Eran las seis de la tarde, sobre mi pueblo el cielo estaba azulado en el horizonte, ya casi gallego, con el brillo del acero que forja espadas. Un viento huracanado se levanta con gran furia, con brazos de gigantes y aullidos de desesperación, se abalanzaba entre los pinos y troncos de castaños desnudos; de pronto, los claros se fueron ...
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