A vueltas con las élites revueltas

Los saltamontes parecían caballos listos para la batalla; llevaban coronas de oro sobre sus cabezas, su rostro tenía aspecto humano, sus cabellos parecían de mujer, y sus dientes de león.

Del Libro del Apocalipsis (¡Jopé o jolín, qué saltamontes!)

Se pueden reducir a tres los tipos o clases de escritores políticos, sabiendo que clasificar es simplificar y que encasillar suele ser el preferente recurso de los panolis. En primer lugar, tenemos los escritores políticos que podemos denominar normativos o del deber ser; son sermoneadores y sermoneros, que escriben y predican diciéndole a todo dios o quisque, sean políticos o ciudadanos, autoridades o subordinados, lo que deben hacer. Este tipo de escritor, que se pretende serio, grave y de autoridad, me hace mucha gracia y desata las riendas de mi imaginación, de por sí propensa a la risión y a la risa. Es leer tanto sentido común y ¡zas! proyectarse en la mente la payasada en la que un charlatán o badulaque, subido a una banqueta, en medio del corrillo y en mañana de feria o rastro, vende peines. Lo siento, así resulta, qué le vamos a hacer.

Un segundo tipo de escritor político es el que llamaremos apocalíptico, que anuncia o revela el final de los tiempos («la parusía»). Suelen los de este tipo estar aturdidos por tanto oír ruidos de trompetas anunciadoras del Juicio final, convencidos de que esta vez va en serio y sin poder esperarse más (espera de veintiún siglos). Lo que causa las iras de los apocalípticos es el convencimiento de que en la vida social y política no hay «valores», o que los «valores» de los demás son diferentes a los suyos -cosa insoportable, teniendo en cuenta que éstos, los apocalípticos, son autoritarios-. Dicen sus contradictores que estos escritores tienen el mismo problema que el autor del libro Apocalipsis, sea el que fuese, Juan Santo o alguno de la «comunidad juanina» (o juanita): en vez de disfrutar de la bahía y de las playas de la isla de Patmos, estupendas para el baño, se dedicó (el autor) a darse golpes contra la pared de la cueva, allá arriba, en lo más alto de la isla del Egeo, con el resultado conocido y tremendo.

La tercera clase de escritor político es el denominado realista, que tienen como maestro a Maquiavelo, el cual, harto de las mentiras que contaban los teóricos del poder de su época, sermoneadores y sermoneros, sobre el origen divino y la caridad o fraternidad debidas, miró lo que ocurría y vio que, por el dichoso poder, aquellos que tanto predicaban se mataban como conejos. Los realistas suelen ser más anglosajones que latinos, pues sus escritos siempre empiezan igual: «el hecho es» (The fact is), aunque los italianos, que tienen nombres para todo, llaman a eso «realtà effetuale». Suelen ser los realistas incómodos, pues hacen preguntas incómodas y describen lo que ven, denominados «maquiavélicos» -Maquiavelo sigue purgando su atrevimiento-. Los demócratas de «chollo» y de olla segura los llaman golpistas, y eso sólo por señalar los «chollos» y apuntar a las ollas.

Este escritor, de la doble A (A y A), que es prudente y sin atrevimiento para declarar su pertenencia a uno de los tres tipos descritos, pues de todos tiene algo por haber sido educado en el sincretismo, declara su simpatía hacia los realistas. Sobre todo en este tiempo de crisis enormes, plurales como los demonios mismos, que, teniendo muchos inconvenientes, tienen algunas cosas buenas. Así, por ejemplo, se desmontan los tingladillos del teatrillo político, quedando las marionetas despelotadas, sin telones ni bambalinas, comprobándose que el llamado «rey» o «poder», además de estar desnudo, es tartamudo (como en la película del Rey). Otra cosa buena es que, donde antes se gozaba y se disfrutaba con lo de la erótica del poder o el «eros» político, ahora hay más tristeza y menos cosquillas que en un tanatorio. Estas crisis acumuladas lo están trastornando todo, todo, incluso la Teología bíblica en su misma Génesis, pues lo que fue maldición por el pecado de Adán y Eva en el Paraíso, el «ganarás el pan con el sudor de tu frente», hoy es cosa divina o bendición. ¡Qué mayor dicha que poder ganar el pan trabajando! Ni Dios pudo pensar en las patologías del capitalismo financiero o bancario, que hace sobrar a tantos.

Y otra consecuencia de las crisis es lo escrito por un italiano de izquierdas en octubre de 2009, de apellido tan poco italiano como Flores d'Arcais: «Y es que la crisis provoca incertidumbre ante el futuro y el miedo empuja a las masas hacia la derecha». Ese parece ser el caso de las masas asturianas, primero con Cascos, y españolas después, con Rajoy. En principio me parece estupendo, pero puede ser fatal para el encumbrado en el poder, aquí o allí, ya que las masas no perdonan y son muy exigentes, requiriendo a los que adora y encumbra, de la derecha, con culto o con liturgia, una omnipotencia propia de divinos. La epopeya puede acabar en drama si al «encumbrado», aquí o allí, se le termina arrojando a los suelos, cual fetiche o santón de trapo, al tiempo que los enemigos políticos y los otros (enemigos) hacen sonar sus cornetas con el «tararí, tararí».

Los escritores sermoneadores dirán que la Constitución y los estatutos de autonomía son los que fijan las reglas del juego político -lo que digan los apocalípticos es, a estos efectos, intrascendente-. Los realistas, siempre a la contra, dirán que no; que eso de las leyes son monsergas o disquisiciones de nocturnos y poéticos peritos en lunas. E insisten, con incordio, preguntando: ¿Quién, verdaderamente, manda aquí? ¿Quiénes son ésos, los de la clase dirigente? Ellos mismos, realistas, responden que los de la clase dirigente son, por un lado, los de la clase política -con muy mala intención también llamada casta de hindúes, que no indios- y, por otro lado, las llamadas élites. Clase política y élites, unas veces juntas, muy juntas (por ejemplo, en lo de sus financiaciones), y otras veces más separadas, nunca distantes.

Esas preguntas son pertinentes, no sólo por la crisis, sino también porque, en estos mismos momentos, se está produciendo un cambio o sustitución en el Gobierno de España, resultado del 20 de noviembre pasado, en que una clase gobernante sustituye a la anterior (antes, en mayo, pasó en Asturias). Lo de la «sustitución» ha de ponerse entre comillas, pues en España las sustituciones suelen ser suaves y de mucha prudencia, ya que al poder y a los poderes no les gustan las mudanzas: si de Franco al Rey ¡menudo cambio! sólo hubo transición, cómo de Zapatero a Rajoy va a haber ruptura o revolución.

Los realistas primero se preguntan por la élite de la clase política. Recordemos que el concepto de «clase», en lucha o en paz, es marxista, y que de eso o de Marx ya ni se habla -a la socialdemocracia no le gustan las palabrotas gruesas-. Pero es en referencia a la política donde aún perduran los conceptos de clase y lucha: lucha entre los del mismo partido político, entre los de arriba, que son los que mandan cobrando varios sueldos, y los de abajo, que están en el paro, que son los que ponen los carteles y el entusiasmo. ¡Eso sí que es una lucha de clases!, lucha en que «algunos son como los gatos, pues los tires donde los tires, siempre caen de pie», añadiendo «y siempre cayendo del lado de los renovadores, no obstante estar ya en la Tercera Edad». Algunos, que van sobrados de ideología política, son tan profesionales de la política que impiden a los demás, del partido o ciudadanos, serlo a su vez.

Lo de las élites estrictas es más complicado, empezando ya por el nombre. La palabra «élite» es de buen ver y leer; no hay mayor aspiración que ser de una élite, de lo que sea. A veces es barato, como ponerse una pajarita, y a veces más caro, como comprar un libro. Lo que buscan las élites en el fondo, en el fondo, es la excelencia, que es aristocrática, teniendo en cuenta que eso, la aristocracia, es la verdadera pasión de los burgueses o de la burguesía. Y eso es así en unos tiempos en los que los otrora excelentes dejaron de serlo. Por ejemplo, si besas el anillo de un obispo y le llamas conforme a su título canónico «excelentísimo y reverendísimo», te dirá: «no te propases, hijito». Y si a un rector cualquiera de cualquiera universidad le llamas «magnífico», te mirará con cara de escamón y receloso. Y los pocos «aristócratas» que quedan, de verdad o mentira, se esconden para hacer aquelarres o brujerías, con capa y espada, en una oscura capillita de una catedral de provincias, buscando antepasados en árboles necrológicos (no confundir con los genealógicos).

Los de la élite quieren que se les siga llamando así, y no lo que en realidad son: individualidades, grupitos o grupos de presión política o lobbies económicos. No les gusta lo de «presión» por su tono explosivo y de violenta resonancia. Que ellos son muy finos y sensibles, aunque, en realidad, lo que persiguen es esa ordinariez de forrarse con «perres». Los italianos Gaetano Mosca y Vilfredo Pareto, acaso por ser conocedores de la Mafia genuina, la italiana, fueron los que mejor estudiaron los grupos de presión, pero ninguno de esos sabios pudo imaginar lo que podían llegar a hacer unas élites, las financieras, los grupos de presión económicos y algún despistado por libre, que la actual crisis ha desnudado despelotando (como las marionetas del principio). La locura de lo de los saltamontes apocalípticos no resulta exageración al comparar con lo hecho y deshecho por las élites saltimbanquis y locas. Eso, lo que hicieron, lo contaremos otro día, próximamente



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