Recetas de una abuela asturiana: Sopa castellana (con pan, ajo y más sustancia que un sermón de pueblo)

Recetas de una abuela asturiana: Sopa castellana (con pan, ajo y más sustancia que un sermón de pueblo)

La Abuela Balbina estuvo de visita en Palencia, en casa de su prima Rosi, y volvió pa Asturias con una receta de esas humildes, calentinas y sabrosas que demuestran que con cuatro cosas bien tratadas se puede hacer un plato de categoría

Ay, cielinos, qué días pasé yo en Palencia en casa de mi prima Rosi. Qué mujer más apañada, qué casa más curiosina y qué manera de tener siempre algo al fuego, como si allí les pagaran por dar de comer al visitante hasta que salga rodando por la puerta.

Fui yo a vela porque hacía años que no la veía, y nada más llegar ya me dijo:

—Balbina, tú siéntate ahí, que vienes de viaje y tendrás el estómago dando voces.

Y yo, que una ye educada pero tampoco tonta, sentéme sin rechistar. Porque cuando una prima castellana te manda sentar y saca una cazuela de barro, lo prudente ye obedecer. Lo contrario ye tentar al destino y al hambre, que son dos fuerzas muy serias.

Allí, entre charla, café, recuerdos de familia y una ventolera que venía de la llanura como si tuviera prisa por llegar a Zamora, Rosi preparó una sopa castellana de esas de pan, ajo, pimentón y huevo que a mí me dejó pensando: “Balbina, esto tienes que llevarlo pa Asturias, que aquí también sabemos apreciar una cuchara con fundamento”.

Y aquí vos la traigo, guapinos. Una receta humilde, sí, pero con más alma que muchas moderneces que te ponen en plato grande con una gotina en medio y luego tienes que pasar por la panadería al salir.

Ingredientes para 4 personas

  • 8 dientes de ajo hermosos, de esos que ya miran con carácter.
  • 150 gramos de jamón serrano en taquitos.
  • 1 chorizo pequeño, si queréis darle alegría, que tampoco vamos a venir a este mundo a sufrir.
  • 6 rebanadas de pan del día anterior, mejor si ye pan de hogaza o pan firme.
  • 1 cucharada generosa de pimentón dulce.
  • Una puntina de pimentón picante, si en casa sois valientes y no lloráis por cualquier cosa.
  • 1 litro y medio de caldo de carne, de pollo o agua con buen arreglo.
  • 4 huevos.
  • Aceite de oliva virgen extra.
  • Sal, con cuidado, que el jamón ya trae su opinión.
  • Perejil picado, si queréis ponerlo guapín al final.

Lo primero: el pan, que aquí no se tira nada

Mirái, esta receta ye de las que nacieron cuando en las casas no se desperdiciaba ni una miga. El pan duro no era un problema: era una promesa. Y eso ye muy de antes, pero también muy de ahora, porque hay que ver lo caro que está todo, cielín.

Cortamos el pan en rebanadas finas o en trozos medianos. No hace falta que parezcan iguales, que no estamos haciendo oposición a notario. Que sean trozos con presencia, capaces de aguantar el caldo sin deshacerse como promesa electoral.

Sofreímos los ajos con mimo

En una cazuela amplia ponemos un buen chorro de aceite de oliva. Pelamos los ajos y los cortamos en láminas, no demasiado finas, que luego se nos queman y se ponen amargos como vecino sin siesta.

Los echamos al aceite caliente, pero no abrasando. Hay que dorarlos despacín. Que cojan color, que perfumen la cocina, que empiece a oler la casa a cosa seria. En cuanto estén doradinos, pero sin pasarse, añadimos el jamón en taquitos.

Si vais a poner chorizo, este ye el momento. Unas rodajinas o unos taquitos pequeños, lo justo pa que suelte color y alegría. No hace falta que la sopa parezca una romería, pero un poco de gracia nunca estorbó en ninguna familia.

El pimentón: cuidadín, que aquí se gana o se pierde la sopa

Apartamos un poco la cazuela del fuego y añadimos el pimentón dulce. Esto ye importante, guapinos: el pimentón se quema en un suspiro. Y cuando se quema, amarga. Y cuando amarga, ya puedes cantar una tonada que aquello no levanta.

Removemos rápido, con cuchara de madera si puede ser, y en seguida añadimos el caldo caliente. Si no tenéis caldo, podéis usar agua, pero entonces dadle un poco más de cariño: una puntina de sal, quizá un huesín de jamón si lo tenéis, o media pastillina de caldo si no queda otra. No me seáis tiquismiquis, que en las cocinas de verdad también se improvisa.

Añadimos el pan y dejamos que haga su magia

Cuando el caldo empiece a hervir suavemente, incorporamos el pan. Bajamos el fuego y dejamos que la sopa cueza unos 15 o 20 minutos. Tiene que espesar un poco, coger cuerpo, volverse amorosa.

El pan irá chupando el caldo y soltando sustancia. La sopa no debe quedar ni como cemento de obra ni como agua triste. Tiene que tener ese punto de cuchara agradecida: metes la cuchara y aquello responde.

Probamos de sal al final, porque el jamón y el chorizo ya habrán hablado bastante.

Los huevos: uno por persona, que aquí somos gente seria

Ahora viene lo bonito. Cascamos los huevos directamente sobre la sopa, con cuidado, repartidos por la cazuela. Tapamos y dejamos que se cuajen a fuego suave. La clara debe quedar hecha y la yema, si puede ser, un poco melosa.

Si preferís, también podéis batir los huevos y echarlos en hilo, removiendo para que queden como hebras. Pero yo, desde que vi cómo lo hacía mi prima Rosi en Palencia, soy partidaria del huevo entero. Queda más vistoso y además cada uno defiende el suyo, que también presta.

El toque final de Balbina

Cuando los huevos estén en su punto, apagamos el fuego y dejamos reposar dos minutinos. Servimos en plato hondo o en cazuelina de barro, si tenéis. Un poco de perejil por encima y a la mesa.

Y ahora me escucháis bien: esta sopa pide pan, aunque lleve pan. Ya sé que parece contradicción, pero no lo ye. Ye sabiduría popular. Porque siempre queda un restín de caldo que hay que empujar con algo, y el que diga lo contrario ye que no tiene corazón o está a dieta de mal humor.

Consejo de la Abuela Balbina

Si queréis hacerla más fina, usad un buen caldo casero. Si queréis hacerla más contundente, añadid un poco más de jamón o chorizo. Y si queréis hacerla de domingo, ponedla en cazuela de barro y sacadla a la mesa como si viniera de un monasterio castellano con siglos de experiencia.

Pero no os compliquéis, cielinos. Esta receta nació de lo sencillo: pan viejo, ajos, pimentón, caldo y hambre. Y cuando una receta nace así y sigue viva tantos años, por algo será.

Mi prima Rosi decía mientras removía la cazuela:

—Balbina, esto cura el frío, la pena y hasta las conversaciones tontas.

Y tenía razón. Porque una buena sopa castellana no arregla el mundo, pero lo deja bastante más llevadero. Y eso, hoy en día, ya ye un milagro con cuchara.

Así que ya sabéis, guapinos míos: si tenéis pan del día anterior, unos ajos y ganas de comer como Dios manda, preparad esta sopa castellana de la prima Rosi. Ye humilde, ye sabrosa y ye de esas recetas que te calientan por dentro como un abrazo de los de antes.

Y si vos sale buena, acordaos de mí. Y si vos sale regular, echad más jamón la próxima vez, que eso arregla casi todo menos los cuñaos.

Hala, a cocinar con alegría, que la vida ya trae bastante sal por su cuenta.
Besinos de la vuestra Abuela Balbina, que volvió de Palencia con el mandil más sabio y el estómago agradecido.

 

Dejar un comentario

captcha