Tajo pérfido

Es una llamarada azulada subiendo desde lo más profundo del ser, un desgarro que  se hace llaga, dentellada ceñida a aullidos de inocencia amortajada.

 

Parece algo salido de los albores primerizos de la baja Edad Media, una mácula horrorosa aún sucediendo ahora mismo en cualquier parte o lugar del planeta en la que se encuentre  un resquicio de intolerante  fanatismo sanguinario.

 

 Esa exacerbación de raíz religiosa o sectas oscurantistas no tiene fronteras, convive con nosotros agazapada, silente, ya que para algunas creencias, el sexo femenino sigue siendo un estigma, la malsana  vileza que no cesa.

 

Relatos de  esas escenas nos llegan en  fastos estremecedores; no muchos, ya que el silencio, el oscurantismo, son cómplices  barreras más recónditas que la soledad y la amargura, el llanto y el dolor de parto. Una muchacha  contaba envuelta hasta el ahogo sus dolores brunos, su trágica vivencia:

 

 “Solamente me dijeron que dolía un poco. Cuando desperté todo mi cuerpo estaba bañado en sangre y sudaba copiosamente. Después supe lo que en realidad pasó. La matrona, mujer entrada en años, dura y fría en sus expresiones como piedra pómez, untó de alcohol mis partes femeninas. Al ver el cuchillo, algo parecido a una navaja de barbero, antes que me desmayara, le dije que no deseaba hacer eso. Su respuesta fue lacónica: “¡No seas quejica!”

 

 Después el verduguillo, uno de esos filos brillantes que en los versos de Federico García Lorca son fuego de luna llena que penetra en la carne y rasga a tirones el hálito, entró como estocada de torero sobre aquel cuerpo de nácar y miedos furtivos.

 

 La tablajera debió saber eso. Abrió las piernas de la adolescente y cortó el placer de la vida de un tajo certero. Tomó el trocito sangrante y se lo entregó a la madre de la niña/mujer: “Tómalo, guárdalo un mes; de lo contrario, tu hija se volverá estéril y yerma, áspera igual a  cardo seco y requebrado.”

 

La realidad acongojada  habla de otras vicisitudes más terribles: la infibulación o circuncisión faraónica, que no se limita a cortar el clítoris y los labios, sino que también cose la vulva para no dejar más que un orificio – se logra introduciendo un palo de madera hasta que todo cicatriza – única salida de la orina y la sangre menstrual.

 

 La noche nupcial, el hombre debe ayudarse con un escalpelo para abrir un poco el reducto de su deseo. El suyo, no el de ella.

 

  El malaventura  de estos espíritus afligidos es una costumbre antiquísima perdida en la noche de los tiempos. No importa la religión: católica, cristianas coptas, musulmanas o animistas, ya que  la escisión o clitoridectomía ha sido patrimonio de buena parte de las culturas de la humanidad.


Y es que esa  “herida de fuego incandescente” atraviesa el planeta y  se vuelve río  de lava fermentando  penetrando  en las entrañas de las  chiquillas en flor, mutilándolas hasta la hondonada de su  aliento.



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