Fútbol, tonada, periodismo, matemáticas, compromiso social, memoria, política y hasta seis medallas olímpicas se sentaron ayer en el mismo auditorio. Asturias cerró su día grande entregando quince de sus máximas distinciones. Hubo emoción, reivindicaciones, recuerdos, alguna frase con carga política y una ausencia deliberada. Para quienes no recibieron la correspondiente invitación —que seremos unos cuantos—, esto fue lo que ocurrió dentro del Auditorio Príncipe Felipe.
A las seis y media de la tarde del 8 de septiembre, mientras Asturias terminaba de digerir un Día de Asturias repartido entre Covadonga, Castropol y numerosos actos por toda la comunidad, la celebración oficial cambiaba de escenario.
El Auditorio Príncipe Felipe de Oviedo se convertía en el salón de honor del Principado.
Allí estaban el presidente Adrián Barbón, la vicepresidenta Gimena Llamedo, los miembros del Consejo de Gobierno y representantes de la política, la economía, el deporte, las fuerzas de seguridad y el tejido social asturiano.
Delante de ellos, quince nombres e instituciones que iban a salir del auditorio con algo más que una fotografía para el recuerdo.
Porque conviene aclararlo: ayer no se entregaron quince Medallas de Asturias propiamente dichas.
Fueron cinco Medallas de Asturias, cuatro títulos de Hijo o Hija Predilecta y seis de Hijo o Hija Adoptiva.
Quince reconocimientos en total.
Y pocas veces una lista había reunido perfiles tan distintos.
El Real Oviedo: cien años que cabían en una medalla
Uno de los momentos con mayor carga emocional llegó inevitablemente cuando apareció el nombre del Real Oviedo.
No era una medalla cualquiera ni un año cualquiera.
El club celebra en 2026 su centenario después de haber recuperado la Primera División tras 24 temporadas fuera de la máxima categoría. El Principado quiso reconocer no solamente esos cien años de historia, sino la capacidad del Oviedo para generar una comunidad que trasciende lo estrictamente futbolístico.
Jesús Martínez y Martín Peláez recogieron la distinción.
Peláez resumió bastante bien por qué un club de fútbol puede terminar recibiendo la máxima distinción institucional de una comunidad: el Real Oviedo, dijo, forma parte de la vida de muchísima gente porque esa pasión se transmite de padres a hijos.
Y quizá ahí estaba la explicación mejor que en cualquier expediente administrativo.
Un siglo de abuelos, padres, hijos, ascensos, descensos, sufrimiento y camisetas azules.
Emburria: la medalla de quienes llevan años empujando desde Cangas de Onís
Después llegó uno de los reconocimientos menos mediáticos y posiblemente más humanos de la tarde.
La Asociación Emburria, fundada en Cangas de Onís en 2002, recibió la Medalla de Asturias por más de dos décadas trabajando por la inclusión de las personas con discapacidad y acompañando también a sus familias.
María Hórreo recogió el reconocimiento y dejó una frase sencilla:
«Los cambios solo se consiguen cuando remamos en la misma dirección».
Emburria trabaja desde el medio rural, donde prestar apoyos especializados puede ser todavía más difícil que en las grandes ciudades.
Y su presencia en el escenario permitió que por unos minutos la Asturias de las grandes instituciones mirase a esa otra Asturias que pelea todos los días para que una discapacidad no determine dónde puedes estudiar, trabajar, relacionarte o vivir.
Joaquín Pixán: cincuenta años llevando Asturias en la voz
Joaquín Pixán recibió otra de las cinco Medallas de Asturias.
Más de cincuenta años de carrera, formación en la Scala de Milán bajo la tutela de Alfredo Kraus, más de 35 discos y una trayectoria en la que la canción asturiana ha convivido con la lírica, la poesía y algunos de los grandes autores contemporáneos.
Pero ayer Pixán prefirió mirar hacia las personas que cambiaron su manera de entender el arte.
Recordó especialmente su trabajo con Ángel González y Antonio Gamoneda y reconoció que aquella experiencia transformó su trayectoria.
La medalla premiaba al cantante.
Pero también al hombre que durante medio siglo convirtió la cultura asturiana en materia artística sin necesidad de encerrarla en una vitrina.
Isidoro Nicieza y una defensa del periodismo cuando más falta hace
La Medalla de Asturias concedida al periodista Isidoro Nicieza tuvo además un significado especial para quienes vivimos de este oficio.
Más de cuatro décadas de periodismo, dirección de La Nueva España y Faro de Vigo y responsabilidades editoriales dentro de Prensa Ibérica.
Nicieza aprovechó el reconocimiento para reivindicar algo que hoy parece obvio hasta que deja de cumplirse: la información pertenece a los ciudadanos.
Defendió un periodismo honesto, respetuoso con la verdad y útil para Asturias, y sostuvo que precisamente por la avalancha de noticias falsas el buen periodismo resulta ahora más necesario que nunca.
No fue el discurso más espectacular de la tarde.
Probablemente tampoco pretendía serlo.
Pero en 2026 decir que el periodismo debe comprobar antes de publicar ya empieza a sonar casi revolucionario.
Nacho Fonseca: cuando enseñar asturiano consistía también en cantar
El quinto receptor de la Medalla de Asturias fue Nacho Fonseca.
Maestro, músico y especialista en filología, encontró hace casi cuarenta años una solución bastante ingeniosa a un problema enorme: apenas existían materiales para enseñar lengua asturiana en las escuelas.
Así que utilizó canciones.
En el curso 1987-1988 creó Xentiquina en el Colegio Público Solvay de Lieres. Por aquel coro infantil terminaron pasando más de 200 alumnos.
Ayer Fonseca transformó el homenaje personal en una responsabilidad colectiva: transmitir el patrimonio lingüístico a las siguientes generaciones.
Su medalla era, en el fondo, también la de aquellos niños que aprendieron palabras cantándolas antes de conocer siquiera qué significaba aquello de «política lingüística».
Después llegaron los asturianos de nacimiento
Terminadas las medallas, comenzó otro capítulo del acto.
Los Hijos Predilectos de Asturias.
El primero de los grandes nombres fue Juan Antonio Pérez Simón, nacido en Llanes y emigrado a México, empresario y propietario de una extraordinaria colección artística.
Su historia tiene mucho de la vieja Asturias emigrante.
Irse.
Triunfar fuera.
Y no terminar nunca de marcharse del todo.
Ayer habló precisamente desde esa nostalgia y dejó claro que recibir una distinción procedente de Asturias tenía para él un significado diferente al de muchos otros reconocimientos acumulados durante su vida.
Isidro Fernández Rozada: una llamada a volver a hablarse
Después apareció Isidro Fernández Rozada, figura histórica del centro-derecha asturiano, fundador de Alianza Popular, antiguo presidente del PP regional, diputado y senador.
Su intervención tuvo inevitablemente lectura política.
Pero no fue un discurso de trincheras.
Reclamó precisamente lo contrario:
tender puentes y alcanzar acuerdos.
«En eso consiste la democracia», resumió.
En una época en la que la política española parece medir el éxito por la cantidad de puentes que consigue dinamitar, la frase tenía bastante más contenido del que aparentaba.
Mari Luz Cristóbal: la asturianada como bandera
La música tradicional regresó al escenario con Mari Luz Cristóbal Caunedo.
Natural de Tineo, una de las voces más reconocidas de la tonada y figura importante en la recuperación de la misa de gaita.
Su reacción podía resumirse prácticamente en una frase:
ha llevado la asturianada por bandera allí donde ha ido.
El Principado la convirtió ayer oficialmente en Hija Predilecta.
Pero su relación con Asturias llevaba décadas bastante más avanzada que cualquier título administrativo.
José Sierra llevó la memoria democrática hasta el escenario
El cuarto Hijo Predilecto fue José Sierra Fernández, sindicalista, histórico dirigente de la izquierda y alcalde de Grado durante 23 años.
No dejó su discurso en un agradecimiento protocolario.
Sierra habló de memoria democrática y lamentó que España siga teniendo dificultades para construir una historia compartida.
Y entró directamente en uno de los debates políticos más sensibles al reprochar que todavía haya dirigentes que se resistan a definir el franquismo como una dictadura.
No era un asunto ajeno a su trayectoria.
Retirado de la primera línea política, Sierra continúa colaborando en los trabajos relacionados con la identificación de restos de la fosa común de El Rellán.
Y después, seis asturianos que nacieron fuera
Si los hijos predilectos demostraban que se puede nacer en Asturias y llevarla medio mundo dentro, los Hijos Adoptivos demostraron justamente lo contrario:
que también se puede nacer fuera y terminar siendo inequívocamente de aquí.
Paz Fernández Felgueroso fue una de ellas.
Nacida en San Sebastián, primera abogada que ejerció en Gijón, consejera, diputada, secretaria de Estado, alcaldesa gijonesa entre 1999 y 2011 y una de las figuras políticas más vinculadas a la defensa de la igualdad y los derechos de las mujeres.
Asturias le reconoció oficialmente una adopción que su biografía había realizado muchos años antes.
Saúl Craviotto vino a entrenar y terminó encontrando una casa
Probablemente una de las frases más bonitas del acto fue la de Saúl Craviotto.
El piragüista nacido en Lleida llegó a Asturias buscando unas condiciones adecuadas para entrenar.
Terminó encontrando algo bastante mayor.
«Llegué a Asturias buscando un lugar para entrenar y encontré un hogar».
Seis medallas olímpicas después, el deportista español con más metales olímpicos recibió el título de Hijo Adoptivo.
Craviotto vinculó además Asturias con valores que conoce especialmente bien: esfuerzo, constancia y capacidad de superación.
Maruja Torres ya había encontrado familia antes de subir al escenario
La periodista y escritora Maruja Torres, nacida en Barcelona, fue otra de las nuevas Hijas Adoptivas.
A sus 83 años y después de más de seis décadas de periodismo, corresponsalías de guerra, un Planeta y un Nadal, podía parecer complicado encontrar un reconocimiento capaz de emocionarla especialmente.
Pero cuando el nombramiento se anunció ya había reaccionado con una frase muy Maruja Torres:
«Nunca más huérfana».
Definió además la distinción como algo «muy tierno» y habló del amor correspondido con una tierra en la que pasa largas temporadas.
Ayer aquella adopción dejó de ser anuncio y se convirtió definitivamente en título.
De Osaka a Oviedo: Yayoi Kawamura
La historia de Yayoi Kawamura podría empezar perfectamente con una maleta.
Llegó desde Osaka a Asturias en 1977 gracias a una beca.
Se quedó.
Se doctoró en la Universidad de Oviedo.
Terminó convirtiéndose en profesora de Historia del Arte y en uno de los grandes puentes culturales entre Asturias y Japón.
Ayer, al convertirse en Hija Adoptiva, habló precisamente de esa conexión y aseguró sentir que Japón y su cultura son queridos por la sociedad asturiana.
Todo había comenzado décadas antes con su fascinación por la platería barroca y por la arquitectura ovetense del siglo XVII.
Consuelo Martínez: también se puede emocionar hablando de álgebra
La ciencia tuvo su lugar con Consuelo Martínez López, catedrática de Álgebra de la Universidad de Oviedo y científica de trayectoria internacional.
Oxford, Yale, Corea del Sur y colaboraciones con algunos de los grandes matemáticos contemporáneos forman parte de su currículo.
Pero ayer consiguió convertir las matemáticas en algo casi poético.
Habló de ellas como una disciplina en la que se unen arte y ciencia, belleza y rigor.
Y reivindicó también algo bastante menos agradable pero esencial en cualquier carrera investigadora: aprender a fracasar.
Porque investigar significa equivocarse muchas veces antes de encontrar una respuesta.
Asturias la convirtió ayer en Hija Adoptiva.
Adolfo Rivas: la desigualdad no desaparece mirando hacia otro lado
El último de los grandes perfiles sociales fue Adolfo Rivas Fernández.
Nació en Barakaldo, pero lleva más de cuatro décadas dedicado a combatir la exclusión en Asturias y desde 1997 dirige la Fundación Vinjoy.
Personas con sordera, discapacidad, problemas de conducta o riesgo de exclusión han estado en el centro de su actividad profesional.
Ayer dejó probablemente una de las frases más incómodas de toda la ceremonia:
o afrontamos la desigualdad y la resolvemos o terminaremos dejando que nos explote.
No era precisamente una frase ornamental para una gala.
Y seguramente por eso funcionó.
Barbón aprovechó las medallas para hablar de la Asturias que quiere
Como corresponde a cualquier acto institucional, también llegó el discurso presidencial.
Adrián Barbón utilizó la ceremonia para reivindicar los 45 años del Estatuto de Autonomía y defender el autogobierno como uno de los instrumentos que han permitido ampliar derechos, proteger el patrimonio y fortalecer los servicios públicos.
Pero dejó una expresión especialmente destinada a quedarse:
Asturias debería convertirse también en una «fortaleza social».
Si durante décadas se ha vendido como paraíso natural, sostuvo, ahora debería aspirar a ser identificada igualmente por la calidad de sus servicios públicos y sus derechos sociales.
Y utilizó incluso el nombre de una de las asociaciones premiadas para construir su mensaje: Asturias debe «emburriar», empujar, en favor de la tolerancia, la solidaridad y la libertad.
La propia pluralidad ideológica de los premiados le sirvió para defender que en aquella sala no debían importar «rumbos ideológicos, pasaportes ni proclamas de fe», sino el sentimiento común de asturianía.
Pero no todo el mundo quiso sentarse en el auditorio
Hubo también una ausencia política deliberada.
Vox decidió no asistir.
La formación explicó antes del acto que respetaba y reconocía los méritos de los galardonados, pero acusó al Gobierno de utilizar institucionalmente la ceremonia para promocionar su gestión.
No era una ausencia casual ni un problema de agenda.
Fue un plante.
Y añadió inevitablemente una nota política a una ceremonia que pretendía situarse precisamente por encima de las divisiones partidistas.
¿Y qué nos perdimos realmente quienes no estábamos invitados?
Pues bastante más que quince personas recogiendo quince distinciones.
El escenario reunió cien años de un club de fútbol, una asociación de familias con personas con discapacidad, un tenor, dos maestros de la tradición musical, un periodista, un emigrante convertido en gran coleccionista, dos veteranos políticos de ideologías opuestas, una antigua alcaldesa, el mayor medallista olímpico español, una corresponsal de guerra, una historiadora japonesa, una matemática y un especialista en exclusión social.
Eso, visto junto, explica bastante bien qué pretendía contar Asturias sobre sí misma.
No una Asturias homogénea.
Todo lo contrario.
Una Asturias en la que se puede llegar desde Osaka, Barcelona, Lleida, San Sebastián o Barakaldo y acabar siendo oficialmente de aquí.
Una Asturias en la que un equipo de fútbol comparte ceremonia con una catedrática de Álgebra.
En la que la tonada se sienta al lado del periodismo.
Y en la que un histórico dirigente del PP y otro de la izquierda reciben, la misma tarde, el título de Hijos Predilectos.
Puede que no nos llegara la invitación.
Pero ahora, al menos, ya sabemos lo que pasó detrás de las puertas del Auditorio Príncipe Felipe.
Y probablemente ésa sea la parte más interesante de las Medallas de Asturias: durante unas horas, cada 8 de septiembre, Asturias elige a quién quiere parecerse.
