Marcos López Bada, de 47 años, falleció este domingo al precipitarse con una segadora al río Llovones, en El Chisquillo, en Colunga. Hace tres décadas, su hermano Ángel también perdió la vida durante labores agrícolas, al volcar con un tractor en una curva de Lué
Hay tragedias que no caben en una casa, aunque la casa sea grande, aunque tenga cuadra, prados, ganado y toda una vida levantada a golpe de madrugón. En El Chisquillo, una pequeña localidad del concejo de Colunga, la familia López Bada ha vuelto a sufrir este domingo una de esas desgracias que parten una biografía por la mitad y dejan al pueblo entero hablando en voz baja.
Marcos López Bada, de 47 años, murió tras caer con una segadora al río Llovones mientras trabajaba en una finca familiar. Estaba segando hierba para alimentar al ganado, en una jornada más de esas que en el campo no tienen domingos ni festivos. La maquinaria, el desnivel, el cauce y una maniobra que ahora deberá esclarecer la investigación acabaron convirtiendo una tarea cotidiana en una escena devastadora.
El aviso llegó al Centro de Coordinación de Emergencias del 112 Asturias a las 13:39 horas. En la llamada se alertaba de que una persona había caído al río con una segadora. De inmediato se activó un operativo de emergencia con efectivos de Bomberos del SEPA con base en Villaviciosa, que se desplazaron con una autobomba urbana ligera y un furgón multisocorro. También fue movilizado el Grupo de Rescate a bordo del helicóptero medicalizado, aunque la intervención sanitaria quedó ya condicionada por la peor de las noticias: cuando los equipos llegaron a la zona, Marcos había fallecido.
La escena fue especialmente dura. El hombre quedó atrapado en el lecho del río, con la máquina encima. Los bomberos tuvieron que permanecer en el lugar hasta recibir la autorización pertinente para recuperar el cuerpo. La Guardia Civil, la Policía Local de Colunga y los servicios sanitarios fueron informados y participaron en el dispositivo, en una intervención marcada por la dificultad del terreno y por el impacto emocional de lo sucedido.
Pero lo ocurrido en El Chisquillo no es solo un accidente mortal en el campo. Es, sobre todo, la repetición cruel de una historia que esta familia ya conocía demasiado bien. Hace unos treinta años, Ángel, hermano de Marcos, también murió mientras realizaba tareas agrícolas. En aquel caso, el accidente se produjo en Lué, también en el concejo de Colunga, cuando el remolque de un tractor volcó en una curva y arrastró al vehículo. Ángel perdió la vida entonces. Marcos la ha perdido ahora. Dos hermanos. Dos hijos. Dos muertes vinculadas al trabajo en la misma tierra que sostuvo a la familia durante generaciones.
La noticia cayó sobre la casa como una losa. José Manuel López, padre del fallecido, de 82 años, acudió hacia la finca con el tractor para recoger la pación y dar de comer a las vacas. Según el relato vecinal, al llegar se encontró con una imagen imposible de asumir: su hijo yacía en el río, bajo la segadora. Desesperado, buscó ayuda entre los vecinos. Pero ya no había margen para salvarlo.
Mientras tanto, en la cuadra, unas noventa vacas mugían con insistencia. No habían recibido la comida de mediodía. Ese detalle, casi doméstico, resume con una crudeza enorme la dimensión de la tragedia: en el campo, incluso cuando la vida se rompe, las tareas siguen llamando a la puerta. El ganado espera. La hierba espera. La casa espera. Pero quien tenía que volver ya no vuelve.
La madre de Marcos, enferma, se encontraba en la vivienda familiar, situada más arriba, junto a la carretera nacional de la costa. Según el relato conocido en el entorno, la familia trataba de protegerla del golpe inmediato de una noticia insoportable: la pérdida del segundo hijo varón en circunstancias dramáticamente parecidas.
En El Chisquillo y en Lué, la tragedia no se vive como una estadística. Se vive con nombres, con apellidos, con fincas concretas, con vecinos que conocen el sonido de cada tractor y la historia de cada casa. Por eso el dolor se extendió rápidamente por la zona. Familiares, conocidos y vecinos se acercaron al lugar del accidente o acompañaron al padre en las horas posteriores. La frase que se repetía, casi sin poder creérsela, era siempre la misma: “Los dos hijos muertos”.
El cuerpo de Marcos fue trasladado al Instituto de Medicina Legal de La Corredoria, donde estaba previsto que se le practicase la autopsia. Las causas exactas del accidente deberán quedar determinadas por la investigación, aunque las primeras informaciones apuntan a que el suceso se produjo cuando trabajaba con la segadora junto al río Llovones. Las fuentes oficiales mantienen la prudencia y hablan de circunstancias todavía no esclarecidas.
La muerte de Marcos López Bada vuelve a poner el foco en una realidad que en Asturias se conoce bien, pero que rara vez ocupa grandes titulares hasta que ocurre una desgracia: el trabajo agrario sigue siendo una actividad de alto riesgo. Las explotaciones familiares, muchas veces sostenidas por pocas manos, combinan jornadas largas, maquinaria pesada, terrenos en pendiente, prados húmedos, cauces próximos y una presión constante por atender animales y cosechas. En ese entorno, un error mínimo, una maniobra complicada o una pérdida de estabilidad pueden tener consecuencias irreversibles.
No se trata de convertir una tragedia familiar en una lección fría de prevención, pero sí de mirar de frente lo que ocurre. Los accidentes con maquinaria agrícola —tractores, segadoras, remolques y otros vehículos de trabajo— forman parte de una siniestralidad persistente en el mundo rural. El vuelco, el atrapamiento, la caída a desnivel y el aplastamiento son riesgos conocidos. Y, sin embargo, siguen produciéndose con una frecuencia dolorosa.
En la Asturias rural, donde el envejecimiento, la dispersión de las explotaciones y la dureza del terreno añaden dificultad a cada jornada, estas muertes tienen además una dimensión social. Cada accidente no solo arrebata una vida: deja una explotación tocada, una familia deshecha y un pueblo entero enfrentado a la fragilidad de un modo de vida que depende de personas concretas, de rutinas heredadas y de una resistencia silenciosa que pocas veces se reconoce.
La familia López Bada había seguido adelante después de perder a Ángel. Tres décadas después, la muerte de Marcos reabre aquella herida de la peor manera posible. Los dos hermanos murieron solteros, los dos durante tareas del campo, los dos vinculados a la misma realidad rural que había marcado la vida familiar. La coincidencia resulta tan brutal que parece escrita por una fatalidad antigua, de esas que nadie se atreve a nombrar en alto.
Este domingo, en El Chisquillo, no solo murió un hombre de 47 años. Se quebró otra vez una familia que ya sabía demasiado de despedidas injustas. Y volvió a quedar claro que, detrás de cada explotación ganadera, de cada litro de leche, de cada prado segado y de cada cuadra atendida, hay vidas expuestas a una dureza que la ciudad apenas imagina.
Marcos López Bada salió a trabajar para alimentar a sus vacas. No regresó. Treinta años antes, su hermano Ángel tampoco volvió de una jornada de campo. Entre ambos accidentes queda la historia de unos padres golpeados dos veces por la misma tierra, de un pueblo conmocionado y de una Asturias rural que hoy mira a Colunga con un nudo en la garganta.
