Los 26 magníficos: así conquistó España el Mundial, jugador por jugador

Los 26 magníficos: así conquistó España el Mundial, jugador por jugador

De las manos de Unai Simón al pie izquierdo de Ferran Torres: radiografía, con permiso para la guasa, de todos los campeones del mundo

España viajó al Mundial con 26 futbolistas y regresó con una segunda estrella. Entre medias dejó siete victorias, un empate, 14 goles a favor —13 españoles y uno en propia puerta—, solamente uno en contra y una final en la que Argentina pasó 90 minutos buscando la portería española como quien busca cobertura en mitad del monte.

La selección ganó porque tuvo figuras, desde luego, pero sobre todo porque fue un equipo de verdad. Rodri se llevó el Balón de Oro; Unai Simón, el premio al mejor portero; Pau Cubarsí, el de mejor joven; Oyarzabal marcó cinco goles; Merino resolvió dos eliminatorias; Pedro Porro apareció hasta en semifinales con alma de delantero; y Ferran Torres se guardó el suyo para el minuto 106 de la final. El gol pequeño para un delantero, gigantesco para un país.

La Roja terminó el torneo con una sola diana encajada en ocho encuentros y amplió a 38 partidos su racha sin perder, récord para una selección europea o sudamericana. FIFA ofrece las estadísticas completas de España, mientras que la final dejó 20 remates españoles por solo dos argentinos. Reuters resumió el desenlace: Ferran abrió la lata cuando empezaba a parecer soldada con cemento armado.

Estos son los 26 campeones, uno por uno.

Unai Simón: la portería con persiana metálica

Ocho partidos, siete porterías a cero y un único gol recibido, el de Bélgica en cuartos. Terminó elegido mejor guardameta del campeonato y acabó con cualquier debate sobre quién debía ocupar la portería. En la final casi pudo haberse llevado un libro, aunque mantener la concentración mientras Argentina no dispara también tiene mérito: cualquiera se despista y se pone a mirar el espectáculo del descanso.

Serio, sobrio y sin necesidad de convertir cada parada en un anuncio de colonia. El Mundial de Unai fue el arte de estar preparado incluso cuando apenas pasaba nada.

David Raya: el suplente que habría sido titular en medio planeta

No jugó, pero su presencia explica la profundidad de la plantilla. De la Fuente tenía en el banquillo al portero del Arsenal y uno de los mejores guardametas de la Premier. No le tocó intervenir porque Unai convirtió la titularidad en una propiedad con escritura pública.

Su aportación fue la más ingrata: entrenar como si fuera a jugar la final y aceptar que probablemente no lo haría. También se gana así un Mundial, aunque las estadísticas no sepan contarlo.

Joan García: aprendizaje acelerado con vistas a 2030

Tampoco disputó minutos. Llegó como tercer portero y se marchó campeón del mundo después de convivir durante más de un mes con la élite. Para un guardameta de 25 años, aquello fue un máster intensivo sin examen final.

No tuvo que ponerse los guantes en competición. Mejor para España y peor para el pobre muchacho, que habrá regresado con más fotos levantando la Copa que tocando balones.

Pedro Porro: lateral por contrato, delantero por afición

Una de las grandes revelaciones. Marcó ante Austria en dieciseisavos y volvió a hacerlo frente a Francia en semifinales. Dos goles para un lateral derecho en un Mundial no son una aportación: son una pequeña rebelión laboral.

En la final volvió a participar en la jugada decisiva con el envío que Nico Williams prolongó antes del remate de Ferran. Defendió, corrió, atacó y apareció en el área rival con la naturalidad de quien entra en la cocina de su casa. Acabó el campeonato con pinta de titular para muchos años.

Marcos Llorente: el hombre que sirve para todo

Participó en tres partidos, dos como titular, y ofreció exactamente lo que se esperaba de él: energía, recorrido y capacidad para aparecer en cualquier zona del campo sin pedir instrucciones por escrito.

Fue lateral, centrocampista, apoyo defensivo y extintor de emergencias. Si el autobús de la selección se hubiera averiado, probablemente habría levantado el capó y preguntado dónde estaba la caja de herramientas.

Pau Cubarsí: 19 años y la tranquilidad de un notario

Fue elegido mejor jugador joven del Mundial después de completar un torneo extraordinario junto a Laporte. No defendió como un chico que debutaba en una Copa del Mundo, sino como alguien que llevaba quince años cobrando trienios.

Rápido para anticiparse, limpio con el balón y sorprendentemente sereno en los partidos importantes. En la final le tocó convivir con Messi y Julián Álvarez y salió con el título bajo el brazo. Argentina acabó con Enzo Fernández expulsado después de derribarle. Hasta para recibir patadas estuvo en el sitio correcto.

Marc Pubill: una entrada diminuta y una medalla enorme

Su participación fue testimonial: saltó al campo en los instantes finales de la goleada ante Austria. Apenas hubo tiempo para mancharse la camiseta, pero sí para convertirse oficialmente en campeón del mundo.

Su caso demuestra la crueldad y la belleza de las convocatorias largas. Jugó menos que algunos artistas del espectáculo del descanso de la final, pero entrenó durante todo el torneo y formó parte del grupo. La estrella también es suya; que nadie venga ahora con una calculadora.

Aymeric Laporte: el adulto responsable de la defensa

Jugó todos los minutos y aportó jerarquía, salida de balón y una calma que en ciertos momentos parecía hasta sospechosa. Mientras alrededor corrían, chocaban y se tiraban al suelo, Laporte resolvía los problemas como quien ordena los papeles antes de cerrar la oficina.

Fue el guía de Cubarsí y el primer constructor del juego español desde atrás. Solo una selección consiguió marcarle a aquella defensa. Más que una pareja de centrales, Laporte y Cubarsí parecieron una aduana.

Eric García: reservó su aparición para la final

No había jugado en todo el torneo y De la Fuente lo lanzó al campo en la prórroga de la final para ayudar a cerrar el partido. Hay maneras más tranquilas de debutar en un Mundial, como salir contra Arabia Saudí con cuatro goles de ventaja, pero a Eric le tocó entrar con una Copa del Mundo colgando de un hilo.

Cumplió, resistió y terminó celebrando. Poco volumen de minutos, máxima graduación alcohólica emocional.

Álex Grimaldo: víctima del Mundial perfecto de Cucurella

Se quedó sin jugar porque Marc Cucurella no dejó libre el lateral izquierdo ni para ir a por agua. Grimaldo llegaba preparado y con argumentos de sobra, pero se topó con un compañero en estado de gracia.

Su trabajo quedó en los entrenamientos y en mantener la competencia. Su torneo fue silencioso, aunque nadie debería confundir falta de minutos con falta de importancia. En una plantilla campeona también hay futbolistas de enorme nivel sosteniendo el listón desde el banquillo.

Marc Cucurella: el pulmón con melena

Jugó todos los minutos, dio dos asistencias y recorrió la banda izquierda como si tuviera una deuda pendiente con cada brizna de césped. Defendió, presionó, apareció arriba y desesperó a extremos rivales durante todo el campeonato.

Su pelo fue bastante más reconocible que muchos monumentos de las ciudades anfitrionas, pero debajo de la melena hubo un futbolista formidable. En la final volvió a completar un partido enorme. No dejó de correr ni cuando terminó: probablemente siguió presionando durante la entrega de medallas.

Rodri: el ministro del Interior, de Exteriores y de Todo lo Demás

Balón de Oro del Mundial y capitán de la selección. El dueño del centro del campo. Rodri no necesitó marcar para gobernar el torneo: ordenó la presión, administró el balón, cortó contraataques y decidió a qué velocidad se jugaba cada partido.

En la final recibió un nueve en las valoraciones de The Guardian por su dominio del encuentro. España tuvo un 65% de posesión y redujo a Argentina a dos remates muy generosamente contabilizados. El capitán fue elegido oficialmente mejor jugador del campeonato.

No juega con prisa porque la prisa la llevan los demás cuando intentan quitársela.

Martín Zubimendi: esperar un mes para jugarse el Mundial

No había participado antes de la final. De la Fuente recurrió a él en la prórroga para reforzar el control del centro del campo y proteger la ventaja. Le entregaron el partido más importante de su vida sin calentamiento estadístico previo.

Entró, sostuvo el balón, cerró espacios y ayudó a que Argentina no encontrase la respuesta. Un solo encuentro, pero vaya encuentro: debutar en el torneo cuando la Copa ya está asomándose al borde del terreno de juego.

Gavi: menos minutos, la misma combustión

Disputó dos partidos, uno como titular, para un total de 77 minutos antes de la final. Su participación fue menor de la esperada, pero cada aparición conservó la esencia habitual: intensidad, presión y esa expresión de estar dispuesto a discutir hasta con el banderín de córner.

No fue protagonista, pero volvió a formar parte de un gran torneo después de atravesar una etapa complicada por las lesiones. Su Mundial tuvo más valor emocional que peso estadístico.

Dani Olmo: el hombre que encontraba puertas donde había paredes

Jugó todos los encuentros anteriores a la final, cinco como titular, y aportó dos asistencias. No marcó, pero conectó el centro del campo con el ataque y ayudó a desordenar defensas cerradas.

En el partido por el título volvió a arrancar de inicio. Argentina colocó tanta gente detrás del balón que aquello parecía la cola de un concierto, y Olmo se dedicó a buscar pases por rendijas que solo él veía. Le faltó el gol, no la influencia.

Pedri: el juego a media voz

Participó en los ocho partidos, aunque no siempre como titular. Fue el futbolista encargado de bajar las pulsaciones, dar continuidad a las posesiones y hacer que el balón llegara limpio a los atacantes.

Entró también en la final cuando el partido necesitaba imaginación. No tuvo el Mundial más brillante de su carrera, pero sí uno muy útil. Pedri juega como hablan quienes saben que no necesitan gritar para que se les escuche.

Fabián Ruiz: aparece poco en los focos y mucho donde importa

Alternó titularidades y suplencias, pero dejó un gol decisivo contra Bélgica en cuartos. Cuando el partido estaba atascado, apareció desde segunda línea y abrió una eliminatoria que terminaría resolviendo Merino.

En la final volvió al once. Dio equilibrio, ocupó espacios y acompañó a Rodri en la fabricación de la superioridad española. Su especialidad sigue siendo hacer muchas cosas bien sin reclamar una rueda de prensa por cada una.

Mikel Merino: el especialista en llegar cuando suena la alarma

Solo fue titular una vez antes de la final, pero marcó dos goles y ambos valieron oro. Firmó el 0-1 contra Portugal en el minuto 91 de los octavos y el 2-1 ante Bélgica en el 88 de los cuartos.

Es decir: si Merino entraba en el tramo final y el partido estaba empatado, el rival debía empezar a preocuparse seriamente. Fue el servicio de urgencias de España, pero con mejor juego aéreo y sin necesidad de sirena.

Álex Baena: el trabajador que terminó ganándose la titularidad

Marcó el gol de la victoria contra Uruguay, fue titular en seis partidos antes de la final y volvió a salir de inicio ante Argentina. Aportó despliegue, golpeo, presión y capacidad para ocupar tanto la banda como zonas interiores.

No llegó al Mundial rodeado por el ruido de otras figuras, pero fue ganando espacio hasta instalarse en el once. Un campeonato muy serio del futbolista que hacía el trabajo sucio con camiseta limpia.

Lamine Yamal: un Mundial humano para un talento extraterrestre

Marcó ante Arabia Saudí y se convirtió, con 18 años y 343 días, en uno de los goleadores más jóvenes de la historia del torneo. Disputó los ocho encuentros y fue una amenaza constante, aunque terminó con un solo gol y sin alcanzar las cifras que algunos esperaban.

Pero esa expectativa ya era absurda: a un chico de 19 años se le estaba exigiendo ganar el Mundial, decidir cada eliminatoria y, si quedaba tiempo, resolver el tráfico de Nueva York.

En la final estuvo más vigilado que una caja fuerte. No fue su mejor partido, pero obligó a Argentina a dedicarle ayudas permanentes. No dominó este Mundial; simplemente avisó de que probablemente dominará los siguientes.

Ferran Torres: 106 minutos para entrar en la eternidad

Había participado en todos los partidos, casi siempre como suplente, sin marcar hasta la final. Entonces apareció el minuto 106. Pedro Porro envió el balón, Nico Williams lo dejó vivo de cabeza y Ferran lo clavó con la izquierda bajo el larguero de Emiliano Martínez.

El delantero que llevaba todo el torneo buscando su gol encontró el único que ya no podrá olvidar nadie. España llevaba 20 remates; Argentina defendía con diez; los penaltis empezaban a asomar por la esquina. Ferran puso fin a todo.

Iniesta tuvo el 116. Ferran ya tiene el 106. Los relojes españoles guardan horas muy raras.

Nico Williams: sesenta segundos bastaron para cambiar la final

Había llegado al Mundial entre dudas físicas y su participación fue administrada con cuidado: cinco apariciones y solo 68 minutos antes de la final. Pero cuando entró ante Argentina, el partido cambió de temperatura.

Aportó velocidad, desborde y energía. En la jugada del gol prolongó de cabeza el envío de Porro para dejar la pelota en el camino de Ferran. Los dos suplentes fueron quienes despertaron una final muy cerrada.

El Mundial de Nico fue breve, pero acabó con una asistencia que vale una estrella. Hay quien necesita 700 minutos; a él le bastó una aparición a tiempo.

Yéremy Pino: agitador de partidos secundarios

Jugó dos encuentros y acumuló 70 minutos. Tuvo protagonismo en la fase de grupos, aportando movilidad, presión y profundidad, pero perdió espacio cuando De la Fuente encontró su bloque para las eliminatorias.

No dejó goles ni asistencias, aunque cumplió en la rotación. Su trabajo permitió descansar a otros y mantener el ritmo competitivo. En los Mundiales también hace falta gente que prepare el terreno para quienes luego salen en la foto.

Víctor Muñoz: campeón sin llegar a debutar

Fue uno de los cuatro futbolistas que no disputaron minutos. Se quedó esperando una oportunidad que nunca llegó, atrapado por la consolidación de los atacantes habituales y por unas eliminatorias demasiado ajustadas para experimentos.

Regresa, no obstante, como campeón del mundo a los 23 años. No es el papel soñado, pero tampoco parece una mala línea para empezar el currículum.

Mikel Oyarzabal: cinco goles y ni una aspaviento

Fue el máximo goleador español con cinco tantos y una asistencia. Marcó dos veces ante Arabia Saudí, otros dos contra Austria y abrió el marcador de penalti frente a Francia en semifinales.

Jugó como falso nueve, delantero centro, mediapunta y primera línea de presión. Mientras alrededor se discutía si España necesitaba un ariete clásico, Oyarzabal se dedicaba a marcar goles sin convocar tertulias. Terminó el Mundial con 30 tantos en 61 partidos internacionales y convertido en el sexto máximo goleador histórico de la selección.

No hace demasiado ruido. Ya lo hace el marcador por él.

Borja Iglesias: el Panda también tiene estrella

Su participación se redujo a los últimos segundos del encuentro contra Portugal. Entró en el minuto 97, con España tratando de proteger el gol de Merino, y apenas tuvo oportunidad de intervenir.

No marcó ni remató, pero estuvo allí cuando había que cerrar una eliminatoria delicadísima. Su campeonato cabe en un suspiro; su medalla ocupará exactamente lo mismo que las demás.

Luis de la Fuente: el seleccionador que acabó teniendo razón otra vez

No figura entre los 26 jugadores, pero sería absurdo cerrar el repaso sin él. Apostó por Oyarzabal, convirtió a Baena y Porro en titulares, administró a Nico, recuperó a Merino, confió en Cubarsí y lanzó a Ferran cuando la final pedía un delantero.

A los 65 años se convirtió en el entrenador de mayor edad que gana un Mundial. Ya había conquistado la Eurocopa de 2024 y ahora ha colocado a España en una racha de 38 partidos invicta. La lista completa de los 26 convocados puede consultarse aquí.

De la Fuente decía que el equipo tenía una cita con el destino. Dicho antes del partido sonaba a frase de entrenador. Dicho después, suena a que el hombre había leído el guion.

España no ganó el Mundial gracias a un solo héroe. Tuvo un portero que no encajaba, una defensa que no concedía, un centro del campo que confiscaba el balón y un banquillo que resolvía partidos. Y cuando todo eso parecía insuficiente, apareció Ferran Torres.

Minuto 106. Pie izquierdo. Segunda estrella. El resto ya es historia.

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