El presidente defiende que no hay corrupción generalizada, niega haber conocido las prácticas irregulares y acusa a PP y Vox de cinismo, mientras el líder popular exige elecciones y Abascal eleva el tono desde la tribuna
El Congreso de los Diputados vive este miércoles una de las sesiones más ásperas de la legislatura. No es un debate más sobre corrupción. Es, de facto, un choque frontal sobre la continuidad política de Pedro Sánchez, sobre la credibilidad del PSOE y sobre el límite de resistencia de un Gobierno cercado por causas judiciales, condenas y sospechas que la oposición ha convertido en una ofensiva total.
La frase que resume la mañana la ha lanzado Alberto Núñez Feijóo desde la tribuna, mirando directamente al presidente del Gobierno: “Usted es el nexo político corruptor”. Una acusación de máxima dureza con la que el líder del PP ha intentado colocar a Sánchez no solo como responsable político de los escándalos que afectan a su partido y a su entorno, sino como pieza central de un sistema de poder degradado.
Feijóo ha acusado al presidente de haber puesto el Estado “en manos de gentuza”, ha enumerado los registros, las causas y los nombres que orbitan alrededor del PSOE y ha exigido la disolución inmediata de las Cortes. “Disuelva usted las Cortes y vayamos a votar”, ha reclamado. Para el líder popular, la legislatura ha perdido legitimidad política tras la condena a José Luis Ábalos y Koldo García en el caso de las mascarillas y tras la acumulación de investigaciones que golpean al antiguo núcleo de poder socialista.
Sánchez ha llegado al Congreso con una estrategia muy clara: reconocer la gravedad de los hechos, pero cortar de raíz la idea de una corrupción estructural en el PSOE. El presidente ha defendido que los casos conocidos están localizados, que las personas implicadas fueron apartadas o expulsadas y que el partido no se ha financiado irregularmente.
“Están tratando de crear una sensación de corrupción generalizada que no existe”, ha sostenido Sánchez, que ha insistido en que “jamás” conoció ni habría tolerado esas prácticas. Su tesis es que hubo comportamientos individuales gravísimos, pero no una trama orgánica del partido ni del Gobierno. Dicho de otro modo: corrupción, sí; sistema corrupto, no.
El presidente también ha intentado separar tres planos distintos: el caso Ábalos-Koldo-Cerdán-Leire Díez, la situación judicial de José Luis Rodríguez Zapatero y las investigaciones que afectan a su familia. Sobre Zapatero se ha mostrado más prudente que en ocasiones anteriores y ha señalado que aún no pueden sacarse conclusiones. Sobre su esposa, Begoña Gómez, ha defendido que no ingresó dinero por el desarrollo del software vinculado a la Complutense. Sobre Ábalos, ha remarcado que respeta las sentencias y que no debe haber impunidad “sea quien sea” la persona corrupta.
Pero la oposición no ha comprado ni una coma de esa defensa. Feijóo ha convertido su réplica en una acusación política integral. No le ha bastado con pedir explicaciones: ha exigido elecciones. Ha afirmado que el Gobierno no ha mejorado la vida de los ciudadanos, sino “la de su gente”, y ha llegado a decir que una moción de censura debería echar al Ejecutivo “hoy mismo”, aunque el PP no la haya presentado por falta de apoyos suficientes.
La intervención del líder popular ha buscado una imagen poderosa: Sánchez como centro de gravedad de todos los casos. No como acusado judicial, sino como responsable político último. Ahí está la fuerza —y también el riesgo— de su frase. “Nexo político corruptor” no es una simple descalificación parlamentaria: es un intento de fijar un marco para las próximas semanas. La oposición quiere que cada nuevo dato judicial, cada comparecencia y cada filtración se lea bajo ese rótulo.
Tras Feijóo, Santiago Abascal ha elevado todavía más la temperatura del debate. El líder de Vox ha comenzado su intervención con una advertencia dirigida al presidente: “Ojo con los aplausos, señor Sánchez. Cuantos más decibelios en los aplausos, más años caen”. Vox venía sosteniendo ya que todos los casos de corrupción tienen un mismo nexo de unión: Pedro Sánchez. Su papel en el debate es empujar al PP hacia una ruptura total con cualquier cálculo parlamentario y presentar la situación no como una crisis de Gobierno, sino como una crisis de régimen.
La sesión deja hasta el momento tres fotografías políticas muy nítidas.
La primera: Sánchez no dimite, no convoca elecciones y se atrinchera en la idea de que la derecha quiere instalar la sospecha generalizada para derribar al Gobierno.
La segunda: Feijóo ha decidido abandonar cualquier tono de contención y situar al presidente como vértice político de la corrupción socialista, con una frase destinada a titulares, tertulias y redes: “Usted es el nexo político corruptor”.
La tercera: Abascal compite por llevar el discurso al máximo voltaje, presionando al PP para que no se limite a pedir elecciones, sino que trate a Sánchez como un presidente políticamente inhabilitado para seguir gobernando.
El hemiciclo no está viviendo solo un debate de control. Está viviendo un pulso por el relato de la legislatura. Sánchez intenta convencer a los suyos de que resistir sigue teniendo sentido. Feijóo intenta convencer al país de que la resistencia ya es una forma de degradación institucional. Y Abascal intenta convertir cada aplauso socialista en una imagen de aislamiento moral.
La jornada aún puede dejar más choques, pero el titular político ya está escrito: la corrupción ha dejado de ser un frente judicial para convertirse en el gran campo de batalla de la continuidad de Sánchez.
