El Teléfono de la Esperanza detectó 173 situaciones con riesgo de conducta suicida en Asturias durante los seis primeros meses de 2026. Detrás de ese dato emerge una realidad mucho menos estudiada: tres de cada cuatro personas que mueren por suicidio en Asturias son hombres y la investigación internacional señala la separación de pareja, la soledad, el desempleo y los problemas económicos como una combinación especialmente peligrosa.
Hay cifras que describen un problema y otras que obligan a preguntarse qué hay detrás.
Entre enero y junio de este año, el Teléfono de la Esperanza recibió 3.307 llamadas en Asturias. En 173 de ellas sus profesionales detectaron riesgo relacionado con conducta suicida.
Son 173 situaciones de sufrimiento extremo en apenas seis meses.
El incremento del 10,6% comunicado por la organización respecto al mismo periodo del año anterior corresponde al conjunto de España y no específicamente a Asturias, una precisión importante. En todo el país se atendieron 87.623 peticiones de ayuda durante el semestre.
Pero hay otra estadística que merece tanta atención como esas llamadas.
Tres de cada cuatro suicidios en Asturias corresponden a hombres
Los últimos datos definitivos disponibles dibujan una desigualdad extraordinaria.
En Asturias murieron por suicidio 119 personas durante 2024. De ellas, 90 eran hombres y 29 mujeres.
Eso significa que aproximadamente tres de cada cuatro fallecidos fueron varones.
Además, la mayor concentración de casos asturianos se produjo entre los 55 y los 64 años, una etapa de la vida en la que pueden acumularse problemas laborales, enfermedades, rupturas familiares, dificultades financieras, pérdida de relaciones sociales o incertidumbre ante la jubilación.
La dimensión masculina del problema tampoco es exclusiva de Asturias.
En 2025 murieron provisionalmente por suicidio en España 3.808 personas. De ellas, 2.784 eran hombres y 1.024 mujeres. De nuevo, aproximadamente el 73% fueron varones.
La pregunta incómoda es por qué.
Y una parte de la respuesta puede estar bastante más allá de una explicación exclusivamente psiquiátrica.
Qué ocurre con los hombres después de una separación
Una de las investigaciones más importantes publicadas recientemente sobre este asunto resulta especialmente reveladora.
Un metaanálisis publicado en 2025 estudió 75 investigaciones realizadas en 30 países, con una población acumulada superior a los cien millones de hombres.
Los resultados muestran una asociación contundente entre ruptura sentimental y conducta suicida masculina.
En comparación con los hombres casados, los separados o divorciados presentaron mayores probabilidades de sufrir ideación suicida. Los divorciados mostraron también mayores probabilidades de tentativa y unas probabilidades relativas de muerte por suicidio 2,82 veces superiores a las de los casados.
Y aparece un dato todavía más significativo: el periodo inmediatamente posterior a la ruptura parece ser especialmente peligroso. Los hombres que estaban separados presentaban un riesgo elevado incluso respecto a quienes ya habían pasado formalmente a la situación de divorciados.
Conviene interpretar correctamente estos resultados.
No significan que divorciarse multiplique automáticamente por 2,82 la probabilidad individual de suicidarse ni que el divorcio sea la causa única.
Pero tampoco permiten despachar la cuestión como una simple casualidad.
La relación existe.
Cuando todo se rompe al mismo tiempo
Y aquí aparece probablemente la cuestión más importante.
Para algunas personas una separación no representa solamente el final de una relación sentimental.
Puede significar cambiar de vivienda, afrontar nuevos gastos, mantener deudas anteriores con menos ingresos disponibles, reorganizar obligaciones familiares, perder rutinas compartidas, ver menos a los hijos, alejarse de determinados círculos sociales y tener que reconstruir una vida cotidiana que llevaba años organizada alrededor de una familia.
Si simultáneamente aparece desempleo, precariedad laboral, problemas judiciales, enfermedad o endeudamiento, la acumulación puede resultar devastadora.
Los organismos internacionales de salud incluyen precisamente entre las circunstancias asociadas a la conducta suicida los problemas económicos, las disputas de pareja, las pérdidas, el aislamiento y la soledad, además de los trastornos mentales, el consumo problemático de alcohol y otros factores.
La idea importante es esa: rara vez existe una sola causa.
Existe una acumulación.
Deudas que dejan de ser solamente un problema de dinero
La investigación científica también ha encontrado reiteradamente una asociación entre dificultades financieras y conducta suicida.
Diversos estudios apuntan a que el desempleo y las recesiones económicas están relacionados con un aumento del riesgo, tanto individual como poblacional, y que la deuda y el estrés financiero también se asocian con ideación y conductas suicidas.
Esto cambia radicalmente la perspectiva.
Porque prevenir el suicidio no consiste solamente en detectar una enfermedad mental.
También puede significar evitar que una persona se quede sin vivienda, ayudarla a renegociar una deuda, encontrar empleo, facilitar asesoramiento jurídico, reconstruir una red social o conseguir que alguien escuche antes de que el conjunto de problemas parezca irresoluble.
El Plan de Acción para la Prevención del Suicidio 2025-2027 aprobado por el Ministerio de Sanidad incorpora además la pobreza y otras situaciones de vulnerabilidad entre las circunstancias que requieren actuaciones específicas y plantea una respuesta que trasciende el ámbito exclusivamente sanitario.
El hombre que aparentemente “aguanta”
Hay además otro elemento incómodo.
Muchos hombres piden ayuda tarde.
La investigación disponible muestra que los varones recurren menos que las mujeres a asistencia psicológica y que determinados modelos tradicionales de masculinidad —especialmente aquellos relacionados con el estoicismo, la dificultad para expresar emociones o la idea de que pedir ayuda supone debilidad— pueden actuar como barreras.
Eso puede producir una situación paradójica.
El hombre continúa trabajando.
Dice que está bien.
No habla.
No quiere preocupar a nadie.
Bebe algo más.
Deja de salir.
Duerme peor.
Pierde interés por cosas que antes disfrutaba.
Se obsesiona con los problemas económicos o familiares.
Y quienes le rodean pueden interpretar que simplemente está pasando una mala temporada.
Hasta que la situación se vuelve crítica.
El enorme dato que España no tiene
Aquí aparece también una carencia estadística sorprendente.
España publica abundante información sobre suicidio: sexo, edad, comunidad autónoma, nacionalidad, tamaño del municipio, mes de fallecimiento y otras variables.
Pero las estadísticas disponibles no permiten conocer conjuntamente cuántos hombres que murieron por suicidio estaban divorciados o separados, cuántos estaban desempleados, cuántos tenían problemas económicos ni cuántos acumulaban varias de esas circunstancias.
Por tanto, hoy no podemos escribir rigurosamente que «X hombres divorciados se suicidaron en Asturias».
El dato no existe públicamente con ese nivel de detalle.
Y esa ausencia es, en sí misma, relevante.
Porque si la investigación internacional identifica la ruptura sentimental y las dificultades económicas como factores importantes de vulnerabilidad masculina, conocer esa información permitiría diseñar programas específicos de prevención.
No todo empieza cuando alguien dice que quiere morir
El Teléfono de la Esperanza insiste precisamente en combatir uno de los grandes errores en torno al suicidio: pensar que solamente hay que intervenir cuando la emergencia ya es evidente.
Existen señales que pueden aparecer antes.
El aislamiento progresivo, cambios bruscos de comportamiento, abandono de actividades habituales, desesperanza, expresiones de inutilidad, incremento del consumo de alcohol o drogas, alteraciones importantes del sueño o comentarios que transmitan que la persona considera que su situación no tiene solución deben tomarse en serio.
Especialmente cuando varias de esas señales aparecen después de una ruptura, un despido, una deuda grave, una pérdida familiar o cualquier acontecimiento que haya alterado radicalmente la vida de la persona.
173 llamadas no son 173 intentos de suicidio
También conviene evitar otro error.
Las 173 llamadas detectadas en Asturias durante el primer semestre no equivalen a 173 tentativas de suicidio, ni necesariamente a 173 personas distintas.
Son comunicaciones en las que el Teléfono de la Esperanza identificó riesgo relacionado con conducta suicida.
La organización atendió en total 3.307 llamadas en Asturias durante esos seis meses.
A escala nacional, además, está detectando un importante desplazamiento hacia canales digitales entre los más jóvenes: el uso de su chat aumentó un 32,64% y los menores de edad representaron el 28,2% de las consultas realizadas por esa vía.
Son dos perfiles diferentes de una misma emergencia.
Jóvenes que buscan ayuda mediante una pantalla.
Y hombres adultos que muchas veces ni siquiera llegan a pedirla.
Pedir ayuda antes de que el problema parezca imposible
En España existe la línea 024, destinada específicamente a personas con pensamientos o riesgo de conducta suicida y también a familiares y allegados. Es gratuita, confidencial y funciona las 24 horas de los 365 días del año.
Ante una emergencia vital inmediata debe llamarse directamente al 112.
El Teléfono de la Esperanza mantiene además su servicio de atención en crisis en el 717 003 717, también gratuito y confidencial durante las 24 horas.
Porque detrás de la estadística no siempre hay alguien que quiera morir.
Muchas veces hay alguien que simplemente ha llegado a pensar que no existe ninguna forma posible de seguir viviendo así.
Y precisamente ahí empieza la prevención.
