ETA y Gadafi, al fin

Hay días que no pasa nada y otros que ocurre de todo. Gadafi ha terminado sus días (42 años) como Mussolini o Ceaucescu, vejado, ultrajado y asesinado por la turba que un día los adoró, mostrando en sus últimas bocanadas la cara de incredulidad que otorga el haberse creído amo y señor, dios indestructible, líder incontestable. Nuestros gobiernos, los mismos que al principio de su mandato lo denostaron, forjaron su fantasía y afianzaron su poder después, besando el culo que posaba en la jaima plantada a sus puertas. Adoraban el santo por la peana y, a través de él. al único dios verdadero: don Dinero, el petróleo. ¡Suerte a Libia! Y a las mujeres musulmanas en general. Los frutos de la revolución árabe están aún por madurar.Y Siria que ponga sus barbas a remojar. 
A la par, ETA anuncia su disolución, encapuchados y sin entregar las armas. Mejor hubiera sido sin careta, que el toque Ku Klux Klan merma su sinceridad y  credibilidad. Cutre y cobarde hasta el final. Después de 43 años de miedo y muertos y muertos de miedo, justificados por un conflicto inexistente, una patria irreal y una raza sin fundamento, es la mejor noticia que se puede escuchar, sea el fin, el principio del fin o lo más parecido a un final. Y si hablamos de la memoria de las víctimas, la primera, pero con un orden: aún tenemos a los muertos de la Guerra Civil en las cunetas. Y quienes más alto hablan de las de ETA son los que ponen la boca pequeña, o la cierran, cuando exigimos la recuperación de nuestra memoria histórica.
Cosas veredes. 



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