El artista madrileño llenó el Parque Hermanos Castro en su esperado regreso a la ciudad, once años después, con un concierto de la gira “¿Y ahora qué?” que apostó por la música, la memoria sentimental y una banda poderosa antes que por el artificio escénico
Gijón no necesitó anoche fuegos artificiales para entender que estaba viviendo uno de esos conciertos que no se miden solo por la cifra de espectadores. Aunque también la hubo, y contundente: 11.000 personas llenaron el Parque Hermanos Castro para recibir a Alejandro Sanz en su regreso a la ciudad. Lo que ocurrió después fue algo más que una parada de gira. Fue una comunión colectiva, una celebración emocional y una prueba de que algunas canciones, cuando han acompañado media vida, ya no pertenecen del todo a quien las escribió.
El concierto formaba parte de la gira española de “¿Y ahora qué?”, el nuevo recorrido escénico con el que Sanz ha vuelto a los grandes recintos del país después de un arranque internacional de enorme fuerza. Venía de poner en marcha la etapa española en Sevilla, en La Cartuja, ante una multitud desbordante, y llegó a Gijón con esa mezcla de artista consagrado y músico que aún parece necesitar mirar al público a los ojos para comprobar que la emoción sigue ahí.
Y vaya si estaba.
Desde su salida al escenario, con gorra, gafas de sol y guitarra española, el cantante entendió perfectamente dónde estaba. No tardó en lanzar un “Puxa, Asturies” que hizo estallar al recinto. Fue el primer puente de la noche entre el artista y una ciudad que llevaba demasiado tiempo sin verle. Once años de ausencia son muchos cuando entre medias hay canciones que siguen sonando en casas, coches, rupturas, bodas, bares, adolescencias tardías y madrugadas de esas en las que uno cree que Alejandro Sanz le ha espiado el alma.
La apertura con “Desde cuando” marcó el tono del concierto: canciones reconocibles, emoción inmediata y una banda extraordinariamente compacta, capaz de sostener cada tema sin aplastar la voz ni convertir el espectáculo en una exhibición de ruido. Sanz no llegó a Gijón a esconderse detrás de pantallas, llamaradas o coreografías milimetradas. Su apuesta fue otra: poner las canciones en el centro y dejar que hicieran su trabajo. Y las canciones, que llevan décadas trabajando muy bien, respondieron como viejas campeonas.
Después llegaron “Capitán Tapón” y “Por bandera”, con guiños asturianos incluidos y un público ya completamente entregado. El Parque Hermanos Castro no era solo un recinto lleno: era un coro inmenso. Miles de móviles levantados, sí, pero también miles de gargantas cantando sin pedir permiso. Esa es una de las claves de Alejandro Sanz en directo: sus temas no se escuchan como piezas ajenas, sino como parte de la biografía íntima de cada espectador.
El artista alternó los cortes de su nuevo trabajo con algunos de los grandes pilares de su carrera. “Bésame”, el tema que comparte en estudio con Shakira, sonó en Gijón con el apoyo de sus coristas, que asumieron con solvencia el espacio vocal de la colombiana. Y poco después llegó uno de esos momentos en los que el concierto bajó las luces sin perder intensidad: “A la primera persona”. Ahí Sanz se quitó parte del personaje escénico y dejó que hablara la herida. Porque si algo ha hecho grande su repertorio es esa forma tan suya de convertir la vulnerabilidad en una melodía que no pide perdón.
“La soledad y yo” fue otro de los grandes momentos de la noche. Un tema de los primeros años, interpretado con desgarro y con una potencia vocal que recordó que Sanz no solo es un compositor mayúsculo, sino también un cantante con una forma muy reconocible de romper la frase, arañar la palabra y dejarla suspendida justo donde más duele. En Gijón, esa canción volvió a sonar como una confesión compartida.
El nuevo repertorio encontró su sitio sin interrumpir la corriente emocional de los clásicos. “El vino de tu boca” permitió incluso la broma cómplice con Asturias, reconvertido en “la sidra de tu boca”, guiño recibido con la alegría inmediata de un público que celebró cada detalle local como si fuera una caricia. No era oportunismo: era oficio. Saber dónde se canta también forma parte de saber cantar.
La banda tuvo un protagonismo fundamental. En una época en la que algunos grandes conciertos parecen diseñados para que la música sea casi un complemento del montaje visual, Sanz ha elegido una vía distinta. Sus músicos no fueron decorado ni acompañamiento de trámite. Fueron columna vertebral. Guitarras, percusión, teclados, coros y arreglos sostuvieron un concierto que respiró con naturalidad, sin perder el pulso ni siquiera en los momentos más íntimos.
Y entonces empezó el tramo de la memoria grande. “Quisiera ser”, “Amiga mía”, “Cuando nadie me ve”, “El alma al aire”, “No es lo mismo”, “Aquello que me diste” o “Y, ¿si fuera ella?” pertenecen ya a una categoría especial: la de canciones que el público canta antes incluso de que el artista termine de anunciar. En cada una de ellas se notaba algo difícil de fabricar: reconocimiento verdadero. No era nostalgia de museo. Era emoción viva.
Sanz jugó con los tiempos del concierto con inteligencia. Subió, bajó, dejó respirar, volvió a golpear. No construyó la noche como una sucesión de éxitos sin alma, sino como una conversación larga con su propio pasado y con el presente de una gira que intenta abrir etapa sin renegar de lo que le convirtió en uno de los artistas españoles más importantes de las últimas décadas.
Porque esa era otra de las lecturas de la noche. Alejandro Sanz no actuó en Gijón como una reliquia dorada de los noventa ni como un cantante atrapado en sus himnos. Tampoco como alguien obsesionado con demostrar modernidad a cualquier precio. Su concierto encontró una zona intermedia: la de quien sabe que tiene un patrimonio musical inmenso, pero todavía quiere añadir capítulos nuevos.
El cierre, inevitablemente, tuvo nombre de himno: “Corazón partío”. Hay canciones que ya no necesitan presentación. Basta el primer compás para que el público se levante por dentro. En Gijón ocurrió exactamente eso. El Parque Hermanos Castro se convirtió en una sola voz, una masa emocional cantando uno de los temas más reconocibles de la música española contemporánea. Fue el final lógico para una noche que había empezado como regreso y terminó como confirmación.
Alejandro Sanz volvió a Gijón por todo lo alto, sí. Pero sobre todo volvió por dentro. Volvió a ese lugar donde los artistas se miden de verdad: no en el tamaño de las pantallas, ni en la pirotecnia, ni en el ruido de la maquinaria promocional, sino en la capacidad de hacer que 11.000 personas canten una frase como si fuera suya.
Anoche, en el Parque Hermanos Castro, Gijón no asistió simplemente a un concierto. Asistió a una memoria colectiva puesta en pie. Y Sanz, que lleva media vida escribiendo canciones para que otros se reconozcan en ellas, volvió a comprobar que algunas melodías no envejecen: se quedan a vivir.
