Cientos de personas acompañaron al Santísimo Cristo de Candás en una de las jornadas más intensas del calendario de la villa. El cardenal asturiano Ángel Fernández Artime pidió que la devoción no se pierda entre las nuevas generaciones, en una celebración que volvió a unir mar, memoria, religión y sentimiento popular
Candás vivió este lunes uno de esos días en los que la villa parece reconocerse a sí misma.
Desde antes de que amaneciera hasta bien entrada la noche, el Santísimo Cristo de Candás volvió a convertirse en el centro emocional de una localidad cuya historia se entiende difícilmente sin el mar, sin sus pescadores y sin una devoción que atraviesa generaciones.
La jornada grande de las fiestas, coincidiendo con la Exaltación de la Santa Cruz, reunió a cientos de vecinos, familias y visitantes en torno a una tradición que mezcla religión, memoria marinera y orgullo local.
El momento central llegó con la procesión de la imagen y la posterior misa solemne, presidida este año por el cardenal asturiano Ángel Fernández Artime, nacido en Luanco y profundamente ligado al mundo marinero desde su infancia.
Su mensaje fue directo: la tradición solo seguirá viva si quienes hoy la sienten son capaces de transmitirla a quienes vienen detrás.
Artime pidió a los candasinos que conserven la fe y la devoción construidas durante siglos y recordó que generaciones enteras han acudido ante el Cristo en los momentos buenos, pero también cuando la enfermedad, la pérdida, las dificultades económicas o la incertidumbre golpeaban a las familias.
La escena tenía además una carga simbólica especial.
Quien presidía la misa no era un prelado llegado de lejos, sino un asturiano nacido apenas al otro lado del Cabo Peñas, en Luanco, histórica rival y vecina de Candás.
Fernández Artime aprovechó precisamente esa circunstancia para bromear sobre la tradicional rivalidad entre ambas villas y reivindicar los vínculos que las unen.
Actualmente es proprefecto del Dicasterio para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica del Vaticano, después de haber sido durante una década rector mayor de los Salesianos. Fue creado cardenal por el papa Francisco en 2023 y es Hijo Predilecto de Asturias.
Cuando salió el Cristo, Candás guardó silencio
La procesión comenzó a las 11.30 horas desde la iglesia parroquial de San Félix.
Las calles próximas al templo habían sido despejadas expresamente durante la mañana para facilitar el recorrido. El Ayuntamiento había prohibido la instalación de terrazas en puntos como Braulio Busto, Valdés Pumarino y la plaza del Cueto hasta que concluyese la procesión.
Al abandonar el templo, el ambiente cambió.
Frente al bullicio habitual de unas fiestas populares, aparecieron el silencio, las marchas procesionales y el sonido de las gaitas.
La imagen avanzó lentamente entre la multitud mientras los porteadores sostenían el paso y numerosos vecinos acompañaban el recorrido.
Para muchas familias, participar en esa procesión no es una decisión que se adopte cada septiembre. Es algo heredado.
Abuelos que llevaron al Cristo ven ahora hacerlo a hijos y nietos; personas que comenzaron a acompañar la procesión cuando eran niños continúan acudiendo décadas después.
Ahí está probablemente una de las claves de la fuerza de esta celebración.
No es únicamente una fiesta patronal.
Es memoria familiar.
Una imagen ligada al mar desde hace casi cinco siglos
El propio origen del Cristo explica esa conexión.
La tradición sitúa el hallazgo de la imagen en el primer tercio del siglo XVI, cuando pescadores candasinos que faenaban y cazaban ballenas en aguas próximas a Irlanda encontraron un crucificado flotando en el mar y lo trasladaron hasta Asturias.
El relato forma parte desde entonces del patrimonio sentimental de la villa.
El Ayuntamiento de Carreño recoge esa tradición en la historia de la iglesia de San Félix y recuerda que la imagen fue instalada posteriormente en el gran retablo barroco del templo.
No se trata solo de una leyenda transmitida oralmente.
Investigaciones académicas sobre la religiosidad marinera asturiana documentan también esa tradición y sitúan la talla original hacia mediados del siglo XVI. Algunas versiones históricas vinculan su aparición a imágenes religiosas arrojadas al mar durante las convulsiones religiosas producidas en Inglaterra tras la ruptura de Enrique VIII con Roma.
Aquellos contactos con Irlanda tampoco resultarían extraños.
Candás fue durante siglos una localidad profundamente vinculada a la pesca de la ballena y sus marineros se adentraban regularmente en aguas del Atlántico norte.
La propia historia económica de Carreño recuerda que en una de aquellas expediciones a los mares irlandeses habría tenido lugar el hallazgo del Cristo.
Pero el Cristo que hoy sale en procesión no es exactamente aquel
Existe otro elemento histórico menos conocido.
La imagen original sufrió los efectos de la Guerra Civil y fue destruida.
La devoción, sin embargo, sobrevivió.
La representación actual permitió recuperar una tradición que continuó creciendo durante las décadas posteriores y que terminó convirtiendo al Cristo en uno de los principales símbolos religiosos y culturales de Candás.
La relación entre arte y devoción quedó además plasmada por algunos de los grandes nombres de la pintura asturiana.
Nicanor Piñole pintó El Cristo de Candás en 1927, mientras que el escultor y pintor candasín Antonio Rodríguez García, Antón, lo incorporó también a su obra. La investigación universitaria sobre religiosidad marinera destaca precisamente la importancia de esta imagen en la iconografía asturiana del siglo XX.
La jornada había comenzado cuatro horas antes, mirando al Cantábrico
Para entender realmente el Día del Cristo hay que retroceder hasta mucho antes de la procesión.
A las siete de la mañana, cuando Candás apenas despertaba, comenzó la Alborada Marinera desde El Paseín hacia el muelle acompañada por la Banda de Gaitas de Candás.
Media hora después arrancó oficialmente la 49.ª Alborada Marinera.
Este año el Poeta del Alba fue Alfredo Pérez Berciano, en un acto conducido por M. Esther García López y culminado con la tradicional Danza Prima dirigida por María Esther Vega.
La Alborada tiene un significado especialmente profundo.
No nació simplemente como un espectáculo festivo.
Desde hace 49 años se celebra cada 14 de septiembre como homenaje a las personas que perdieron la vida en la mar.
Para la edición de 2026, el Ayuntamiento hizo incluso un llamamiento a los vecinos para recuperar una de las imágenes de sus primeros años: embarcaciones saliendo al mar para realizar una ofrenda floral.
La propia institución municipal define la Alborada como una referencia de la identidad y las tradiciones de Carreño.
Por eso el amanecer de este lunes tuvo poco que ver con el comienzo convencional de unas fiestas.
Hubo poesía, gaitas, recuerdo y mar.
Y hubo también Danza Prima, una de esas expresiones culturales que permiten comprender cómo las fiestas asturianas mezclan lo religioso, lo popular y lo comunitario sin necesidad de establecer demasiadas fronteras.
Candás y el mar: una relación imposible de separar
Todo encaja mejor cuando se mira la historia de la villa.
Candás creció alrededor de su puerto.
La pesca, la navegación, la industria conservera y las campañas marineras marcaron durante siglos la vida económica y social de cientos de familias.
Turismo Asturias sigue definiendo hoy la localidad por esa identidad marinera y recuerda que su devoción histórica al Santísimo Cristo desemboca cada septiembre en una de las celebraciones más multitudinarias de la villa.
Una investigación publicada por el Ministerio de la Presidencia sobre la memoria histórica de Candás lo resume de forma especialmente gráfica: Candás y la mar forman un binomio prácticamente inseparable.
Durante décadas, su lonja llegó incluso a marcar referencias para el precio del pescado en buena parte de la costa norte española.
Por eso resulta difícil separar la religiosidad del Cristo de esa cultura marinera.
Durante generaciones, muchas familias se enfrentaron a una realidad extremadamente dura: salir a faenar significaba convivir con temporales, accidentes y largas ausencias.
La protección religiosa formaba parte natural de aquella vida.
De la procesión a la fiesta
Terminada la procesión, la jornada continuó con la solemne eucaristía.
La Misa de Grandes Compositores fue interpretada por el Coro de la Bodega y, posteriormente, la Banda de Gaitas de Candás recorrió las calles de la villa.
Porque el Día del Cristo tiene también esa dualidad tan propia de muchas fiestas asturianas.
Por la mañana domina el recogimiento.
Después llega la celebración.
Durante la tarde hubo actividades infantiles en diferentes parques de la localidad, el certamen Tardes d'Habaneres, actuaciones musicales y, ya por la noche, verbena en el muelle.
Las fiestas del Santísimo Cristo se desarrollan este año entre el 11 y el 15 de septiembre, con cinco jornadas en las que conviven música, actividades infantiles, deporte, fuegos artificiales, charangas y tradición religiosa.
Hoy, el Cristín pone el cierre
Y Candás todavía no ha terminado.
Este martes 15 llega el tradicional Día del Cristín, jornada con la que concluyen las fiestas.
El programa incluye paintball infantil a las 17.00 horas en Les Conserveres, teatro en La Baragaña a las 17.30 y, a las 18.30 horas, el 45.º Trofeo Santísimo Cristo de Candás, que enfrentará al Candás Club de Fútbol con la Cultural Deportiva Aboño.
A las 19.30 continuará el certamen Tardes d'Habaneres con Cum Laude; después actuará Fran Juesas y, desde las 22.30 horas, el muelle acogerá el concierto de Silvidos y Gemidos antes de la macrodisco que cerrará las fiestas a medianoche.
Una tradición que sobrevive porque todavía significa algo
Entre todos los momentos vividos este lunes, quizá el más revelador no fuese una homilía, una marcha procesional ni siquiera la salida del Cristo.
Podría encontrarse simplemente observando a las familias.
Abuelos, padres, hijos y nietos siguiendo una misma imagen.
Porque esa es precisamente la preocupación que Fernández Artime planteó desde el altar: que esa cadena no se rompa.
Las fiestas cambian.
Cambian la música, las orquestas, las formas de divertirse y hasta la relación de la sociedad con la religión.
Pero determinadas tradiciones sobreviven durante siglos porque terminan significando algo que va más allá de la propia celebración.
En Candás, el Cristo es una de ellas.
Tiene que ver con la fe para quien cree.
Pero también con el recuerdo de quienes se fueron a la mar, con las familias de pescadores, con la infancia, con quienes emigraron y regresan cada septiembre, con los que ya no están y con una villa que todavía reconoce una parte de sí misma cuando la imagen cruza las puertas de San Félix.
Y probablemente por eso, cinco siglos después de aquella historia de unos pescadores que encontraron un Cristo flotando frente a Irlanda, Candás sigue saliendo a la calle para acompañarlo.
