Un vecino de la ciudad convierte sus paseos matinales con su perra en un archivo íntimo de plazas desiertas, palacios en penumbra, amaneceres sobre el Cantábrico y rincones que, unas horas después, recuperan el bullicio del verano

Cimavilla y el puerto deportivo reciben las primeras luces del día. Imagen de apertura elaborada para Asturias Mundial.
Hay dos Gijones. Uno comienza cuando se levantan las persianas, abren las cafeterías, las terrazas sacan sus mesas y los primeros visitantes buscan el camino hacia San Lorenzo o Cimavilla. El otro existe mucho antes, durante un breve paréntesis en el que la ciudad parece contener la respiración.
Ese segundo Gijón es el que recorren cada mañana Alberto Morán y su perra Rua.
Mientras buena parte de la ciudad continúa durmiendo, ambos salen a caminar. No necesitan un itinerario cerrado. A veces el paseo los lleva hacia el mar; otras, hacia las plazas, los palacios o las calles del centro. Alberto observa y fotografía. Rua, ajena a cualquier pretensión artística, marca el ritmo de la expedición.
De esos recorridos ha nacido un archivo personal que Alberto, amigo de Asturias Mundial, ha querido compartir con nuestros lectores. El resultado es un reportaje sobre una ciudad inesperada: el Gijón vacío, silencioso y casi privado que precede al Gijón multitudinario.

Cimavilla, aún en penumbra, bajo una franja de cielo encendido. Fotografía: Alberto Morán.
La hora en la que Gijón pertenece a sus vecinos
Las fotografías están tomadas en su mayoría a primera hora del día, cuando todavía no hay colas, tráfico ni grupos buscando el mejor encuadre. En ellas, lugares acostumbrados a convivir con miles de personas aparecen momentáneamente deshabitados.
La transformación resulta especialmente llamativa en verano. Gijón atraviesa entonces sus meses de mayor intensidad turística. Las playas, las sidrerías, el Muro, Cimavilla y el centro reciben a miles de visitantes atraídos por una combinación difícil de encontrar en otras ciudades: mar, patrimonio, gastronomía, cultura y vida urbana a muy poca distancia.
En 2024, Gijón recibió más de 1,8 millones de visitantes y firmó el mejor ejercicio turístico de su historia. Es la ciudad que muchos conocen: concurrida, hospitalaria, ruidosa cuando toca y con una agenda que apenas concede descansos.
Sin embargo, las imágenes de Alberto cuentan otra historia. Unas horas antes del bullicio, Gijón no parece una ciudad turística. Parece un escenario reservado para quien haya tenido la voluntad —o la obligación perruna— de madrugar.

La Plazuela de San Miguel, todavía vacía y con las farolas encendidas. Fotografía: Alberto Morán.
Cuando la Laboral aparece entre la niebla
En una de las imágenes, la torre de la Laboral emerge en la distancia entre la bruma matinal. Su silueta parece flotar sobre una ciudad que todavía no ha encendido todas sus luces.
La monumental construcción de Cabueñes continúa siendo uno de los edificios más sorprendentes de Gijón. Concebida inicialmente como orfanato minero y transformada durante su construcción en Universidad Laboral, hoy funciona como Ciudad de la Cultura. Su torre, sus patios, su iglesia y su gigantesca arquitectura permiten contemplar desde un único lugar buena parte del siglo XX asturiano, con sus ambiciones, contradicciones y sucesivas transformaciones.
A esa hora temprana, sin visitantes ni actividad a su alrededor, el edificio recupera algo de su condición original de gigante solitario.

La torre de la Laboral domina el paisaje entre la bruma. Fotografía: Alberto Morán.
La Plazuela, antes de la primera conversación
Otro de los recorridos conduce hasta la plaza de San Miguel, la Plazuela para generaciones de gijoneses. Es uno de esos espacios que no necesitan presentación entre quienes viven en la ciudad. Forma parte de la geografía cotidiana: un lugar de paso, encuentro, terrazas, comercios y conversaciones improvisadas.
Fue trazada en el siglo XIX, cuando Gijón comenzó a desbordar sus antiguos límites y a configurar su ensanche. Sus edificios conservan buena parte de la huella modernista y burguesa de aquella ciudad que crecía mirando hacia el futuro.
Pero Alberto la fotografía sin prisas, peatones ni mesas ocupadas. Durante unos minutos, la Plazuela deja de ser un punto de encuentro y se convierte en un espacio casi geométrico, como si alguien hubiera retirado a los personajes para permitirnos observar el decorado.

La Plazuela y la arquitectura del ensanche gijonés. Fotografía: Alberto Morán.
El puerto, entre la noche y el día
El paseo continúa hacia el puerto deportivo. Las embarcaciones descansan sobre un agua que, a esa hora, apenas parece moverse. Al otro lado se levantan Cimavilla, la plaza del Marqués y el conjunto formado por el palacio de Revillagigedo y la colegiata de San Juan Bautista.
Es uno de los paisajes más reconocibles de Gijón, pero también uno de los que mejor resumen su historia. Allí conviven el mar, el antiguo barrio de pescadores, la arquitectura nobiliaria y el recuerdo de una ciudad que vivió durante siglos pendiente de sus muelles.

El puerto deportivo, con la ciudad levantándose detrás de los mástiles. Fotografía: Alberto Morán.
El palacio de Revillagigedo, construido en el siglo XVIII a partir de una torre medieval anterior, impone su fachada barroca entre dos torres cuadradas. Frente a él, la estatua de Pelayo contempla el puerto con esa solemnidad de quien lleva demasiado tiempo viendo llegar turistas, pescadores, marineros y paseantes.
De día, la plaza es tránsito y fotografía. De madrugada, con las luces encendidas y el pavimento todavía vacío, parece regresar a otra época.

Pelayo vigila una plaza del Marqués insólitamente vacía. Fotografía: Alberto Morán.
Cimavilla, la memoria que despierta más tarde
Desde la plaza del Marqués, el paseo asciende hacia Cimavilla. El barrio ocupa el cerro de Santa Catalina y separa dos de los grandes paisajes marítimos de Gijón: el puerto al oeste y la playa de San Lorenzo al este.
Cimavilla es hoy uno de los espacios más concurridos de la ciudad, pero sus calles continúan guardando la memoria del antiguo barrio de pescadores, de las cigarreras, de los pequeños talleres, de las tabernas y de las familias que vivían pendientes de la mar.
En la parte alta aparece la plaza del Lavaderu, cuyo nombre oficial es plaza del Periodista Arturo Arias. Antes de convertirse en uno de los lugares más animados del barrio, fue el espacio al que acudían las mujeres para lavar la ropa. La cercanía de la antigua Fábrica de Tabacos recuerda también a las cigarreras de Cimavilla, mujeres que encontraron en aquella industria una forma de trabajo y autonomía económica.
A primera hora, cuando las terrazas todavía no han ocupado la plaza, el Lavaderu recupera algo de su antigua intimidad vecinal.

La plaza del Lavaderu, uno de los espacios más reconocibles de Cimavilla. Fotografía: Alberto Morán.
La casa desde la que Jovellanos imaginó otro Gijón
Muy cerca se encuentra la Casa Natal de Jovellanos. La construcción actual creció a partir de una casa-torre medieval y fue adquirida por el Ayuntamiento en 1943. Desde 1971 funciona como museo dedicado al gijonés más universal y alberga también una importante colección de arte asturiano.
Gaspar Melchor de Jovellanos no se limitó a nacer en Gijón. Pensó la ciudad, proyectó su futuro e impulsó iniciativas que ayudaron a transformarla. El Real Instituto de Náutica y Mineralogía fue una de sus grandes apuestas para formar a jóvenes en disciplinas esenciales para el desarrollo económico de Asturias.
La casa aparece en las fotografías de Alberto integrada en ese rincón de Cimavilla donde también asoman los restos reconstruidos de la muralla romana. Es una imagen cargada de significado: el lugar desde el que comenzó la vida del hombre que quiso que Gijón dejara de ser solamente una villa marítima para convertirse en una ciudad de conocimiento.

El entorno de la Casa Natal de Jovellanos y la memoria romana de Cimavilla. Fotografía: Alberto Morán.
Dos mil años bajo los pasos
En Gijón, la historia no siempre se encuentra a simple vista. A los pies de la iglesia de San Pedro, prácticamente debajo del paseo de Campo Valdés, permanecen las termas romanas construidas hace casi dos mil años.
El yacimiento demuestra que aquel primitivo núcleo romano no era un asentamiento menor. Sus habitantes disponían de instalaciones destinadas al baño, la higiene y la vida social. Hoy, miles de personas caminan cada jornada sobre esos restos sin sospechar que bajo sus pies continúa conservándose una parte esencial del origen urbano de la ciudad.
La historia gijonesa se adentra todavía más en el tiempo en la Campa Torres. Allí se levantó, entre los siglos VI y V antes de Cristo, uno de los grandes recintos fortificados marítimos de la costa astur. Tras la conquista romana se erigió un monumento dedicado al emperador Augusto, del que se conserva una inscripción honorífica.
No puede afirmarse que Augusto caminara personalmente por la Campa Torres. Pero su nombre quedó grabado en piedra en uno de los lugares desde los que comenzó a construirse la historia de Gijón.
San Lorenzo antes de las toallas
El paseo termina muchas veces frente al Cantábrico. La playa de San Lorenzo, habitualmente ocupada por bañistas, deportistas y caminantes, aparece en las imágenes casi desierta. La marea avanza o se retira sin espectadores y el cielo cambia de color sobre la bahía.

San Pedro y la bahía durante la hora azul. Fotografía: Alberto Morán.

La arena vacía y el Cantábrico en calma antes de que despierte la ciudad. Fotografía: Alberto Morán.
Resulta difícil imaginar ese vacío unas horas después, cuando el arenal y el Muro recuperan su actividad habitual. Quizá por eso estas fotografías tienen algo especial. No muestran únicamente una playa bonita, sino un privilegio fugaz: contemplar uno de los lugares más concurridos de Asturias como si acabara de ser descubierto.

El sol se abre paso sobre la bahía y dibuja un camino de luz en el agua. Fotografía: Alberto Morán.

Las primeras luces alcanzan San Lorenzo mientras la playa continúa casi vacía. Fotografía: Alberto Morán.
Alberto, Rua y la ciudad que espera
Alberto está jubilado y disfruta ahora del golf y de esas caminatas para las que la vida laboral no siempre deja tiempo. Pero sus paseos con Rua han terminado convirtiéndose, sin necesidad de grandes preparativos, en un ejercicio de observación y memoria.
Sus imágenes no buscan demostrar que Gijón sea monumental. Tampoco necesitan competir con las fotografías promocionales de cielos impecables y calles cuidadosamente llenas. Su valor está precisamente en lo contrario: muestran una ciudad cotidiana, húmeda algunas mañanas y luminosa otras; una ciudad observada por alguien que no está de visita.
Rua aparece así como la involuntaria coproductora del reportaje. Sin sus paseos, probablemente no existirían estas plazas vacías, estos palacios en penumbra ni estos amaneceres sobre el mar.

Cimavilla comienza a despertar mientras las luces de la ciudad aún se reflejan en el agua. Fotografía: Alberto Morán.
Dentro de unas horas, las calles se llenarán. Abrirán los comercios, llegarán los visitantes, sonarán las terrazas y San Lorenzo volverá a ser ese gran espacio compartido que define los veranos gijoneses.
Pero Alberto y Rua ya habrán regresado a casa con una nueva fotografía. La prueba de que, cada mañana, antes de que Gijón despierte, existe durante unos minutos una ciudad distinta.
Una ciudad silenciosa, íntima y extraordinariamente hermosa.
Maravilloso Gijón.
