Indra cambia de aliado en plena batalla por los tanques: aparca a Escribano y busca la paz con Santa Bárbara

Indra cambia de aliado en plena batalla por los tanques: aparca a Escribano y busca la paz con Santa Bárbara

La tecnológica española negocia con la filial de General Dynamics una alianza para optar a los grandes contratos terrestres de defensa, después de meses de recursos judiciales, tensiones industriales y una guerra soterrada por el liderazgo militar en España

Indra ha decidido mover ficha en el tablero más delicado de la defensa española. Y no ha movido un peón: ha cambiado de estrategia.

Después de meses de tensión con Santa Bárbara Sistemas, después de recursos judiciales, acusaciones cruzadas y una batalla abierta por los contratos de artillería más golosos de la década, la tecnológica española ha abierto una nueva vía de negociación con la filial española de General Dynamics. La idea que está sobre la mesa es tan sencilla de explicar como difícil de ejecutar: convertir a dos enemigos recientes en socios necesarios para competir por los grandes programas militares terrestres que prepara España y que también empiezan a asomar en Europa.

El giro es importante porque supone, de facto, un enfriamiento del eje Indra-Escribano, que hasta hace apenas unos meses parecía llamado a convertirse en el núcleo del gran “campeón nacional” de la defensa terrestre. Ahora, con Ángel Escribano fuera de la presidencia de Indra, con José Vicente de los Mozos también fuera de la primera línea ejecutiva y con Ángel Simón al mando del consejo, el mapa ha cambiado.

La vieja fotografía ya no sirve. Indra mira ahora hacia Santa Bárbara.

De querer comprarla a sentarse con ella

La relación entre Indra y Santa Bárbara había tocado fondo durante la etapa de Ángel Escribano al frente de la tecnológica. Indra llegó a explorar la compra de Santa Bárbara Sistemas, pero General Dynamics, propietaria de la compañía, cerró la puerta. Aquello fue el primer choque serio.

Luego llegó el golpe grande: el Gobierno adjudicó a la alianza formada por Indra y Escribano Mechanical & Engineering los dos grandes programas de artillería autopropulsada, sobre ruedas y sobre cadenas, por un importe conjunto de 7.240 millones de euros. Santa Bárbara, que aspiraba a competir con su propio sistema y que se considera uno de los actores con más experiencia industrial en el ámbito terrestre, quedó fuera.

Y cuando una empresa de defensa queda fuera de un contrato de 7.240 millones, no se enfada: declara la guerra. Administrativa, judicial y empresarial.

Santa Bárbara recurrió. Primero contra las ayudas públicas que prefinanciaban los programas. Después contra las adjudicaciones. La compañía llevó la batalla al Tribunal Supremo y a la Audiencia Nacional. El mensaje era claro: no aceptaba haber sido excluida de una operación que puede marcar el futuro de la defensa terrestre española durante la próxima década.

Pero mientras los abogados seguían su camino, los directivos empezaron a hablar.

La paz de los cañones

La negociación actual no nace del amor empresarial, sino de la necesidad. Indra quiere consolidarse como gran integrador nacional de defensa. Santa Bárbara tiene músculo industrial, experiencia en vehículos militares, fábricas, conocimiento de plataformas terrestres y el respaldo de General Dynamics. Las dos pueden hacerse daño por separado. Juntas pueden vender una idea mucho más poderosa: una industria terrestre española capaz de competir por contratos nacionales y europeos sin romperse por dentro.

Ese es el corazón de la noticia.

Lo que se negocia no es simplemente si Santa Bárbara entra o no en un contrato concreto. Lo que se está tanteando es si puede construirse una alianza estable para ordenar un sector que lleva meses funcionando como un patio de colegio con presupuestos de Estado Mayor: todos quieren liderar, todos se vigilan, todos sospechan de todos y, entretanto, Defensa necesita que los programas salgan adelante.

En el mercado se habla incluso de una posible empresa conjunta, una joint venture, para canalizar esa colaboración. Sin embargo, las compañías rebajan el alcance de las conversaciones y evitan confirmar que exista ya un diseño societario cerrado. La traducción al castellano normal sería: están hablando en serio, pero nadie quiere salir demasiado pronto en la foto por si luego la foto se quema.

El gran botín: 7.240 millones en artillería

El origen de todo está en los dos grandes programas de artillería adjudicados a Indra y EM&E. El primero es el de artillería autopropulsada sobre ruedas, valorado en unos 2.686 millones de euros. El segundo es el de artillería autopropulsada sobre cadenas, de unos 4.554 millones. En total, 7.240 millones.

No hablamos de comprar unos cuantos cañones y ponerles una pegatina. Hablamos de rediseñar capacidades clave del Ejército de Tierra: vehículos de artillería, sistemas de municionamiento, mando y control, recuperación, integración tecnológica, adaptación industrial y producción en España.

Para el programa de cadenas, Indra ha cerrado un acuerdo con la surcoreana Hanwha para tomar como punto de partida la familia K9, uno de los sistemas de artillería autopropulsada más extendidos entre países aliados. La idea es diseñar y fabricar en España una solución adaptada a las necesidades del Ejército español, con autoridad de diseño de Indra e integración de sistemas nacionales.

Para el programa de ruedas, Indra también ha avanzado con Rheinmetall, la gran compañía alemana de defensa, para apoyarse en plataformas industriales ya maduras. Es decir: Indra está construyendo una red de socios internacionales mientras intenta mantener el relato de soberanía industrial española.

Y ahí entra la pregunta incómoda: ¿cómo puede aspirar España a un campeón nacional terrestre si deja fuera a Santa Bárbara, que lleva décadas fabricando y manteniendo vehículos militares en el país?

Esa pregunta es la que ahora se intenta responder en una mesa de negociación.

Santa Bárbara: de rival judicial a socio imprescindible

Santa Bárbara Sistemas no es una empresa cualquiera. Es la filial española de General Dynamics European Land Systems y forma parte de un grupo multinacional con enorme peso en defensa terrestre. En España está ligada a programas clave como los blindados, el mantenimiento de vehículos militares y la fabricación de sistemas terrestres.

Su queja principal en los contratos de artillería fue que no se le permitió competir en igualdad de condiciones. La compañía sostiene que su propuesta, vinculada al sistema Némesis, debía haber sido tenida en cuenta. También alegó que la adjudicación directa y sin competencia efectiva perjudicaba su posición futura en el mercado.

El Supremo no aceptó suspender cautelarmente las ayudas públicas asociadas a los programas, pero eso no resolvió el fondo del asunto. El litigio sigue vivo. Y ese es precisamente uno de los puntos más delicados de la negociación: ¿cómo se firma la paz industrial mientras sigue abierta la guerra judicial?

La respuesta, por ahora, parece ser una fórmula mixta: Santa Bárbara mantiene sus recursos para no perder derechos procesales, pero al mismo tiempo abre la puerta a un acuerdo empresarial. Dicho de forma menos elegante: pleiteo por si acaso, negocio por si sale bien.

El factor Escribano: el aliado que ya no basta

Hasta hace poco, Indra parecía tener claro su camino: crecer en defensa terrestre de la mano de Escribano Mechanical & Engineering. La posible integración de EM&E en Indra fue presentada como una operación estratégica para dotar a la tecnológica de más capacidad industrial. Sobre el papel tenía lógica: Indra aportaba tecnología, sistemas, integración y músculo institucional; Escribano aportaba fabricación, torretas, electrónica embarcada y experiencia en equipos de defensa.

Pero la operación se envenenó por el conflicto de interés. Los hermanos Escribano eran propietarios de EM&E y, al mismo tiempo, accionistas relevantes de Indra. Ángel Escribano presidía la compañía que podía comprar la empresa de su propia familia. Aunque se intentaron establecer cautelas, el asunto terminó provocando una crisis de gobernanza.

La presión fue creciendo hasta que EM&E se retiró de la operación y Ángel Escribano acabó dejando la presidencia de Indra. Lo que se vendía como la gran integración industrial española quedó en suspenso. Y en ese vacío aparece ahora Santa Bárbara.

No significa que Escribano desaparezca del mapa. EM&E sigue dentro de programas clave, entre ellos los de artillería, y conserva capacidades industriales importantes. Pero la nueva dirección de Indra parece querer evitar depender de un único socio. La estrategia ahora es más pragmática: hablar con todos, recomponer relaciones y no dejar que una guerra empresarial bloquee miles de millones en contratos.

El nuevo mando en Indra

La llegada de Ángel Simón a la presidencia de Indra ha cambiado el tono. Su etapa parece marcada por una idea: rebajar incendios. Con Sapa, con Santa Bárbara, con Defensa, con los socios industriales y con el mercado.

Después llegó el nombramiento de Josep Maria Recasens como consejero delegado, procedente del mundo de la automoción y con perfil industrial. Es otro mensaje claro: Indra no quiere aparecer solo como una tecnológica que se mete en defensa, sino como una compañía capaz de organizar producción, cadenas de suministro, entregas, fábricas y socios.

Eso importa porque el gran problema de la defensa terrestre española no es solo adjudicar contratos. Es cumplirlos.

El ejemplo más claro es el Dragón 8x8, el blindado del Ejército de Tierra. Tess Defence, el consorcio formado por Indra, Santa Bárbara, EM&E y Sapa, acumula retrasos. El contrato prevé 348 vehículos por unos 2.500 millones de euros, pero las entregas han sufrido incumplimientos sucesivos. Para 2026, Defensa esperaba 138 unidades y el consorcio habla de llegar a unas 100. La amenaza de sanciones sigue ahí.

Por eso la negociación con Santa Bárbara también se lee en clave Dragón: si Indra quiere liderar la defensa terrestre española, necesita que sus socios no trabajen como enemigos atrincherados en el mismo vehículo.

La derivada asturiana: Gijón en el mapa de la artillería

La historia tiene además una lectura asturiana directa. Indra ha situado su planta de El Tallerón, en Gijón, dentro del programa de artillería de cadenas vinculado al acuerdo con Hanwha. El proyecto prevé una inversión de 130 millones para nuevas capacidades industriales, maquinaria avanzada y una planta adicional de integración.

El programa contempla la entrega de vehículos de artillería de cadenas, sistemas de reabastecimiento de munición, vehículos de mando y control y vehículos de recuperación. No es solo una adjudicación abstracta en Madrid: es carga industrial, empleo cualificado, tecnología y presencia de Asturias en uno de los programas militares más relevantes de los próximos años.

Por eso lo que ocurra entre Indra, Santa Bárbara y EM&E no es una pelea lejana de despachos. Puede acabar teniendo impacto directo en fábricas, subcontratas, inversiones y empleo industrial.

Europa se rearma y España quiere sitio

Todo esto ocurre en un momento muy concreto. Europa está acelerando el gasto en defensa. España ha asumido el objetivo del 2% del PIB y ha puesto en marcha decenas de Programas Especiales de Modernización para reforzar capacidades militares, autonomía industrial y tecnología nacional.

En ese contexto, Indra aspira a ser en tierra lo que Navantia representa en el ámbito naval y Airbus en el aeroespacial: una empresa tractora, con capacidad de agrupar industria alrededor y acudir a grandes contratos con una propuesta nacional reconocible.

Pero para eso necesita dos cosas: tecnología y fábricas. Indra tiene la primera. Santa Bárbara puede aportar buena parte de la segunda. EM&E también tiene capacidades relevantes. Sapa es clave en sistemas de movilidad. El problema es que todas esas piezas no siempre han encajado. A veces han funcionado más como un saco de gatos con presupuesto militar.

La nueva negociación intenta precisamente eso: ordenar el tablero antes de que el tablero lo ordenen otros.

Una alianza con muchas minas debajo

La posible alianza Indra-Santa Bárbara no será sencilla. Hay varios interrogantes abiertos.

El primero es jurídico: Santa Bárbara mantiene recursos contra contratos que benefician a Indra y EM&E. Si entra en una alianza, deberá decidir hasta dónde sostiene esa batalla.

El segundo es societario: si se crea una empresa conjunta, habrá que definir quién manda, qué aporta cada parte, cómo se reparten los contratos y qué papel queda para EM&E.

El tercero es político: el Gobierno ha apostado claramente por Indra como gran compañía tractora de defensa. Pero también necesita que esa apuesta no parezca una exclusión de actores industriales relevantes.

El cuarto es industrial: una alianza solo tendrá sentido si sirve para fabricar mejor, entregar a tiempo y evitar repetir los retrasos del Dragón 8x8.

Y el quinto es europeo: la defensa ya no se juega solo en España. Los grandes programas se decidirán cada vez más en consorcios internacionales. Una industria española dividida llega débil. Una industria coordinada puede llegar con otra voz.

La noticia, traducida al lenguaje de la calle

Indra intentó crecer con Escribano. Aquello se enredó por conflictos de interés y tensiones de poder. Mientras tanto, Santa Bárbara, que se sintió expulsada de los grandes contratos de artillería, se fue a los tribunales. Ahora Indra necesita músculo industrial y paz en el sector. Santa Bárbara necesita volver al centro del negocio. Defensa necesita que los programas avancen. Y Europa está abriendo una ventana de contratos que nadie quiere mirar desde fuera.

Resultado: antiguos rivales se sientan a negociar.

No porque se quieran. Porque se necesitan.

La guerra que puede acabar en sociedad

La posible alianza entre Indra y Santa Bárbara es mucho más que un acuerdo empresarial. Es el intento de cerrar una guerra industrial que amenazaba con partir en dos la defensa terrestre española justo cuando más dinero va a moverse en el sector.

Si prospera, Indra podría presentarse como el gran integrador nacional de sistemas terrestres con el apoyo industrial de Santa Bárbara y el respaldo tecnológico de sus alianzas internacionales. Si fracasa, el sector volverá al punto anterior: recursos judiciales, contratos discutidos, socios enfrentados y Defensa atrapada entre empresas que deberían fabricar juntas, pero que a veces parecen más ocupadas en dispararse entre ellas que en fabricar cañones.

La frase que resume todo es brutalmente sencilla: Indra ha entendido que no basta con ganar contratos; ahora tiene que construir el ejército industrial capaz de cumplirlos.

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