El teléfono, el Sáhara y la frontera: las preguntas que Pegasus dejó abiertas entre Sánchez y Marruecos

El teléfono, el Sáhara y la frontera: las preguntas que Pegasus dejó abiertas entre Sánchez y Marruecos

En mayo de 2021, mientras miles de personas entraban en Ceuta y España vivía una crisis sin precedentes con Rabat, alguien penetró en el teléfono de Pedro Sánchez y extrajo más de 2,7 gigabytes de información. Diez meses después España cambió su posición histórica sobre el Sáhara. Cinco años más tarde sabemos que Marruecos utilizaba Pegasus. Lo que seguimos sin saber es quién entró realmente en aquel móvil y para qué utilizó lo que encontró

Hay un momento de esta historia en el que todo ocurre al mismo tiempo.

Es mayo de 2021.

Ceuta está desbordada.

Miles de personas han atravesado en pocas horas la frontera desde Marruecos. Hombres, mujeres y menores llegan a nado, caminando por la playa o bordeando los espigones.

España contempla unas imágenes que parecen imposibles en una frontera europea.

Pedro Sánchez cancela su agenda y vuela a Ceuta.

La relación con Marruecos atraviesa uno de sus momentos más delicados en décadas.

Y mientras todo eso sucede, alguien está entrando en el teléfono móvil del presidente del Gobierno de España.

Nadie lo sabe todavía.

Ni los ciudadanos.

Ni la opinión pública.

La historia tardará casi un año en descubrirse.

Pero el intruso ya está dentro.

Y no se marcha con las manos vacías.

2,57 gigabytes

Entre el 19 y el 21 de mayo de 2021, el teléfono de Pedro Sánchez sufre una intrusión mediante Pegasus, el sofisticado programa de espionaje desarrollado por la empresa israelí NSO Group.

De aquel terminal salen al menos 2,57 gigabytes de información.

Diez días después ocurre de nuevo.

El 31 de mayo hay una segunda intrusión y se extraen otros 130 megabytes.

No hablamos de sospechas.

Los ataques fueron acreditados posteriormente por los servicios técnicos del Estado.

El propio Gobierno los reconoció.

La Audiencia Nacional abrió una investigación.

El teléfono del presidente había sido vulnerado desde el exterior.

Lo que nunca se hizo público fue algo mucho más inquietante:

qué se llevaron.

Dos gigabytes y medio pueden contener una cantidad enorme de información.

Mensajes privados.

Documentos.

Fotografías.

Contactos.

Correos.

Conversaciones políticas.

Información diplomática.

Datos de agenda.

Negociaciones internacionales.

O simplemente archivos sin especial relevancia.

Cinco años después seguimos sin saberlo.

Y precisamente en ese vacío comienza esta historia.

La tormenta perfecta

Para entender por qué todas las miradas acabaron dirigiéndose hacia Marruecos hay que volver a aquellos días.

España había permitido la entrada en territorio nacional de Brahim Ghali, líder del Frente Polisario, para recibir asistencia médica.

Para Rabat aquello era mucho más que una cuestión hospitalaria.

El Sáhara Occidental es uno de los asuntos centrales de la política exterior marroquí y una cuestión estratégica para la monarquía alauí.

La reacción fue fulminante.

La vigilancia fronteriza en torno a Ceuta se relajó y miles de personas pudieron atravesar la frontera.

El mensaje político resultaba difícil de ignorar.

España acababa de comprobar, de la forma más dramática posible, hasta qué punto Marruecos podía convertir el control migratorio en una herramienta de presión.

En medio de aquella crisis se produjo el mayor robo de información del teléfono del presidente.

La coincidencia temporal es extraordinaria.

Pero una coincidencia, por extraordinaria que sea, sigue sin ser una prueba.

Diez meses después

El siguiente capítulo llegó cuando casi nadie pensaba ya en Pegasus.

Marzo de 2022.

Pedro Sánchez dirige una carta al rey Mohamed VI.

España modifica una posición mantenida durante décadas sobre el Sáhara Occidental y pasa a considerar la propuesta marroquí de autonomía como «la base más seria, realista y creíble» para resolver el conflicto.

En Marruecos la decisión es recibida como un éxito diplomático.

En España provoca una tormenta.

El socio de Gobierno de Sánchez rechaza el cambio.

La oposición exige explicaciones.

Argelia reacciona con enorme dureza.

Y muchos se preguntan qué había llevado al presidente a adoptar personalmente una decisión de semejante trascendencia.

Pocas semanas después, Sánchez viaja a Rabat.

Mohamed VI le recibe.

España y Marruecos anuncian una nueva etapa en sus relaciones.

La crisis parece cerrada.

Y entonces ocurre algo inesperado.

España descubre que habían entrado en el teléfono de su presidente

El 2 de mayo de 2022, casi un año después de las intrusiones, el Gobierno comunica públicamente que los teléfonos de Pedro Sánchez y de la ministra de Defensa, Margarita Robles, habían sido infectados con Pegasus.

La expresión utilizada por el Ejecutivo es contundente:

«Intervenciones ilícitas y externas».

Aquello cambia la naturaleza de toda la historia.

Porque ya no se trata únicamente de una crisis diplomática.

Un actor extranjero ha conseguido penetrar en los dispositivos de algunos de los responsables políticos más importantes de España.

La Audiencia Nacional empieza a investigar.

Pero aparece un problema.

Pegasus no funciona como un programa informático cualquiera.

NSO Group vende el sistema a Estados y organismos gubernamentales.

Para saber quién estaba detrás de una infección resulta fundamental conocer qué cliente operó el sistema.

Y esa información estaba en Israel.

La investigación que chocó contra una pared

El juez José Luis Calama pidió cooperación a las autoridades israelíes.

Quería conocer información relacionada con NSO Group que pudiera conducir hasta el responsable de los ataques.

Las respuestas necesarias nunca llegaron.

La investigación fue archivada provisionalmente.

Después apareció nueva información procedente de Francia y la causa volvió a abrirse.

Pero tampoco fue suficiente.

En enero de 2026, la Audiencia Nacional volvió a archivar provisionalmente el procedimiento.

Cinco años después del ataque, la Justicia española seguía sin poder contestar la pregunta fundamental:

¿quién entró en el teléfono del presidente del Gobierno?

No porque se hubiera demostrado que Marruecos no lo hizo.

Ni porque se hubiese encontrado otro responsable.

Sencillamente porque no había pruebas suficientes para atribuir judicialmente el espionaje a nadie.

Y entonces, en julio de 2026, apareció una pieza nueva.

Lo que Marruecos siempre negó

Durante años Rabat rechazó las acusaciones de que sus servicios de inteligencia utilizasen Pegasus.

Pero en el verano de 2026 una investigación internacional cambió sustancialmente el escenario.

Documentación procedente de NSO Group, información relacionada con procedimientos judiciales estadounidenses, análisis de los servicios franceses y el testimonio de un antiguo miembro de la inteligencia marroquí aportaron nuevas evidencias de que Marruecos sí utilizó Pegasus.

El antiguo agente describió incluso cómo se utilizaba el sistema.

Los investigadores encontraron además conexiones técnicas entre ataques sufridos por dirigentes franceses y otros objetivos de evidente interés para los servicios marroquíes.

Durante el escándalo Pegasus ya se había conocido que números relacionados incluso con el presidente francés, Emmanuel Macron, habían figurado entre posibles objetivos.

De repente, una parte importante del puzle estaba mucho más clara.

Marruecos había tenido acceso a Pegasus.

Sus servicios lo habían utilizado.

Había existido interés por responsables políticos extranjeros.

Y el presidente español había sido infectado precisamente cuando las relaciones entre Madrid y Rabat atravesaban una crisis extraordinaria.

Todo parecía encajar.

Casi todo.

Porque seguía faltando una pieza.

La decisiva.

Nadie ha demostrado que Marruecos entrara en el móvil de Sánchez

La sospecha puede ser poderosa.

Los indicios pueden ser numerosos.

La coincidencia temporal puede resultar extraordinaria.

Pero ninguna investigación judicial ha conseguido demostrar que la infección concreta del teléfono de Pedro Sánchez fuese realizada por Marruecos.

Y esa frontera importa.

Mucho.

Porque una cosa es afirmar que Marruecos tenía Pegasus.

Otra, que lo utilizó contra objetivos extranjeros.

Y otra distinta es demostrar que fue Marruecos quien penetró en el dispositivo del presidente español.

Ese último salto sigue sin estar probado.

Pero aún queda otro todavía mayor.

La palabra más peligrosa: chantaje

Aquí comienza la parte de la historia en la que los hechos terminan y las hipótesis empiezan.

Desde hace años circula una teoría según la cual Marruecos habría obtenido información comprometedora del teléfono de Sánchez y habría utilizado esos datos para presionarlo políticamente.

El giro español sobre el Sáhara suele aparecer como principal argumento.

La secuencia resulta tentadora.

Primero, Pegasus.

Después, el robo de información.

Luego, el cambio sobre el Sáhara.

Finalmente, la reconciliación con Mohamed VI.

El problema es que una secuencia no demuestra una relación causal.

Para poder hablar de chantaje haría falta algo que hoy no existe públicamente.

Una amenaza.

Un mensaje.

Un documento.

Una conversación.

Una orden.

El testimonio directo de alguien que hubiera participado en la operación.

Una prueba de que determinada información obtenida mediante Pegasus fue utilizada para exigir una determinada decisión política.

Nada de eso ha aparecido.

Ni siquiera sabemos si entre aquellos 2,57 gigabytes había algo personalmente comprometedor para Pedro Sánchez.

Por eso afirmar que el presidente del Gobierno está o estuvo chantajeado por Marruecos sería convertir una sospecha en un hecho.

Y no lo es.

Pero la pregunta no desaparece

Eso tampoco significa que preguntar sea ilegítimo.

Porque los elementos objetivos existen.

El teléfono fue atacado.

La cantidad de información robada fue enorme.

La intrusión se produjo durante una crisis gravísima con Marruecos.

Marruecos tenía un enorme interés estratégico en las decisiones que España tomara sobre el Sáhara.

Hoy existen pruebas mucho más fuertes de que sus servicios utilizaban Pegasus.

Y diez meses después España adoptó una decisión extraordinariamente favorable a la principal reivindicación exterior de Rabat.

Nada de eso demuestra un chantaje.

Pero explica perfectamente por qué la sospecha no desaparece.

Mohamed VI

Hay además una acusación todavía más delicada.

Que el propio rey de Marruecos hubiera ordenado el espionaje o estuviera personalmente detrás de una hipotética presión sobre Pedro Sánchez.

Tampoco hay pruebas públicas de ello.

El sistema político marroquí concentra un enorme poder en torno a la Corona y el aparato de seguridad, pero atribuir personalmente a Mohamed VI una operación concreta requiere algo más que conocer la estructura del régimen.

No existe prueba pública de que el monarca ordenara espiar a Sánchez.

Ni de que recibiera los datos obtenidos.

Ni de que haya utilizado esos datos para presionar al presidente español.

Es importante decirlo porque precisamente ahí es donde una investigación puede convertirse muy rápidamente en una acusación sin fundamento.

Cinco años después, otra vez Ceuta

Y entonces llegamos a 2026.

Otra crisis.

Otra frontera.

Otra vez Ceuta.

La presión migratoria vuelve a dispararse y España contempla nuevamente escenas que recuerdan inevitablemente a mayo de 2021.

El Gobierno habla de una vulneración de la integridad territorial.

Pedro Sánchez viaja a la ciudad.

Se movilizan recursos del Estado.

Pero Madrid evita responsabilizar frontalmente a Rabat.

La prudencia vuelve a ser extrema.

Y inevitablemente reaparece Pegasus.

Para quienes creen en la teoría del chantaje, la explicación parece inmediata:

Sánchez no puede enfrentarse a Marruecos porque Marruecos tiene algo contra él.

Es una conclusión sencilla.

Quizá demasiado sencilla.

Porque existe otra explicación mucho menos misteriosa y probablemente mucho más poderosa.

España depende profundamente de su relación con Marruecos.

El poder que Marruecos ya tiene sin necesidad de Pegasus

No hace falta disponer de secretos personales de un presidente para ejercer presión sobre España.

Marruecos controla una de las principales rutas migratorias hacia Europa.

Coopera con España en terrorismo yihadista.

En narcotráfico.

En seguridad.

En comercio.

En pesca.

En control fronterizo.

En inteligencia.

Y comparte con España una de las fronteras políticamente más sensibles del continente.

Cada Gobierno español sabe que una crisis grave con Rabat puede sentirse en Ceuta o Melilla en cuestión de horas.

Eso ya concede a Marruecos una formidable capacidad de presión.

La crisis de mayo de 2021 lo demostró.

Por eso la extrema prudencia de cualquier Gobierno español frente a Rabat puede explicarse por razones geopolíticas perfectamente conocidas.

No hace falta invocar un chantaje secreto.

Pero Pegasus añade una sombra que sigue ahí.

El verdadero escándalo

Quizá llevamos cinco años formulando mal la pregunta.

La pregunta más importante no es:

¿Marruecos chantajea a Pedro Sánchez?

Porque nadie ha conseguido demostrarlo.

La pregunta verdaderamente extraordinaria es otra:

¿Cómo puede un país permitir que alguien entre en el teléfono de su presidente, robe más de 2,7 gigabytes de información y cinco años después seguir sin saber públicamente quién fue?

Ese hecho no necesita teorías.

Está acreditado.

Alguien penetró en uno de los dispositivos más sensibles del Estado.

Lo hizo en medio de una crisis internacional.

Extrajo una cantidad enorme de datos.

La Justicia española intentó averiguar quién era.

No pudo.

Nunca se explicó públicamente qué información fue sustraída.

Nunca se explicó qué uso pudo hacerse de ella.

Y el autor continúa oficialmente sin nombre.

Una historia sin final

Quizá algún día aparezcan los datos que faltan.

Puede surgir nueva documentación de NSO Group.

Israel puede acabar facilitando información.

Un antiguo agente puede decidir hablar.

Puede aparecer una prueba técnica capaz de identificar al operador que atacó el teléfono.

O quizá nunca ocurra.

Mientras tanto, cualquier reportaje responsable tiene que convivir con dos obligaciones que parecen contradictorias.

No convertir las sospechas en certezas.

Y no fingir que las sospechas nacieron de la nada.

Porque cinco años después hay hechos que siguen ahí.

Ceuta.

Pegasus.

El teléfono del presidente.

2,7 gigabytes desaparecidos.

El Sáhara.

Mohamed VI.

La reconciliación.

Las nuevas pruebas sobre el uso marroquí del programa.

Y otra crisis en Ceuta.

Quizá sean capítulos independientes.

Quizá algún día descubramos que estaban relacionados.

Hoy nadie puede demostrarlo.

Pero mientras España no consiga responder a una pregunta tan elemental como quién entró en el teléfono de su presidente, cada nueva crisis con Marruecos inevitablemente devolverá al país al mismo lugar.

A aquella semana de mayo de 2021.

A un teléfono.

A una frontera fuera de control.

Y a alguien, en algún lugar, descargando silenciosamente 2,57 gigabytes de información del presidente del Gobierno de España.

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