La tradicional homilía del Día de Asturias volvió a desbordar este martes los límites estrictamente religiosos. Desde el altar de la Basílica de Covadonga, el arzobispo de Oviedo, Jesús Sanz Montes, convirtió la crisis migratoria de Ceuta en uno de los asuntos centrales de su intervención. Habló de «avalancha», soberanía, fronteras y acogida; defendió ayudar a quienes huyen de la miseria y la falta de libertad, pero lanzó también una afirmación destinada a provocar debate: «Lamentablemente, todos no caben».
Covadonga celebraba a la Santina.
Pero durante varios minutos la mirada del arzobispo estuvo a más de 800 kilómetros de Asturias.
En Ceuta.
Ante autoridades civiles y militares, representantes políticos y numerosos fieles, Jesús Sanz Montes introdujo la crisis migratoria que vive la ciudad autónoma en el corazón de una de las ceremonias religiosas de mayor carga simbólica de Asturias.
Y lo hizo con un discurso de dos caras.
Por una parte, presentó a numerosos jóvenes migrantes como víctimas de pobreza, regímenes políticos, ausencia de libertad y falta de oportunidades.
Por otra, reclamó controlar las llegadas, afirmó que la capacidad de acogida tiene límites y pidió «descartar» a quienes entren en España, según sus palabras, con «intenciones perversas de toda calaña inconfesables».
«¿Cuántos podemos asumir?»
Fue probablemente la pregunta más directa de toda la homilía.
Sanz Montes defendió la hospitalidad hacia los inmigrantes, pero inmediatamente planteó sus límites.
«¿Cuántos podemos asumir?», preguntó.
Y dio su propia respuesta:
«Lamentablemente todos no caben».
El arzobispo añadió que existe un deber «humano y cristiano» de ampliar la hospitalidad, aunque defendió que la acogida debe hacerse atendiendo a la capacidad de integración laboral, educativa y sanitaria.
Pidió por ello medidas que calificó como «sensatas, no populistas ni demagógicas».
Su planteamiento no fue, por tanto, el de cerrar completamente la puerta.
Pero tampoco el de una acogida sin condiciones.
La idea que atravesó su intervención fue otra: acoger, sí; pero seleccionar, controlar y limitar.
De la inmigración a la soberanía española
Sanz Montes fue mucho más allá del debate humanitario.
El arzobispo sostuvo que lo sucedido en Ceuta no puede entenderse simplemente como un fenómeno migratorio y lo relacionó con la geopolítica, la debilidad de las fronteras españolas y europeas y la soberanía nacional.
Llegó a describir las entradas como una «auténtica avalancha que compromete nuestra soberanía».
También habló de la posibilidad de una «guerra híbrida» y sostuvo que los jóvenes que cruzaron la frontera habían sido utilizados dentro de estrategias organizadas desde sus lugares de procedencia.
Aquí el contexto resulta especialmente importante.
La crisis de Ceuta de finales de julio fue extraordinaria: las autoridades españolas cifraron finalmente en alrededor de 72.000 las entradas irregulares producidas durante los días 30 y 31 de julio, aunque durante aquellas semanas circularon estimaciones próximas a las 80.000.
La inmensa mayoría regresó rápidamente a Marruecos, mientras varios miles permanecieron posteriormente en la ciudad.
Además, un informe policial conocido a comienzos de septiembre apuntó a una planificación de la entrada masiva y describió la actuación de personas vinculadas a las fuerzas de seguridad marroquíes, aunque posteriormente la propia Policía matizó el alcance de esas conclusiones.
Por tanto, existe una dimensión geopolítica real en la crisis.
Pero no todas las valoraciones expresadas por Sanz Montes pueden presentarse como hechos probados.
Los migrantes, también víctimas
La parte más dura de la homilía convivió con otra considerablemente diferente.
Sanz Montes reconoció que muchos de los jóvenes que llegan a España escapan de países donde carecen de libertad, empleo, dignidad o esperanza.
Habló de hambre, persecución y radicalismos religiosos.
Y llegó a definir a esos jóvenes como «víctimas de estrategias amañadas».
Esa distinción es importante para entender íntegramente su discurso.
El arzobispo no presentó a todos los inmigrantes como una amenaza.
Diferenció entre quienes buscan legítimamente una vida mejor y aquellos a quienes atribuyó posibles intenciones delictivas.
Precisamente ahí introdujo una de sus expresiones más polémicas: reclamó que, junto a quienes puedan ser acogidos e integrados, se descarte a quienes entren «con intenciones perversas».
La dificultad está en cómo determinar esas intenciones sin convertir una sospecha genérica en una presunción contra quienes llegan.
La doctrina de la Iglesia: acoger, pero también regular
El discurso de Sanz Montes entra además en un terreno especialmente interesante cuando se compara con la propia doctrina católica.
La Iglesia reconoce el deber de las naciones con mayores recursos de acoger, dentro de sus posibilidades, al extranjero que busca seguridad o medios de vida que no encuentra en su país.
Pero también admite que las autoridades puedan regular la inmigración atendiendo al bien común y exige a quienes llegan respetar las leyes y las obligaciones del país de acogida.
No existe, por tanto, en la doctrina católica una obligación de fronteras completamente abiertas.
Pero tampoco una licencia para tratar al inmigrante como sospechoso por su mera condición de extranjero.
Durante el pontificado de Francisco, esa orientación quedó resumida en cuatro verbos que se convirtieron en una referencia constante de la pastoral sobre las migraciones:
acoger, proteger, promover e integrar.
Sanz Montes intentó situarse precisamente en esa frontera: defendió la hospitalidad y la integración mientras reclamaba controles estrictos y capacidad para excluir a quienes representen una amenaza.
Del altar a la política
No fue la única dimensión política de la jornada.
La celebración religiosa volvió a producir también el choque ya habitual por la ausencia del presidente del Principado, Adrián Barbón, en la misa de Covadonga.
Barbón no acudió por tercer año consecutivo y varios dirigentes de la derecha criticaron su decisión.
El presidente evitó posteriormente entrar a valorar el contenido de la homilía, mientras desde la izquierda se volvió a reivindicar la separación entre política y religión.
Así, una jornada que tradicionalmente combina devoción, identidad asturiana e instituciones volvió a convertirse también en escenario de disputa política.
Una homilía que fue mucho más que una homilía
Sanz Montes habló de familias, jóvenes, concordia, guerras, libertad y esperanza.
Pero Ceuta terminó ocupando uno de los espacios más poderosos de toda su intervención.
No fue una referencia de pasada.
Fue un posicionamiento.
El arzobispo aprovechó uno de los púlpitos más simbólicos de Asturias para defender que existe un deber cristiano de ayudar a quienes huyen del hambre, la falta de libertad o la ausencia de futuro.
Y al mismo tiempo estableció una frontera.
«Todos no caben».
Entre esas dos frases cabe prácticamente todo el debate migratorio que divide hoy a España.
Solidaridad y capacidad de acogida.
Derechos humanos y control fronterizo.
Integración y seguridad.
Víctimas y sospechosos.
Sanz Montes llevó todas esas contradicciones hasta Covadonga.
Y mientras Asturias celebraba a su patrona, la crisis de Ceuta terminó entrando también en la Basílica.
