La Campa Torres desentierra el edificio romano que puede cambiar la historia de Gijón

La Campa Torres desentierra el edificio romano que puede cambiar la historia de Gijón

Las últimas excavaciones sacan a la luz la mayor construcción conocida del yacimiento, con tabiques interiores de tapial únicos en Asturias, nuevas defensas ocultas bajo la muralla y pistas que apuntan a que el asentamiento pudo nacer antes del siglo VI a. C.

La Campa Torres acaba de entregar uno de esos hallazgos que no solo amplían un yacimiento: obligan a mirarlo de nuevo. Bajo la hierba del cabo gijonés, entre el castro y la zona de la Llanada, las últimas excavaciones han sacado a la luz un edificio romano de grandes dimensiones, construido en los primeros momentos de la ocupación romana, en el siglo I antes de Cristo, y tan singular que ha dejado desconcertados a los propios especialistas.

No es una casa. No parece una vivienda. No responde al patrón doméstico habitual del yacimiento. Es una construcción de dos plantas, con contrafuertes, al menos tres estancias diferenciadas, cubierta probablemente a dos aguas y una técnica constructiva insólita en Asturias: muros exteriores de piedra y tabiques interiores levantados con tapial, es decir, tierra arcillosa apisonada sobre un zócalo de piedra.

Dicho de forma sencilla: en el origen romano de Gijón ha aparecido un edificio que no se parece a lo que se conocía hasta ahora en Asturias.

La importancia del descubrimiento no está solo en su tamaño, aunque se trata de la mayor construcción documentada hasta el momento en La Campa Torres. La verdadera sorpresa está en cómo fue levantada. Sus paredes interiores no eran de piedra maciza, como cabría esperar en un enclave castreño y romano de estas características, sino de capas de tierra compactada, mezclada con cantos y gravas, colocadas mediante un sistema de encofrado. Primero se disponía una hilera de piedras a modo de zócalo, de menos de medio metro de altura, y sobre ella se iban acumulando y apisonando las tongadas de tierra hasta formar el tabique.

Los restos encontrados permiten además deducir que esas paredes estaban revestidas con una carga y un lucido posterior. Es decir, no eran simples divisiones pobres o improvisadas, sino tabiques terminados, pensados para formar parte de un edificio cuidado, funcional y probablemente importante.

El arqueólogo municipal Rubén Montes ha subrayado el carácter extraordinario de esta técnica. En Asturias no se conocen ejemplos comparables de tapial ni en época antigua ni en época medieval. Por eso el hallazgo no es un detalle técnico para especialistas: es una rareza constructiva que abre preguntas nuevas sobre quién diseñó ese edificio, para qué se utilizó y qué grado de influencia externa llegó a tener La Campa Torres en los primeros años de la romanización.

Una terraza artificial para levantar edificios

El nuevo edificio no apareció en cualquier sitio. Los trabajos han permitido comprobar que, en la ladera situada entre el castro y la Llanada, se acondicionó el terreno mediante una gran terraza artificial. Para ello se levantó un potente muro de piedra, una especie de talud de unos tres metros de altura, que permitió crear una superficie estable donde levantar varias construcciones.

La planta de una de ellas es hoy perfectamente visible. Y lo que muestra no es un rincón marginal del asentamiento, sino una intervención planificada, ambiciosa, con voluntad de ocupar y organizar una zona que hasta ahora no se entendía del todo.

Ese dato es crucial. La Campa Torres ya era conocida como uno de los enclaves fundamentales para explicar los orígenes de Gijón: el castro de Noega, un asentamiento astur de enorme relevancia, después romanizado, situado en un promontorio estratégico sobre el Cantábrico y los fondeaderos naturales que hoy ocupa el entorno de El Musel. Pero estas excavaciones sugieren que la vida del asentamiento pudo ser más compleja, más antigua y más extensa de lo que se pensaba.

No estamos ante unas piedras más. Estamos ante un nuevo capítulo del origen de Gijón.

Dos murallas ocultas y tres fosos bajo la defensa visible

Si el edificio romano ha sido el descubrimiento más vistoso, las defensas ocultas pueden ser incluso más importantes para reescribir la historia del castro. Las excavaciones en la zona del antecastro, donde se creía que no iba a aparecer nada relevante, han revelado restos de elementos defensivos de distintas etapas de la Edad del Hierro: dos murallas y hasta tres fosos anteriores a la muralla y al foso que hoy ven los visitantes al llegar al yacimiento.

Esto cambia la lectura del lugar.

Hasta ahora, la muralla visible, fechada en torno a los siglos III o IV antes de Cristo, era una de las grandes referencias de La Campa Torres. Pero bajo ella se han documentado defensas más antiguas. Primero, una muralla primigenia con una plataforma de piedra de unos tres metros sobre la que se habría levantado una empalizada de madera, reforzada con dos fosos delanteros. Después, otro sistema defensivo posterior, con un muro de piedra por dentro, otro de madera por fuera y un relleno de tierra y grava, también acompañado por un foso delantero que cegó los dos fosos anteriores.

En otras palabras: La Campa Torres no nació de golpe como el castro monumental que conocemos. Fue creciendo, transformándose, reforzándose y rehaciéndose durante generaciones. Sus habitantes no solo ocuparon el cabo; lo fortificaron una y otra vez, adaptándolo a nuevas necesidades, amenazas y formas de vida.

La conclusión de los arqueólogos es clara: hay al menos tres momentos diferenciados en los sistemas de fortificación del asentamiento. Y eso empuja la cronología hacia atrás.

¿Un Gijón más antiguo de lo que pensábamos?

Los nuevos hallazgos hacen pensar que los primeros pobladores de La Campa Torres pudieron asentarse allí antes del siglo VI antes de Cristo. Es una hipótesis todavía pendiente de confirmación, pero no es una ocurrencia. Las muestras orgánicas recuperadas durante la excavación, especialmente semillas, serán sometidas a pruebas de carbono 14 para precisar la cronología.

Ahí puede estar una de las claves de todo el proceso. Si las dataciones confirman esa mayor antigüedad, La Campa Torres reforzará aún más su papel como uno de los grandes enclaves para comprender la formación del mundo castreño astur y los orígenes remotos de Gijón.

El yacimiento ya ocupaba un lugar de primer orden. Se trata del mayor recinto fortificado marítimo de la costa de los astures, identificado con el oppidum Noega citado por las fuentes clásicas. Su posición no era casual: un cabo elevado, con dominio visual del mar, control sobre fondeaderos naturales y conexión con rutas comerciales. Un lugar perfecto para vivir, defenderse, producir, comerciar y mirar el mundo desde el borde mismo del Cantábrico.

Los cilúrnigos, la comunidad astur asociada al castro, fueron conocidos por su actividad metalúrgica. El propio nombre se ha vinculado tradicionalmente con los trabajos del metal y los calderos. La Campa Torres no era una aldea perdida en la costa. Era un punto estratégico, productivo y conectado, capaz de recibir objetos del sur peninsular y del Mediterráneo antes incluso de la plena romanización.

Una moneda de Tiberio y cerámica del norte de Italia

La campaña no solo ha dejado arquitectura. También han aparecido objetos de notable valor arqueológico, entre ellos una moneda de bronce de época de Tiberio con un resello militar en forma de cabeza de águila. Este tipo de contramarcas era frecuente en contextos militarizados del noroeste peninsular durante el siglo I d. C., lo que encaja con la importancia estratégica de Noega en los primeros tiempos de la presencia romana.

También se ha recuperado un fragmento de mortero cerámico sellado procedente del norte de Italia, una pieza que apunta a conexiones comerciales de largo alcance. Estos objetos ayudan a contar una historia que va mucho más allá del tópico del castro aislado. La Campa Torres estaba en una red. Miraba al Cantábrico, sí, pero también estaba conectada con circuitos militares, comerciales y culturales del mundo romano.

Esa es una de las grandes virtudes del yacimiento: permite ver el paso de una sociedad astur de la Edad del Hierro a un mundo romanizado sin convertirlo en una película simplona de invasores y vencidos. La realidad fue más rica. Hubo continuidad, adaptación, convivencia de formas constructivas, transformación del urbanismo y cambios progresivos en la vida cotidiana.

De castro astur a Noega romana

La historia de La Campa Torres es, en buena medida, la historia más antigua de Gijón. Allí se sitúa el castro de Noega, conocido por las fuentes clásicas y vinculado al proceso que desembocaría, siglos después, en la ciudad romana asentada en Cimavilla.

Antes de los romanos, el cabo ya era un lugar intensamente ocupado. Las excavaciones han documentado estructuras de habitación circulares y rectangulares, pozos de agua, actividad metalúrgica y objetos que hablan de intercambios a larga distancia. Con la romanización, a partir del siglo I d. C., el asentamiento se transformó: aparecieron viviendas cuadrangulares, porches, cubiertas de tégula e ímbrices y pavimentos más cuidados.

Ahora, el nuevo edificio romano con tabiques de tapial añade una pieza inesperada a ese puzle. No encaja del todo con lo que se esperaba. Y por eso es importante. La arqueología avanza precisamente así: cuando una piedra dice algo que nadie había previsto.

Jovellanos, Augusto y una historia excavada durante siglos

La Campa Torres tiene además una trayectoria arqueológica singular. Su interés no nació ayer. Ya en el siglo XVIII, Gaspar Melchor de Jovellanos impulsó investigaciones en el lugar para localizar la procedencia de una lápida dedicada al emperador Augusto, relacionada por algunos con las Aras Sestianas citadas en las fuentes antiguas.

En 1972, José Manuel González y Fernández Valles catalogó el enclave como castro y lo identificó con el oppidum Noega. Desde finales de los años setenta y, sobre todo, entre los años ochenta y noventa, las campañas arqueológicas fueron consolidando su importancia. En 1980 se inició el proceso para su protección como Bien de Interés Cultural, declaración que se haría efectiva en 1994. El parque arqueológico-natural se convertiría después en uno de los grandes espacios culturales de Gijón.

Durante años, sin embargo, el yacimiento pareció guardar silencio. Ahora vuelve a hablar con fuerza.

Un parque más accesible y una visita con reconstrucciones 3D

La fase actual del Proyecto Campa no se limita a excavar. También busca que el visitante entienda mejor lo que pisa. Este mismo verano quedará prácticamente rematada la intervención que hará más accesible y comprensible la visita al Parque Arqueológico-Natural de la Campa Torres.

La empresa Citanias ha habilitado tres senderos con pasarelas de tarima tecnológica encapsulada que recorrerán el enclave castreño y romano. También se están ultimando seis marquesinas que albergarán puntos de información. La idea es que los visitantes puedan recoger una de las 25 tablets disponibles en la entrada y, al recorrer el parque, ver reconstrucciones virtuales de las edificaciones y escenas ficcionadas que ayuden a imaginar cómo era la vida allí hace más de dos mil años.

La empresa gijonesa Monocnomo se encarga de esos contenidos digitalizados, pensados para convertir una visita que antes podía resultar difícil de interpretar en una experiencia mucho más clara, visual y atractiva. Porque no todo el mundo sabe leer un zócalo de piedra, un foso o una alineación de muros. Pero cualquiera puede emocionarse si entiende que, bajo sus pies, hubo hogares, talleres, defensas, caminos, soldados, artesanos, comerciantes y familias.

La previsión es que el conjunto esté concluido en septiembre.

El origen de Gijón, más vivo que nunca

La Campa Torres no es solo un yacimiento bonito con vistas al mar. Es una puerta a la primera historia de Gijón. Un lugar donde se cruzan astures y romanos, metalurgia y comercio, murallas y fosos, mar y monte, memoria indígena y poder imperial.

Los nuevos hallazgos multiplican su importancia. El edificio romano con tabiques de tapial plantea preguntas inéditas. Las defensas anteriores a la muralla visible obligan a pensar en un asentamiento más antiguo y más complejo. La moneda de Tiberio y la cerámica del norte de Italia recuerdan que Noega formaba parte de un mundo conectado. Y las futuras dataciones por carbono 14 pueden empujar todavía más atrás la historia del poblado.

Hay descubrimientos que añaden una nota a pie de página. Este no. Este hallazgo puede cambiar el primer capítulo del relato gijonés.

Durante mucho tiempo, la Campa Torres fue vista por muchos como un lugar al que ir de excursión, mirar el mar, pasear entre piedras y regresar a casa con una vaga idea de que “allí hubo romanos”. Las últimas excavaciones demuestran que hay que tomársela mucho más en serio. Allí no hubo simplemente romanos. Allí hubo un asentamiento astur de primer orden, una transformación urbana durante la romanización, sistemas defensivos superpuestos y ahora un edificio único en Asturias que habla de técnicas, usos y contactos todavía por descifrar.

La tierra de la Campa Torres ha vuelto a abrirse. Y lo que ha mostrado no es una ruina muerta, sino una pregunta enorme: ¿cuánto más antiguo, complejo y decisivo fue realmente el origen de Gijón?

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