Horror junto a los Pericones: hallan muerto a un perro con una decena de puñaladas en una casa derruida de Gijón

Horror junto a los Pericones: hallan muerto a un perro con una decena de puñaladas en una casa derruida de Gijón

Un ciudadano escuchó los quejidos del animal en una construcción abandonada del entorno de la antigua fábrica de Rubiera Predisa y avisó a la Policía Local. El perro, de unos 25 kilos y con chip, fue localizado ya sin vida. La Policía Nacional investiga ahora un posible delito de maltrato animal

Gijón se ha despertado con una de esas noticias que no se leen: se atraviesan. Un perro ha sido hallado muerto, cosido a puñaladas, en una vivienda abandonada situada en las inmediaciones del parque de los Pericones, en el entorno de la antigua fábrica de Rubiera Predisa. No fue una patrulla, ni una inspección programada, ni una denuncia previa la que permitió descubrir el horror. Fue un ciudadano. Alguien que pasaba por la zona, escuchó los quejidos del animal y decidió no mirar hacia otro lado.

Ese gesto, tan sencillo y tan imprescindible, activó el aviso a la Policía Local de Gijón sobre las dos de la tarde. Cuando los agentes llegaron al lugar, se encontraron con una escena difícil de asumir: el animal ya había muerto y presentaba al menos una decena de heridas compatibles con arma blanca.

Era un perro de unos 25 kilos. Tenía chip obligatorio. Es decir, no era un animal invisible. Tenía identificación. Tenía, previsiblemente, un titular registral. Tenía una historia. Y alguien deberá explicar cómo acabó agonizando en una construcción en ruinas, junto a uno de los grandes espacios verdes de la ciudad.

El cadáver fue recogido por el lacero municipal y trasladado al albergue de animales de Serín, el centro municipal encargado de la recogida y mantenimiento de animales abandonados o intervenidos en Gijón. La investigación ha quedado ahora en manos de la Policía Nacional, que deberá esclarecer quién era responsable del perro, cómo llegó hasta esa vivienda abandonada, cuándo se produjo la agresión y quién pudo ensañarse de esa manera con un animal indefenso.

No es solo una agresión: es una señal de alarma

La noticia provoca indignación, pero también debería provocar algo más útil: una reacción institucional y social contundente. Porque un perro no aparece con una decena de puñaladas por accidente. No hablamos de una imprudencia, ni de una negligencia leve, ni de un animal perdido que acabó en mal estado. Hablamos de una violencia directa, física, deliberada y brutal.

El lugar donde apareció el animal añade además una capa inquietante al caso. Las casas derruidas, naves abandonadas y solares degradados no son solo un problema urbanístico. También pueden convertirse en refugio para actividades clandestinas, abandono, consumo, vandalismo o actos de violencia que se esconden precisamente donde la ciudad deja de mirar.

El entorno de Rubiera Predisa lleva años asociado a una imagen de abandono y deterioro. Y cuando un espacio urbano se degrada hasta convertirse en tierra de nadie, pasan estas cosas: no porque el solar apuñale, claro está, sino porque la falta de control facilita que quienes actúan en la sombra encuentren lugares donde hacerlo.

Por eso esta historia no puede cerrarse con un “se investiga” y una nota breve. Hay que saber quién mató a ese perro. Hay que saber si era su propietario, una persona que lo tenía bajo su cuidado o alguien que lo encontró y decidió descargar sobre él una violencia insoportable. Y hay que saber también si hubo testigos, cámaras, movimientos previos, denuncias o señales de alarma que no se detectaron a tiempo.

El chip puede ser clave

Uno de los datos más importantes de la investigación es que el perro tenía chip. Eso abre una vía esencial para identificar a su titular y reconstruir los últimos movimientos del animal. El microchip no resuelve por sí solo el caso, pero impide que la víctima quede reducida a “un perro encontrado muerto”. Permite poner nombre administrativo, rastrear responsabilidades y determinar quién debía hacerse cargo de él.

A partir de ahí, los investigadores deberán comprobar si el animal había sido denunciado como perdido, si constaba algún cambio de titularidad, si había antecedentes de abandono o maltrato, y si la persona que figura en el registro puede explicar dónde estaba el perro y en qué circunstancias desapareció.

En casos de maltrato animal, el chip es una herramienta fundamental porque ayuda a romper una de las coartadas más frecuentes: “no sé de quién era”, “apareció por allí”, “yo no tenía nada que ver”. Cuando hay identificación, la investigación empieza con una primera puerta a la que llamar.

Un delito que puede acabar en prisión

La muerte violenta de un perro no es una simple infracción administrativa. En España, el Código Penal contempla el maltrato animal como delito. Cuando se causa la muerte de un animal doméstico, amansado, domesticado o que vive bajo control humano, la pena puede llegar a prisión, además de la inhabilitación para tener animales o ejercer actividades relacionadas con ellos.

Es importante subrayarlo porque durante demasiado tiempo el maltrato animal se ha tratado socialmente como una gamberrada, una barbaridad menor o una conducta marginal sin grandes consecuencias. Ya no. La ley reconoce que los animales no son cosas, que sienten, que sufren y que su protección forma parte de una sociedad mínimamente decente.

La investigación deberá determinar si concurren agravantes como el uso de instrumentos peligrosos, el ensañamiento o la responsabilidad directa de quien tuviera confiado el cuidado del animal. En un caso como este, con una decena de heridas de arma blanca, la palabra “ensañamiento” aparecerá inevitablemente en la conversación pública, aunque tendrá que ser la autoridad judicial quien determine su encaje penal.

Gijón, ante otra herida en materia de protección animal

Este caso llega, además, en un momento especialmente sensible para Gijón en materia de protección animal. Hace apenas unas semanas, la Guardia Civil intervino un criadero de perros en Serín por condiciones sanitarias deplorables, con más de 200 animales afectados y muchos de ellos en mal estado de salud. Aquella actuación, desarrollada por el Seprona en colaboración con el Principado y el Ayuntamiento, ya había puesto sobre la mesa una evidencia incómoda: el maltrato y la negligencia hacia los animales no son sucesos aislados que ocurren lejos, en lugares remotos o en manos de monstruos perfectamente identificables.

A veces están más cerca. En naves, viviendas, criaderos, patios, pisos cerrados o solares que nadie vigila lo suficiente.

La diferencia en este caso es la violencia extrema. Aquí no hablamos de abandono prolongado, de suciedad o de enfermedad sin atender, sino de una agresión directa que terminó con la vida del animal. Es otro escalón. Y exige una respuesta proporcional.

El ciudadano que avisó hizo lo que había que hacer

En medio del horror, hay un elemento que conviene destacar: la persona que escuchó los quejidos y llamó a la Policía Local actuó como debe actuar una sociedad sana. No se encogió de hombros. No pensó que “sería cosa de otros”. No siguió caminando.

Ese aviso no salvó la vida del perro, porque cuando los agentes llegaron ya era tarde, pero sí puede ser decisivo para abrir la investigación. Muchas causas por maltrato animal empiezan así: por un vecino que oye algo raro, por alguien que ve a un animal en mal estado, por una llamada que rompe el silencio.

Esa es la otra lección de esta historia. La crueldad necesita escondites. La protección animal necesita ciudadanos que no miren hacia otro lado.

Una ciudad no puede acostumbrarse a esto

La muerte de este perro junto a los Pericones no debería quedar sepultada por la siguiente noticia del día. No puede convertirse en un episodio más de la crónica negra urbana, despachado con tres líneas y una mueca de asco. Es una bestialidad. Y las bestialidades, cuando no se investigan hasta el final, mandan un mensaje peligroso: que se puede hacer daño a un animal y desaparecer entre las ruinas.

Gijón necesita una respuesta clara. Policial, para identificar al responsable. Judicial, para que el caso no se diluya. Municipal, para revisar el estado de los espacios abandonados donde pueden ocultarse conductas violentas. Y social, para que el maltrato animal deje de encontrar refugio en la indiferencia.

Porque un perro apuñalado no es solo una víctima. Es un espejo. Nos obliga a mirar qué tipo de violencia convive con nosotros, qué espacios dejamos sin control y hasta qué punto estamos dispuestos a defender a quienes no pueden pedir ayuda con palabras.

Este perro solo pudo quejarse.

Alguien lo escuchó.

Ahora le toca a la justicia responder.

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