientos o el intercambio de tierras”.

 

En septiembre, la Autoridad Nacional Palestina (ANP) ha registrado 139 ataques en Cisjordania, con cerca de 3.000 árboles (olivos y viñedos) afectados. El caso más reciente data del pasado sábado, cuando 500 olivos ardieron en dos villas próximas a Nablus y Hebrón, informa la agencia palestina de noticias Ma´an. Según la ONG israelí Yesh Din, la cifra puede llegar a “triplicarse” cuando la campaña olivarera comience realmente, la semana próxima. Sus abogados auguran una “temporada compleja”, pero esperan que no llegue al límite de 2009, cuando los atentados llevaron a recolectar apenas el 29% de la producción ordinaria de aceituna. “Israel ha desplegado más vigilancia por el debate en la ONU y saben que el mundo entero analiza sus pasos. Confiamos en que no hagan dejación de funciones y actúen contra los colonos”, explica Dana Zimmerman, su portavoz. Suena a quimera, porque lo dice tras recordar que sólo el 9% de las casi 700 denuncias interpuestas por su asociación desde 2005 por estos asuntos ha terminado con la apertura de un expediente informativo contra los colonos y, de ellas, sólo una de cada diez acaba en una sanción, una multa “mínima”. “La maquinaria judicial israelí, como la militar, ayuda a mantener la impunidad”, denuncia. De cara a las semanas “duras” por venir, reclaman más protección para los palestinos, que se desarme a los colonos (tienen permiso para pedir un arma semiautomática al cumplir los 18 años), que se instalen cámaras de vigilancia que den fe de quién ataca a quién y que se investigue “seriamente” cada incidente.

Hammed y varios de sus familiares varean los olivos cerca del asentamiento de Homesh.

Hammed y varios de sus familiares varean los olivos cerca del asentamiento de Homesh.

Hammed entiende la buena voluntad de los cooperantes, pero dice que el “odio” del vecino es tan grande que “ni con un muro” pararán los ataques. Él y su familia, los Zaki, lo sufren a diario. Viven en Burqa, al norte de Nablus, pared con pared con el asentamiento de Homesh. Ha decidido comenzar a recoger la aceituna antes de lo previsto porque, dice, “con las fiestas judías ellos [los colonos] están más calmados y evitamos incidentes”. “El fruto no está en su mejor momento, pero más vale todo un poco peor que nada en unos días”, reflexiona. El año pasado, plantó el doble de matas, para compensar lo que perdiera, pero este año, con un hijo más y algunas reformas en casa, ha sido imposible. Hay lo que hay. Un sobrino suyo de 17 años se llevó una paliza hace semanas por intentar tomar agua de un pozo que, sin derecho, se han apropiado los colonos. Con eso ha tenido bastante. Su área está tranquila ahora, pero en junio ardieron unos 400 olivos en la carretera hacia Ramala. El suceso abrió un mes dramático: 45 olivos cortados en Madama, otros 70 con ramas taladas en Qattar Al Soura, quema de tres hectáreas de pastos entre Einabous y Huwwara…

Estos ataques van mucho más allá del daño a la economía de un puñado de familias particulares, cadenas de padres, hijos, primos, cuñados, novios, que trabajan la tierra en bloque. Es una auténtica crisis para la economía palestina. Según el último informe de Oxfam sobre la materia, titulado The road to olive farming, 100.000 trabajadores dependen directamente de la aceituna en Cisjordania y el 14,2% de los palestinos empleados en este territorio trabajan en el sector, son tres millones las peonadas que se dan cada campaña y un tercio de las mujeres activas trabajan con el fruto de los olivares, bien en el campo, bien en las almazaras y envasadoras. El 80% de la tierra está en manos de pequeños propietarios como Hammed, que trabajan por mera subsistencia.

 

Es un pilar esencial de la economía local, con 172 millones de euros generados en un año medio, porque, pese a las complicaciones, el aceite palestino está considerado uno de los mejores del mundo. En un año excelente, la producción puede llegar a las 34.000 toneladas, explica Oxfam, pero en la última década las complicaciones para trabajar y producir han bajado la media a 17.000 e, incluso, ha habido años catastróficos de apenas 5.000 toneladas. “No sólo nos hacen daño los colonos, es que estamos rodeados”, lamenta Hammed, contando con los dedos sus obstáculos diarios. “Los soldados nos ponen controles de carreteras y, cuando quieren, impiden que pasemos con los tractores, o nos cierran los pasos cuando hay fiestas judías, o nos quitan los pozos de agua y se los dan a los colonos, o nos expropian suelo para algún tema de seguridad. Y está la ley que dice que, si no trabajas la tierra durante unos años, te la quitan. ¿Cómo trabajarla si no nos dejan entrar en ella?”, pregunta. La ONU, por ejemplo, documentó en junio de 2010 la existencia de 504 obstáculos de paso para el comercio en Cisjordania. Lo constatan igualmente los expertos de Oxfam. El 40% del suelo cisjordano no está bajo pleno control palestino, por lo que las autoridades israelíes pueden imponer las limitaciones que entiendan necesarias y cuando las entiendan necesarias; además, Israel veta la entrada de cierta maquinaria, con lo que es imposible la modernización de cultivos y de la empresa transformadora, haciendo menos óptima la producción e impidiendo un crecimiento más rápido y abundante de los frutos. El Protocolo de París, firmado por Tel Aviv y la ANP y que rige las relaciones comerciales entre ambos territorios, contempla que los productos palestinos tienen libertad de mercado en suelo israelí, pero en la práctica “no se cumple” y también se “complica” la exportación al extranjero del aceite y la aceituna, que supone un 13% del total de las exportaciones palestinas -un montante importante-, con destino en Centroeuropa, Asia Oriental, EEUU y el Golfo Pérsico, esencialmente. Evidentemente, sólo se refieren a Cisjordania. En Gaza el bloqueo es total, tanto de entrada como de salida de estos productos. A eso es suman las “escasas ayudas” al sector por parte de la ANP y su irregular distribución. “Sólo con que se abriera la puerta a la modernización de maquinaria, la producción palestina en el sector del olivar [que tiene diez millones de árboles] se duplicaría“, concluye el informe.

Botellas de aceite de la marca Zeitouna, hecho en Palestina, en un supermercado de Ramala.

Botellas de aceite de la marca Zeitouna, hecho en Palestina, en un supermercado de Ramala.

El obstáculo por excelencia en Cisjordania es el muro de hormigón que separa su tierra de la israelí, una construcción declarada “contraria a la legalidad” en 2004 por la Corte Internacional de Justicia, que Israel debía “desmantelar”, entre otros motivos, “por el pernicioso impacto sobre la agricultura” palestina. El último encontronazo entre olivareros y autoridades israelíes por este motivo se produjo a primeros de septiembre en Al Walaja, al norte de Belén, cuando varias decenas de soldados entraron en un terreno y talaron 30 olivares. Alegaban que los árboles obstaculizaban la vigilancia “segura” desde el muro. Actuaron con el visto bueno de la Corte Suprema de Israel, que hace semanas dijo que la valla era “necesaria” en esta villa y que arrancar los olivos era “un daño razonable y proporcionado en comparación con el importante valor que tiene el muro en esta zona en términos de seguridad”. El 67% de los 2.500 habitantes del poblado palestino dependen directamente de esas plantaciones. “Ahora se escudan en ese fallo, pero antes de que se emitiera arrancaron otros 80 olivos en zona de labor y otros 40 cipreses del paseo de entrada al pueblo. Ese área no entra en la que la Corte considera “esencial” para la seguridad, pero ya da igual, se legitima todo. Los habitantes no tienen dónde trabajar ni dónde pasear mientras están en paro”, lamenta el activista Qumsiyeh. Y lo peor, insiste, está por llegar en unos días. “Así no hay quien levante cabeza. Así no se puede construir un estado“.

 

FOTO: Olivares quemados en Burqa, al norte de Nablus, el pasado junio. / Yesh Din

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