Manolo García y Quimi Portet ofrecieron en La Magdalena dos horas y media de emoción, oficio, humor y memoria colectiva en una de las grandes noches musicales del año en Asturias
Avilés vivió este sábado una de esas noches que no caben del todo en una crónica porque pertenecen más al recuerdo que al calendario. El Último de la Fila, una banda que parecía guardada para siempre en la memoria sentimental de varias generaciones, volvió a ponerse en pie ante unas 20.000 personas en el exterior del Pabellón de La Magdalena y demostró algo que no siempre ocurre en las giras de regreso: que la nostalgia, cuando está bien tocada, no suena a museo, sino a vida.
Manolo García y Quimi Portet no se presentaron en Avilés como dos supervivientes ilustres del pop-rock español ni como dos figuras dispuestas a cobrar los réditos de una leyenda. Lo hicieron como músicos con ganas. Con muchas ganas. Con la alegría algo gamberra de quien todavía se divierte sobre el escenario, con la elegancia de quien no necesita demostrar nada y con la generosidad de quien sabe que el público no había ido solo a escuchar canciones, sino a reencontrarse con una parte de su propia biografía.
Porque eso fue, en buena medida, el concierto: una reunión multitudinaria de gente que no fue a mirar atrás, sino a comprobar que algunas canciones siguen respirando en presente. Padres y madres que las escucharon en casete, hijos que las descubrieron en casa, parejas que se sabían los estribillos de memoria, cuadrillas enteras llegadas de distintos puntos de Asturias y miles de personas que llenaron La Magdalena con esa mezcla tan reconocible de expectación, paciencia y euforia que precede a las noches grandes.
La cita comenzó incluso antes de que sonara la primera guitarra. La nueva etapa de La Magdalena como recinto para grandes conciertos tuvo su particular prueba de fuego con una afluencia masiva. Miles de asistentes seguían accediendo al recinto cuando el reloj ya se acercaba a la hora prevista de inicio, las diez y media de la noche. La entrada fue lenta en algunos momentos y la salida también puso a prueba la capacidad logística del entorno, pero el ambiente general fue el de las grandes ocasiones: colas, conversaciones, camisetas, móviles preparados, abrazos y esa sensación de que Avilés estaba a punto de vivir algo excepcional.
Y lo vivió.
El concierto arrancó mirando al origen. Huesos y Conflicto armado, dos canciones de Los Burros, sirvieron como puerta de entrada a una noche que no quiso borrar el camino previo a El Último de la Fila. Aquello no fue un capricho arqueológico, sino una declaración de intenciones: antes del mito hubo bares, locales de ensayo, carreteras, precariedad, humor, rareza y canciones hechas con la convicción de quien no sabe si llegará lejos, pero tiene claro que quiere seguir andando.
Después llegó Querida Milagros y el recinto terminó de reconocerse a sí mismo. Para entonces, la mayor parte del público ya estaba dentro y La Magdalena empezó a funcionar como un inmenso coro asturiano con acento de varias generaciones. La banda sonaba musculosa, con un punto más rockero del que podría esperar quien conserve los discos en la memoria doméstica, pero sin traicionar la arquitectura original de los temas. Nada de convertir las canciones en experimentos interminables ni de camuflarlas bajo arreglos innecesarios. El Último de la Fila tocó lo que la gente había ido a escuchar, pero lo tocó con pulso, matices y una energía sorprendente.
Manolo García ejerció de maestro de ceremonias con esa mezcla suya de cantante, juglar, vecino simpático, poeta de arrabal y señor que, si hace falta, te ayuda a empujar el coche. Entró y salió de las canciones con naturalidad, bailó, bromeó, se movió por el escenario con una vitalidad contagiosa y se permitió hasta un saludo en asturiano, celebrado por el público como se celebran los guiños que no parecen de trámite. Quimi Portet, más sobrio y socarrón, sostuvo desde la guitarra esa parte esencial del grupo que no siempre se explica con palabras: el nervio, la ironía, el desvío inesperado, la rareza bien administrada.
A partir de ahí, el repertorio fue una sucesión de estaciones sentimentales: Aviones plateados, No me acostumbro, Dios de la lluvia, Soy un accidente. Canciones que en otras manos podrían haber quedado atrapadas en la etiqueta de “clásicos”, pero que aquí volvieron a sonar con la elasticidad de lo vivo. No eran piezas para reverenciar en silencio. Eran canciones para cantar, bailar, recordar, sonreír, levantar el brazo y, en algún momento, cerrar los ojos.
El ecuador de la noche tuvo sabor a rareza feliz con Disneylandia, joya heredada de Los Burros, y con un Manolo García especialmente juguetón. Enseñó calcetines, hizo bromas con la ropa interior, tiró una butaca hacia el foso y convirtió el escenario en un territorio donde lo absurdo no rompía el concierto, sino que lo hacía más suyo. El Último de la Fila siempre fue una banda difícil de encajar en una sola etiqueta: demasiado popular para ser de culto, demasiado singular para ser convencional, demasiado poética para ser solo pop, demasiado terrestre para ser solemne. En Avilés, esa contradicción volvió a funcionar.
Uno de los momentos más poderosos de la noche llegó cuando el concierto dejó de ser únicamente celebración musical y se convirtió en reivindicación. Manolo García dedicó palabras a los labradores, pescadores, paisanos y trabajadores que sostienen la cultura y el territorio. Habló de quienes mantienen viva Asturias desde lo cotidiano, desde la tierra, el mar, los oficios y la resistencia diaria. También hubo espacio para los autónomos, mencionados con una crudeza que el público entendió al instante. Aquello no sonó impostado. Sonó a Manolo García: ecologista, humanista, cascarrabias cuando toca, tierno cuando quiere y siempre atento a lo que ocurre fuera del escenario.
También tuvo palabras para Avilés, para la cultura y para el Centro Niemeyer, al que señaló como ejemplo de lo que una ciudad necesita para crecer con algo más que cemento. En una época en la que tantos conciertos gigantes parecen diseñados solo como operaciones comerciales, El Último de la Fila dejó claro que todavía se puede llenar un recinto enorme sin vaciar el discurso. La música también puede tener conciencia. Y cuando la tiene sin sermonear, llega mucho más lejos.
El tramo central y final fue una demostración de repertorio. Lápiz y tinta, Sara, Lejos de las leyes de los hombres, El que canta su mal espanta o Canta por mí fueron armando un mapa emocional de una banda que atravesó los años ochenta y noventa con una personalidad absolutamente propia. Guitarras eléctricas y españolas, ecos aflamencados, letras surrealistas, imágenes imposibles, humor, melancolía y una forma de cantar que convirtió a Manolo García en una voz reconocible desde la primera sílaba.
Las pantallas acompañaron la noche con material de archivo, imágenes de juventud y fragmentos de la historia del grupo. No fue una puesta en escena barroca ni una exhibición tecnológica de fuegos artificiales constantes. Fue más bien un álbum vivo, un diálogo entre el pasado y el presente. La escenografía no intentaba competir con las canciones. Y eso, hoy, casi parece una rareza revolucionaria.
Tras una breve pausa, el concierto encaró su recta final como quien abre una compuerta. Ya no danzo al son de los tambores, Los ángeles no tienen hélices, Como un burro amarrado a la puerta del baile y Insurrección levantaron La Magdalena hasta convertirla en una fiesta enorme, emocional y desordenadamente feliz. En Insurrección llegaron los fuegos artificiales, el confeti y una descarga visual que no eclipsó lo fundamental: miles de personas cantando una de esas canciones que ya no pertenecen solo a sus autores, sino a todo el mundo que las ha vivido.
La noche todavía guardaba varios regalos. Sonó El Rey, de José Alfredo Jiménez, en clave ranchera, con ese punto de celebración popular que encaja sorprendentemente bien en el universo de la banda. Ángel Celada, el batería, se marcó una jota aragonesa. Y después llegó el cierre íntimo, casi desarmado, con Manolo García y Quimi Portet solos en el escenario, acompañados luego por las coristas, para entregar Mar antiguo como despedida.
Pero la última palabra no fue exactamente musical. Manolo García se quedó solo ante el público y dejó un mensaje ecologista que Asturias entendió como algo más que una frase bonita. Pidió cuidar esta tierra, proteger el paraíso, no permitir que lo estropeen. Fue una despedida con emoción, con advertencia y con cariño. Una forma de decir: habéis cantado, habéis bailado, habéis recordado; ahora defended lo que tenéis.
Avilés despidió entonces a El Último de la Fila con la sensación de haber asistido a algo difícilmente repetible. No solo por la cifra, ni por la duración, ni por el repertorio, ni por el regreso tras tantos años. Lo irrepetible estuvo en otra parte: en comprobar que Manolo García y Quimi Portet siguen teniendo una conexión limpia con el público, que las canciones no han envejecido como piezas de época y que una multitud de 20.000 personas puede reunirse no para consumir nostalgia, sino para celebrar que algunas cosas verdaderas resisten.
El Último de la Fila no volvió a Avilés para recordar lo que fue. Volvió para demostrar que, cuando una canción es buena de verdad, nunca termina de irse.
