Andrea Rodríguez y Javier Antonio Castro, y María del Carmen Cadierno y Emilio José Colado protagonizan un acontecimiento inédito en los 66 años de una fiesta que mantiene viva la memoria de los vaqueiros de alzada
Durante más de seis décadas, la braña de Aristébano había visto llegar novias a caballo, carros cargados con ajuares, padrinos vestidos de vaqueiros y parejas dispuestas a convertir su boda en una declaración de amor a sus raíces. Lo que nunca había contemplado era a cuatro contrayentes avanzando hacia el mismo escenario y pronunciando, casi al unísono, dos veces el esperado «sí, quiero».
La 66.ª edición del Festival Vaqueiro y de la Vaqueirada abrió este domingo una página inédita en su historia. Por primera vez desde que la celebración comenzó en 1959, dos parejas compartieron la ceremonia civil celebrada en el alto de Aristébano, sobre la frontera natural que une —más que separa— los concejos de Valdés y Tineo.
Andrea Rodríguez y Javier Antonio Castro, vinculados a Salas y Gijón, y los tinetenses María del Carmen Cadierno y Emilio José Colado fueron los protagonistas de una jornada que demostró que una tradición puede cambiar de formato sin renunciar a su identidad.
Cuatro caballos en el horizonte
Mucho antes de la ceremonia, la montaña ya se había convertido en un enorme graderío natural. Desde primeras horas de la mañana, familias enteras, grupos folclóricos, curiosos y descendientes de vaqueiros fueron ocupando las laderas para encontrar un lugar desde el que seguir la llegada de las comitivas.
Había niños vestidos con indumentaria tradicional corriendo entre la hierba, conversaciones cruzadas entre personas que se reencontraban después de meses y miradas pendientes del camino por el que debían aparecer los novios. También preocupación por el aspecto seco del monte después de semanas de calor, una imagen poco habitual en una tierra acostumbrada a presentar sus brañas cubiertas de verde.
Al mediodía comenzaron a avanzar los primeros grupos. Gaitas, panderos, trajes de fiesta y caballerías fueron componiendo lentamente una estampa que parecía llegada de otro tiempo. La organización había previsto la concentración de los cortejos a las doce, su desplazamiento hacia la plataforma media hora después y la celebración simultánea de los dos matrimonios alrededor de la una de la tarde.
Poco antes de las 12.40 horas aparecieron finalmente las dos parejas. Andrea y Javier, y Carmen y Emilio, llegaron montados a caballo, acompañados por sus padrinos y madrinas y precedidos por las comitivas tradicionales. Los primeros vivas sonaron con timidez. Después, al aproximarse los cuatro protagonistas, el aplauso se extendió por toda la braña.
La solemnidad tampoco impidió el humor. Mientras los presentadores repasaban la historia de los novios, un asistente pidió entre risas que no revelasen demasiados detalles, «no vaya a ser que se echen para atrás». Nadie lo hizo.
Dos historias distintas, una misma raíz
Andrea Rodríguez y Javier Antonio Castro se conocen desde niños. Crecieron compartiendo pueblo, amistades y recuerdos hasta que aquella relación infantil terminó transformándose en una vida en común. La posibilidad de casarse en Aristébano seducía especialmente a Javier; Andrea necesitó algo más de tiempo para convencerse.
Finalmente aceptó porque comprendió que no se trataba únicamente de elegir un escenario singular. Casarse allí suponía incorporar su propia historia sentimental a la memoria de una comunidad. Él lo explicó sin grandes discursos: era una forma diferente de celebrar el matrimonio y, al mismo tiempo, una manera de reivindicar de dónde venían.
Para Emilio José Colado, la boda vaqueira era un sueño mantenido durante años. María del Carmen Cadierno decidió acompañarlo en ese deseo como homenaje a la abuela de su marido y a las generaciones que conservaron las tradiciones familiares cuando hacerlo no resultaba moderno, rentable ni sencillo.
Las dos parejas llegaron así a Aristébano por caminos diferentes: una, desde una relación nacida durante la infancia; la otra, desde el deseo de mantener vivo un legado familiar. Las cuatro biografías terminaron encontrándose frente al mismo paisaje.
Una boda auténtica, no una representación
La singularidad de la Vaqueirada reside en que el matrimonio no es una recreación folclórica preparada para turistas. Los enlaces son reales, tienen validez civil y convierten a los contrayentes en protagonistas de una ceremonia jurídica rodeada de elementos heredados de la cultura vaqueira.
La alcaldesa de Tineo, Montserrat Fernández Álvarez, y el alcalde de Valdés, Óscar Pérez, oficiaron conjuntamente el doble matrimonio. Tras la apertura del acto se leyeron los artículos 66, 67 y 68 del Código Civil, que establecen la igualdad de derechos y deberes de los cónyuges, el respeto y la ayuda mutua y la obligación de compartir responsabilidades familiares.
Después llegaron las cuatro respuestas afirmativas, el intercambio de anillos y los símbolos tradicionales.
Las trece arras representaron la prosperidad de los doce meses del año y el deber de compartir con quienes atraviesan dificultades. La entrega de la chave y la pallecha evocó la construcción del hogar, el trabajo cotidiano y la responsabilidad común. Los poemas compuestos expresamente para cada pareja sirvieron de puente entre sus historias personales y la tradición colectiva.
El dedicado a Andrea y Javier recordó aquella amistad infantil que terminó convertida en matrimonio. El de Carmen y Emilio recuperó la memoria de las personas que les transmitieron la cultura vaqueira y que, aunque ya no estuvieran físicamente en la braña, también formaban parte de la ceremonia.
Cuando llegaron los besos, el público respondió con uno de los aplausos más largos de la jornada. Dos matrimonios acababan de quedar inscritos en el Registro Civil y, al mismo tiempo, en la historia de Aristébano.
Los vaqueiros: vivir levantando la casa
Para comprender la dimensión del acontecimiento hay que mirar mucho más atrás que 1959.
Los vaqueiros de alzada fueron comunidades ganaderas trashumantes del Occidente asturiano. Durante los meses de mejores pastos trasladaban a sus familias, animales y pertenencias desde los pueblos de invierno hasta las brañas de montaña. Con el regreso del frío emprendían el camino inverso. La propia palabra alzada alude a esa forma de levantar la residencia y mudarla estacionalmente.
El aislamiento geográfico y la vida itinerante favorecieron el desarrollo de costumbres, músicas, indumentarias, formas de hablar y vínculos familiares propios. Los matrimonios entre miembros de la comunidad reforzaban tanto la economía doméstica como la cohesión del grupo.
Pero aquella singularidad también tuvo un precio. Durante siglos, los vaqueiros fueron considerados forasteros en su propia tierra. Sufrieron enfrentamientos con los agricultores sedentarios —a quienes denominaban xaldos—, roces con las autoridades civiles y eclesiásticas y episodios de discriminación que llegaron a excluirlos de determinados espacios de iglesias y cementerios.
La sociedad que durante generaciones miró a los vaqueiros con recelo acabó reconociendo el extraordinario valor de su patrimonio cultural. La Vaqueirada nació precisamente para dignificar esa identidad y hacer visible una forma de vida que corría el riesgo de desaparecer. Desde 1959 se celebra el último domingo de julio y actualmente está reconocida como Fiesta de Interés Turístico del Principado de Asturias.
El ajuar, los caballos y la música de hierro
La ceremonia conserva numerosos elementos de los antiguos casorios.
Los novios y padrinos llegan a caballo; el ajuar matrimonial avanza tradicionalmente en carros; los grupos folclóricos acompañan el recorrido; y la jornada incorpora cantares, bailes, coplas de careo y sonidos característicos del Occidente asturiano.
Entre los instrumentos más peculiares figura la payeḷḷa, una sartén de hierro con mango largo que se golpea con una llave metálica para marcar el ritmo. Un utensilio doméstico convertido en instrumento musical: difícil encontrar una metáfora mejor de una cultura capaz de hacer fiesta con las herramientas de la vida cotidiana.
Terminados los enlaces, la ceremonia cedió el protagonismo a los reconocimientos, la entrega de las dotes, el festival folclórico y la comida campestre. El menú asociado tradicionalmente a la celebración incluye productos como el chosco, el jamón cocido, la empanada, el bollo preñao, los frixuelos, las natas de las brañas, la sidra y el llamado café vaqueiro.
Reconocimientos que «vienen de casa»
La jornada distinguió como Vaqueiros Mayores a Natividad Pérez y Víctor Jesús Fernández, vecinos de Las Gallinas, en el concejo de Salas.
Natividad, natural de Luarca y residente desde hace más de cuatro décadas en el pueblo de su marido, fue la primera mujer auxiliar de bomberos de Asturias y forma parte actualmente de Protección Civil de Salas. Víctor Jesús Fernández desarrolló durante años su actividad como coordinador del servicio de emergencias 112 Asturias.
Los títulos de Vaqueiros de Honor recayeron en la alcaldesa de Tineo, María Montserrat Fernández Álvarez; la emprendedora Vanesa Lorences, fundadora de Cosmética La Vaqueira; y el economista luarqués Ángel Gavilán, antiguo director general de Economía y Estadística del Banco de España.
Montserrat Fernández recordó las raíces vaqueiras de su familia, los veranos de su infancia y el aprendizaje recibido de sus abuelos. Su intervención reivindicó especialmente a las mujeres que sostuvieron hogares, explotaciones ganaderas y familias durante generaciones sin que su trabajo obtuviera apenas reconocimiento público.
Vanesa Lorences vinculó su trayectoria empresarial con los conocimientos sobre plantas y remedios naturales que aprendió de sus abuelos, Mario y Gloria, durante los veranos en el Puerto de Somiedo. Para ella, ser reconocida por la propia comunidad tenía un valor superior al de cualquier galardón empresarial: significaba ser aceptada como continuadora de aquella memoria.
Ángel Gavilán recibió el nombramiento como un homenaje procedente de sus orígenes. El reconocimiento tenía además una dimensión familiar: su padre también había sido nombrado Vaqueiro de Honor años atrás. La distinción enlazaba así dos generaciones y reconocía el esfuerzo de quienes, aun viviendo fuera de Asturias, mantuvieron abierto el camino de regreso.
El recuerdo de Nicolás Parrondo
La edición de 2026 incorporó también un homenaje simbólico a Nicolás Parrondo, empresario recientemente fallecido y fundador de Casa Parrondo en Madrid.
Su imagen fue incluida en el cartel conmemorativo de la 66.ª Vaqueirada. La familia agradeció un gesto especialmente significativo para un hombre que defendió y divulgó la cultura vaqueira lejos de Asturias. El recuerdo convirtió el cartel de la fiesta en algo más que una pieza promocional: fue también una forma de devolver a Aristébano a uno de sus grandes embajadores.
Cuando la boda termina, empieza la Vaqueirada
Con los documentos firmados, los anillos colocados y los nervios ya desactivados, la braña cambió de ritmo.
Las gaitas, los bailes y las conversaciones ocuparon el espacio de la ceremonia. Aparecieron las empanadas, la sidra y las sobremesas sin reloj. Los asistentes se distribuyeron por la montaña mientras los novios recibían felicitaciones, abrazos y peticiones de fotografías.
Entre el público había visitantes llegados de distintos puntos de Asturias y familias desplazadas desde Madrid y otras comunidades. Algunos acudían cada verano. Otros habían escuchado hablar de la Boda Vaqueira durante toda su vida y eligieron precisamente esta edición para conocerla. Sin saberlo, terminaron asistiendo a la única ceremonia doble celebrada hasta ahora.
Porque la Vaqueirada no concluye cuando los novios se besan. Continúa mientras suenan los instrumentos, alguien empieza una copla, dos conocidos vuelven a encontrarse o una familia explica a sus hijos por qué aquellas personas llegaron a caballo.
Este año, además, la fiesta dejó una imagen difícil de repetir: cuatro novios avanzando por la misma braña, dos parejas aceptando compartir el protagonismo y una tradición demostrando que conservarse no significa permanecer inmóvil.
En Aristébano hubo dos bodas, cuatro «sí, quiero» y una sola celebración. La cultura vaqueira, tantas veces condenada a vivir en los márgenes, volvió a ocupar el centro de la montaña y de su propia historia.
